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El Macondo del alto valle: el Cholo Alenci

Ortíz, Juan Marcos

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2011

Año VIII, Vol. 43, Diciembre 2011, Buenos Aires, Argentina | 99 páginas

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Síntesis

La historia del Cholo, además de ser particularmente interesante, es en realidad una excusa para contar la vida de mi familia en el alto valle de Río Negro y Neuquén a comienzos del siglo XX. Entramar sus andanzas, con la idiosincrasia de una comunidad de pequeños pueblos del norte patagónico, en su mayoría inmigrantes españoles e italianos, es un ejercicio que se torna nostálgico y que me permite valorar a la distancia sus esfuerzos y experiencias.

Desarrollo

Este relato tiene su cuna en Ingeniero Huergo. Un pequeño pueblo ubicado en el alto valle de Río Negro. Sus primeros pobladores eran en su mayoría inmigrantes españoles e italianos que llegaron a Argentina a comienzos del siglo XX. Escapaban de las pésimas condiciones que había en Europa, para encontrarse con pobres circunstancias locales pero con la posibilidad concreta de construirse un futuro mejor a fuerza de trabajo y sacrificio. Parte de mi familia conformó esa comunidad. Lo que más me atrapa de Huergo, es que desde que tengo uso de memoria, sigue intacto. El tiempo está detenido. Y me recuerda continuamente al Macondo de Gabriel García Márquez en el libro Cien años de soledad. Los personajes, sus historias, sus calles y casas, todo se mantiene impunemente suspendido. Al sur encotramos el río Negro, luego la ruta, el pueblo, las chacras y finalmente la barda como límite norte (siempre me fue difícil explicar qué es una barda, pero básicamente es una loma de baja altura a la que parece que le serrucharon su cima, producto de la erosión eólica de la zona). Tanto Huergo, como la mayoría de los pueblos del alto valle se transformaron en una región frutícola. Las familias obtenían terrenos fiscales, que se loteaban en cuadros denominados chacras, para producir en su mayoría manzanas y peras. Estas parcelas dan una uniformidad visual característica de la zona ya que los cuadros están delimitados por hileras de álamos de gran altura para formar una especie de muralla y proteger los manzanos y perales, todos plantados en fila formando callejones, contra el fuerte viento patagónico. Hasta el día de hoy, un turista que recorre la ruta 22 se encuentra con un telón infinito de álamos y árboles frutales. Fueron los Sánchez, familia por parte de mi madre, los que se establecieron en esa localidad. Mi bisabuelo, José María, fue el que de a poco fue trayendo a hermanos y primos a Argentina. Todos a trabajar: los hombres a la chacra y a construir caminos y las mujeres, en la casa, encargadas de los quehaceres domésticos. Una vida con grandes sacrificios que les permitió mejorar su calidad de vida. Pero la historia que elegí contar es la del Cholo Alenci. Y esa historia está lejos de la dignidad de un inmigrante laburador. Los Sánchez, se integran con los Chiacchiarini por medio del casamiento de mi tía abuela Juanita con Séptimo Chiacchiarini. Otra familia italiana, trabajadora y de muchos años en la región. Uno de los hermano de Séptimo se llamaba Sortero y era el que mejor posición económica había logrado. Sortero estaba casado con Elisa y tuvieron tres hijos: Machín, Morocho y Chichín (los verdaderos nombres me los guardo, son ampliamente superados por estos sobrenombres). Y la conexión con el Cholo es Chichín con quien se enamora y se casa. Pero para conocer al Cholo, tengo que remontarme a Bahía Blanca. Nació y vivió toda su infancia allí. Su padre era ferroviario y tenía problemas con el alcohol. Lo sufrió hasta los 15 años, cuando falleció y dejó de golpearlo. La madre trabajaba de empleada doméstica en una pensión. Él intentó estudiar, pero su falta de recursos se lo impidió. Fue entonces cuando decide con un amigo ir a trabajar en la fruta a Huergo, cargando y descargando los camiones en la estación de tren, única conexión comercial con Buenos Aires para la venta de la producción local. Justo enfrente de la estación, Sortero había comprado un bar y la había puesto a Chichín a hacer los helados y la soda. Esta fue la etapa dónde se conocieron. Ella tenía 21 y él 23. La movilidad y la astucia del Cholo ya se hicieron evidentes a esta altura y la oportunidad de abandonar la carga de los cajones de manzana estaba cerca. Sortero también era dueño de la estación de servicio y al ver la capacidad del joven le asignó un camión para transportar carbón a Zapala. Cuando la confianza con Sortero fue suficiente, el Cholo le pidió la mano de su hija. Se casaron en el año 1946. Desde ese momento, los negocios de Sortero empezaron lentamente a ser manejados por el Cholo. Incluido el negocio de la fruta, se encargaba de la venta en el mercado del Abasto en Buenos Aires, en un puesto que pertenecía a Marinuchi. Tuvieron a su única hija, Mima. Con ella viajaron a Buenos Aires. Él se puso a trabajar en el puesto para vender la producción de Huergo. Las temporadas se dividían entre las frutas del valle y las naranjas del norte del país, obligándolos a viajar permanentemente. Por este tema terminó asociándose al cuñado de Marinuchi.

Esos años en capital federal, fueron un posgrado sobre quiniela clandestina y caballos. Entendió cómo establecer una red de cobros, cómo apretar morosos y demás menesteres del negocio. Cuando Mima cumplió cinco años, volvieron a establecerse en Huergo, junto con su nuevo socio y su viejo amigo Chumina. Este regreso fue un punto de partida. Huergo ya era muy chico para sus ambiciones. Si bien extendió su influencia a todo el alto valle, su objetivo estaba en otro lado. Ese año decide irse de vacaciones a Mendoza con todos: Chichín, Mima, su socio y Chumina. Se hospedan en un hotel y descubre una ciudad en pleno crecimiento muy propicia para sus emprendimientos. Pero necesitaba un capital importante para establecerse. Volvió a Huergo y convenció entonces a Sortero de vender el bar frente a la estación para comprar el hotel en Mendoza. Logró el cometido y hacia allí partió con los Herrera, dos hermanos que trabajaban el bar. En Mendoza comenzó a apostar fuerte en el casino y en un nuevo negocio: la trata de blancas. En ese ambiente conoce una familia con mucho poder y con campos en San Rafael que se dedicaban a criar y vender caballos pura sangre para carreras. El Cholo decide vender el hotel, para mudarse a San Rafael y comprar un restaurante y una pensión, que funcionaba como prostíbulo. Aquí, empezó a manejar grandes cantidades de dinero y su fama comenzó a tomar notoriedad. Esa fama, generó competencias de poder y de mujeres entre amigos. Y una rencilla, por una amante en común, terminó a los tiros. El amigo, con un tiro en la ingle y el Cholo, en la cárcel. Chichín, enterada ya de toda la situación, lo visita un par de veces en la cárcel. Pero sus hermanos Morocho y Machín viajaron, con la excusa del casamiento de una prima, para traérselas definitivamente a Huergo. El Cholo queda en una situación límite ya que el amigo que baleó pertenecía a otra familia influyente. Por medio de una de las prostitutas de la pensión, accede a un abogado que consigue un trato. El salía de la cárcel pero con la condición de irse del país.

Rápido de reflejos, vende todo lo que tenía, lo invierte exclusivamente en caballos y parte hacia Venezuela para comerciarlos entre sus contactos. Hasta acá la mi historia oficial. Pero hace unos años, leyendo el libro de Felipe Pigna Lo pasado pensado me encuentro con una referencia sobre el Cholo. Si bien el apellido estaba mal, era indudable que se refería a él: capitalista del juego de Río Negro. Pero eso no fue lo más asombroso. Lo que me sorprendió es que en la obra de Pigna se menciona que la intención del Cholo era matar a Perón. Entre risas y totalmente anonadado comencé a profundizar un poco sobre el tema. La reclusión del Cholo en Mendoza coincidía con el golpe de estado de la Revolución Libertadora, el derrocamiento de Perón y la toma del poder de Aramburu en 1953. Perón justamente recaló en Caracas, en su exilio. Otra coincidencia. También encontré una nota de Tomás Eloy Martínez, donde narra un atentado fallido hacia Perón por parte de un chofer de confianza. Pero también cuenta que otros fueron enviados para asesinarlo, y si bien no lo nombra y hace referencia a otros nombres, la posibilidad es concreta. En más, según Pigna: “Alenci terminó relacionándose con el ex presidente”. Esto lo terminó de confirmar Chichin en la entrevista que le realicé y que aquí consigno sus palabras:

Como tenía conexiones con los caballos de carrera, compró todo lo que pudo y se va a Venezuela a comerciarlos. En esos viajes de ida y vuelta conoce a Perón y en un cabaret que asistían ambos, el General conoce a Isabelita que era bailarina del salón.

No puedo confirmar si su intención fue matarlo, pero no me cabe duda que su única oportunidad de escapar, la aprovecho a más no poder. En sus últimas épocas, el Cholo ya estaba de vuelta en el país y radicado en Allen, otra ciudad del valle, en una de sus chacras y con otra familia. En 1971 se le atribuye el asesinato de Santiago Espinal, caso que tuvo repercusión a nivel nacional.

Pero su poder ya se encontraba en una curva descendente.

Las deudas y los enemigos lo acechaban continuamente. La quiniela fue oficializada y terminó con su emporio económico más fuerte. Terminó suicidándose el 14 de marzo de 1984. Dicen las malas lenguas que delante de sus hijos. Hoy su leyenda crece día a día de boca en boca en todo el valle. Una vida lejos de los sacrificios de una generación de inmigrantes.


El Macondo del alto valle: el Cholo Alenci fue publicado de la página 72 a página74 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº43

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