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La travesía de un amor

Talavera, Baby Raquel

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

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Síntesis

La siguiente historia narra una parte de la vida de Mila –mi abuela postiza– desde que tiene que emigrar con su familia desde Serbia –en ese entonces Yugoslavia– hacia Argentina por causa de la Segunda Guerra Mundial.

En su nuevo hogar en el Chaco, Argentina, Mila vivirá la dolorosa pérdida de un ser muy querido aunándose las dificultades que tendrá que sobrellevar al enamorarse perdidamente de un joven criollo que, además de estar comprometido, era 12 años mayor que ella.

Introducción

Desde el momento en que nacemos se oyen las palabras “¡Luces, cámara, acción!” y empieza a correr la cinta que grabará la aventura que protagonizaremos a lo largo de nuestra vida, hasta que el rollo se termine y se apaguen las luces.

Con sus escenas alegres, tristes y oscuras todos cargamos con una historia la cual siempre damos a conocer, censurando algunas partes de nuestra película y exagerando otras.

Y es porque somos humanos que podemos hacer esto, transmitiendo los momentos efímeros de nuestra vida por medio de palabras, del lenguaje. Es esta posibilidad de compartir con otros lo que nos hace humanos y nos enriquece, lo que mantiene viva nuestra cultura.

En ese sentido se presentará a continuación un fragmento de la historia de Mila, el cual, aunque se lea en cinco páginas abarca 13 años de su vida.

Investigación exploratoria

El método de recolección de información se realizó por medio de varias entrevistas a la hija de Mila puesto que la protagonista de la historia vive actualmente en Sáenz Peña, Chaco.

Para conocer el contexto histórico que se vivía referente a la Segunda Guerra Mundial se investigó al respecto en fuentes de segunda y tercera mano.

La travesía de un amor

Era una noche fría de octubre como cualquier otra, y aunque hacía poco que el verano había terminado, el helado viento del otoño anunciaba su llegada al pequeño pueblo de Glozan a 5 kilómetros del río Danubio en frontera con Hungría. Papá volvía con Juan de trabajar en los molinos mientras Samuel, Maro y yo jugábamos junto al fuego. Mamá preparaba la cena con Ana, quien por ser la mayor de las hermanas, le ayudaba todo el tiempo. Hubiera sido una cena como las acostumbradas, pero el asesinato del Rey Alejandro I en Marsella durante su visita a Francia se tornó más importante que el recuento de quehaceres en los molinos que papá contaba a mamá todas las noches. La inocencia de mis seis años divagante en temas de niñas, ignoraba completamente el giro que pronto daría mi vida.

Aunque dieciséis años habían pasado desde que papá había vuelto de la Primer Guerra Mundial, el caos y la tensión reinaban en el país. Con la firma de los Protocolos de Roma en contra de las políticas de Hitler y amenazando la integridad territorial de Yugoslavia sólo faltó el asesinato del canciller Dollfuss por los nazis para que mis padres y toda Europa entendieran que se avecinaba una segunda guerra.

El hecho de que papá hubiera sido reclutado en la Primer Guerra Mundial sin ver a su familia durante cuatro años al grado de que lo dieran por muerto y que al volver, su hija ni siquiera lo reconociera, puso en él la determinación de dejar el país por miedo a que lo volvieran a llamar para tal labor.

Con esa decisión en mente, papá fue a la embajada canadiense en Belgrado con la intención de que emigráramos al nuevo continente al menos hasta que pasara la guerra. Canadá no era un sitio nuevo para papá, a los 16 años había viajado al país americano para trabajar como carpintero, lo malo es que adquirió algo más que experiencia: tuberculosis. Enfermo, decidió volver a Glozan con su familia donde, después de probar desesperadamente todo tipo de remedios caseros, inesperadamente se curó. Esta mancha en su historial médico, hizo que la embajada canadiense le cerrara las puertas.

Desilusionado, papá salió del lugar encontrando al lado la embajada argentina, en ese momento recordó que gente que conocía de la iglesia –a la que su fe evangélica impulsaba a asistir– había emigrado a aquellas tierras del sur de América.

Con casi nada de posesiones –porque creíamos ingenuamente que volveríamos al terminarse la guerra– y todo el dinero que teníamos, una mañana de 1935 papá, mamá, mis cuatro hermanos y yo nos alejábamos del puerto de Hamburgo en el “Cap Norte” viendo por última vez las tierras de Serbia, en ese entonces, Yugoslavia.

La travesía duró un mes, haciendo escala en Madeira y Río de Janeiro hasta por fin desembarcar en Argentina. Como era de esperarse, sin una casa propia en la cual pasar la noche, nos hospedamos en el Hotel de Inmigrantes.

No pasó mucho tiempo para que papá comprara un campo en San Bernardo, Chaco. Tan sólo el pedazo de tierra se había llevado nuestros pocos ahorros por lo que tuvimos que construir la casa de barro viviendo de los frutos de la huerta y el gallinero. Tiempo después, el campo produjo lo suficiente como para construir la casa con material.

No era fácil comunicarnos con la gente, pero lo intentábamos por medio de señas. Por suerte, en el pueblo de Sáenz Peña había inmigrantes serbios con los que pronto hicimos amistad. Ana, la mayor de mis hermanas conoció a Betty, una joven que también venía de Serbia con su familia escapando de la guerra. Pronto se hicieron tan amigas que Ana se mudó a vivir al pueblo con ella, al poco tiempo conoció a Juan Movrin –un inmigrante de Eslovenia, en aquel entonces, una provincia de Yugoslavia– y se casaron.

Habían pasado dos años desde que partimos del puerto de Hamburgo y aunque la tierra nueva era muy diferente, sin darnos cuenta ya nos habíamos acostumbrado a nuestra nueva vida. Mamá estaba esperando a Teresa y, curiosamente, mi hermana Ana –llamada igual que mamá– también estaba embarazada, así que las dos Anas traerían nuevos integrantes a la familia.

Quién diría que el destino me quitaría a una de ellas. Mamá no pudo soportar el parto y la pequeña Teresa no pudo vivir más de una semana. Así que mi alegría se fue igual de rápido como vino.

En ese entonces tenía sólo ocho años y papá no podía hacerse cargo del campo y de criar a sus hijos por lo que decidió que sería mejor que Ana –catorce años mayor que yo– me cuidara. Así fue como fui a vivir a Sáenz Peña.

Mi nueva vida en el pueblo incluía ir a la primaria, ayudar en los quehaceres y cuidar a mis sobrinos. Había pasado a cuarto grado cuando Ana enfermó de tuberculosis –la misma enfermedad que había atacado a papá en Canadá– ahora no sólo debía cuidar de sus hijos sino de ella, por lo que tuve que dejar la escuela.

Mientras tanto los años pasaban también en el campo, papá seguía trabajando y envejeciendo, Juan –mi hermano– había conocido a una linda joven llamada Catalina, con quien poco tiempo después se casó. Samuel, por su parte no corrió la misma suerte, la pena de un desamor lo orilló al alcoholismo, vicio que a los 26 años le quitaría la vida por una cirrosis.

Tres años habían pasado desde que la muerte decidió llevarse a mamá y Teresa, tiempo suficiente para que papá creyera que me había criado lo suficiente como para volver a casa.

Ahora era turno de que mi otra hermana Maro conociera la vida en el pueblo, por lo que se fue a vivir con Ana y yo regresé al campo.

El tiempo me había llevado hasta los 13 años, edad que marcaría mi corazón para toda la vida. Era una tarde de julio en la humilde cancha de fútbol de San Bernardo y un equipo de Sáenz Peña había venido a jugar al campo.

Mi afición por ese deporte y la cercanía de la cancha al campo de papá hicieron que no lo pensara dos veces para que en menos de lo que canta un gallo me encontrara en primera fila esperando ansiosamente, como fiel hincha, que iniciara el partido. Habían pasado cinco minutos de juego cuando mis ojos dejaron de seguir el balón y se anclaron en el encargado de detenerlo. Así, tan simple e inexplicable, la flecha de Cupido atravesó mi joven corazón al ver a Silvano Atilio Fabre, el arquero del equipo a quien, a pesar de su porte singular, apodaban “Chiche”.

La casualidad se dejó ver otra vez cuando mi hermana Maro se puso de novia con Clemente Fabre, el hermano mayor de Chiche. Pero al pequeño inconveniente de que Chiche era 12 años mayor que yo se le sumaba que estaba comprometido con Yolanda Mussimessi, una mujer atractiva y de una elegancia exquisita, pero a mi ingenuo corazón parecía no importarle.

Y es que mi amor por Silvano era tal que mi ruego a Dios no era que él se casara conmigo, sino con la mujer que lo hiciera feliz, sea quien fuera.

La relación entre Maro y Clemente proliferó y finalmente decidieron casarse, suceso que obviamente debía festejarse.

A la fiesta de compromiso, como era de esperarse, también asistió Chiche acompañado de Yolanda. Fue entonces cuando, mientras yo cuidaba a Pichón –hijo menor de Ana– , Silvano se me acercó y exclamó: – ¡Qué buena niñera es usted! –en esa época el trato era de usted a menos que hubiera mucha confianza.

Ya sabe entonces, si algún día me necesita para niñera de sus hijos– le respondí.

– ¡Yo la quisiera para madre de mi hijos!– exclamó mientras desplegaba una enorme sonrisa pareciendo no importarle que su prometida, quien estaba junto a él, lo escuchara.

Tal vez, porque Silvano se lo dijo a una joven de 15 años delgada como un palo –complexión opuesta al prototipo de belleza de aquel entonces– o porque estaban comprometidos, Yolanda no se escandalizó por la intrépida declaración de su novio.

Aquella charla se grabó para siempre en mi memoria. Fue lo que me alentaba a seguir con la esperanza de que mi amor por Silvano fuera correspondido manteniendo su nombre siempre en mis oraciones. Quizás fue esa implacable fe, mi inextinguible amor o simplemente el destino lo que hizo que mi cielo gris comenzara a despejarse.

Al poco tiempo del compromiso entre Maro y Clemente, Yolanda viajó a Rosario a vivir un tiempo con su mamá con la idea de casarse con Silvano al regresar. Al parecer la distancia no le sentó muy bien a Silvano quien decidió romper el compromiso y terminar la relación. Después me enteré que él nunca tuvo la intención de casarse con Yolanda por la desvirtuada fama de ser una mujer “liviana”.

En ese entonces había vuelto a vivir con Ana al pueblo ya que su frágil salud requería que la ayudara como niñera y con los quehaceres de la casa.

Para mi divina suerte, la casa de Ana formaba parte del trayecto cotidiano de Silvano para ir al trabajo. Esto, y el nuevo parentesco que nos unía al ser el hermano de mi cuñado, bastó como excusa para que charláramos más seguido.

Con Ana acostumbrábamos sentarnos en la vereda durante la tarde a tomar mate y platicar. A esa costumbre se le sumó la de Silvano de pasar rumbo a su peluquería, así que algunas veces se quedaba a charlar y otras nos visitaba a la casa. Así fue como fuimos conociéndonos cada vez mejor, yo me enamoré más de él y él comenzó a interesarse en mí.

Mientras esto pasaba, papá maquinaba sus propios planes.

Había decidido enviarme a aprender taquimecanografía con un hombre yugoslavo de apellido Galo con la intención de que me casara con él porque además de ser “gringo” profesaba la fe evangélica. Intento que le resultó fallido porque yo siempre firmaba con el nombre de “Chiche Fabre” como una sutil insinuación a mi pretendiente de que mi corazón ya tenía un dueño.

Había pasado un año desde que Silvano me había dado a conocer su pretensión de que yo fuera la madre de sus hijos, idea que en aquel momento parecía poco probable pero que se tornó posible cuando a mis 16 años, Chiche le pidió permiso a Ana para que iniciáramos formalmente una relación.

Ana no estaba muy segura al respecto por la fama de donjuán que se había hecho Silvano, temía que no tuviera serias intenciones conmigo y en esa época una lista larga de novios manchaba la reputación de una dama, así que si ella podía evitarme ese tipo de antecedentes lo haría. Pero después de tanta insistencia en que sus intenciones eran serias y genuinas, Silvano logró convencerla y terminó por darnos su aprobación.

Mis tres años de paciencia y perseverancia habían dado fruto, el hombre que vi en aquel partido de futbol cuando tenía 13 años, cuyas circunstancias hacían inalcanzable, finalmente me había correspondido. Ahora, después de tres años de un hermoso noviazgo, estábamos por casarnos.

El 25 de agosto de 1948, teniendo 19 años y Silvano 31, salía del Registro Civil tomada de su brazo mientras portábamos el anillo en la mano izquierda que nos recordaría el amor, fidelidad y compañía que nos prometimos el uno al otro hasta que la muerte nos separe.

Conclusiones personales

El lenguaje es la principal herramienta humana para expresar y conocer el pensamiento. Nos permite adentrarnos a la cultura y formar parte de una historia, la cual, recreamos y transmitimos por generaciones.

Cuando contamos una historia damos lugar a la imaginación, a la interpretación y, por tanto, a la creación.

Eso es lo que sucedió en este relato, lo que se leyó anteriormente no fue más que mi versión de lo que Mila decidió contarle a su hija Irene, quien a su vez me contó a mí y que, seguramente, dará lugar a un sin fin de interpretaciones otorgadas por diversos lectores. “La travesía de un amor” es, sin lugar a dudas, un ejemplo de la riqueza y la ambigüedad del lenguaje.

Referencias bibliográficas

http://sgm.casposidad.com/

http://es.wikipedia.org/wiki/Serbia#Primera_Guerra_Mundial

http://es.wikipedia.org/wiki/Reino_de_Yugoslavia

http://es.wikipedia.org/wiki/Protocolos_de_Roma_%281934%29


La travesía de un amor fue publicado de la página 35 a página37 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

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