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Muñeca

Camiser, Daiana

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

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Síntesis

En la década de 1920 mis bisabuelos maternos llegaron de Polonia para empezar una nueva vida, llenos de esperanza.

Se instalaron en la Argentina y tuvieron cinco hijos. Mi abuela Sara fue la cuarta en nacer.

Su niñez fue humilde y feliz. La vivió rodeada de su familia y amigos. Compartía todo con sus hermanos y se pasaba horas en la calle jugando con los vecinos.

Los años transcurrieron y la joven Sara creció y conoció a José, el amor de su vida. Él, al igual que ella, pasó por una niñez feliz que se interrumpe abruptamente cuando enferma su padre y muere su madre al poco tiempo.

Salieron algunos meses hasta que se pusieron de novios en el año 1953, para luego casarse en 1955.

José, previo al casamiento, le escribió un poema a Sara, que está presente a lo largo de la historia y simboliza la declaración de amor y compromiso hacia ella.

Destaco la importancia del poema como factor principal para formar una familia de la forma en que ellos lo hicieron.

Aportes y descubrimientos significativos

Los encuentros con mi abuela fueron más que improvisados.

Yo le pedía que hable de su infancia y ella me contaba lo que quería y destacaba en ese momento. Yo agrupaba esos datos dándoles forma, situándolos dentro de estructuras para cumplir con los objetivos de mi historia.

Cuando me puse a volcar la información para comenzar con los capítulos, empezaron a surgir charlas y a tocar diversos temas de la historia en casa. Así fue como durante una cena, mi mamá me comentó que su abuela Silvia había sido declarada heredera por su hermano mayor (él que se había encargado de la sucesión), sin ella estar enterada. Cuando Silvia quiso salir del país, salió a la luz el problema.

Ella dividió su parte con el resto de sus hermanos y el mayor se quedó con la mitad.

Este suceso, que yo desconocía, lo utilicé en la historia, aportando personajes y sumando elementos para describir la personalidad de mi bisabuela (que no tuve oportunidad de conocer).

Introducción

Nos ubicamos en la década de 1910, en Polonia, donde Silvia y Jaime se conocen y deciden venir a la Argentina para ver si las cosas iban mejor. El contexto, marcado por la guerra, no era fácil. Tuvieron 5 hijos. Uno de ellos, Sara, mi abuela.

Su niñez feliz y su crecimiento rodeado de la gente querida.

El encuentro con José.

Dos mundos que se unen en un mismo punto: el amor por la familia

Muñeca

Capítulo I: Rumbo a una nueva vida

“...un sueño de esperanza vierto en vos...” Corría el año 1924 en Białystok, Polonia, cuando Jaime abandonó sus estudios para ser rabino y poder viajar a la Argentina y evitar así, hacer el servicio militar.

Para entonces ya estaba casado con Silvia con quien tenía una hija llamada Catalina, de 2 años de edad.

Primero, fue Jaime el que viajó. Llegó a Buenos Aires, alquiló una pieza y se puso a trabajar como pintor de brocha gorda para juntar el dinero de los pasajes de su esposa e hija.

El viaje de las mujeres recién pudo concretarse en 1927. Al llegar, vivieron en diferentes inquilinatos por la zona de Flores.

En 1928 nació Natalio, 2 años más tarde nació Dora, luego Sara, en 1933 y por último, Feliza en 1935. La madre de todos ellos era un ama de casa nata. Trabajaba día y noche para que el hogar estuviese ordenado y bajo control. De más está decir, que era una mujer sumamente generosa y sabia, a pesar de su analfabetismo (ya que en aquella época sólo estudiaban los hombres).

Cuando Silvia tuvo que venirse a la Argentina salió a la luz que ella, como heredera de su padre (que había fallecido cuando ella tenía 12 años), debía pagar todos los impuestos sin saber de qué se trataba. Su hermano mayor, Bernardo, se encargó bajo el pedido de su madre de la sucesión. De esta manera nombró a Silvia como heredera junto a él, desheredando a los demás hermanos a escondidas de toda la familia.

Inmediatamente Tzivie (nombre por el cual la llamaba su familia) se comunicó con su hermano, que en ese momento vivía en los Estados Unidos y le pidió una explicación al respecto.

Trató de hacerle entender y reclamó la división equitativa entre sus hermanos. Bernardo se negó a aceptar cualquier tipo de oferta.

Sin éxito, con la generosidad que identificaba Silvia, dividió su parte con el resto de sus hermanos.

Ya para el año 1942, más precisamente a los 9 años de mi abuela Sara, la familia se mudó definitivamente a una casa de Paternal en donde Silvia y Jaime vivieron hasta sus últimos días.

Una auténtica casa chorizo. La casa del pueblo que siempre estaba llena y con las puertas abiertas. Esa casa, humilde y respetada representó unión, punto de encuentro, festejos, familia y vecinos a toda hora.

Capítulo II: Coca, para los amigos

“...tus cabellos con bucles adornados...” Sonríe mientras me cuenta su hermosa niñez. Me ceba un mate. La televisión de por medio invade el ambiente pero yo la apago y me siento a escucharla con atención.

Oigo cada detalle, visualizo cada imagen en su relato. Mi abuela Sara. “Coca” para los amigos.

En Europa estallaba la segunda Guerra Mundial. Su padre Jaime volvía del trabajo y se sentaba a leer el diario para ver las noticias que venían del viejo continente, toda su familia había quedado allá. Sara recuerda con sus ojos de niña cómo se vivía el clima en su casa. Había mucha tristeza, dolor y constantes malas noticias.

En su niñez, precisamente a partir de segundo grado asistió a la escuela del barrio en donde la llamaban “Sarita”. Este nuevo comienzo le trajo muchas nuevas amigas con las que pasó una hermosa infancia y las cuales hoy conserva. Con varias de ellas se dirigía los fines de semana al Ken, un club de la comunidad judía en donde realizaban deportes y actividades recreativas tales como campamentos.

Tanto a ella como a sus hermanos nunca les faltó nada, pero tampoco sobraba como para ir a la calesita, tomar un tranvía de acá para allá o tener grandes lujos.

Me cuenta que su padre se sentaba en el piso del patio y tarareaba las canciones de la calesita con un mazo de llaves en mano, haciéndolas sonar de a sacudones. Los chicos corrían alrededor de él como si fueran la calesita e intentaban tomar el mazo a modo de sortija.

Se detiene, y remarca la dedicación que sus padres tenían para con todos sus hermanos y lo felices que eran.

Se vestían con la ropa que se iban pasando de hermano a hermano pero no se compraban. Sólo dos veces al año su hermana mayor, una vez recibida en corte y confección, les cosía la ropa que usaban en festividades judías como “Pesaj” (pascuas) o “Rosh Hashaná” (año nuevo).

Durante el día jugaban en la vereda y en época de carnaval hacían guerra de agua, mujeres contra varones, junto con amigos y vecinos. Llenaban baldes y corrían por las calles, empapándose a baldazos de agua fría.

Ya alejándose de ser una aniñada jovencita; Sara tenía proyectos de formar una familia.

Su plan más atractivo era salir en grupo con los amigos e ir a los bailes de los clubes de barrio y ver a las orquestas típicas de tango y jazz.

Las parejas bailan al compás. Ella disfrutaba de cada momento, la incertidumbre no la preocupada, prefería esperar que las cosas llegaran por si solas.

Capítulo III: José

“...son tus ojos el cielo en el mirar...” Esta vez la historia es distinta. Repaso momentos de la historia de mi abuelo que ya no está, hablando con mi abuela por teléfono. Siempre me detengo a escuchar, anoto y anoto datos, escribo pensamientos y sentimientos. Te extraño.

José nació en Rosario en 1927 en una familia humilde, hijo de Miguel y Sara. Dos años más tarde nace su hermano Isaac. A los 4 años, José y su familia vinieron a radicarse a la Capital.

Vivir en Mataderos fue hermoso para él. Las tardes pasaban jugando al rango, al balero y a la pelota con sus vecinos (entre arcos de almohadón). Su niñez era feliz pero la vida le daría un giro inesperado.

Su padre enfermó y los chicos tuvieron que salir a la calle a trabajar para poder sostener la casa. Isaac aprendió relojería y realizaba arreglos a pedido en su casa, mientras que José -con apenas doce años- vendía a crédito puerta por puerta e iba al colegio de noche para terminar la primaria.

Tan solo unos pocos años después, su madre de 39 años enferma repentinamente y muere. Así quedan dos adolescentes encargados de su casa y de lo último que les quedaba, su padre.

Dedicaban la vida a cuidarlo y hacer que no le falte nada.

Tras la muerte de Sara, Miguel recayó en su enfermedad. Tuvo Parkinson, una patología neurológica que rompe el control de los movimientos, le generó caídas que hicieron que esté postrado cuatro años más.

Los hijos no se despegaban del padre. Los vecinos y conocidos les recomendaban enviarlo a un instituto, pero ellos se negaron y lo cuidaron hasta el último día.

A los 26 años de mi abuelo, muere su padre. Fueron años complicados y de mucho sufrimiento por lo que José necesitó dar una vuelta la página. Empezar una nueva etapa.

Nacía la idea de formar una familia y entraba en una edad donde se podía empezar a soñar.

Volvieron las salidas con amigos y el deseo de encontrar a ese alguien, con quien compartir la vida.

Capítulo IV: Homogénesis

“...yo te digo porque lo sos...” Era domingo de primavera. Sara volvía de un casamiento que había arrancado temprano y decidió ir a saludar a su hermana Catalina. Tocó timbre, nadie atendía y una vecina le dijo que estaba en la casa de al lado. Allí fue.

Al entrar se encontró con una tertulia, una reunión para compartir anécdotas y contar chistes, se sentó con el grupo sin ningún problema y pasó un rato divertido.

Pero algo captó su atención. Era uno de su mesa, el primo de la dueña de casa. Le había caído bien porque era gracioso y simpático. Se llamaba José.

Fue éste fantástico sujeto quien, dos días después, la llamó para invitarla a tomar el té. Sara aceptó su invitación y comenzaron a salir.

Cada mes ella recibió flores con versos escritos por él. Él disfrutaba verla feliz y toda ocasión era una buena excusa para dedicarle unas lindas palabras. Cada carta, cada tarjeta que con ternura supo guardar.

Un día José la fue a buscar para ir a un picnic. Mientras la estaba esperando en la puerta llegó Silvia y le preguntó si quería pasar. Él aceptó.

En esos días, Sara le había confesado a su madre: “el día que traiga un muchacho a casa, ese será el hombre con el que me voy a casar”.

José entró a la casa y, al verlo, Sara no lo podía creer. Toda planificación del destino cobraba sentido y llegaba para quedarse.

Fueron novios, José quiso casarse directamente (quizás para tener la familia que nunca había podido ver en sus padres) pero Sara prefería que las cosas vayan más despacio, a su debido tiempo.

Mis abuelos se casaron en 1955 en el templo de la comunidad judía de la Paternal, donde mi abuela asistió durante toda su vida. Después de una hermosa ceremonia se fueron de luna de miel a Mendoza, un lugar recordado por ambos con mucho cariño.

Al regreso alquilaron una casa en Mataderos. En 1956 nació mamá, Susana, dos años después mi tío Miguel y por último Edith en 1962.

Pasaron novios, servicio militar, noches de estudio y picnics de familia completa. Formaron una vida rodeados de gente querida y lindos momentos.

Mi mamá y sus hermanos se fueron de casa y formaron sus familias. Llegamos los nietos (somos seis y nos queremos mucho). Mi abuela se mudó de Mataderos, vive en un departamento, que no es tan grande como el de antes pero está muy bien para una mujer sola. “La casa es chica pero el corazón es grande”, dice.

Me encanta ir a visitarla y pasar tardes tomando mate y charlando.

Es una persona hermosa.

Las casas son escuelas, los modelos se transmiten y en nosotros perduran.

Soñar une a la familia, vivir la tradición y por sobre todo sentir que se puede construir desde el amor.

De dos historias distintas con raíces de humildad, persecuciones y pérdidas cercanas, dos personas se entregaron a lo mágico y armaron una gran familia, la que siempre soñaron.

Hoy sueño con ser una abuela como ella.

De todos los versos que mi abuela guarda, el más querido es “Para vos muñeca”.

Mi abuelo lo compuso, lo mandó a escribir en un pergamino con letra gótica y se lo entregó después del compromiso.

Desde que lo vi por primera entendí su importancia. Sus palabras son aquella declaración de amor, el compromiso de un joven que dará todo por su familia y el orgullo de que el sueño se cumplió.

Para vos muñeca Muñeca yo te digo porque lo sos Muñeca un sueño de esperanza vierto en vos Muñeca delicada cual cristal Muñeca perfumada cual rosal Muñeca que profunda en mi estás Muñeca que al romance te entregas Muñeca mi muñeca singular Muñeca suave éxtasis de amar Muñeca late mi corazón pensando en ti Muñeca con ternura y frenesí Muñeca y en el latir siento inspirar Muñeca una confianza que abrigo ambicionar Muñeca tus cabellos con bucles adornados Muñeca son tus ojos el cielo en el mirar Muñeca son tus labios almíbar de mis besos Muñeca mis deseos amar por siempre amar José.

Conclusiones personales

Me encantó hacer este trabajo. Me pude conectar con mis raíces y sentarme a unir partes de la historia, preguntando y hablando con mis familiares.

No es sólo planificar y estructurar una historia, es contarla y expresar los propios sentimientos del relato. Eso es lo que me pasó a mí. Me conecté en primera persona con los capítulos y expresé eso que provocó en mí a la hora de contarlo.

El hecho de escuchar nuevas anécdotas y ver fotos que jamás antes había visto, hizo de mi trabajo algo ameno y motivador.


Muñeca fue publicado de la página 48 a página50 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

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