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Verano en caravana

Leguizamonm, Agustina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

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Síntesis

Esto no es más que una recopilación de momentos y anécdotas vividas en tres lugares muy significativos en la vida de los primos Biedma. Pacheco, la casa-quinta de fin de semana que frecuentaban nuestros tíos de pequeños, y luego siguieron haciendo con nosotros, compartiendo cada navidad y por qué no algún asado dominguero. Para año nuevo nos trasladábamos a Tandil, a una casa enorme ubicada en un campo, Lonacepín; el segundo lugar más visitado por todos, donde pasábamos el mes de enero para después partir y seguir el eterno verano en el sur. En Bariloche vivíamos la etapa final del verano, con el objetivo de llenar los corazones entre programas como caminatas, escaladas, ir a la playa, bailes y risas hasta la despedida. Pero esos veranos eran los que mantenían unida a la familia, los que hacían posible soportar la idea de no vernos por un año, ansiando las próximas vacaciones.

Introducción

Ante la consigna de escribir sobre una historia de mi familia, buscando en mis recuerdos, encontré que los más lindos eran los vividos con mis primos y tíos maternos, la familia Biedma. Es así que decidí narrar esta historia basada en una recopilación de anécdotas vividas en tres lugares muy significativos, que marcaron mi infancia y la de todos mis primos: Pacheco, Tandil y Bariloche. Volviendo el tiempo atrás, todo comienza con Juan Martín “Tata” y Susana “Mami”, mis abuelos, quienes se unieron para formar una familia, sin imaginar la magnitud que tomaría. Criaron 11 hijos, cada uno con su personalidad y carácter, pero conservaban el espíritu familiar, los valores como la unión, la hospitalidad, el compañerismo, a pesar de ser muchos hermanos, y el amor.

Cuando la más pequeña de los hermanos tenía siete años, mis tíos pierden repentinamente a su mamá por una enfermedad, echo que los llevó a criarse entre ellos, fortaleciendo los valores que luego nos transmitieron a nosotros. Al cabo de los años, cada uno fue tomando distintos rumbos, casándose y cumpliendo proyectos de vida por diferentes ciudades del país y el extranjero, sin saber que seguirían tan unidos a pesar de las distancias.

Desarrollo

Aquí empieza mi historia y la de mis primos. Hay Biedmas por doquier, en Tandil, Bariloche, Concordia, Mendoza, Buenos Aires y hasta en Estados Unidos. Es por eso que los veranos transcurren en estas ciudades, donde crecimos y que de vez en cuando nos vuelven a recibir.

Pacheco 

Hay un lugar que era de todos, aunque ya no está. La casa de Pacheco, donde empezaba la caravana veraniega, recibiéndonos para navidad. Esta casa-quinta era de mi mamá y sus hermanos, y donde iban para algún asado dominguero, cumpleaños y las tradicionales navidades con sus hijos. Las fiestas eran mágicas, esperábamos el 24 de diciembre para llegar y disfrazarnos para el pesebre viviente, anhelando ser María o José, pero teniendo que conformarnos con ser un pastorcito, una oveja o un angelito. Luego se armaba el gran banquete, hasta que algún tío se disfrazaba de Papa Noel, legado que había dejado Tata al envejecer y que hoy siguen haciendo los primos más grandes, con las panzas de mentira y la barba de algodón, saltando por el techo, bajando por atrás hasta el jardín para dejar una bolsa llena de regalos. Al llegar las 12, los fuegos artificiales, las estrellitas, las bengalitas y los chasqui boom, nos envolvían para seguir con la fiesta entre champagne, garrapiñada y baile.

Tandil

La caravana se trasladaba a Tandil, para pasar la primer quincena o el mes de enero completo en Lonacepín, una casa en el campo, tan grande que nos recibía a todos y cada uno sabía qué cuarto le pertenecía, que los diferenciábamos con colores, pintados por nosotros mismos: el cuarto bordó, el de los chicos; el blanco, el de las chicas (mi cuarto); el rosa, el de las mujeres adolescentes; el verde era para la pareja que en ese momento tuviera un bebé, ya que incluía una cuna; el azul y el celeste era para distintas parejas de tíos; y la cocina entre verde y celeste y unos manteles de plástico escoceses con motivos de frutas y verduras.

La sala de estar, en la que había una mesa vieja de villar y usábamos para jugar al pool, una tele destartalada que únicamente andaba para ver alguna que otra película repetida de la colección de la revista Caras o jugar al Mario Bros en el Family Game. Hubo años en los que éramos más de la cuenta y a pesar de ser un caos, nos las arreglábamos, armábamos carpas o dormíamos en los pasillos, inclusive sobre la mesa de villar. De día andábamos en bici, a caballo, ayudábamos a ordeñar en el tambo para volver sucios y con mal olor. Nos peleábamos por no ir a buscar huevos o leche, para no ser atacados por las gallinas o tener que saludar a Nélida, que era la madre del peón del campo. Los equipos de limpieza que armaban las tías “Mu”, apodo que adoptaron luego de ser comparadas con una rebaño de vacas que iba al lado de ellas cuando hacían sus caminatas hacia la tranquera más lejana para cuidar su figura. Ellas eran las reinas, sólo daban órdenes y a nosotros no nos quedaba otra opción que acatarlas. Nos gustaba rescatar las mulitas que caían en los guardaganados, se armaban largos juegos de cartas y a la hora en que el sol estaba fuerte no faltaban las siestas de los más grandes, quienes pagaban 25 centavos a los más pequeños por una hora de masajes.

Jugábamos en los fardos y hacíamos sesiones de fotos en las plantaciones de girasoles y nunca faltaba al llegar y antes de irnos la famosa foto en la escalera. De noche luego de las comidas se armaban fogones y guitarreadas, y tocábamos la guitarra del joven soldado, sapo cancionero, los clásicos folclóricos y los coritos. Nunca faltaba alguno que se escondiera detrás de un árbol para asustar y así empezaban las batallas entre las chicas y los chicos, era conveniente revisar las camas antes de irse a dormir o esconder los elementos de higiene personal para que no te robaran el cepillo de dientes o te pusieran pasta, piñas, sapos y hasta la cabeza de un chancho sobre la almohada. Los terneros con olor al desodorante Axe o los sustos desde la ventana a altas horas. Había otras noches más tranquilas en las que nos quedábamos contemplando la luna llena y escuchando el mugir de los terneros o nos escabullíamos entre los pasillos para llegar a la cocina y trepar hasta el fruto prohibido: el dulce de leche de 5 kilos dejando la evidencia en la bacha de lavar: las cucharitas.

Bariloche

Sin darnos cuenta llegaba febrero, y nos preparábamos para trasladarnos al sur, donde nos esperaban dos de las tías que viven allá para pasar el resto del verano. Sin cansarnos de la estresante estadía en el campo, nos alistábamos para las largas caminatas de días enteros por el bosque de arrayanes o la feria hippie de El Bolsón, escaladas a los distintos cerros, como el López, el Catedral, el Frey, o el Quetrihue en Villa La Angostura. Inventábamos canciones para que las caminatas se nos hicieran más llevaderas, ya que éramos chicos, y nunca faltaba algún malhumorado que preguntara a cada rato: “¿cuánto falta para llegar?”; o el que se ponía a llorar; el que sufría alguna tragedia, como ser picado por un tábano o las abejas carnívoras, más conocidas como chaquetas; o alguno que se torciera el tobillo. Otras escaladas menos exigentes eran las que hacíamos en el Cerro Otto, que tiene una confitería giratoria en la cima, el Campanario, y al que subíamos en las aerosillas, para llegar y sacarnos una foto con el típico perro San Bernardo.

En los días de descanso andábamos en bici por las calles empinadas, para volver con alguna frutilla en el brazo o en la rodilla del golpe que nos dábamos, pero contentos de haber conseguido frambuesas que robábamos de algún jardín privado. Frente a la casa de una de las tías había una casa abandonada con aspecto tenebroso, en la que había una bruja malvada y los primos más grandes se encargaban de hacer sonidos extraños y salir de atrás manchados con salsa ketchup para simular sangre y darnos un susto. Y así iba culminando el verano, entre las distintas playas frente al Nahuel Huapi, el lago Gutiérrez y el Mascardi, los picnics y los asados de noche en el quincho de una de las casas que tiene un ventanal que da a la vista más linda del Hahuel Huapi.

Conclusión

Aunque Tata no esté, los hermanos siguen tan unidos como cuando aquel día en que perdieron a su mamá, a quién recuerdan para contarnos de la abuela que nunca conocimos. Por nuestros papás, que hacían y siguen haciendo posible que nos encontremos en cada oportunidad, algunas más importantes que otras, pero siempre con las mismas ganas de compartir y a pesar de que cada vez es más difícil, ya que estamos todos más grandes y que la familia se va agrandando. Somos: 22 tíos, 57 primos, ahora los más grandes se van casando y van teniendo sus propios hijos, que los vamos incluyendo en las reuniones familiares.


Verano en caravana fue publicado de la página 71 a página72 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

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