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La resurrección del conejo

Zimerman, Ivan

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

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Síntesis

A lo largo de la cursada, se ha avanzado sobre una historia familiar surgida a partir de una entrevista de quien suscribe hacia un integrante de su familia, con el fin de tomarla como base para la narración de un cuento breve, de género libre.

Para esto se han superado las cuatro etapas del proceso de composición vistas en clase: inventio, dispositio, elocutio y retoque.

El hecho elegido para la narración del cuento, fue un problema ocurrido entre el perro de la madre del autor y el conejo de sus vecinos, quienes no tenían una buena relación. Se procedió a la narración de un cuento policial en el cual el Inspector Patricio Barbaro de la ciudad de Rafael Calzada, al sur de la provincia de Buenos Aires, busca un último caso que le permita retirarse por la puerta grande a sus 60 años. Es aquí cuando se le presenta un caso atípico y que tiene a un conejo como protagonista. El presente trabajo final reunirá los trabajos mencionados que fueron dando forma a la producción final del cuento titulado: La resurrección del conejo.

Aportes significativos del trabajo

Acorde avanzaba la cursada pude incorporar conceptos fundamentales referidos a la comunicación. Sus axiomas y las funciones del lenguaje, como así también todos los factores que intervienen en la comunicación entre individuos. Por otro lado, conceptos como significado y significante o denotación y connotación también formaron parte del aprendizaje del cuatrimestre. En particular el trabajo me permitió agilizar y enriquecer mi escritura. Pude asimilar los pasos que componen el proceso de composición y entender cada uno de ellos.

Introducción

Con la intención de hallar una historia para tomar como base de la narración de un cuento breve, se entrevistó a la madre de quien suscribe. Quien optó por esta entrevistada luego de recordar vagamente alguna de las anécdotas que ella relatara en alguna oportunidad anterior.

Allí, se ahondó en un hecho singular que tuvo como punto de partida la mala relación entre el perro ovejero de la familia y el conejo que sus vecinos tenían como mascota, e involucró, además de los animales, a la mama del autor y a su abuela materna. A la entrevista se sumó un genograma familiar en donde se ubicó a los involucrados y sus familiares.

Para completar el primer punto, inventio, de los cuatro que componen el proceso de composición, se dio paso a la construcción de un marco teórico para contextualizar en tiempo y lugar la narración. Se dio así mismo conocer algunos datos más certeros sobre la localidad en donde ocurrió el hecho y las razas de los animales involucrados. A saber, un perro Ovejero alemán y un conejo Florida White, llamados Ázaro y Pompón, respectivamente.

En segundo lugar, el autor se encargó del dispositio, en donde se comienza a vislumbrar el desarrollo de la narración, con la construcción de un esqueleto de la misma, que incluyó la introducción, los nudos de la historia (narratio y confirmatio) y el género del cuento. Para esto último, fueron determinados los tres esquemas de la narración. Estos son, el secuencial (introducción, desarrollo y conclusión), el actancial (sujeto, objeto, destinador, destinatario, ayudante y oponente) y el funcional (núcleos, catálisis, informantes e indicios).

Concretado el primer paso y definida la historia, se dió pie a la narración del cuento titulado La resurrección del conejo.

El lector se verá sumergido en un relato policial que lo mantendrá en vilo hasta el punto final de la narración y deberá completar su lectura para develar todos sus misterios.

Investigación exploratoria

En el presente marco teórico, se situará el contexto en el que ocurrió el hecho narrado en la entrevista, titulado “La resurrección del conejo”. Todo indica como culpable de homicidio calificado del roedor vecino al can de la familia, carátula que finalmente cambia a tumba profanada.

En primer lugar, nos situaremos en tiempo y espacio. Corría el año 1984, cuatro años después del arribo de mi mamá con su familia a un nuevo hogar. Dicha vivienda, la cual continuamos habitando, se encuentra ubicada en la localidad de Rafael Calzada en el partido de Almirante Brown, zona sur de la provincia de Buenos Aires.

La ciudad fue fundada por el abogado español, Dr. Rafael Calzada, el 18 de julio de 1909. Calzada llega al país en 1875 y comienza a trabajar en el estudio del Dr. José María Moreno, para revalidar su título en 1876 en la Universidad de Buenos Aires y convertirse en el primer abogado extranjero en revalidar su título en suelo argentino. Fallece el 4 de noviembre de 1929 y es enterrado en el cementerio de la localidad que fundó (www.rafaelcalzada.com.ar, 2011).

Ázaro, el can involucrado, era de raza Pastor Alemán. Los comienzos de esta raza se remontan a 1899, cuando el alemán Max Emil Friedrich von Stephanitz asistió a una muestra de perros de pastor con la intención de iniciar una raza de perros pastores nativa de Alemania. La búsqueda tuvo éxito y pudo encontrar un can que cumplía las condiciones. Este perro se caracteriza por ser “ágil, poderoso, alerta y fuertemente adaptado a su objetivo utilitario”. Otros aspectos que atrajeron a Von Stephanitz fueron “la clara inteligencia y el evidente deseo de servir en el temperamento del perro, que contradecían a su apariencia salvaje y lobuna”. Este tipo de animales, surgió para ser utilizado en el control y la guardia del ganado (Mundo Animalia, 2011).

En cuanto a Pompón, el conejo de la vecina, se trataba de un Florida White, un ejemplar que no sólo es aprovechado por su carne, sino también para exposiciones.

El conejo blanco de la Florida fue aceptado como casta por el ARBA en 1967. La casta fue desarrollada para proporcionar un conejo más pequeño para el uso del laboratorio y carne y también para proporcionar una pequeña sartén para las familias más pequeñas de hoy. También es un excelente animal de exposición.

La entrevista realizada cumplió los objetivos planteados. Se pudo relevar la información suficiente y pudo encontrarse un hecho susceptible de ser tomado como base para la posterior narración de un cuento breve. La mama del autor, relató una historia que tuvo a su perro y el conejo de sus vecinos como protagonistas. Todo parecía indicar que el ovejero había matado al conejo una mañana en la que apareció con éste en su boca, todo lleno de tierra. Ella y su madre decidieron lavar al roedor y colocarlo nuevamente en su jaula para fingir que nada había ocurrido. Pero lo que realmente había ocurrido, fue que el conejo ya estaba muerto y el perro solo lo había desenterrado. Al llegar los vecinos a su casa y ver al conejo en su jaula luego de haberlo enterrado horas antes, causó terror.

Por lo que toda la verdad tuvo que salir a la luz.

La resurrección del conejo

Ningún caso solía superar el genio del Inspector Patricio Barbaro.

Se había acostumbrado y le era muy cómodo el pedestal en el que los habitantes de Rafael Calzada, la ciudad en la que desempeñaba sus tareas como investigador, lo habían colocado. Su prontuario era impecable. No había misterio que Barbaro no pudiera resolver. Misterios que hasta eran increíbles para el imaginario común.

Finalizaba un nuevo año y aquel 1984 no sería uno más para la ciudad que lo vio nacer y consagrarse como el mejor en su especialidad: Barbaro dejaría de realizar su labor como detective luego de cuarenta años de trayectoria ininterrumpida al servicio de la comunidad. Los sesenta años ya golpeaban a su puerta y era el momento justo de abandonar una aventura para emprender otra: disfrutar el resto de su vida con un merecido descanso.

Pero nada mejor podía ocurrirle a Barbaro sino desentramar un último caso que le permita retirarse por la puerta grande.

Satisfacer a un pueblo que a sabiendas de su retiro, ansiaba por explotar en un aplauso en señal de agradecimiento eterno por los servicios prestados. Y para esto, necesitaba tener ante sus ojos un misterio susceptible de ser colocado en la lista de los imposibles. Pero como bien sabía el Inspector, sólo la muerte encajaba en esa lista.

Sin embargo, aquella mañana en la que los Pelizzari le presentaron su caso a Barbaro, éste temió por ese final tan soñado de su carrera. El misterio lo dejó perplejo, anonadado. Nunca se le había presentado un caso semejante. A priori, rozando lo irracional. Barbaro era una persona fiel a la razón. Sus ideales y la superstición caminaban por senderos absolutamente distintos. Pero se encontraba ante un suceso que pretendía derribar todas sus creencias.

-Usted no va a creer lo que ocurrió Patricio –así lo llamaba Oscar Pelizzari al Inspector Barbaro, al igual que todos en la ciudad-. Ayer por la mañana descubrimos muerto a nuestro conejo Pompón... –Comenzó a relatar Oscar, pero Barbaro lo interrumpió.

-Oiga Oscar, usted sabe que yo ya estoy cerca del retiro, necesito atender algún asunto importante, no trabajo con animales…- Pero ahora sería el señor Pelizzari quien iba a interrumpir a Barbaro.

-Le aseguro que es un hecho asombroso, atípico. Le ruego que me escuche-.

-Está bien Oscar, continúe-.

-Era una mascota muy querida por nosotros, pero estaba ya muy viejo. Lo enterramos junto con Estela [la señora Pelizzari] en el fondo de casa y nos fuimos a pasar el día a la casa de mi hija Sandra-.

Barbaro no podía evitar contemplar el reloj de su despacho de forma reiterada. Solo mantenía la charla en pie, debido al respeto que le tenía a los Pelizzari.

-…Nos causó mucha pena lo que pasó, pero ya estábamos preparados. Al volver a la casa alrededor de las siete de la tarde, escuché un grito espantoso de Estela cuando fue a sacar la jaula en la que dormía el conejo-.

-¿Le ocurrió algo a Estela?- se alarmó Barbaro.

-No, Patricio. A Estela no le sucedió nada. Pero encontró al conejo que habíamos enterrado horas antes, ahí, en su jaula, pero muerto. Como si se hubiera levantado de su tumba para ir a descansar a su jaula.

Barbaro, que nuevamente observaba el reloj ya simplemente por reflejos, tardó en reaccionar, pero finalmente dijo: -Oscar, no tengo tiempo para bromas…- -¡No es una broma Patricio!- dijo Pelizzari exaltado -no te haría perder el tiempo con bromas-.

-¿Ya volvieron a enterrar al conejo?-.

-No-.

-¿Podemos ir a tu casa ahora?-.

-Sí, por supuesto- respondió Pelizari y se dirigieron a su domicilio.

Nunca se le había presentado un hecho que tuviera animales como protagonistas, pero lo atípico del caso era lo que atraía particularmente la atención de Barbaro. Se dirigió hacia la escena del suceso en busca de indicios que lo llevaran a resolver el misterio. Exploró cada uno de los rincones de la casa de los Pelizzari mientras les realizaba varias preguntas. Una primera hipótesis era pensar en un caso de catalepsia animal.

El roedor no poseía signos vitales y por lo tanto fue enterrado vivo. Eso explicaría el hecho de que la tierra de la tumba estuviera revuelta, desparramada y se vislumbrara el pozo descubierto.

Pero no explicaba el hecho de que el conejo fuera encontrado en su jaula y que la misma estuviera cerrada con su pasador, tal cual la había dejado el matrimonio. Además, lo extraño era que el animal no se veía sucio de tierra cuando Estela lo encontró en su jaula. No tenía rastros de haber estado enterrado, sino todo lo contrario. Estaba reluciente, como recién bañado. Sin embargo, al examinar el cuerpo del conejo, Barbaro notó un leve corte en su torso.

La señora Pelizzari mantenía su postura y sostenía que su querido conejo había resucitado para descansar en paz dentro de su jaula. Pero su marido no estaba convencido de ello y por eso había pedido por los servicios del Inspector, al cual sus creencias tampoco le permitían tomar la hipótesis de Estela.

Barbaro recorrió una y otra vez el camino entre la jaula y la tumba, pero no lograba hallar más indicios que aportaran a la investigación. Al mirar para la casa vecina, notó que un alambre tejido, colocado a las claras por un inexperto en la materia, jugaba el papel de medianero y podía verse el parque.

-¡Oscar!- llamó Barbaro a su cliente, quien se acercó rápidamente -¿Cómo es su relación con los vecinos? Me gustaría hablar con ellos para averiguar si vieron algo en el momento en que ustedes se ausentaron-.

-No creo que tengan mayores problemas en dialogar con usted, Patricio. Tenemos una buena relación y son excelentes personas-.

Se trataba de los Torres, una familia numerosa a la cual Barbaro conocía vagamente, pero de quienes no tenía en absoluto malas referencias. Al llegar, fue atendido por la señora María del Carmen, madre de cuatro hijos y casada con Ricardo. Ella lo recibió muy amablemente y le indicó que ingresara a la casa ya que lo conocía perfectamente.

-Dígame María del Carmen, ¿Ustedes han observado algún movimiento extraño el día de ayer mientras los Pelizzari estaban fuera de casa?- indagó Barbaro.

-La verdad es que no prestamos demasiada atención, simplemente recuerdo el momento en que se retiraban, pero luego estuve todo el resto del día junto a mi marido, pintando el frente de mi casa-.

-¿No observó ningún movimiento extraño? ¿Alguien que haya podido irrumpir en la vivienda?-.

-No he visto nada Inspector, lamento no poder ayudarlo-.

-No se preocupe, ya encontraré algún otro indicio-.

La señora Torres acompañó a Barbaro hacia la puerta y antes de salir de la casa se cruzaron con sus dos hijos menores, de 14 y 16 años, quienes llevaban una bolsa con toallas, detalle que Barbaro observó porque se trataba de la bolsa del lavadero al que él llevaba su ropa. Los chicos saludaron al Inspector y se alejaron rápidamente con un dejo de nerviosismo. Barbaro se dispuso a retirarse pero tuvo la desgracia de pisar excremento del perro ovejero de la familia camino a la salida. Lo curioso fue que reconoció pelo blanco entre las heces que había pisado accidentalmente.

Al despedirse de María del Carmen algo llamó la atención de Barbaro. De la casa salía una manguera que tiraba el desagüe a la calle. El Inspector pudo advertir que el agua, que se iba acumulando en el cordón de la vereda, trasladaba el mismo pelo blanco que él tenía ahora en su zapato.

A Barbaro lo invadía la confusión. Lo único que atinó a hacer, fue caminar para despejar su mente. Caminó durante mucho tiempo, hasta que la noche lo envolvió. Comenzaba a frustrarse cuando algo iluminó sus pensamientos. Al llegar a una esquina vio cómo dos perros callejeros hurgaban en la basura y rasgaban la tierra levantándola.

Barbaro se dirigió rápidamente hacia la casa de los Pelizzari y les pidió que lo acompañen hasta su casa vecina. Al llegar, el Inspector le comunicó a la señora Torres que tenía la necesidad de dialogar con ella y los dueños del conejo. Al ingresar, y para sorpresa de los presentes, Barbaro solicitó la presencia de los dos hijos menores de María del Carmen.

-Los hijos de María del Carmen van a explicarnos cómo fue posible que su conejo haya aparecido, como por arte de magia, nuevamente en su jaula luego de muerto y enterrado por ustedes-.

Nadie lograba entender lo que estaba ocurriendo y los chicos se miraron entre sí desconcertados y asustados al escuchar las palabras de Barbaro.

-Está bien, no tienen por qué preocuparse. Yo voy a relatar lo sucedido, ha sido todo una gran confusión- dijo Barbaro con una sonrisa en su rostro.

-Luego de pensar mucho pude reconstruir los hechos. Los primero indicios pude recavarlos en la escena misma donde comenzó todo. La jaula cerrada con su pasador, que me indicó que el conejo no podría haber ingresado sólo a la misma, la tierra revuelta y la lastimadura que tenía. Esta información pude enriquecerla con mi visita a esta casa. Primero con la accidental pisada sobre el excremento del perro que tenía pelos blancos, claramente pertenecientes al conejo, lo que me acercaba a la idea de que el can estaba involucrado en el hecho, más aún considerando que la medianera puede ser violada muy fácilmente por el animal. Esta sospecha terminó por convencerme hace momentos, cuando vi a dos perros cavar en la calle. Pero aún así, no lograba entender cómo el roedor había llegado a su jaula- Barbaro hizo una pausa y prosiguió.

-Si bien la señora Torres pensó que no había podido ayudarme, sí lo hizo. Al toparme con sus hijos, reparé en las toallas que traían del lavadero. No le di mayor importancia a este aspecto hasta que observé el pelo blanco que salía del desagüe a la calle. Esto me indicaba que el pelo había tenido que pasar por alguna de las piletas de la casa. Entonces fue en ese momento que pude construir la secuencia. Sabiendo que la señora Torres se encontraba concentrada pintando el frente de la casa, fue posible que sus hijos hayan estado involucrados en el misterio sin que ella lo notara-.

-Sea claro Barbaro, por favor- interrumpió el señor Pelizzari, impaciente.

-Está bien Oscar. Esto fue lo ocurrido. En cierto momento luego de su partida, el perro de los Torres ingresó a su casa a través del alambre mal colocado y, guiado por su olfato, pudo llegar hasta el lugar en donde su mascota estaba enterrada.

Con sus patas desenterró al animal y lo tomó con su boca para llevarlo a la casa. Aquí fue cuando le produjo el corte.

Estos chicos vieron al perro con su conejo en la boca, lleno de tierra, y se imaginaron que el animal lo había matado. Por lo que, ante el miedo, decidieron lavar al roedor muerto, secarlo con toallas, que luego llevarían al lavadero para borrar la evidencia, y colocarlo nuevamente en su jaula. De esta manera, apelaban a que ustedes, Oscar, piensen que su querido Pompón había sufrido una muerte natural-.

La explicación de los hechos dejó perplejos a todos los presentes y luego a los vecinos que se fueron enterando paulatinamente.

Una vez más, Barbaro había cumplido su tarea de manera implacable y con el tiempo la falsa “resurrección del conejo” estaba en boca de todos como una gran anécdota.

Para los hermanos Torres la lección fue clara: la mentira no los ayudó y nada hubiera sido igual si comunicaban lo ocurrido desde un principio. Pero algo si estaba claro: sin la resurrección del conejo el gran Inspector Patricio Barbaro nunca habría podido tener su merecido retiro.

Conclusiones personales

Como conclusión, puede decirse que se cumplió con las expectativas de logro dispuestas para este trabajo. Se completó con los cuatro pasos del proceso de composición (inventio, dispositio, elocutio y retoque) para la final presentación de un cuento breve titulada La resurrección del conejo, que surge a partir de una anécdota familiar relatada por la madre del autor, en una entrevista que éste le realizó. Resulta claro que todo el proceso fue exitoso.

Bibliografía

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La resurrección del conejo fue publicado de la página 53 a página56 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

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