1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43 >
  4. Una vida dedicada a servir: pasión por navegar

Una vida dedicada a servir: pasión por navegar

Lavado Corzo, Isaac Pietro

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Introducción

La historia que relataré es acerca de mi abuelo Don Félix Lavado Zavala, cuya principal pasión desde niño fue la navegación y que lo llevó a unirse a la marina de guerra del Perú. Tras años de servicio, se produjo un conflicto con nuestro vecino país Ecuador, llegando a participar por casi seis meses entre 1941 y 1942, después de esto su entusiasmo por servir al país y estar ligado a la vida de marino, de viajes por períodos largos, alejándolo de su familia e hijos. Lo narrado a continuación, es una construcción de los relatos de familiares.

Una vida dedicada a servir

Pasión por navegar

El 3 de junio de 1990 había dejado de existir Don Félix, en la ciudad donde nació, Huancayo, a unas seis horas en auto de Lima. Cuentan que la abuela Teodora lo fue a despertar como cada mañana, pero Don Félix no despertó más, se embarco a su último viaje.

Habría fallecido poco antes de las 7, hora en la que puntualmente gustaba que lo despierten, no existía despertador de timbre para él, los regalaba a sus ayudantes o bien terminaban lanzados por la ventana fruto de la frustración de no poder detener el ruido que emitía. Si bien lo despertaba la bulla del timbre, nunca entendió cómo apagarlo, tal vez demasiada tecnología para un hombre de 83 años, que falleció víctima de su ya prolongada enfermedad y un cáncer que apareció en los últimos años.

Decidió no tratarse y prefirió entregar su vida a la felicidad de estar en su tierra, en sus terrenos y disfrutar de navegar en la laguna; un espacio de agua no muy grande a comparación de lo que él estaba acostumbrado a ver, océanos enteros y no tener nada más que mar por meses. Claro que sin hacer esfuerzos y dejando que sus ayudantes lo lleven al bote y hagan por él.

El doctor previno que no tuviera muchas alegrías ya que podría sufrir un paro cardíaco, por eso ya no lo dejaban ir a Lima, y que recorra el mar de Grau, al que amaba tanto. Aún así, llegaba a Lima, se escapaba con la complicidad de Demetrio, su ayudante fiel, al que Don Félix le dejó como herencia una casa.

Recuerdo que en esas visitas se quedaba con nosotros por semanas, siempre me traía un cachorro. Según cuenta mi padre, un año llegamos a tener tres pastores ovejeros, que eran crías del perro de mi abuelo. Durante su estadía, siempre se encontraba con ex compañeros de la armada, o iba a algún homenaje que prepara la marina de guerra del Perú.

Pero también íbamos en familia a disfrutar de una tarde en velero, comer el ya tradicional ceviche, fruto de la pesca que él y mío tío Adolfo hacían, ambos dedicados al mar y a servir a la nación. En cambio, mi padre y sus tres hermanos nada tuvieron que ver con alguna fuerza armada.

Don Félix Lavado Zavala, nació en Huancayo departamento de Junín, el 30 de enero de 1907, tercero de seis hermanos todos varones, su padre hacendado y con muchas tierras por la zona; no le faltó nada de niño; pero a su vez su padre quiso que obtenga méritos así como él había ganado los suyos, y, como dice el dicho: “Nada en esta vida es fácil”, Félix trabajó en la tierra desde los 12 años.

Iba al colegio, que quedaba a unos 8 kilómetros a caballo y regresaba, junto a sus hermanos, a su casa a comer y a hacer las labores de la hacienda; cada uno se dedicaba a una cosa en especial: el mayor, Santiago, a las cosechas; el segundo, Máximo al ganado vacuno y ovino; a Félix le tocaban las ovejas y la madera.

Durante el pasteo, disfrutaba ir siempre en dirección a la laguna de Paca, dejaba las ovejas de lado y con el bote remaba dando vueltas; no prestaba mucha atención a los relatos de pueblo que cuentan que si algún varón cae en la laguna, será pronto arrastrado hasta el fondo por las sirenas; lo único cierto es que si alguien cae en esas gélidas aguas es muy probable que en tres minutos muera por hipotermia.

Ya a sus 14 años sabía de carpintería y de sastrería, había construido junto a sus amigos un bote y lo llamaron Huáscar, lo curioso es que era el mismo nombre de su pastor ovejero, así que cuando les decía a sus padres me voy con Huáscar, pensaban que salía con el perro.

Cuando terminó la secundaria, y con los cursos seguidos de mecánica, trabajó en Enafer, que era un ferrocarril que llevaba minerales a muchas partes del país. Por esta razón, vivió algunos años en un centro minero llamado La Oroya junto a su mascota.

Como mecánico llegó al puerto del Callao y vio por primera vez el mar, el océano pacifico, maravillado por ese color azul, cuya extensión no tenía límites. Él estaba acostumbrado a la verdosa, pequeña y gélida laguna, le parecía increíble observar el mar, que sólo conocía por libros y en el que combatió el almirante Miguel Grau, héroe máximo de la marina de guerra del Perú y que murió en combate, en su buque Huáscar.

A menos de un año de este hecho, anunció a sus padres que dejaba su trabajo en el ferrocarril, y su padre pensó que se iba a dedicar a una de las haciendas, más Félix no tenía ese propósito, iría a Lima, a postularse a la Marina de Guerra. Su progenitor, muy a regañadientes, tuvo que aceptar, y fue así como con lo ahorrado en su trabajo, adquirió un terreno en Lima, y como “Nada es fácil en esta vida”, sabría qué hacer para construir la casa y pensionarse en algún lugar hasta ingresar a la marina.

A casi vencerse el límite de edad para el ingreso en la marina, Félix ingresa con 21 años y sigue los estudios correspondientes.

En ese período conoce a su esposa Teodora Baldeón, y tiene su primer hijo a los 26 años, a quien nombró Raúl.

En sus tiempos libres se dedicaba a la carpintería en su pequeño taller y allí construyó los muebles para sus hijos.

El 5 de julio de 1941 se produce un conflicto con Ecuador, Félix, como muchos de sus compañeros, fueron destacados al crucero coronel Bolognesi, y que como el crucero Almirante Grau, los destructores Wise y Villar y los submarinos R1 y R2, tendrían que desempañar las maniobras navales en el pacifico, llevando brigadas y pertrechos militares hacia la zona limítrofe.

Tras unos días de viaje, Bolognesi arribó al puerto de Salaverry y embarcó el batallón N° 3 de la infantería del ejército, días después hacia su punto final en el puerto de Tumbes. La función principal de los cruceros y destructores era establecer un bloqueo marítimo entre el canal de Jambeli y Zorritos. Allí Félix estuvo destacado en el grado de teniente primero.

Tras meses de conflicto, y donde las operaciones de línea de fuego se desarrollaron más en la selva, en la zona limítrofe del río Marañón, cuestión que se volvía fundamental la defensa de las posiciones en los ríos Marañón y Amazonas, el teniente Félix Lavado fue ascendido a Capitán de Corbeta, destacado a la región oriental en la flota fluvial en el río Marañón.

El 27 de enero de 1942 a las 17:30, en una de las operaciones de reconocimiento, en la pequeña corbeta donde estaba a su mando fue expuesto al ataque por tierra por parte de las fuerzas ecuatorianas y al ser superados en número y tras el estallido de artillería pesada en estribor, esta corbeta encalla en el margen izquierdo del río Marañón, desembarcan y se ponen en línea de fuego.

El ataque prosiguió por casi media hora, tras el fuego cruzado, y con las municiones de las ametralladoras a punto de agotarse, tendrían que defenderse con los fusiles y pistolas; parte de la cabina de mando de la pequeña corbeta estaba dañada y se incendiaba en la popa, la radio estaba ya inutilizada, no había manera de pedir refuerzos; el incesante ataque habría de presagiar que tendrían que ocultarse en la selva. Más se dio la orden de esperar, empezó a llover torrencialmente, y la caída de la lluvia no dejaba oír nada, y se sumaron los millones de mosquitos. La escena se había convertido en una pelea contra los ecuatorianos y con los mosquitos que se metían por todas partes.

Ya entrada la noche, a la orden del capitán de corbeta Félix Lavado se procedió a disparar discreción a un punto especifico, y minutos después de la incesante ráfaga, las ametralladoras no tenían más balas. La opción era defenderse con fusil, así que se esperó la respuesta por parte de las fuerzas ecuatorianas, y tras unos 20 minutos no se escucharon más disparos, al parecer todo había concluido, por ello se ordenó el conteo de los hombres.

Dos grumetes estaban desaparecidos y había un herido de gravedad, con una herida en el estómago, que perdía mucha sangre, inmediatamente se le dieron los primeros auxilios.

Félix había perdido parte del pulgar derecho; pero nada que con un torniquete no solucionara; diez hombres restantes estaban en óptimas condiciones.

Ahora, lo importante era llevar al herido de urgencia a la base más cercana, que quedaba a 120 kilómetros de distancia.

Frente a ellos, la noche y la selva virgen fue el escenario para montar campamento alejado de la zona de ataque y esperar a que amaneciera para partir. Más por la cantidad de mosquitos no se podía dormir y tampoco se podían quitar la ropa húmeda ya que acabarían con todo el cuerpo picoteado.

Construyeron una camilla y allí llevaron al herido ni bien salieron los primeros rayos del sol, la idea era seguir el cauce del río, pero no cerca de la orilla ya que serían blanco fácil pero también tenían una selva con mucha vegetación por la que era casi imposible avanzar rápido.

Pero encontraron un afluente del río Marañón, improvisaron una balsa para llevar al hombre herido.

El temor crecía, no había más morfina que aplicar y la herida era ya una infección, en el transcurso de esa madrugada del 29 de enero el alférez Fermín Plasencia fallece a los 26 años de edad. Cuando lo enterraron, el capitán Félix se ocultó tras un árbol y lloró por el amigo caído.

Ese mismo día apenas salió el sol partieron de nuevo hacia la base, pero esta vez lo harían del lado de la orilla del río; tras horas de caminata y pasando ya por un lado estrecho del Marañón, de unos aproximadamente 250 metros, él y su grupo de hombres divisó soldados ecuatorianos del otro lado con fusil levantado y las manos abiertas gritaban “¡Hermanos peruanos, queremos confraternizar!”, se sorprendió y ordeno “¡A sus puestos, tomen sus emplazamientos!”. Los hombres se tiraron junto a la rivera, cubriéndose en las piedras y árboles cerca.

Se escucho otra vez “¡Hermanos peruanos, queremos confraternizar!”, esta vez fue más claro; habían bajado ya sus fusiles y pedían confraternizar, “¡Hermanos estamos en paz!”; él y uno de sus hombres cruzaron el río a nado, ordenó cubrirlos si disparaban y estar atentos a cualquier eventualidad.

Los ecuatorianos les dijeron que la guerra había terminado y que se había declarado el Tratado de Paz y límites de Río de Janeiro, firmado en la madrugada de ese mismo día. Así fue que le brindaron al capitán Félix y a su oficial comida para llevar a los demás hombres.

Días después retornó al puerto de Talara y de ahí viajó a Lima para la recuperación de la herida. Unos meses después en plena segunda guerra mundial fue destacado otra vez al crucero Coronel Bolognesi, en la misión de defensa y protección en la zona norte de las refinerías de Talara. Si bien el Perú no participó directamente, apoyó a los Estados Unidos en la protección de esa zona del Pacifico.

Tras 32 años de servicio, se retiró de las fuerzas navales, pero con esta anécdota siempre en su memoria, contándola a quien le preguntaba sobre el conflicto donde participó, y destacando siempre el saludo de los hermanos ecuatorianos, resaltando la nobleza de esos hombres; y deseando que ningún conflicto o guerra los volviera a enfrentar.

Bibliografía

Marina de guerra del Perú (2000). Historia Naval, La República Siglo XX. Disponible en: http://www.marina.mil.pe/larepublica_sigloxx.htm


Una vida dedicada a servir: pasión por navegar fue publicado de la página 31 a página32 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ver detalle e índice del libro