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Univitelinos

Mendez, Marisol

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

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Síntesis

Esta es la historia de cómo el nacimiento de mis tíos gemelos precipitó el crecimiento de mi mamá. Pocos meses antes de que mi abuela diera a luz, su marido se embarcó en un viaje persiguiendo sus sueños y su hermana atravesó una separación que la llevó a mudarse con mi mamá y mi abuela.

En ese entonces mi mamá solo tenía doce años pero se vio obligada a madurar para lidiar con un secreto familiar y llevar a cabo una gran responsabilidad.

Durante el parto acompañó a su madre inspirándole valor y ayudándola a sobrellevar la situación. Su asistencia y tenacidad resultaron en el nacimiento exitoso de dos bebés fuertes y sanos.

Introducción

Abordé este trabajo con la idea de relatar el vínculo de amistad y complicidad que une a mis tíos gemelos. Su relación fraternal ha evolucionado con el paso de los años pero siempre ha estado rodeada de anécdotas divertidas. Deseaba empezar describiendo las circunstancias peculiares que antecedieron su nacimiento y proceder a contar su infancia y adolescencia de travesuras. Sin embargo me di cuenta que debajo de la superficie de este recuento de hechos preliminar se hallaba escondida una historia de igual o mayor importancia.

Esta nueva aproximación al relato tenía por protagonista a mi madre y se enfocaba en los acontecimientos que suscitaron su crecimiento. Mi abuela no se enteró que iba a tener gemelos hasta el mismo momento de dar a luz.

En esa época circulaban varias historias de complicaciones con embarazos de gemelos y mi abuelo creyó prudente ocultarle la verdad para ahorrarle preocupaciones y mantener a los bebés fuera de riesgo. Por un largo tiempo él se hizo responsable de lidiar con el secreto y sus complicaciones pero un viaje inesperado lo forzó a compartirlo y encomendarle la misión a mi madre.

En ese entonces ella solo tenía doce años y tuvo que madurar de golpe para encargarse de la situación. Las dificultades solo escalaron con la llegada de una tía despechada y mandona, su decorador personal, su esposo arrepentido y una serie de personajes disparatados inconscientes de la carga con la que debía lidiar mi mamá.

La historia esta relatada desde el punto de vista de mi mamá cuando era tan solo una niña. Esto le provee al lector la oportunidad de experimentar los acontecimientos tal como lo hizo ella y participar de sus inquietudes, desvelos, y sosiegos.

Investigación exploratoria

La historia relatada parte de eventos y personajes reales. Sin embargo, se trata de una obra ficcional. Los datos los obtuve principalmente de una charla con mi mamá y de las conversaciones y una entrevista que mantuve con mi abuela.

Al momento de hablar con ellas aún pensaba escribir sobre la relación fraternal de mis tíos gemelos por lo cual la información recopilada no se enfocaba en el recorte temporal que al final decidí relatar. Es por eso que tomé los pocos hechos con los que contaba y decidí “novelarlos” sin preocuparme de exagerar la verdad o moldearla según las necesidades de la historia.

La fuente principal de mi historia es la imaginación.

Univitelinos

Esa tarde mi padre se aproximó a mí con expresión severa.

Murmuró una pregunta casi sin despegar los labios.

-¿María, sabes dónde compró tu madre la ropa para el niño?- Levanté la mirada del libro que reposaba sobre mi regazo. Mi madre estaba sentada en el sillón frente a mí pero no había reparado en el extraño comportamiento de mi padre por hallarse enfrascada en una conversación aireada con mi tía.

Discutían sobre algo relacionado a su reciente separación. La relación conflictiva entre ella y su marido era conocida por toda la familia. No era la primera vez que se separaban.

Podía recordar al menos tres ocasiones anteriores en las que una pequeña riña escalaba a proporciones melodramáticas y terminaba con ambas partes jurándose desamor, con uno de ellos dejando la casa para retornar como si nada, transcurridos unos pocos días, tras haberse disipado el calor del enfrentamiento.

Esta vez, sin embargo, esos pocos días se estaban convirtiendo en varias semanas. Ya había pasado casi un mes desde que mi tía apareciera en la puerta de casa rodeada de valijas y baúles con sus pertenencias.

-¡María! Te he hecho una pregunta- mi padre ojeaba nervioso los movimientos de mi madre.

-Sí, papá, acompañe a mamá a hacer las compras- En ese momento mi madre volteo a mirarnos. Inmediatamente el rostro de mi padre se suavizó y sus labios esbozaron una tenue sonrisa. El encantamiento duró apenas unos instantes.

Ni bien mi madre apartó mirada la expresión de papá endureció. Apoyo su mano sobre mi hombro y se inclinó casi imperceptiblemente hacia mi oído.

-Esta tarde a la hora de la siesta me llevarás a la tienda sin mencionar nada a nadie-. Su tono no admitía replicas.

Esa misma tarde la conducta furtiva de mi padre cobró sentido.

A la hora señalada nos escabullimos de casa sin levantar sospechas. El único percance ocurrió porque Doña Gladys, la pastelera de enfrente, mujer de muchos ajetreos y pronta sonrisa, se vio obligada a cerrar temprano su negocio porque iba a la estación a recibir a su hija quien retornaba de una larga estancia en el exterior. Ambos caminábamos tan ensimismados, yo tratando de descifrar la necesidad de tanto secretismo y mi padre probablemente cavilando sobre los riesgos de ser descubiertos, que chocamos de frente contra ella. Tumbar a una mujer tan grande como Doña Gladys no es tarea fácil, pero al parecer aunque nuestros pensamientos flotaban ligeros el remordimiento otorgaba peso a nuestro andar.

-¿Pero qué…?- Doña Gladys calló el resto de su reproche al notar que se trataba de sus vecinos. Mi padre ya se hallaba de pie ayudándola a incorporarse.

-Edgar, María, ¿se puede saber en qué andan metidos para atropellar así a una pobre vecina? ¡Pero vaya! Casi se diría que han cometido un crimen y se han dado a la fuga. Después de todo, ¿qué hacen ustedes fuera de casa a la hora de la siesta dejando sola a la señora? Deberían estar acompañándola-.

-¿Pero qué locuras dices? Jamás dejaría a mi esposa sola y menos en su estado. En este preciso momento se encuentra al cuidado de su hermana quien te aseguro le es más útil de lo que yo puedo ser. Lo que sucede es que estamos aprovechando que duerme para hacer una visita rápida a la librería.

Le prometí un nuevo libro a María y últimamente me ha sido muy difícil encontrar tiempo para cumplir esa promesa. Mi hija ya ha esperado bastante así que, ¿qué mejor oportunidad que cuando los demás descansan?-.

Papá me atrajo hacía si y me estrecho con más fuerza de la necesaria evitando mis ojos. Miré a Doña Gladys y asentí con un movimiento de cabeza.

-Bueno, ustedes dos, con sus libros y sus cosas. ¿Quién los entiende? La niña salió igual a usted siempre con la cabeza en las nubes. Pero fíjense que bajar a tierra de vez en cuando es lo que evita estos encuentros abruptos- Gladys reía divertida.

-Vayan, vayan que yo también ando apurada. Margot llega hoy y ya estoy retrasada-.

-Saludos a su hija-.

-Lo mismo para la señora-. Con un último saludo Doña Gladys se fue.

El resto del trayecto lo hicimos en silencio. Un millón de preguntas bullían en mi cabeza pero en estos momentos era incapaz de interrogar a mi padre. Él siempre había tenido gran facilidad para inventar historias pero nunca antes lo había hecho para contar una mentira. El hombre que caminaba a mi lado se parecía cada vez menos al padre que conocía.

Cuando finalmente llegamos a la tienda de artículos de bebé detuvo el paso en el umbral y me tomo por los hombros. Sus ojos buscaron los míos.

-María hay algo que no he compartido con nadie más. Pero antes de revelártelo necesito que comprendas cuán importante es mantener el secreto. Se trata de una noticia que es potencialmente tan maravillosa como amenazante y nadie, nadie, especialmente tu madre puede saberlo-.

Gemelos. Dos iguales. Dos a la vez. La noción no era nueva si nos remontábamos a la genealogía familiar. Corría por el lado de mi madre. La historia familiar hacía referencia a gemelos por generación saltada. Papá por fin lo había revelado entre suspiros apesadumbrados como si se tratara de un delincuente recitando su condena más que de un padre anunciando la llegada de sus hijos.

Mi primera reacción fue el alivio. No se trataba del secreto oscuro y pecaminoso al que mi mente había dado forma.

Pensándolo bien, un par de hermanos implicaba el doble de trabajo, el doble de atención, el doble de comida, el doble de todo. Sin embargo, mi madre ansiaba un hijo y estaba segura que si llegaba uno más, aunque fuera de manera inesperada, estaría dichosa de recibirlo en la familia. Tampoco imaginaba a papá oponiéndose a la idea por muy retadora que fuera. ¿Por qué razón, entonces, tanto secretismo? La pregunta permanecía sin responder.

-¡Esas son buenas noticias! Hay que contárselo a mamá. Es absurdo pretender sorprenderla a último momento. Uno debe prepararse para algo así-.

-No se trata de darle una sorpresa. Lo que pretendo es evitarle preocupaciones innecesarias o agitar aguas que deben permanecer quietas-.

-No entiendo-.

-Ni esperaba que lo hicieras-. Sus palabras me hirieron un poco. Me disgustaba que los adultos, especialmente mi padre, me subestimaran. Volvió a suspirar.

-Dime niña, ¿qué sabes sobre el bombardeo atómico en Hiroshima?-. Quería impresionarlo así que repetí de memoria la noticia como tal como la recordaba de los textos.

-Fue un ataque nuclear de Estados Unidos contra el Imperio de Japón que se efectuó el 6 y el 9 de agosto de 1945 y marcó el final de la segunda guerra mundial-. Sonreí expectante.

-No. No quiero un recuento de los hechos. ¿Qué sabes sobre las consecuencias del bombardeo?- Continúo sin darme tiempo a responder.

-Entre los muchos perjuicios que desató la radiación de las bombas se encontraban las malformaciones fetales. Varios gemelos nacieron siameses-. El horror me forzó a interrumpir abruptamente.

-¿Estás diciendo que crees que existe la posibilidad de que mis hermanos nazcan siameses?- La noción misma era demasiado atemorizante como para mantener la calma.

-Podrías estar equivocado ¿verdad? ¿Podría tratarse de una gran confusión nada más? ¿Podría ser solo un niño? ¿Cómo sabes tú que son gemelos si mamá lo ignora?-.

-Tranquila, María, una cosa a la vez. Primero estoy absolutamente seguro que tu madre está esperando gemelos. Yo mismo le pedí al médico que no le comunicara la noticia–. Al notar que abría la boca para continuar con el interrogatorio, papá me hizo un gesto instándome a permanecer callada.

-Y lo más importante, y lo repito, no creo que los gemelos vayan a nacer siameses. Un embarazo doble conlleva cierto riesgo y simplemente no deseo incrementarlo comunicándoselo.

Sabes cuan impresionable puede ser tu madre y con tantos casos circulando por las noticias temo causarle un sentimiento de miedo o ansiedad que perjudique a los bebés.

Así que confío en que me ayudaras a mantener el secreto.

Debes ser precavida y evitar a toda costa que la más mínima sospecha perturbe a tu madre. Y cuida además que tu tía no se entrometa demasiado. Ambos sabemos que esa mujer no tiene tacto ni sentido común como para lidiar con algo así-.

-Papá, ¿por qué me confías todas estas cosas justo ahora? Y ¿por qué me trajiste a este sitio?- -¿Recuerdas la beca a la que aplique?- -Claro. Cirugía maxilofacial en Yale. No hay que limitar el vuelo de nuestros sueños- añadí imitando el tono inspirado con el que mi padre me repetía su máxima.

-Exacto, pequeña. Recibí la respuesta ayer. Yale me concedió la beca. Quieren que me sume al programa el próximo mes.

Es una oportunidad única y no puedo rechazarla. ¿Comprendes?- Sus ojos se entrecerraron suplicantes.

Parecía esperar que de alguna forma yo lo convenciera de que era correcto actuar según una resolución que ya parecía definitiva.

Buscaba desesperadamente algún tipo de aprobación y aun así no pude evitar mencionar aquello que obviamente constituía la fuente de su malestar.

-Pero, ¿qué hay de mama y el… digo los bebés?- Mi padre se revolvió incómodo.

-No quiero sentir que las abandono pero Yale siempre ha sido mi sueño. Además si obtengo la maestría, ¿sabes cuánto más podría cobrar por consulta? Una especialidad es lo que necesito para que mi profesión despegue. Ahora mismo nuestra economía anda bien gracias al respaldo del aguinaldo de tu madre pero no podremos contar con eso indefinidamente.

Puedo seguir trabajando a la par que estudio. Por Dios, ¡si es América! Imagina mi sueldo actual en dólares. ¿Qué no ves que puedo ser mucho más útil allá que acá?- -¿Y qué sucederá si no logras volver a tiempo para el nacimiento? ¿Podrías pedir una licencia o algo para esa fecha?- -Por supuesto que lo intentaré pero nada es seguro. María.

María por favor mírame; no te pongas triste. Tú querías saber porque te cuento todo esto ahora. Bueno, lo que pasa es que te estoy dejando a cargo. A cargo de tu madre y de tus hermanos. Nadie más sabe el secreto y necesito que eso permanezca así. Pero no solo debes ocuparte de mantenerlo sino que debes preparar todo de forma que cuando finalmente salga a la luz no signifique un lío para tu madre-.

-¿A qué te refieres? -Eso me lleva responder la segunda pregunta que me hiciste.

¿Por qué te traje a la tienda de ropa infantil? Desde que distinguí dos latidos en la ecografía que le hicieron a Yolanda, me he encargado de proveer por igual a mis dos hijos aunque nadie más sea consciente de ello. Cada vez que tu madre, tu tía o cualquier otra persona compra algo para el ajuar de un bebé, yo me escabullo para obtener un segundo ejemplar. Cuando llegue el momento, los gemelos tendrán dos ajuares iguales.

Esa es la misión que ahora te encomiendo, pequeña, porque no hay otra persona en el mundo en quien confié más-.

El mes previo a la fecha estimada para el nacimiento de los gemelos fue el más agitado de mi vida. Los días se sucedían unos a otros entre suspiros y regaños sin dejarme apenas tiempo para cumplir con la misión que me había encargado mi padre. Era la primera vez que mamá y papá se separaban desde que se habían conocido. Ella comprendió que no podía interponerse entre papá y su sueño y aunque mantuvo la suficiente compostura como para despedirlo sin verter una sola lágrima, su desolación se hizo aparente el instante mismo en que se alejó del andén. A partir de ese día mi madre se tornó distante, casi como un fantasma. Las imágenes que recuerdo de esa época la delinean como un alma en pena vagando por los rincones de la casa que mi padre frecuentaba y solo completamente lúcida al momento de recibir una carta firmada: con profundo amor, tu Edgar.

El repentino cambio en el humor de mamá sumado a su delicada salud y su naturaleza etérea le imposibilitaron seguir encargándose de la casa y fue así como mi tía se hizo con el mando. Mamá pasaba la mayor parte del día acostada leyendo y releyendo las cartas que le enviaba mi padre. Su barriga ya había adquirido considerables proporciones motivo por el cual mi tía le había ordenado comer en su alcoba. Durante los interminables almuerzos, a solas con mi tía debía soportar sus quejas respecto a mi padre y sus aspiraciones intelectuales, su aireada auto-compasión y sus constantes sermones respecto a mi aspecto descuidado y mis modales poco femeninos.

-¡Pero, niña! Si no se tratara de mi propia hermana diría que has sido criada por lobos. Siéntate derecha. ¿Has estado usando la crema de manos que te di? Tu pobre madre siempre ha sido distraída con estas cosas y dudo mucho que tu padre se vaya a interesar en algo más que en esos viejos libros que tanto le gusta leer. Las manos de una mujer son su carta de presentación y, francamente, las tuyas dejan mucho que desear. Míralas siempre las llevas sucias con mugre-.

-Son manchas de tinta. He estado escribiendo algo de poesía.

O al menos intentando-.

-¿Poesía? Gracias al Señor me tienes a mí para introducirle algo de sentido común a esa cabecita tuya. De que te sirve la poesía. No vas a enamorar a ningún muchacho con ella y menos aún alimentar a tus hijos con palabras. Debes invertir tu tiempo en algo práctico y útil. Aprende algún oficio. A cocinar o a bordar y sobretodo cuida tu imagen. Nadie quiere una esposa sabelotodo que viva colgada de los árboles como un niño travieso-.

Podía soportar sus regaños y su desaprobación con estoicismo pero fui incapaz de quedarme callada el día que su estilista y decorador personal comenzó a tomar medidas de las dimensiones de la biblioteca.

-Tía, ¿qué hace un hombre midiendo la biblioteca? Está quitando los libros de sus estantes. Todos tienen un orden específico que se debe respetar. Papá no estará nada contento si descubre que alguien ha estado revolviendo sus libros así sin más-.

Mi tía me devolvió la mirada desde el espejo donde se contemplaba mientras pintaba sus labios.

-Ah, te refieres a Pierre. Lo traje para hacer unas refacciones.

Dado que mi presencia se ha tornado indispensable ahora que Edgar ha decidido ausentarse en tan inoportunas circunstancias es preciso que mínimamente me encuentre bien instalada.

Temo que el cuarto de visitas es muy pequeño para albergar todas mis pertenencias y como la biblioteca se encuentra a lado y ya nadie la usa he decidido hacer una ampliación-.

-Pero si yo la uso. Estoy allí prácticamente todos los días-.

-¡Exacto! No es sano para una niña de tu edad pasar tanto tiempo encerrada en una habitación rodeada de libros viejos.

Te imaginas la cantidad de polvo que se acumula en tus pulmones.

Además deberías ocupar tu tiempo en algo más provechoso.

Podrías ayudarme a redecorar la casa. Ahora que tu madre se encuentra tan débil le haríamos un favor dándole algo de vida a este lugar-.

-A mí me gusta mi casa tal como está-.

-No lo dudo querida. Por eso mismo debemos darle un toque de modernidad. Eres igual a tu padre tan aferrada a lo clásico y conservador. No te culpo por heredar esa mentalidad tan cerrada-. Mi tía ya ni me miraba. Estaba ocupada colocando ruleros en su cabello.

-La biblioteca es de papá. No creo que le agrade mucho encontrarla convertida en una extensión del cuarto de visitas-.

Repetí poco convencida del efecto de mis afirmaciones.

-Si no le importó dejar sola a su esposa a punto de dar a luz estoy segura que no le molestará descubrir que tiene un poco menos de espacio para leer-.

-Tú no lo entenderías-. Susurré por lo bajo dando unos paso en dirección a mi habitación.

-Alto ahí jovencita-.

Di media vuelta esperando una confrontación.

-¿De dónde vienes?- Preguntó con una media sonrisa formándose en sus labios.

-Del colegio- respondí rápidamente. Mi tía se levantó del tocador y camino lentamente hacia mí. Su sonrisa era cada vez más amenazante.

-Si eso es cierto, ¿por qué tardaste tanto en llegar? Hace más de media hora que las clases terminaron. Y ¿qué es eso que llevas en tu bolso que se ve tan cargado? -Nada. Yo… me desvié para comprar algo.

-Si eso veo. ¿Podrías explicarme exactamente que compraste?-.

Antes de que pudiera esquivarla mi tía se abalanzó sobre mí y me arrebató el bolso de las manos. Temía que encontrara los juguetes de bebé que había escondido en el fondo. Eran iguales a los que Doña Gladys le había traído de regalo a mamá justo el día anterior. Deseaba huir y escapar de sus preguntas.

¿Qué haría si descubría el secreto? Le habría fallado a papá y habría puesto en riesgo a mamá. Entrecerré los ojos aguantando la respiración. Pero la reprimenda que esperaba oír jamás se verbalizó -Crema hidratante. Crema humectante, exfoliante, blanqueadora.

¡María! Si tan solo me hubieras pedido que te las prestara.

Aquí tienes todas y de la misma marca que te recomendé.

Creía que eras un caso perdido pero estoy tan orgullosa de que escuches a tu sabia tía. La próxima no hace falta comprarlas.

Yo tengo de sobra-.

Mi tía sostenía varios frascos en sus manos y lo examinaba complacida. La suerte se hallaba de mi lado. Había dado con mi escondite. Todas las cremas que jamás me obsequió las mantenía guardadas en un bolsillo de mi bolso para eventualmente regalárselas a Margot quien de seguro las apreciaría más que yo. Mi tía creyó haber dado con mi compra clandestina y no pensaba corregir su error. Suspire aliviada. El secreto seguía a salvo.

Pocos días después mientras almorzábamos en silencio (el episodio de las cremas parecía haber calmado un poco el las ansias de mi tía por reformarme) mi madre se materializó en el umbral de la puerta. Su rostro estaba tan blanco como el camisón que la cubría; sus manos se aferraban nerviosas a su vientre hinchado.

-Es hora-.

Fue un murmullo casi inaudible que desencadeno el pánico.

Mi tía gritaba órdenes a diestra y siniestra. La servidumbre corría de un lado a otro ocupada en los preparativos para el viaje al hospital. En un abrir y cerrar de ojos cuatro pequeñas maletas descansaban junto a la baranda de la escalinata. La más pequeña de todas contenía el ajuar del bebe. En medio de tanta confusión todos parecían haber olvidado lo más importante; mamá aun permanecía apoyada contra el marco de la puerta respirando con pesadez. Me aproximé a ella y pase su brazo por encima de mis hombros.

-Vamos, mamá ya queda poco.- Me sonrió débilmente y me siguió sin rechistar.

La conduje a mi habitación donde la ayude a sentarse sobre la cama. Sabía que se hallaba frágil y no debía arrastrarla así de un lado a otro pero no podía fallarle a papa justo ahora. Me apresure a buscar el bolso donde había escondido el segundo ajuar. La mirada de mamá era perspicaz pero aunque notó mi nerviosismo en ningún momento me cuestiono sobre su contenido. Solo un pensamiento ocupaba su mente.

-Tu padre. Edgar. El niño no puede nacer si él no está-.

Me mordí el labio inferior y baje la mirada para que no notara mis ojos vidriosos.

-No, mamá. No creo que él llegue. La fecha de parto no es hasta dentro de una semana y no hay forma de comunicarle algo tan repentino-. La estreche entre mis brazos.

-Pero aun si él no puede llegar no dudes que su corazón te acompaña en todo momento-. Vamos que se hace tarde.

Cuando dejábamos la habitación mi tía nos intercepto bloqueándonos el paso.

-Pero si llevo horas buscándolas. María, que haces fatigando así a tu madre. Pierre nos espera en el auto abajo. Todo está listo-.

Pierre no parecía muy contento de intercambiar su distinguido puesto de decorador personal por el de un simple chofer a cargo de tres mujeres alteradas camino del hospital y aunque todo el recorrido se la paso murmurando por lo bajo lo que yo suponía insultos en francés despidió a mi tía con una exagerada reverencia tras recibir una considerable retribución por sus servicios.

Una vez en el hospital, mi tía volvió a tomar las riendas del asunto y en cuestión de pocos minutos mi madre se hallaba cómodamente instalada en un cuarto privado a cargo de una enfermera personal. En momentos como ese estar emparentada con una dictadora implacable era una bendición.

Transcurrieron largas horas sin mayores novedades. Mamá experimentaba contracciones fuertes cada vez con mayor frecuencia pero el doctor señalaba que el cuello del útero aún no se había dilatado lo suficiente para el parto. Mi tía se encontraba tan intranquila que ni había reparado en el bolso que sujetaba con fuerza entre las manos. Ya se acercaba la hora; el secreto iba a salir a la luz.

Cuando el sol empezaba a ponerse, entró una enfermera joven de ojos risueños.

-Su esposo está aquí, señora-. Anunció entre risitas ahogadas.

Las tres mujeres nos sobresaltamos.

-Edgar ¿Está aquí?- Mi madre intentó en vano incorporarse.

-Pero eso es imposible. Yola quédate donde estas voy a averiguar de qué se trata esto-.

Tal vez debí haberme quedado junto a mamá pero no podía contener la emoción. Seguí a mi tía que se precipito hacia el pasillo.

Mi corazón latía desenfrenado. Papá estaba de vuelta. Había llegado justo a tiempo o como prometió. No podía creerlo.

-¡Ah! ¿Pero qué es esto?-. El grito escandalizado de mi tía me devolvió a la realidad. Frente a nosotras en medio de la sala de espera estaba el esposo de mi tía rodeado por cuatro mariachis.

Dos de ellos sostenían grandes guitarras, un tercero llevaba un acordeón y el último sujetaba una trompeta. Mi tío Mario se aproximó a nosotras con los brazos extendidos.

-¡Blanca! Mi querida, Blanca. ¿Cómo he sido capaz de vivir tanto tiempo lejos de ti?-. El tío Gonzalo tomó la mano de su esposa entre las suyas.

-Sé que tengo mis defectos pero ningún hombre es perfecto.

Dame la oportunidad de demostrarte que a pesar de todo aquello sigo siendo una mejor persona cuando estoy a tu lado. Mi amor perdóname si no he sido el esposo que te mereces. Te lo iba a decir con una canción pero no esperaba encontrarte aquí. Los médicos no me permiten darte una serenata en las inmediaciones así que, ¿por qué no me acompañas afuera?-.

-Gonzalo, esto es tan inesperado. Francamente estoy sorprendida por el gesto pero no esperes que unas cuantas palabras dulces vayan a hacerme cambiar de opinión respecto a nosotros-. En ese momento, pareció percatarse que yo estaba parada junto a ella.

-Además llegas en un mal momento, estoy ocupada con algo importante. No puedo simplemente…-.

-¿Hacer un tiempo para el amor? Blanca solo te pido lo que dura una canción y si no quedas convencida puedes volver a todo lo importante que mencionas-.

Si, estaba decepcionada y triste. La aparición del tío Gonzalo no se me había cruzado por la cabeza y menos en esta situación tan inoportuna. Por suerte mi tía parecía estar tomando las cosas con calma y manejando todo con inusitada madurez. Por eso sus siguientes palabras me indignaron profundamente.

-Está bien. Una canción. Pero eso es todo-. Parecía demasiado avergonzada como para mirarme a los ojos. Se alejó sin siquiera volver la cabeza dejando a su sobrina de doce años sola con una madre a punto de dar a luz a gemelos. En la distancia vi como las dos siluetas flanqueadas por robustos mariachis se tomaban de la mano.

Explicarle lo sucedido a mamá fue difícil. De todas las personas, ella era quien mejor conocía la naturaleza caprichosa de su hermana así que no le sorprendió demasiado ser abandonada tan repentinamente. Lo que no lograba entender era la ausencia de mi padre. Ambas nos habíamos aferrado a una brizna de esperanza solo para verla alejarse con el viento.

Al fin llegó la hora. Con o sin papá, con o sin tía los gemelos estaban listos para nacer y yo me aseguraría de que todo saliera bien. El doctor me conocía y ante lo ocurrido me dejo estar presente durante el parto. Yo sabía que él estaba al tanto del secreto y que papá le había pedido no revelar nada hasta que fuera inevitable.

Sostuve la mano de mamá durante todo el proceso. En un esfuerzo por mitigar su dolor le pedí que estrujara mi mano cada vez que sintiera algo molestia.

Cuando el bebé inspiró su primer aliento de vida, mamá se reclinó contra los almohadones, exhausta pero sonriente.

-Yolita aún no ha terminado. Debes pujar un poco más-. El doctor no dio mayores explicaciones.

-¿No ha terminado? ¿A que se refiere doctor?-. Ella se removía inquieta con expresión interrogante.

-Mamá. Mírame, por favor, ¿recuerdas lo que papá te dijo cuando vieron la ecografía del bebé?-.

-Sí. Dijo que teníamos un hijo con un corazón fuerte que latía por dos-.

-Bueno, en realidad debió decirte que tienen dos hijos de corazón fuerte. Todo este tiempo estuviste embarazada de gemelos pero papá no quería que lo supieras para no infundirte temor y poner el riesgo a los bebés-.

Dejó de moverse y abrió la boca para replicar. Intercedí cortante.

-Puedes enfadarte y demandar explicaciones luego pero ahora debes hacer lo que dice el doctor y pujar una poco más porque aún me falta un hermano-.

Mamá apretó mi mano entre la suyas. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas.

-Vamos a hacerlo, María-.

Gemelos. Dos iguales. Dos a la vez. Por fin iba a conocer a mis hermanos. Todo parecía tan aterrador como maravilloso.

Conclusiones personales

La experiencia de compartir una historia familiar fue muy enriquecedora.

Me concedió la oportunidad de sentarme junto a mi madre y mi abuela para rememorar aquellas pequeñas anécdotas que a primera vista pueden parecer intrascendentes pero cuya onda expansiva atraviesa los años para finalmente otorgarle sentido a lo que denominamos los grandes acontecimientos. En un principio planeaba trazar un relato completamente diferente del que termine escribiendo pero creo haber tomado la decisión correcta. Todos atravesamos distintos periodos de maduración y mi mamá, en particular, tuvo que hacerlo a una edad temprana. Es por eso que elegí profundizar en el preludio porque son esos esbozos de crecimiento los que mejor ilustran al ser humano. El desarrollar la historia me demostró como la tenacidad e implacable fortaleza de una niña es suficiente para concebir una esperanza y alumbrar no una sino dos vidas.


Univitelinos fue publicado de la página 39 a página44 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

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