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Abuelos, nietos, hijos y un aserradero

Gallarino, Florencia

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

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Síntesis del trabajo

El tema elegido está basado en la historia de vida de mi abuelo Ricardo y el legado que recibió de su familia: un aserradero.

Los objetivos son poder contar una historia que escuché muchas veces, al tiempo que trato de imaginarlo ya que, desgraciadamente, no conocí a mis abuelos.

A través de los relatos de mi padre y mi tío puedo llegar a reconstruir parte de lo que fue su vida llena de esfuerzo y lucha.

Particularmente enfocar el relato hacia lo que fue un legado en su vida y, años después, para mi padre: un aserradero.

Mi abuelo Ricardo, hijo de Teresa y Antonio que fueron dos de los tantos inmigrantes italianos, nació en los años veinte aproximadamente. Desde muy chico él junto a sus padres y sus tres hermanos mayores se fueron a vivir a una casa en Tigre, provincia de Buenos Aires. Cerca de esa casa construyeron un aserradero con mucho esfuerzo que les permitía llevar una vida digna y que sería el legado que le quedaría a mi abuelo y sus hermanos. Años después Ricardo conoce a mi abuela Catalina, quién no fue aceptada en la familia por lo que debieron irse a vivir (después de casados) a una casa humilde que construyeron en parte del terreno detrás del aserradero.

Tras la muerte de sus padres y la sesión de derechos de la empresa familiar por parte de sus hermanos, Ricardo se convirtió en el único dueño del lugar. Un lugar de trabajo diario durante casi toda su vida, en el que les enseñó a realizar las diferentes tareas a tres de sus cuatro hijos: a Jorge y a los mellizos Oscar y Ricardo, mi papá. Ese aserradero fue un lugar muy especial para toda la familia: era el espacio donde juntos aprendieron, se ayudaban y trabajaban muchas horas.

El legado perduró hasta el año 1967 cuando, por causas que aún se desconocen, el aserradero se incendió.

Mis expectativas son poder revivir y reconstruir una historia muy especial para la familia, por todo lo que significó ese lugar y, especialmente, marcar el esfuerzo y la lucha de mi abuelo a lo largo de los años y rescatar todo lo que le enseñó a mi padre.

Introducción

La historia de mi familia está basada en mis abuelos y un legado que fue pasando de generación en generación: un aserradero.

A partir de la elección de los géneros discursivos como la narración y la descripción se cuenta una historia en tercera persona.

Opté por alejarme de la historia y reconstruir el relato, lo más real posible, a partir de los testimonios y las entrevistas realizadas a personas como mi padre y mi tío, quienes son los que más presente tienen los acontecimientos ocurridos cuando eran chicos.

Me pareció oportuno elegir la narración como base para poder relatar los hechos de manera cronológica, ya que existe una secuencia lógica de acontecimientos ocurridos que ameritan ser narrados de tal forma que se entienda la historia. De este modo, además, me permite armar un texto equilibrado donde hay una introducción del tema, una trama central con su correspondiente desenlace.

Para el armado decidí dividir el relato en capítulos, específicamente en cuatro que separan la historia en momentos importantes y/o claves.

El primer capítulo, La Historia de mi Bisabuelo, da la introducción al relato del nacimiento de la empresa familiar que fue pasando a otras generaciones de mi familia. El segundo capítulo, Mi abuelo y el Aserradero, narra desde el nacimiento de mi abuelo Ricardo hasta su adolescencia, cuando conoce a mi abuela y construye la casa detrás del aserradero. El tercer capítulo, El final de una herencia, adelanta lo que será la tragedia que terminó con el aserradero y la lucha para sostenerlo que llevaron adelante mis abuelos y sus hijos. A mi padre dedico el último capítulo, Ricardo Hugo: historia de lucha y esfuerzo, donde relato de qué manera continuó su vida a partir de la muerte de su padre.

Investigación exploratoria

Para la investigación sobre historia de mi familia, la elección metodológica se basó en la recopilación de testimonios. La intención fue obtener datos precisos y la posibilidad de escuchar anécdotas graciosas o tristes, a partir de personas que estuvieron en la época en la que se basa mi historia.

Para eso, mi investigación estuvo limitada a una serie de entrevistas de tipo semi estructuradas a parte de mi familia como mi padre, mis tíos y una tía de mi papá (hermana de mi abuela). Las entrevistas estuvieron basadas en núcleos temáticos que desembocaban en anécdotas y relatos fieles con la realidad. Los testimonios más importantes para la reconstrucción de la historia fueron los de mi tío Jorge –el mayor de los hermanos– y el de mi papá, que tenía una relación muy especial con mi abuelo.

Además para el desarrollo del último capítulo –enfocado a la vida de mi padre después de la muerte de mi abuelo– opté por construir su perfil para resumir y poner en relieve los aspectos más relevantes en su vida.

En pocas palabras me basé en una estrategia guiada por la realidad discursiva del relato, tal como se produjo en las entrevistas realizadas. Es decir, que los hechos que narro fueron tomados de los testimonios y, a partir de las anécdotas, intenté adentrarme en la época y lugar que me facilitó la descripción cuando la historia lo ameritaba.

Abuelos, nietos, hijos y un aserradero

Capítulo 1: La historia de mi bisabuelo

Esta es la historia de una familia que, durante muchos años y generaciones, se mantuvo unida compartiendo el esfuerzo y el trabajo en un aserradero. Esta es la historia de mi familia.

El Aserradero Gallarino e Hijos fue el más conocido e importante de la ciudad de Tigre, provincia de Buenos Aires. Ocupaba una cuadra y media y se ubicada sobre la calle Centenario en diagonal al cementerio del barrio. Un gran cartel de madera con letras blancas podía divisarse a lo lejos junto con un alto portón de color marrón oscuro que tapaba el frente del aserradero. Sus dueños fueron mis bisabuelos; en verdad, los padres de ellos. Para poder contar la importancia de este lugar –que luego se convertiría en el negocio de la familia– es necesario remontarnos al año 1882.

Antonio Ricardo Gallarino llegó con sus padres Orlando y Ángela a la Argentina en el año 1882 aproximadamente. Tenía tan solo diez años y fueron una de las tantas familias inmigrantes, en este caso, de Florencia, Italia. En ese momento su padre decidió comprar una casa bastante grande en un barrio muy tranquilo dentro de la localidad de Tigre. A unas pocas cuadras de allí había un terreno ubicado frente al cementerio que estaba disponible para comprar, con lo que a los pocos días de haber llegado al país, Orlando se había convertido en dueño de un importante lugar al que inmediatamente acondicionó para transformarlo en un aserradero al que llamó Gallarino e Hijos.

Antonio, su hijo, ayudaba a su padre por la tarde después de regresar del colegio junto con sus hermanos. Así fueron pasando los años hasta que conoció a su futura mujer, mi bisabuela Teresa Doglia. Al poco tiempo, se casaron. Siguieron viviendo en la misma casa junto con los padres de Antonio que, para esa época, estaban grandes y debieron dejar las tareas del aserradero. Finalmente, pocos años después, fallecieron mientras dormían en la casa.

Antonio comenzó a hacerse conocido en el barrio por su gran simpatía y humildad.

Tal es así que tenía participación activa en la política, más específicamente, en el partido de la Unión Cívica Radical, al tiempo que trabajaba en el aserradero. El negocio iba creciendo y mi bisabuelo se iba convirtiendo en una de las personas más importantes del barrio.

Capítulo 2: Mi abuelo y el aserradero

En el año 1917 nació mi abuelo Ricardo, el tercero de los cuatro hijos que tuvieron Antonio y Teresa. Fue el primero en interiorizarse y aprender con facilidad las tareas en el aserradero a los doce años. La relación con su padre era muy especial, compartían muchas horas trabajando y sentía una particular protección, más que con su madre.

A través de los años el aserradero fue creciendo: era el más importante de la zona convirtiéndose en una gran empresa familiar que iba a pasar a manos de Ricardo y sus tres hermanos: Quito, Roberto y Rumildo, siendo éste último el menor y el menos interesado en el tema.

Hacia los años `40 Antonio comenzaba a sentirse cansado y con ganas de retirarse del arduo trabajo. Es por eso que tuvo que delegar las funciones y responsabilidades a sus hijos, pasando a ser cada uno socio de la empresa.

Corría el año 1944 cuando Ricardo asistió al baile que lo llevaría a conocer a Catalina Said, su futura esposa, hija de inmigrantes árabes quien destilaba una belleza particular. Su apariencia era llamativa: estatura media, pelo negro largo enrulado, de piel trigueña y ojos verde oscuro. Al principio muchos cuestionaron el romance entre ellos, ya que Ricardo era un hombre con gran presencia, alto, delgado, de tez blanca, pelo oscuro, ojos verdes y gran porte. Su familia era bien vista, tenían un buen pasar económico y una casa amplia y elegante.

El padre de Ricardo desaprobó la relación desde un comienzo provocándole una gran desilusión y rompiendo la maravillosa relación que mantenían. El anuncio de la futura boda no cayó para nada bien en la familia y generó la ira de Antonio que obligó a su hijo a irse del hogar y a buscar su propio lugar donde vivir.

Ricardo, al ser el principal socio del aserradero, le comunica a su familia que construiría su casa en el terreno ubicado al fondo del mismo. Es así como en 1945, con su casa terminada, se casó con Catalina en San Fernando bajo una ceremonia y celebración posterior muy sencilla a la que asistieron pocas personas.

Las familias de ambos asistieron y fue la primera vez que se veían las caras.

La flamante pareja se mudó a la casa del fondo que, si bien era chica, poseía un gran ventanal que daba justo frente al aserradero.

Catalina comenzó a trabajar, junto a su mejor amiga Selma, como costurera realizando trabajos desde su casa para negocios de ropa que vendían prendas para eventos. De esta manera, podía ayudar con los gastos de la casa y a realizar algunas refacciones para el aserradero. Por su parte, Ricardo trabajaba día y noche, horas y días pasaban sin descansar.

En el año 1950 nació Jorge, el primero de los cuatro hijos que tuvieron. Por esos años, los partos generalmente se realizaban en las casas, por lo que la partera debía asistir a domicilio.

El primer parto de Catalina fue un tanto problemático: al tirar para sacar al bebé que pesó 3.850 Kg., la partera terminó quebrándole el brazo derecho y tuvieron que llevarlo a un hospital para que se lo enyesaran.

A los dos días, durante la noche, Catalina llevó a su hijo a una guardia hospitalaria donde detectaron la causa de un llanto que no cesaba: el brazo estaba mal enyesado. Su recuperación fue difícil ya que no le quedó del todo curado. Una diferencia de un brazo con el otro y la dificultad para moverlo obligaron a Jorge a realizar, durante toda su infancia, deportes, andar en remociclos y a ejercitar varios movimientos por día.

Tres años después nació Liliana, la única mujer entre tres hermanos varones, que al igual que Jorge nació en la casa del fondo del aserradero. Con esta nueva llegada, Catalina debió suspender su trabajo como costurera y rechazaba los pedidos que le solicitaban ya que cuidar a sus hijos le demandaba mucho tiempo.

Ricardo seguía trabajando arduamente, día y noche pasaba las horas en su trabajo como consecuencia del crecimiento que tenía el negocio familiar (aunque tan familiar ya no era, recibía poca cooperación de sus hermanos).

A finales del año 1956, Antonio falleció por un ataque al corazón y tan sólo dos meses después, Teresa muere de tristeza mientras dormía en su cama.

Capítulo 3: El final de una herencia

Era 1957 y Aserradero Gallarino e Hijos se había convertido en el aserradero más importante de la zona norte y abastecía a grandes empresas dedicadas a la construcción y a carpinterías varias. Justo en ese momento de mayor esplendor Quito, Roberto y Rumildo deciden desvincularse de la empresa vendiéndole a Ricardo las partes correspondientes y convirtiéndose en el único dueño.

Por esos días una noticia inesperada movilizó a la familia: Catalina estaba nuevamente embarazada: el 30 de diciembre la partera Matilde debió ir a la casa Gallarino de la calle Centenario para asistir a un parto doble. A las 22 horas nacieron los mellizos Ricardo Hugo (mi papá) y Oscar. Su infancia fue algo poco usual: pasaban las tardes jugando en la vereda del aserradero mientras su padre y hermano mayor trabajaban en él. Solían armar juguetes inventados con sobras de maderas y los fines de semana, en compañía de su madre, salían a pasear por el Tigre y armaban picnics a orillas del río.

A medida que pasaron los años y los mellizos alcanzaron los nueve años, el trabajo en el aserradero se convertía nuevamente en un negocio familiar. Si bien eran chicos para trabajar, Ricardo y Oscar solían ayudar a su padre con el trabajo tomándolo como parte de un juego. Sin embargo, Ricardo – que tenía una relación especial con su padre a diferencia de sus hermanos– prestaba mayor atención y sentía con más responsabilidad lo que le enseñaban.

Por las noches, el barrio se convertía en infinitas calles vacías y la poca iluminación que alcanzaba a la casa del aserradero provenía de los pasillos del cementerio de la cuadra de enfrente.

Ciertas veces sonidos extraños y sombras con figuras misteriosas lograban el desvelo de los mellizos –los más asustadizos de los cuatro– quienes pasaban horas completamente tapados hasta que, finalmente, el sueño los vencía y se olvidaban de los imaginarios fantasmas del cementerio.

El año nuevo se aproximaba y los festejos en la casa de la familia Gallarino se multiplicaban: el treinta de diciembre de 1967 los mellizos cumplían diez años de edad por lo que tuvieron un fiesta con sus amigos del colegio y familiares de invitados.

El patio de la casa había sido decorado por Catalina, la madre, quien se dedicó a cocinar para agasajar a todos; además de los trajes blancos que estrenaban ese día sus hijos que ella misma había confeccionado, para que se distinguiesen del resto.

La noche siguiente, 31 de diciembre de 1967, fue una de las noches más recordadas y tristes en la vida de mi familia. En medio de la cena tranquila y el brindis después de las doce, entre los tantos fuegos artificiales que tiraban los vecinos, una cañita voladora se proyectó sobre una de las esquinas del aserradero.

En pocos segundos la llama se propagaba por todas partes alcanzando extensas zonas del lugar y provocando grandes pérdidas de los materiales. Rápidamente, Ricardo y Catalina comenzaron a sacar a sus hijos fuera de la casa ordenándoles que salieran a la calle mientras llamaban a los bomberos.

La imagen siguiente sería la de un aserradero, que fue pasando de generación en generación, y una casa construida con el esfuerzo, arrasados por el fuego ante una situación inexplicable, inaudita y cruelmente triste.

No fue fácil salir adelante tras semejante tragedia y con una familia a cuestas. Ricardo y Catalina debían proteger a sus cuatro hijos, por lo que debieron dejarlos a cargo de un primo que vivía por la zona y se ofreció a cuidarlos hasta tanto consiguieran un nuevo hogar. Los hijos mayores, Jorge y Liliana, se hospedaban con sus padres en un hotel de baja categoría con el dinero que iban juntando durante el día.

Los recursos para juntar un poco de dinero fueron varios y todos debían colaborar. Ricardo vendía diarios y revistas, hacía repartos varios a domicilio y fue mozo durante meses en un bar de Tigre. Por su parte, Catalina se ofrecía en distintos locales de ropa como costurera, hasta incluso llegó a aceptar durante un par de semanas trabajar como ama de llaves para una familia de alto nivel social. Jorge y su hermana salían todas las mañanas a vender almanaques en colectivos, trenes, locales de comida y negocios varios.

Así podían juntar dinero que apenas les alcanzaba para comprar comida y pagar una de las habitaciones del hotel Tigre, único en el barrio y bastante deteriorado: el cuarto era muy pequeño; las paredes cubiertas de humedad parecían caerse a pedazos y el olor a hotel viejo impregnado en las sábanas de las dos diminutas camas inundaba los escasos metros cuadrados del ambiente.

Una de las tantas tardes en las que Ricardo volvía de trabajar, un cartel apostado sobre una de las vidrieras de un negocio llamó su atención e hizo detener su paso: la empresa Corni en San Fernando necesitaban a un empleado con o sin experiencia para una incorporación inmediata. Al día siguiente ya estaba trabajando como asistente de fundiciones de hierros para la elaboración de motores.

Los meses fueron transcurriendo y ya se cumplía un año de aquel episodio trágico en el que, en un abrir y cerrar de ojos, la familia Gallarino había perdido el único patrimonio que tenía.

El mal pasar económico había quedado atrás, ya que para el año 1968 Ricardo consiguió un préstamo hipotecario que le permitió comprar un departamento en la localidad de Martínez, zona norte del Gran Buenos Aires. El lugar tenía dos habitaciones pequeñas, un baño medianamente nuevo, una cocina bastante larga y un comedor chico pero lo suficiente espacioso para las cosas que habían comprado para amoblarlo.

Empezar de cero en otra casa no fue fácil, había pasado un año y todos debieron volver a adaptarse a la situación que les tocaba. Los mellizos durante la mañana iban al colegio, mientras sus hermanos mayores trabajaban todo el día para ayudar a sus padres. Jorge tenía dieciocho años cuando ingresó a trabajar como cadete en el sector de exportación en una compañía naviera de origen inglés llamada Holder Brothers. Su buena presencia, predisposición y sus estudios universitarios en la carrera de comercio exterior lograron que en la primera entrevista lo tomaran con un puesto efectivo. Comenzó a realizar diferentes funciones que lo llevaron a aumentar sus capacidades demostrando un buen desempeño durante los primeros meses.

Catalina había retomado su trabajo como costurera recuperando, poco a poco, algunos viejos clientes. Esta vez contó con la ayuda de su hija para poder acelerar la producción y obtener más rápido el dinero con el que realizaban las compras para la casa.

Ricardo Hugo, el más escurridizo de los mellizos, se entretenía mirando cada mediodía después del colegio las afueras del club Victoria, donde entrenaba un grupo de jóvenes de su edad. Uno de esos tantos días, decidió preguntar si podía incorporarse al equipo de básquet, ya que sentía una gran atracción por ese deporte y al cabo de unos pocos minutos ya había comenzado a entrenar. Durante meses fue practicando cada tarde después del colegio y, al cabo de un año, se había convertido en el capitán del equipo –incluso con el carácter especial que tenía que lo llevaba a pelear con cuánto árbitro y jugador se le cruzaba– y lograron ganar el torneo Interbarrial.

Corría el año 1969 cuando Jorge consiguió una mejor oportunidad laboral que permitiría ayudar a cancelar lo que quedaba del préstamo del departamento. Con tan sólo diecinueve años logró el puesto de subgerente de comercio exterior en el banco Nortidelta (lo que años más tarde se conocería como el banco Río) donde fue adquiriendo gran experiencia y una buena remuneración que le permitió ayudar a su familia. Cancelado el préstamo, Ricardo decidió vender para comprar una pequeña casa en San Fernando y, así, volver al acercarse al barrio que lo vio crecer. Es así que consiguieron rápidamente una casa con tres dormitorios y un patio trasero con suficiente espacio para montar algo que Ricardo tenía en mente hacía tiempo: la reconstrucción del Aserradero Gallarino e hijos.

El buen pasar económico de la familia comenzó a revivir las esperanzas de todos por salir adelante y volver a recuperar parte del patrimonio que alguna vez tuvieron. Ricardo ansiaba poder dejarles a sus cuatro hijos y a su esposa algo que pudieran mantener y conservar cuando él ya no estuviese. Con esfuerzo y dedicación comenzó a construir el aserradero ayudado por amigos de su trabajo en el montaje y compra de maquinarias.

Cuatro años habían pasado y el aserradero estaba a punto de inaugurarse; por eso, Ricardo y Catalina armaron una reunión para celebrar el gran paso después de tantos malos momentos.

Era el tres de enero de 1973 la fecha en la que, en medio del festejo, Ricardo tuvo una descompensación que derivó en su traslado al hospital Francés en estado inconsciente.

Ricardo Hugo, su hijo menor quién fue el que lo acompañó en la ambulancia y nunca le soltó la mano, fue el primero en llegar para no despegarse de al lado de su padre. Los minutos previos a la salida del médico de la sala de terapia intensiva fueron eternos; la frialdad del lugar daba la sensación de estar en un cuarto vacío viendo cómo personas vestidas de blanco entraban y salían de las habitaciones oscuras. Catalina y sus cuatro hijos aguardaban en la sala de espera, cada uno reaccionando de diferente manera: parados, sentados, golpeando una pierna contra el piso, llorando y caminando por el pasillo de un lado al otro. El doctor Mansilla se hizo presente en el lugar para informar que Ricardo había sufrido un ataque al corazón debiendo permanecer en terapia intensiva y sólo una persona podría quedarse por las noches.

La decisión que tomó la familia fue en conjunto y coincidieron en que debía ser Ricardo, uno de los mellizos, quién cuidara a su padre los primeros días mientras su hermano mayor junto a su mamá trabajaban para poder seguir pagando las cuentas de la casa y los gastos que había implicado la construcción del aserradero. Las noches eran largas y solitarias sumada la angustia contenida por la incertidumbre de no saber que pasaría.

Después de 22 días desde la internación no había pasado ni una noche en la que Ricardo Hugo no hubiese estado sosteniendo la mano de su padre, quedándose dormido sobre su brazo y despertando con los dolores lógicos después de tantas horas en tan incómoda posición. El 25 de enero Jorge se ofrece a quedarse para que su hermano menor pudiese descansar en su propia cama después de tantos días que no lo hacía. Fue esa misma noche en la que Ricardo muere a causa de un derrame cerebral.

Capítulo 4: Ricardo Hugo, una historia de lucha y esfuerzo

La muerte de su padre fue un golpe duro para Ricardo por la relación especial que tenía con él, pero además, por el sentimiento de culpa por haber abandonado el hospital la misma noche que falleció. El aserradero empezó a funcionar pero con muy poca repercusión en el barrio. Ricardo era el único en dedicarle tiempo, pero sus hermanos no tenían el mismo entusiasmo por mantener el legado que les había dejado su padre. El tiempo fue pasando, él continuaba y el aserradero no dejaba ganancias, por lo que decidieron venderlo y dividir las partes. Ahora, más que nunca, Ricardo debió ayudar a su familia en temas económicos. Es por eso que su hermano Jorge le consiguió un puesto como asistente en el Banco Nortidelta, al cuál decidió renunciar para irse a trabajar a una empresa textil como ayudante de contador. Esa empresa se llamaba Lliovet y quedaba en la localidad de Virreyes. Al tiempo que trabajaba, fue terminando sus estudios secundarios para finalizarlos en el año 1975 cuando tenía 17 años.

Un año después conoció a Azucena, su futura esposa, en un baile que organizó un compañero de colegio. En ese momento estaba trabajando como asistente en una cooperativa de créditos llamada Floresta y decide comenzar la universidad.

Convencido con lo que quería hacer, durante un año se prepara para rendir el examen de entrada a la carrera de medicina.

Finalizando 1977 rindió el examen pero lo reprobó, por lo que decide comenzar la carrera de contador público en la Universidad de Buenos Aires, ingresando en la Facultad de Ciencias Económicas.

El dos de enero de 1980 decidió comprometerse con su novia, para seis meses después casarse ante una ceremonia y una fiesta sencilla con pocas personas invitadas. Fue a vivir a la Capital Federal, al barrio de Belgrano y pasó a trabajar en una compañía de seguros llamada Agrícola Cía. de Seguros como auditor. En el año 1982, cuando la empresa se funde, pasa a la compañía INCA Cía. de seguros.

Debido a su vida de casado, a Ricardo le costó mucho concentrarse en sus estudios. La finalización de la carrera demoró unos cuantos años pero, finalmente, en 1992 se recibió de contador público nacional. Ya se había convertido en padre de dos nenas a quiénes llamaron Gisela Soledad y Florencia Natalia y fueron ellas las que pudieron entregarle el diploma a su padre y hacerle el merecido festejo.

En 1996 su madre Catalina falleció a causa de un ataque al corazón siendo ese momento uno de los más difíciles después de la muerte de su padre. A partir de ese hecho, el distanciamiento con sus hermanos se acrecentó ya que Jorge había decidido seguir su vida con su mujer y sus tres hijos en la provincia de Córdoba; Liliana se casó y fue perdiendo contacto con su familia, al igual que Oscar.

Los años fueron pasando y a pesar de todo lo sucedido, su crecimiento profesional y personal era notorio y satisfactorio.

Había llegado a convertirse en gerente de control de pagos y cobranzas en la compañía La Buenos Aires para el año 2001.

A pesar de los recuerdos y malos momentos vividos, en ningún momento se le cruzó por la mente volver a intentar construir un aserradero. Consideró que esa etapa ya había pasado y recordarla lo llenaba de una mezcla de sentimientos de angustia, dolor y alegría con nostalgia.

Es así que, a partir de una cañita voladora que causó la tragedia de mi familia con el incendio y pérdida del aserradero fundado por los padres de mi bisabuelo, mi padre fue superando los obstáculos que le tocó atravesar para convertirse en lo que es hoy: un hombre que, a partir del esfuerzo y la lucha diaria, pudo conformar una familia y sentirse pleno en el campo laboral.

Conclusiones personales

A partir de la realización de este trabajo, pude reconstruir parte de la vida de mi abuelo, a quién no conocí. Durante muchos años fui escuchando, entre mesas familiares, parte de anécdotas y testimonios sobre un aserradero, sobre mis bisabuelos y sobre la niñez difícil para mi padre y mi tío. Es por eso que, a partir de la propuesta entre una historia de mi familia o la de un lugar, no dudé en aprovechar la oportunidad para interiorizarme en una historia que para mí merecía ser contada.

Con los inicios de mi investigación, a través de las entrevistas, comencé a explorar sentimientos diversos que fueron cambiando a lo largo de todo el proceso que implicó la realización del trabajo. Con el relato visual pude justificar, en cierta parte, el relato escrito que fui armando a partir de la narración de hechos concretos mezclados con ciertas descripciones.

A medida que fui construyendo el relato, me fui adentrando en lo que sucedía en aquella época, intentando imaginar cada parte, cada lugar y cada momento vivido por mi familia. Así las emociones y las incertidumbres fueron apareciendo logrando una profunda interiorización de mi parte sobre la historia de mis bisabuelos, pasando a mis abuelos y concluyendo con mi padre.

Con respecto al perfil de mi padre y su historia de vida, transité un momento muy especial por el enorme amor que siento hacia él y, especialmente, por el orgullo que significa para mí. Entre emociones y risas fuimos reconstruyendo su niñez, adolescencia y juventud a partir de datos claves, gustos, estudios y trabajos hasta su casamiento, su graduación de la facultad y su paternidad.

Para finalizar creo que este trabajo me ayudó a revivir una historia, la cuál no conocía en profundidad y pude disfrutar el armado del trabajo a partir del relato, de las entrevistas y la recolección de las fotos.

Bibliografía

Brunetti, Paulina y Villa, Miriam. (1995). Selección de textos: conceptos sobre narración. Córdoba: Universidad Nacional de Córdoba.

Rivera, Jorge. (1995). El periodismo cultural. Buenos Aires: Paidós.

Kornblit, Ana. (2004). Metodologías cualitativas en ciencias sociales. Buenos Aires: Ed. Biblos


Abuelos, nietos, hijos y un aserradero fue publicado de la página 18 a página22 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

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