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Historia de un amor eterno

Carnevale, Luciana Andrea

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

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Síntesis

Alicia Noemí Sánchez y Juan Carlos Arana se conocieron de niños porque vivían a un piso de diferencia el uno del otro, en un mismo edificio de Capital Federal, Buenos Aires.

Al principio sólo eran amigos, pero luego empezaron a crecer, compartir charlas, paseos, encuentros, fiestas y risas. A la edad de diecinueve, se pusieron de novios y unos años más tarde ya estaban festejando su compromiso. En mil novecientos cincuenta y nueve se casaron, y tuvieron dos hijos: Omar y Miriam. Vivieron una relación muy sana y de mucho compañerismo, además del respeto mutuo y el evidente amor que se tenían. Compartieron anécdotas, viajes, paseos, charlas.

Hasta que en el año dos mil dos, a Alicia le detectaron Alzheimer y nunca más su relación terrenal volvió a ser como antes.

Pero decidieron enfrentar estas nuevas condiciones juntos y así lo hicieron.

Hoy, hace más de cincuenta años que están juntos, gracias a que mi abuelo, Juan Carlos, sigue cumpliendo la promesa que le hizo a su amor de nunca abandonarla. A mis abuelos, los une un amor realmente puro, que supera cualquier condición y va más allá de los límites humanos. Un amor eterno.

Introducción

Bajo la consigna de la materia Comunicación Oral y Escrita basada en la elección de una historia de familia para contar, elegí hablar acerca de la historia de amor de mis abuelos. Ellos son los padres de mi mamá, y se llaman Alicia Noemí Sánchez y Juan Carlos Arana. Tienen 76 y 77 años, respectivamente.

Una de las razones por la cual hoy elegí contar su historia es por el tiempo que llevan casados: más de 50 años. Lo considero realmente meritorio. Es difícil encontrar parejas que tengan la madurez, paciencia y perseverancia suficientes como para mantener su vínculo matrimonial con la misma felicidad desde el principio y hasta el final, aceptando que a lo largo de la vida uno va cambiando y la misma relación va transformándose y evolucionando de diferentes formas.

Tal vez por ser de una época en la cual la gente no se cuestionaba tanto el camino que habían elegido, en la cual se aceptaban las cosas como “debían” ser, en la que los vínculos y las profesiones se consolidaban a temprana edad y para toda la vida y en la que la familia era el núcleo central y se ponía todo el esmero y devoción en su formación y unidad.

Tal vez por muchos otros motivos más, ellos se esforzaron cada día en fortalecer la familia y su amor por el otro. Y para mí ese vínculo, ese amor, esa unidad y esa comprensión y aceptación del otro, es un ejemplo invaluable. La vida se encargó de presentarles trabas en su relación, pero ellos le demostraron –y nos demostraron a todos– que el Amor lo puede más. Que el Amor es la fuerza más poderosa que tenemos y que el mundo nos regala para disfrutar.

Además, elijo contar esta historia porque puedo decir con el pecho inflado que tengo un abuelo ante el cual me saco el sombrero (como dirían los franceses chapeaux). Porque además de ser un ejemplo como persona, es una muestra tan real como maravillosa, de que hay una fuerza mayor, algo que nos excede, algo verdadero y eterno que existe, y que es el Amor.

Investigación exploratoria

Acerca de sus orígenes…

Ambos tienen descendencia europea. Los abuelos de Alicia era nacidos y emigrados de Castilla, España.

Castilla la Vieja era una de las regiones históricas de España, anteriores a la actual división en comunidades autónomas.

Abarcaba las provincias de Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Madrid y Toledo. También, por razones geográficas, históricas y culturales, suele incluirse a la provincia de Albacete como parte de Castilla la Nueva. Anteriormente a la división provincial de Javier de Burgos de 1833, gran parte del norte y del oeste de la actual provincia de Albacete pertenecía a la provincia de Cuenca (concretamente varias localidades del norte de Albacete, como Villarrobledo o Villalgordo del Júcar) o a la provincia de La Mancha (como por ejemplo Alcaraz u Ossa de Montiel) y por tanto se incluyen en Castilla la Nueva. Mientras que el resto pertenecía al reino de Murcia, en cuya región histórica se incluyó a partir de entonces. Los orígenes de Castilla la Nueva estuvieron en la Taifa de Toledo, reino musulmán conquistado a partir de la toma de Toledo en 1085 por el reino de Castilla bajo Alfonso VI. Fue organizado institucionalmente como Reino de Toledo e incorporado a la Corona de Castilla (ver más información acerca de España en Cuerpo C).

Su abuela castellana vivió con Alicia toda su infancia, ya que se asentó en Argentina incluso antes de tener a su hija, Elena (la madre de Alicia). Alicia la idolatraba. Fue así que observó detenidamente sus características y luego la mantuvo presente toda su vida.

Eran infaltables los dichos típicos españoles cuando nos juntábamos con mi abuela Alicia. Por ejemplo, una frase que repetía mucho con tono español era “porque al chico le gusta el queso y a la chica le gusta el dulce”. Luego, había otro versito que repetía y ya hasta a su hija se la había pegado: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis”. Este último es un extracto de un poema de Sor Juana Inés de la Cruz.

Juan Carlos, en cambio, tenía sus orígenes en Italia. Su madre, Antonia Biondi (1901-2010) había nacido en Cerreto Sannita, sur de Italia.

Cerreto Sannita es una localidad y comuna italiana de 4.254 habitantes, ubicada en la provincia de Benevento, una de las cinco provincias de la región de Campania.

En la casa de Juan Carlos también se siguieron respetando las costumbres italianas, especialmente las características del buen comer, de la fuerte expresión al decir las cosas, el carácter acabronado típico italiano, la cualidad de hablar a los gritos y la continuidad del idioma. Antonia siguió parlando italiano en su casa toda su vida y luego se lo transfirió a su hijo.

Es el día de hoy, que Juan Carlos toma clases de italiano y maneja fluidamente la lengua. Lo lleva en la sangre.

También, su madre era una excelente cocinera, amante de las pastas, lo cual Juan Carlos sin duda heredó y le rinde honor todos los días.

Historia de un amor eterno

Era una tarde fría de otoño, de esas en que el cielo está cubierto por una gran manta gris de variadas tonalidades, el viento soplando fuerte y alternadamente meciendo las ramas de los árboles hacia un lado, y luego hacia el otro. Una de esas tardes en que el tiempo parece detenerse para sentarse a nuestro lado e invitarnos a reflexionar. Yo observaba este maravilloso escenario a través del ventanal de mi cocina, y fue entonces cuando decidí que debía sentarme a escribir.

Todo comenzó allá por Diciembre de mil novecientos treinta y cuatro, en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, llamado General Viamonte, cuando una costurera de tanto carácter como corazón, trajo a la vida a una hermosa pequeñita: Alicia Noemí Sánchez. Con sus enormes ojos de color verde oscuro y con su mirada tan profunda como el océano, Alicia se crió en una casita humilde de grandes campos, donde vivía con sus padres argentinos y su abuela originaria de Castilla, España. Ya para sus once años, la familia Sánchez había decidido mudarse al tercer piso de un departamento de Capital Federal, sobre la calle Díaz Vélez, más cerca de sus locaciones de trabajo.

En aquel entonces, Alicia había comenzado a desarrollar una pasión por la música y, más específicamente, por el piano, por lo cual se decide comenzar a tomar clases. Como si un ángel le hubiera querido conceder el deseo, se muda al segundo piso una profesora de piano. Antonia Biondi, quién había emigrado en 1901 de Italia, le daba clases a Alicia una vez por semana. Cada vez que iba a tomar sus clases, terminaban las dos renegando con Juanca, el hijo de Antonia, quien a cada rato pasaba sigilosamente por detrás de las mujeres, tocaba rápidamente una tecla del piano y salía corriendo para que su madre no lo agarrara. A Juanca le parecía muy divertido pero Alicia terminaba por enojarse cada vez y volvía a su casa a contarle a su mamá lo pesado que era ese chico.

Juan Carlos Arana, de padres italianos, había nacido tan sólo un mes después que Alicia, el veintinueve de enero de 1935, en Capital Federal, Buenos Aires. Heredero de los impactantes y redondos ojos celestes de su madre y de la caballerosidad suprema de su padre, Juan Carlos siempre fue un niño muy amoroso y transparente, divertido, juguetón, atento y servicial. Todas cualidades que aún conserva.

Apenas se conocieron, lógicamente, Alicia y Juan Carlos no se llevaban muy bien. Sin embargo, en aquella época se usaba mucho conversar con los vecinos, llevar a los niños a jugar a la plaza y que los pequeños se divirtieran libremente en las calles, veredas y parques de la ciudad, sin el menor peligro.

Y, como luego de un año de haberse mudado, sus madres ya se habían hecho grandes amigas, muchas veces les tocaba ir juntos a la plaza. De esta manera, Alicia empezó a encontrarle el costado divertido y agradable a Juan Carlos y se hicieron grandes amigos y compinches.

De a poco, estos alborotados y juguetones niños fueron creciendo, convirtiéndose así en un joven apuesto y caballeroso que ejercía como oficial y una mujer hermosa y elegante que trabajaba en una fábrica textil como secretaria. Juan Carlos podía contemplar la exuberante belleza de Alicia, pero hasta el momento tan sólo eran amigos porque él sabía que no podía hasta entonces comprometerse con una relación seria, como creía que Alicia merecía.

Un día, más precisamente el 24 de abril de 1954, Juan Carlos decide organizar una reunión en su casa con amigos y amigas y la invita también a Alicia. Ella no quería ir y se preguntaba “¿Para qué voy a ir yo si va a estar él con todas sus amigas que ni conozco?” Pero su madre logró convencerla y, finalmente, asistió. Una vez terminada la reunión, Juanca invitó a Ali a dar un paseo por el parque. Se sentaron en un banquito. Conversaron por un rato. Y de repente, Juanca tomó a Alicia de las manos y le declaró su amor, diciéndole que quería empezar una relación sincera y de amor con ella. Ali, con su temperamento tan particular, aceptó pero le aclaró que cuando estuvieran acercándose a la entrada de su edificio no la tomara de la mano para que los vecinos no comentaran cosas raras. En esa época, y especialmente para ella, la apariencia lo era todo.

Sin embargo, el amor no se hizo esperar y lo pudo más. Su relación fue creciendo y consolidándose cada día más, hasta que el 5 de enero de 1957, Juan Carlos le pidió la mano de Alicia a su suegro y se comprometieron.

No nos daba el cuero todavía para casarnos porque no habíamos reunido el suficiente dinero para empezar una vida juntos en una casa propia y afrontando todos los gastos que eso implicaba. Pero igual quisimos hacer la fiesta de compromiso como un símbolo de lo importante que éramos el uno para el otro; para darle solidez a la relación.

De a poco fueron reuniendo dinero, toallas y sábanas de la fábrica donde trabajaba Alicia, y otros elementos que hicieron posible que el 7 de mayo de mil 1959, tan sólo dos años después del compromiso, se casaran por civil y luego por iglesia (el 9 de mayo del mismo año).

Una anécdota, que recién ahora me resulta graciosa, es que desde el civil hasta la iglesia, ¡no me dejaron ni verla a Ali! Qué sé yo, eran costumbres de la familia y de la época, pero ¡¡no sabes la bronca que me daba!! Para colmo yo de joven era muy cascarrabias. Ali me ayudó mucho en eso.

Eran muy compañeros el uno del otro y su relación se basaba en la plena confianza y respeto por el otro. Juanca dijo una vez que lo de ellos era amor: estaban juntos, se apoyaban, se entendían y tenían proyectos en común.

De luna de miel se fueron a Bariloche y ese fue el comienzo de una vida plagada de viajes por el mundo: desde Ushuaia, Chile, Uruguay, Cancún, Estados Unidos, Brasil, hasta el año 2001, cuando hicieron su último viaje juntos a Europa. Además del placer de viajar y recorrer los diferentes rincones del mundo, compartían el goce de hacer contacto con la gente de cada lugar, saber cómo pensaban, cómo vivían, qué costumbres tenían y hasta disfrutaban de organizar comidas con ellos.

Todo esto demuestra la gran humanidad y respeto por los demás que ambos predicaban. Y este respeto estaba muy reflejado en cómo ellos vivían la relación. Decían que la pareja es como una sociedad: cada socio se guarda un 50% de lo que traía de soltero y el otro 50% lo descarta; con lo que se guarda, forma con el otro una unidad, que se llama pareja al principio, y luego, familia.

De todos modos, su relación era mucho más que únicamente respeto por el otro. Ellos realmente disfrutaban de tenerse el uno al otro, se mimaban, compartían cosas y les encantaba reunir gente en su casa, para brindar por su amor entre ellos y con los demás.

Como era de esperarse, todo ese amor tuvo su fruto: en 1970, nació su primer hijo Omar, y en mil 1972, Miriam. Dos pequeñitos muy amorosos y unas excelentes personas.

Así con tanto respeto, alegría, hospitalidad, generosidad, servicio, humildad y, fundamentalmente, con tanto Amor, formaron la base de la familia.

Creo que, si tuviera que elegir algo, lo más destacable de los cincuenta años de matrimonio que compartieron juntos, es esa fuerza que los unió siempre y los movilizó a ser mejores personas cada uno para sí mismo pero con una gran consciencia de que también hay otro que se merece el mismo amor y respeto que a uno mismo le gusta recibir. Realmente tenían una relación hermosa, de esas que no se ven todos los días.

Pero un día, todo pareció desmoronarse.

En el verano del 2002, Alicia empezó con pequeños olvidos.

Al principio sencillos. No se acordaba adónde había dejado las llaves o los anteojos. Repetía las cosas más de una vez y nos saludaba tres veces cuando llegaba. La situación fue empeorando, y estos, aparentemente, inofensivos descuidos se trasladaron a la comida. Como no se acordaba que ya había comido, se volvía a servir y lo mismo hacía con las gaseosas y el vino. Nosotros veíamos que su nueva conducta empezaba a atentar contra su salud, e intentábamos hacerla entender, hasta directamente sacarle las cosas de las manos. Pero llegó un momento en que comenzó a ponerse muy violenta. Se enojaba, le pegaba a Juanca, gritaba y nos agredía a todos.

Fueron momentos muy difíciles y muy dolorosos, pero sabíamos que algo estaba pasando y debíamos llevarla al médico, por más de que ella se negara. Fue así como supimos que Alicia tenía Alzheimer.

Los médicos nos explicaron que el Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa, que se manifiesta como deterioro cognitivo y trastornos conductuales. Se caracteriza por una pérdida progresiva de la memoria y de otras capacidades mentales, a medida que las células nerviosas (neuronas) mueren y diferentes zonas del cerebro se atrofian. Y nos detallaron que lo normal era que transitara por las diferentes etapas de olvido, agresividad, angustia, atemporalidad, hasta comenzar a perder el habla, la motricidad, y, por último, el reconocimiento de sus seres queridos. También nos dijeron que es una enfermedad que hasta ahora no tiene cura y es, por lo tanto, terminal.

Aun habiendo escuchado todo esto de más de un médico y a pesar de que todo el mundo le decía que debía internarla en un geriátrico donde pudieran atenderla, Juan Carlos se negó rotundamente. Y sin dudarlo agradeció a todos por los consejos pero él mismo se encargaría de cuidarla en su casa. Se había sentido muy dolido al pensar que sus seres más cercanos podían pensar en despojarse como si nada de Alicia, como si por estar enferma ya no fuera importante en sus vidas.

Ni una sola vez lo escuché quejarse por el esfuerzo físico y emocional que le demandaba cuidar de su mujer. Ni una sola vez lo vi bajar los brazos y decir “no puedo”. Debía acordarse de cada remedio a la hora que debía tomarlo, bañarla, cambiarla, acostarla, darle de comer, cocinarle; todo esto sin mencionar que él también debía ocuparse de sí mismo.

Pero una de las cosas que más me sorprende fue ver la naturalidad con la cual Juan Carlos aceptó que la relación había cambiado y que él ya no podría hacer el amor con su mujer, ni llenarla de besos, ni ver una película juntos, ni llegar a casa y que lo estuviera esperando hermosamente vestida, maquillada e impecable, como había hecho toda su vida. Aceptó que la realidad era ahora diferente: se dedicó a cuidarla y estar para ella en todo momento. Sin perder su gran sonrisa ni su correctísimo sentido del humor. Sin perder su entereza de roble y sin dejar de brindarnos amor a todos los demás.

Ahora, desde hace meses, por más duro que le resultó, tuvo que internar a su amada en un geriátrico porque ella ya no se movía por su cuenta, ni comía y él ya no podía levantar tanto peso solo. Sin embargo, va todos los días sin excepción a visitarla, darle de comer a la noche y darle un besito de buenas noches.

Imagino que ahora entenderán por qué sentía tal deseo y necesidad de homenajear a este ser tan maravilloso que es mi abuelo. Un hombre que a pesar de todos los obstáculos que la vida le presenta, nunca pierde el optimismo, la fuerza interior y la vitalidad de un amor que supera las formas para quedarse con la pureza de su esencia.

Ante él, Juan Carlos Arana, puedo decir con el pecho inflado que tengo un abuelo ante el cual me saco el sombrero (o, como dirían los franceses chapeaux). Porque además de ser un ejemplo como persona, es una muestra, comprendida entre los bordes de la realidad terrenal y una realidad que nos trasciende, de que hay una fuerza mayor, algo que nos excede, algo sincero y eterno que existe, y que es el Amor.

Si lo tuviera que razonar, me resultaría imposible. No entendería cómo una persona puede dejar tan de lado sus necesidades y ambiciones en la vida por otra persona que ni siquiera puede contestarle coherentemente.

Pero lo veo. Lo siento. Lo vivo de cerca. Y puedo comprender entonces, que lo que los unió siempre, y a pesar de todo los sigue uniendo, es un amor que trasciende los límites de lo humano hacia un plano mucho más sutil. Un Amor puro y verdadero. Un Amor eterno.

Conclusiones personales

Realizar el trabajo final de Comunicación Oral y Escrita acerca de una historia de mi familia, resultó positivo en muchos aspectos.

Para empezar, siempre es interesante ahondar en nuestros orígenes, aprender un poquito más acerca de cómo es que vinimos a existir en este mundo. Y más interesante aun se torna cuando hablamos de encuentros amorosos de este tipo. Encuentros amorosos tan puros y eternos, perdurables en el tiempo. Encuentros amorosos que habitan en algún plano más sutil que el terrenal. De esos que hoy en día poco se conoce.

Además, particularmente en esta etapa de mi vida, fue de inmensa importancia haber tenido el espacio para volcar la historia de mis abuelos, honrando el orgullo que me da tener semejante ejemplo de persona como abuelo.

Pero lo más importante de todo, emocionalmente hablando, fue haber podido comunicar y expresar toda la admiración que tengo por mi abuelo y la profunda angustia que me genera el no tener a mi abuela de la forma en que a mi me gustaría.

De alguna manera, escribirlo y contarlo resultó muy liberador.

Sumergiéndonos ahora en la escritura propiamente dicha, podemos analizar varios aspectos. El primero, los personajes: mis abuelos, Alicia y Juan Carlos.

El narrador soy yo, su nieta. Elegí para el presente (momento en que es contada la historia de amor) un narrador testigo en primera persona. Sin embargo, para la historia de amor en sí, utilicé una narración cuasi-omnisciente, en tercera persona.

Esto es porque, en aquella sección, el narrador conoce cómo se sintieron los personajes y algunas cosas de cómo pensaban, pero no a cada momento ni completamente preciso.

Luego, encontramos que la historia que habla del Amor entre ellos dos y el conflicto viene a ser la degeneración progresiva de la salud de Alicia, lo cual les impide gozarse el uno al otro.

Por consiguiente, el oponente es la enfermedad.

Si contemplamos la estructura narrativa de la pieza, se trata de un relato cronológico con un flashbacks para contar la historia principal, y luego vuelve al presente. Es una historia (el amor de mis abuelos) dentro de otra historia (mi visión, percepción y sentimientos con respecto a mis abuelos y aquello que tanto los une).

En cuanto a los recursos narrativos utilizados, podemos encontrar algunas de las funciones del lenguaje de Jacobson dentro de la pieza literaria. La función poética se incluye principalmente al comienzo de la narración, al describir con imágenes y sensaciones aquella tarde en la cual me dispuse a escribir. También, se emplea la función fática en la frase “Imagino que ahora entenderán”, ya que se remite al receptor para asegurarse de su presencia, para hacerlo parte de la historia.

Bibliografía

Búsqueda y recopilación de fotografías antiguas y actuales de la familia. Entrevistas a diferentes miembros de la familia, especialmente a Juan Carlos, protagonista de la historia.

Información acerca de ciudades de origen y países a los cuales viajaron: “Gran Atlas Clarín 2000”, la tierra desde el satélite. Proyecto especial de Clarín. Biblioteca Clarín. Buenos Aires, Argentina, 2000. (Título original: DK World Atlas: Millennium Edition”, Dorling Kindersley COPYRIGHT).


Historia de un amor eterno fue publicado de la página 66 a página69 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

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