1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43 >
  4. Chicoana… pedacito de cielo escondido

Chicoana… pedacito de cielo escondido

Aramayo Herrera, Luís María

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Síntesis

Estando lejos de las raíces, del hogar, la necesidad por sentirse cerca nos lleva a buscar respuestas a lo que seguramente estando allí, difícilmente nos plantearíamos. Es así que una tarde de verano, en una amena charla con mi abuela María del Carmen inicié un recorrido por algunas anécdotas familiares y comencé a descubrir el pueblo que me vio crecer, Chicoana.

La historia inicia una madrugada de julio de 1914 cuando Don José Sánchez junto a su esposa y sus hijos desembarcó en Buenos Aires, provenientes de Almería, España. Aquel mismo día emprendieron viaje hacia Salta, donde amigos españoles y una nueva vida los esperaban.

Pasaron los años y la actividad agrícola los llevó a conocer un pequeño pueblo llamado Chicoana, no muy distante de la capital salteña, en donde finalmente se instalaron de modo definitivo. Descubriendo Chicoana revelé que su nombre se desprende del vocablo quechua y significa Pedacito de Cielo Escondido.

Sus paisajes, su gente, su cultura y su tierra fueron factores determinantes para que la familia recién llegada decida establecerse en aquel lugar. Ginés, mi bisabuelo, amaba los paisajes diversificados de la zona, El Valle Encantado, La Cuesta del Obispo, La Quebrada de Tilián, pero a ninguno tanto como a Los-Los, en donde hasta el día de hoy, se encuentra intacta la casona familiar. Las festividades de Chicoana fueron rápidamente asimiladas como propias por los Sánchez y se hicieron parte de ellas, en algunos casos convirtiéndose en parte fundamental de su esencia, siempre eligiendo como punto de encuentro a la Iglesia del pueblo. Así se vivía la Fiesta en Honor a la Virgen del Carmen, el triduo en Honor a San Isidro, la Fiesta Provincial del Tabaco y el Encuentro Nacional del Tamal.

El carnaval de febrero y los sahumerios de agosto adornaban la casona de aromas, olores, colores y tradición.

Estas costumbres que se mantienen en la memoria popular de los habitantes de aquel Pedacito de Cielo Escondido.

Como también las celebraciones de Navidad y Fin de Año.

Toda esa rica fusión de cultura y tradición, más la hospitalidad de su gente y las particularidades de su tierra tanto como su clima, son los responsables de que Don José allá por inicios del mil novecientos decidiera hacer ese sitio como propio y para su posteridad. Un lugar al que todos tarde o temprano, volvemos, Chicoana.

Investigación exploratoria

La confección del texto se basa en la información que boca a boca pasa por la familia durante las distintas generaciones.

El principal motivo por el cual decidí que tomaría a Chicoana como tema principal es que aquel lugar representa el inicio del árbol genealógico al cual pertenezco y sus raíces base. Nuestro pasado en España es desconocido y en la actualidad la familia ha perdido contacto con parientes lejanos en el continente europeo. Es mi objetivo tratar de entender los motivos por los cuales es Chicoana, y no otro lugar, el sitio donde mi tatarabuelo José Sánchez y sus hijos (en particular mi bisabuelo Ginés) decidieron establecerse y forjar el hogar para su descendencia.

Algunos datos son oficiales y fueron extraídos de la web de Chicoana y otros de publicaciones no oficiales, de distintos historiadores, manuscritos o cartas propiedad de la familia. Otro tanto de información fue aportado por mí, como testigo ocular y en primera persona, pues viví hasta los 22 años en aquel lugar, conociendo cada rincón como la palma de mi mano.

Chicoana… Pedacito de cielo escondido

Una madrugada fría de julio de 1914 desembarcan en el puerto de Buenos Aires, provenientes de Almería, España, Don José Sánchez junto a su mujer Nieves Benitez de Sánchez y sus seis hijos. Como tantas otras familias buscaban en el exilio americano, un horizonte alejado de conflictos bélicos.

Entre esos hermanos estaba Ginés, mi bisabuelo.

En el mismo día que pisaron suelo argentino emprendieron viaje hacia el norte. El destino fue la provincia de Salta, en donde los esperaban amigos españoles que se encontraban radicados desde hace varios años y con quienes mantenían contacto epistolar permanente.

Vivieron sus primeros años en una finca prestada, cercana a la capital de la provincia, que tenía una gran casona de campo, rodeada por naturaleza y bastas extensiones de tierra. Allí Don José y sus hijos se dedicaron a la producción agrícola, más específicamente a la siembra y cosecha de tabaco, una práctica que comenzaba a fomentarse en los campos salteños.

Fue gracias a esta actividad que conocen nuevos amigos en una localidad vecina, Chicoana. Encantados con sus paisajes, su gente y su tierra, la familia se radicó finalmente en aquel pueblito, el que se transformará en el hogar de futuras generaciones. Por entonces ya se lo llamaba Pedacito de Cielo Escondido.

Chicoana, proviene del vocablo quechua, Chi (ocultar), Ko (pedazo) y Ana (Cielo). Se eleva a mil doscientos setenta metros sobre el nivel del mar y la localidad es cabecera del departamento homónimo que pertenece a la provincia de Salta.

En aquellos años en los que los Sánchez se establecieron, el pequeño y pintoresco pueblo era habitado tan solo por unos quinientos habitantes. Y aunque se desconoce su fecha de fundación, se sabe que muy cerca de él, en un paraje llamado Peñaflor, Don Gonzalo de Abreu fundó en mil quinientos setenta y siete –aún antes que la ciudad de Salta– la ciudad de San Clemente de la Nueva Sevilla. Pero ¿qué fue lo que motivó a la familia a establecerse en aquel lugar? Aquella fue la cuestión detonante de un sinfín de preguntas que comenzaron a encontrar respuestas en una tarde de verano, de esas en las que se regresa al pago después de varios meses sin ver a la familia y los amigos, en las que las nostalgias y los recuerdos se hacen presentes exigiendo conocer hechos y acontecimientos que nos hicieron lo que somos.

Esa tarde mi abuela me preparaba un té con canela, mientras el viento seco del calor salteño golpeaba las hojas de una tupida morera afuera de casa. En ese cálido entorno, casi sin meditar, las preguntas se hacían presentes dibujando en mi mente escenas y personas que jamás llegué a ver, pero que con gran sencillez podía imaginar.

Luego de contarme cómo fue que mis tatarabuelos llegaron desde Europa a Salta, más específicamente a Chicoana, mi abuela María del Carmen decía que el “principal motivo por el que decidieron vivir en el pueblito fue la tierra de Chicoana”.

No es difícil de entenderlo, ya que en su mayoría se trataba de tierras vírgenes, un oasis verde para los españoles especialistas del campo.

También contaba que otro de los motivos fueron sus amigos españoles: “eran muy unidos, ya habían unas diez familias radicadas y les ofrecieron una finca que estaba poco trabajada”. Estaba ubicada en un lugar privilegiado, el paraje de Los-Los, que aseguraba el clima propicio para las cosechas, riego natural y poca extensión de tierra, lo que equivalía a un precio accesible.

Desde entonces, aquel sitio ha sido el hogar de todas las generaciones siguientes y hoy bajo el nombre de Finca San José sigue siendo la casa adonde, tarde o temprano, todos volvemos.

A tu bisabuelo Ginés le encantaban los atardeceres de Chicoana, describía los paisajes y los asemejaba con los de su vieja Almería, se encantaba con las tardes de lluvias de verano con estruendosos truenos y centellas, también le gustaba despertar antes que el amanecer para salir a caminar temprano por el campo y contemplar el movimiento de la naturaleza al ritmo de los primeros rayos de sol- contaba mi abuela.

Chicoana tiene un paisaje diverso y eso generaba admiración en la familia. Los sitios preferidos eran la Quebrada de Tilián, un bosque encantado en medio de una quebrada verde y húmeda, plagada de fábulas y leyendas fantásticas que hacen del silencio natural del lugar un tenebroso, pero a la vez mágico, sitio para pasar una tarde. Dicen los lugareños que en algunas ocasiones hasta es posible escuchar duendes jugando en los arroyos que pasan por allí.

Pero nada quería más mi bisabuelo, al igual que yo, que al Valle Encantado y la Cuesta del Obispo. Majestuosos caprichos de la Pacha Mama. El primero en primavera es un cuento de hadas, las flores multicolores desafían el árido y seco clima que lo rodea y aunque casi nunca llueve, la flora obtiene de manera fantástica el agua de las nubes que descansan sobre esas extensiones de tierra, a su vez dando sustento a toda la variedad animal de la zona. La Cuesta del Obispo, es el paso obligado para llegar al departamento vecino de Cachi y su belleza incomparable se asemeja a la de una escalera al cielo, tallada por los ángeles, la que alcanza en su punto más alto la vertiginosa altura de tres mil trescientos metros sobre el nivel del mar. Allí Ginés llevaba a mi abuela y sus hermanos a pasar tardes enteras y hasta varios días, alojándose en las casitas lugareñas, viviendo de los recursos limitados que por la época y la poca accesibilidad del lugar, estaban obligados a racionar.

Aún así, nadie duda del amor incondicional que mi bisabuelo, sus hijos y su descendencia, le tenemos a Los-Los. El sitio comparte el encuentro de la diversidad paisajística de la zona, siendo un lugar húmedo, pero ubicado al pié de áridas montañas y rodeado por un verde profundo.

Por entonces la casa de la familia era una de las pocas que había en la zona, pero una de las más populares de Chicoana ya que en cada ocasión festiva, una multitud de gente acompañaba las celebraciones en el hogar. Carmen decía, “no había fiesta en el pueblo a la que faltáramos, sobre todo tu bisabuela, Paulina, era muy querida por la gente y se la esperaba en cuanta celebración se hacía”.

Y es que Chicoana tiene actividades diversas durante todo el año, siempre salvaguardando el valor de lo tradicional y cultural.

En el verano se dan lugar las típicas fiestas de carnaval, invitando a pasar tardes empapados en agua, harina y albahaca, con variedad de bailes populares y corsos tradicionales, de los más antiguos de la zona. Muchos de esos bailes se hacían en la casa de Los-Los, cortesía de mis bisabuelos, la que quedaba cual campo de batalla, con sus paredes enharinadas y sus pisos multicolores de pinturas de todo tipo. Aún hoy, en las tardes de enero o febrero, el olor a albahaca de las plantas de mi abuela rodean la casona invitándola a festejar el carnaval como lo hacía décadas atrás.

El diablo debía ser encerrado nuevamente en los infiernos un fin de semana antes de comenzar la cuaresma, tradición que se mantiene intacta hasta estos días. Entonces el pueblo se muestra tan conservador como desde sus primeras misas, una constante en la comunidad salteña. La iglesia San Pablo de Chicoana, es el punto de encuentro familiar y celebración cristiana, a la que fui desde que mis primeros recuerdos me permiten comprobar y a la que dichosamente pude asistir acompañando a mi bisabuela Paulina durante toda mi niñez.

Ella fue la encargada, junto a mi abuela, de enseñarnos la catequesis y el sentido de asistir con regularidad a la casa del Señor. Las Pascuas son vividas con profunda fe, manifestaciones populares se presentan en las procesiones de imágenes y representaciones de La Pasión. En esta época del año llegan cientos de turistas al pueblo para degustar riquísimos tamales, humitas y empanadas, las comidas favoritas de la familia.

En julio se celebran las fiestas patronales en honor a la Virgen del Carmen, con procesiones y novenas, a las que se suman los festejos a San Isidro Labrador y la Fiesta Provincial del Tabaco. La familia es gran partícipe en esta última ya que uno de los hermanos de mi abuela fue integrante de la comisión fundadora, manteniendo lo que ya se había convertido en un emblema familiar, el cultivo del Tabaco. Los agricultores piden bendiciones para las próximas cosechas, acompañando procesiones con maquinarias agrícolas, como tractores y sembradoras, en las que todos los integrantes de la familia alguna vez tuvimos la oportunidad de formar parte. El gauchaje también hace su participación, ya que es en julio que se celebra el Encuentro Nacional de Doma y Festival del Tamal, en donde además de practicar la doma equina y elegir a la Tamalera Nacional, los exponentes más prestigiosos del folklore se presentan en el escenario de las frías noches al calor del fogón.

Según mi abuela, en los tiempos de su niñez la casa tenía decenas de caballos, de distintas razas y portes, aún así nunca fueron del interés de sus hermanos, quienes por ese entonces estaban más fascinados con los tractores que ingresaban a la finca, por lo que el gusto por los equinos se extinguió con el paso de los años. Los amaneceres del primer día de agosto parecían un simulacro de incendio, una tradición que se mantiene intacta se hacía presente al sahumar todas las habitaciones de la casona, todos sus espacios e incluso los alrededores, como galpones, la quinta y un jardín con una gruta que albergaba a la Virgen del Rosario. Todo era impregnado con el fuerte olor de los sahumerios que mi bisabuela misma confeccionaba.

Carmen recordaba entre risas que ella y sus hermanos salían corriendo de las habitaciones, aún desabrigados, en búsqueda de aire puro, con los ojos a veces irritados por el hedor.

De todos modos nunca se quejaban, sino que vivían la tradición con respeto, tal es así, que luego fueron ellos quienes espantaron a sus hijos y nietos de las casas practicando el mismo ritual. Esta tradición se repetía en el pueblo también, por lo que caminar es sus calles una de estas mañanas temprano era un espectáculo de olores.

Pero el calendario de Chicoana no se agota a mitad de año, sino que sigue en cada domingo renovando las propuestas para los pobladores y al turismo en general con los populares “domingos de la familia”. Luego de la misa dominical, mis bisabuelos gustaban de recorrer la plaza central un par de veces, degustar los productos que se ofrecían y charlar con los vecinos del centro, según mi abuela, tan queridos eran que algunos de esos domingos volvían a casa recién al atardecer, pues los invitaban a almuerzos o simplemente disfrutaban las extensas charlas en el espacio público por horas. Cierro los ojos y puedo verlos allí, en los lugares en los que yo algunas tardes salgo a caminar, con un paisaje seguramente no muy distinto, pues a veces parece que el tiempo en Chicoana no pasa demasiado apurado. Todo lo contrario, se torna taciturno y paciente.

Ginés fue quien bautizó a la finca con el nombre de San José, en memoria de su padre. Don José y él mismo eran quienes, desde un principio, llevaba a hombros la imagen del santo acompañado por todos los peones del establecimiento y el  grupo familiar, al encuentro de los numerosos misachicos que se reúnen cada ocho de diciembre en la Iglesia, para celebrar la Inmaculada Concepción.

“Navidad era una época especial en la casa” recordaba mi abuela. “Venían amigos y se quedaban días o semanas pasando las fiestas” y es que por cada uno de sus hermanos que volvía a la casa por las celebraciones, caían uno o dos amigos y se alojaban en la casona también. “En el pueblo pasábamos las doce de la noche, en la Misa de Gallo, en esa época se hacía a esa hora y todos estaban presentes” indicaba mi abuela y aseguraba que si hoy se hiciera lo mismo, nadie o pocas personas asistirían. De todos modos en la actualidad tanto Navidad como Año Nuevo son fechas esperadas en Chicoana, se viven con alegría y fraternidad. Todo eso y mucho más es Chicoana, la tierra que mis antepasados eligieron para vivir y a la que yo seguramente volveré.

Mi abuela a menudo dice: “papá lloraba a veces recordando su Almería, contaba anécdotas con sus hermanos y cantaba pasodobles, pero cuando la nostalgia le pasaba decía sentirse feliz por ser Chicoana el lugar donde sus nietos nacerían”.

Conclusión

El descubrir de dónde venimos es un acto de autoconocimiento que nos hace crecer, nos enriquece y nos ayuda el definir hacia adónde vamos. Estando lejos del pago es cuando se aprecia con más pureza el valor de pertenecer a un lugar, de llevar su idiosincrasia, su cultura y su tradición en la sangre. Porque los pueblos que no tienen memoria están condenados a ser olvidados, es deber nuestra y de sus hijos el impartirla a las futuras generaciones, tal como nuestros bisabuelos y abuelos lo hicieron. Chicoana es literalmente un Pedacito de Cielo Escondido y solo quién vivió allí puede expresar el sentimiento que se hace presente al estar lejos.

Sus paisajes están calcados intactos en mis retinas con una tinta que nunca perderá su color, así como los sonidos del cotidiano forman parte de una caja de memorias impenetrable e irremplazable. Mi tatarabuelo José fue sabio en su elección, la que posteriormente fue repetida por su descendencia hasta llegar mi turno, y aunque hoy me encuentre lejos, todo indica que tarde o temprano, volveré al hogar de la infancia: Chicoana.


Chicoana… pedacito de cielo escondido fue publicado de la página 64 a página66 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ver detalle e índice del libro