1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº48 >
  4. La expresividad de los opuestos

La expresividad de los opuestos

Martínez Cobos, Ana Cristina

Eje 4. Historias y mitos en el teatro

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº48

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº48

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la Imagen. Edición XI Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2012 Eje 1. Recursos creativos: Cecilia Castillo | Sabrina Ariadna Cueva | Rocío de la Paz Ierache | María Agustina Rossito. Eje 2. Tendencias y experimentaciones cin

Año VIII, Vol. 48, Agosto 2012, Buenos Aires, Argentina | 117 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Introducción

En el presente ensayo se sostendrá la hipótesis de que la necesidad de expresar es un asunto concerniente a todas las épocas; el hombre sin duda alguna ha buscado incesantemente la manera de transmitir aquello que nace en lo profundo de su ser a fin de experimentar esa añorada libertad.

A lo largo de la historia, el ser humano se ha encontrado con la necesidad de expresar un deseo constante y permanente que es vital para su existencia. La expresión está compuesta por infinidad de sentimientos, innumerables maneras de pensar, transmitidos en diversos semblantes, gestos y palabras.

Es maravillosamente amplia, donde aquello que es intangible para el hombre, como lo es el sentimiento y el pensamiento, se hace vívido a través de la expresión corporal, de la gesticulación, así como también de la intromisión de lo sonoro y del uso de su propio lenguaje.

Es además evidente que los medios a través de los cuales el hombre ha buscado extender sus dominios en cuanto a la expresión son muchos, y radica en su gran necesidad de exteriorizar aquello que forma parte de su interior. Unos han buscado expresarse a través del arte, otros han preferido la política, otros se han orientado hacia los movimientos sociales y, sin duda alguna, la humanidad entera busca manifestarse día a tras día, y esto sigue siendo un común denominador de la naturaleza del hombre de ayer y el de hoy.

La expresión es definitivamente fundamental en el desarrollo del hombre, no obstante, se presentan diversos casos en los cuales los individuos se han encontrado frente a situaciones de represión, no solamente por parte de otro, sino que también lo han permitido bajo su propio consentimiento. Es casi incomprensible que frente a esta necesidad de expresar, también esté el otro extremo, llegar a un punto de tal interioridad que la persona se vuelve incapaz de expresar realmente lo que le sucede, y lo reprime. Aunque ni aún allí deja de experimentar una serie de encuentros y entrelazamientos internos, propios de sus emociones.

Sin duda alguna, la composición del hombre es bastante compleja y a la vez enigmática, lo que le ha llevado a refugiarse en distintas dispensaciones del tiempo, ubicarse en determinados movimientos y vanguardias, o intentar encontrarse en un periodo establecido bajo la estructura impuesta por la sociedad, a fin de tratar de comprender un poco más aquella naturaleza tan particular del que está hecho.

Esta complejidad radica en que cada persona es una creación única, proveniente de una combinación que sólo será posible a partir de dos seres, de una fecundación inimitable entre un hombre y una mujer, que también tienen una esencia irrepetible.

Es aquí donde se encuentra la razón más profunda para sustentar la idea de que cada persona es un mundo, con una historia en particular, con un origen determinado, con una personalidad irreemplazable y una esencia única.

Sin embargo, el hombre se encuentra ante un constante deseo de descubrir su identidad, de encontrarle una explicación a aquello que lo aqueja o lo alegra, a ese propósito al cual ha de atribuir su existencia, pero muchas veces sin encontrar respuesta alguna. Esa identidad plagada de características y conjunciones únicas en su clase, hacen que el hombre, como ningún otro en toda la creación, pueda experimentar el deseo de expresar los más sublimes sentimientos, como también los más perversos pensamientos, que lo conducen a comportarse de maneras inesperadas, y a su vez le permiten canalizar sus decisiones.

En esta insaciable búsqueda de identidad que todo ser humano persigue, ha sido necesario atravesar por diversos caminos, entre ellos, unos más románticos y sublimes que otros.

En este lugar, es perceptible que se haya encontrado con distintas dimensiones y facultades que forman parte de su ser, haciéndolo quizá incomprensible para sí mismo y para su entorno, como también para llevarlo a profundizar en aquello que forma parte de su esencia.

El Romanticismo adopta esa mezcla impetuosa de los sentimientos, de la imaginación y la libertad, sin duda alguna, totalmente opuesto a lo clásico y a la serenidad que este género antiguo propone. Su expresión es viva y llena de matices, capaz de anular los marcados esquemas del clasicismo o la rigidez misma de la razón. Por el contrario, se presenta como la exaltación a la libertad, para expresar toda clase de sentimientos que provienen de lo profundo del interior. Los románticos buscaron hacerlo desde la melancolía y el sentimentalismo, para exponer sus impresiones a partir de la desesperación y la inconformidad, y acicalarlos con tonos sombríos. Fue entonces que las creaciones dentro de la literatura, el teatro, la danza y la música no se hicieron esperar para dar inicio a obras de renombre, que hasta hoy en día siguen siendo representadas.

La capacidad de la mente para crear, imaginar y producir es grandiosa, mientras que los sentimientos, poseedores de una carga mágica y arrolladora, son capaces de generar distintas variaciones y la libertad, tan añorada por el ser humano, forma parte de una mezcla bella y tentadora que configuró el periodo del Romanticismo.

La obra de Ballet Clásico Giselle, es una de las obras más representativas dentro de la danza clásica que ha sido representada por innumerables compañías, talentosos bailarines y apreciada por un público de todas las nacionalidades. Para la creación de la obra, se necesitaron distintos artistas, entre ellos un músico, dos poetas y un coreógrafo, que le dieron forma hasta llegar a la producción final. La música para esta obra fue compuesta por Adolphe Charles Adam, quien la consideró como su composición más importante y apreciada. En 1841 se estrenó la pieza, la cual tardó tres semanas en construirse con ese carácter romántico, capaz de cautivar los cuerpos en escena con movimiento, y también los sentimientos más profundos desde la butaca. A Jean Coralli se le atribuye la realización de la coreografía original, pero a Jules Perrot se le confiere la autoría de la mayoría de los solos. El argumento de este ballet parte de la mente del poeta Théophile Gautier, quien desarrolló la idea para Carlotta Grisi, una joven bailarina. Para su creación se basó en el poema de Heinrich Heine, el cual trata acerca de una famosa leyenda alemana, en la cual se cuenta la historia de unos espectros, los cuales llevan cuerpos de hermosas jóvenes que aparecen cuando sale la luna llena para hacer bailar hasta la muerte a aquellos hombres que las dejaron. Se las conocen como las Willis, almas en pena que se pasean en los bosques con sus trajes de novia, y llevan una corona de flores, aspecto que resalta su feminidad y belleza, pero a su vez, posee un gran misterio, pues en medio de esa hermosura, llevan a cabo su venganza hasta la muerte.

Inspirada en esta leyenda nace el argumento de esta pieza clásica, la cual tiene lugar en Europa Central, durante la época de la cosecha, escenario que abre paso para contar la historia de una bella campesina llamada Giselle.

Esta jovencita se enamora de Loys y tiene la fortuna de ser correspondida por él, un joven a quien ella supone es un aldeano, pero posee una doble identidad, ya que su verdadero nombre es Albrecht y lleva una posición mayor de la que finge tener al mostrarse como un sencillo aldeano, pues al contrario, es el Duque de Silesia y tan sólo ha tomado ese papel para enamorarla y obtener su amor. Giselle tiene además otro pretendiente, un guardabosques llamado Hilarión, quien busca su amor, pero es ella quien le ha hecho saber que no puede corresponderlo. Hilarión por su parte sospecha de Loys, por lo cual lo confronta y se propone en llevar a cabo su venganza.

Aparece más adelante la madre de Giselle, quien la toma en brazos y le expresa su temor de que sufra una decepción amorosa, ya que ella teme que pueda convertirse en una de las Willis antes de su casamiento.

Mientras tanto, la corte del Príncipe Courtland ha organizado una cacería, razón por la cual llegan hasta la aldea de la joven Giselle, y con ellos la hija del príncipe, y la prometida de Albrecht, Bathilde. La corte es muy bienvenida en la aldea, y los aldeanos a su vez festejan la buena época de la cosecha y coronan a Giselle como la reina de la vendimia. Bathilde por su parte, ha quedado maravillada con la aldea y más aún con la inocencia y belleza de Giselle. En eso, aparece Hilarión, quien ha descubierto la mentira de Albrecht, de modo que lo desenmascara delante de la corte, y delante de Giselle. Ella no lo puede creer y enloquece, desesperada va de un lado al otro, hasta que finalmente cae muerta.

En el segundo acto, la tumba de Giselle aparece en medio del bosque, Hilarión sumido en el dolor, no acude al llamado de sus amigos y se queda junto ahí, para convertirse en una víctima más de los tenebrosos espectros femeninos. La noche avanza y aparece Mirtha, la reina de las Willis quien inicia a Giselle dentro de la congregación. Poco después, aparece Albrecht, sumido en la tristeza frente a la tumba de Giselle y suplicando perdón, pero las Willis aparecen para quitarle la vida y así cobrar su venganza.

Sin embargo, Giselle no ha dejado de amarlo y se interpone entre él y las almas en pena que van tras su vida, incluso le hace frente a la misma reina de las Willis. Está amaneciendo y los espectros deben retornar a su realidad, así como también Giselle.

La obra termina con Albrecht con vida pero llorando amargamente la ausencia de la jovencita de la cual se enamoró.

Desarrollo

En base a esta obra –que fue estrenada hace más de ciento cincuenta años– se han realizado múltiples presentaciones, dentro de la cual destaca la obra presentada en el Teatro Alla Scala del director David Colerman. Entre los principales bailarines se encuentran la afamada bailarina Svetlana Zakharova, y uno de los máximos exponentes de bailarines de ballet, Roberto Bolle, junto a todo el elenco bajo la dirección del cuerpo de bailarines de Frédéric Olivieri. Esta obra, presentada actualmente, mantiene la elegancia y el romanticismo con el cual fue presentada hace dos siglos atrás.

El argumento que presenta este ballet clásico posee varias de las características propias del romanticismo, así como también contiene la mirada de distintos exponentes como lo son Victor Hugo, Kayser y Freud. Victor Hugo por ejemplo, habla acerca de la mezcla entre lo grotesco y lo sublime, entre aquello que contiene dos opuestos, dos focos distintos en un mismo lugar. Partiendo del argumento de la obra, es bastante interesante encontrar los opuestos que se manejan al principio y al final. La obra inicia en la época de la vendimia, época de recoger aquello que se ha sembrado, en definitiva un momento glorioso, ya que el tiempo de espera pasa, y finalmente se puede cosechar el fruto y disfrutar de las delicias que contiene. Los trajes de los aldeanos son coloridos, sus casas se ven seguras, los parajes arbóreos se ven tan calmados, generando un ambiente de estabilidad, de seguridad.

Así inicia la obra, con una escenografía y un vestuario que al espectador le genera un sentimiento primaveral y alegre, la música acompaña este momento, y todo se ve bastante familiar. Todos se conocen entre todos, aparece la madre de Giselle, sus amigas, sus amigos, todos los que le rodean y que incluso la coronan como la reina de la cosecha, disfrutan de ella y Giselle se alegra también con ellos. Sin embargo, al final de la obra, el tono es mucho más lúgubre y trágico, no hay nada familiar, no hay trajes coloridos ni un bosque primaveral, al parecer ha llegado el invierno, el tiempo de la espera, pero esta vez, una espera eterna para Albrecht. Su amada ha muerto a causa de su engaño, y él tendrá que llorar esa realidad mientras esté con vida, como un tiempo prolongado de espera hasta la muerte, pues Giselle ya no se encuentra en su mundo. La instancia final de la obra es bastante opuesto al primero, ya que no hay vendimia, no hay un tiempo de recoger ningún fruto, sino sólo queda una amarga espera que los días pasen, y Albrecht pueda perdonarse lo que provocó en la mujer que amó. Esto manifiesta, cómo dos situaciones distintas conviven en la misma escena, evidenciando en primera instancia la alegría de la vida, la gloria de los buenos días y, al final, lo insoportable que puede transformarse la existencia, a tal punto que por mucho tiempo Albrecht se mantiene en el piso, se ha despojado de sus preponderantes saltos y ahora se encuentra en un nivel bajo, suplicando perdón.

Por otro lado, este ballet manifiesta esta particularidad romántica, ya que el lenguaje corporal habla de algo sublime, hace una presentación de la mujer etérea, a través de la estilización del cuerpo, del uso de las puntas, de los saltos y de la belleza física que posee a la par de una esencia espiritual. Los cuerpos en movimiento en el ballet se muestran de esa manera, siempre arriba, disponibles para alcanzar las alturas. No obstante, el argumento de la obra raya dentro de lo grotesco, de lo bajo, de aquello que inesperadamente ocurre y resulta doloroso para el ser humano. La historia de Giselle muestra a una mujer víctima del engaño, lo cual resulta bastante particular cuando se habla de una tragedia de esa magnitud pero contada de una manera en la cual se utiliza un lenguaje corporal elevado. Aquel duque Albrecht, con sus delicados movimientos y su aparente ternura, sorprende cuando es desenmascarado por Hilarión y tenido por traidor. En este punto, se sustenta la perspectiva de Kayser, cuando habla de ese mundo distanciado, donde no hay un reconocimiento del mundo como antes sí lo había. Giselle, profundamente enamorada de un aldeano llamado Loys, es bruscamente sorprendida por una noticia que toca sus entrañas, para descubrir que aquel hombre del cual se ha enamorado tiene otra identidad y con ello, también otra mujer y un compromiso que cumplir, pues Bathilde se anuncia como su prometida.

La figura en la que Giselle creía y confiaba, se desmorona en un momento inesperado, para demostrarle que aquello que le era familiar, ahora le resulta extraño, incluso ajeno, a tal punto que la enloquece. Todo sentido de pertenencia se aparta de ella, corre, va de un lado al otro, ya ni siquiera los aldeanos que se le hacían tan cercanos ni tampoco su madre son suficientes para consolarla. Es entonces cuando su perfecto rodete se desarma y en sus hombros cae su largo cabello, despeinado y desentendido de la realidad, y también sus pies, ya no bailan al compás de la música, ya no buscan elevarse y su cuerpo no desea más ir encima de la punta, Giselle solamente camina desorientada y desdichada sobre la planta de sus pies. Aparece entonces la representación del “id” del cual habla Kayser, esa fuerza que posee a las personas, y Giselle es un personaje que experimenta este apoderamiento.

Empieza a enloquecer y es la pasión, es el amor esa fuerza que la toma desenfrenadamente hasta envolverla por completo y llevarla a la muerte.

En el romanticismo, hay una mezcla de lo natural y lo sobrenatural, de los pasajes entre el mundo de los vivos y de los muertos, y es precisamente un elemento que denota en esta obra. Giselle ha muerto, y tanto Hilarión como Albrecht están sumidos en el dolor, se atreven a ingresar en el tenebroso bosque para visitar su tumba. Hilarión llora su muerte, y aunque ya nada queda por hacer, se mantiene frente a la cruz que le recuerda que su amada se ha ido para no volver jamás.

Cae la noche, y las Willis no tardan en aparecer para vengar a todas aquellas mujeres que murieron sin haber disfrutado de su casamiento, y toman la vida de Hilarión.

Tiempo después aparece en escena Albrecht, quien ingresa al misterioso bosque, pese a lo que se cuenta de la leyenda de la reina Mirtha y sus espectros, pues su arrepentimiento ha cobrado mayor peso y quiere manifestar su dolor frente a la tumba de Giselle. En esta instancia, se destaca aquello de lo cual habla Freud, aquello que es ominoso y siniestro, puesto que el bosque representa ese lugar de incertidumbre, donde a una hora determinada las almas en pena de las jóvenes que no alcanzaron la dicha con el amado salen para danzar con los hombres que lo han hecho hasta conducirlos a la muerte.

El mismo bosque, que se hace tan conocido y reconocible en plena luz del día, se convierte en un espacio tenebroso al caer la noche, haciendo alusión a lo familiar distanciado, donde los árboles incluso cobran otras formas, el paisaje tiene otro aspecto, y se apoderan de él criaturas que conservan la belleza femenina y el encanto de la danza, pero con deseos de venganza y con un poder capaz de acabar con la vida de muchos hombres que se han atrevido a atravesar ese pasaje.

Dentro de las obras de ballet románticas, aquello que es corpóreo y expresivo adquiere un alto valor, por lo cual la preparación del cuerpo como instrumento de trabajo es vital. El bailarín de ballet clásico debe mantener una rigurosa disciplina; de hecho, para llegar a alcanzar un acondicionamiento físico propio de este arte, es necesario empezar desde muy pequeño, aproximadamente a los seis años.

Por el contrario, si la persona pretende iniciar con esta disciplina a una edad más avanzada, los grandes maestros no tardan en revisar la forma de los pies, los hombros, la espalda, las rodillas, el cuello, la longitud de las piernas, entre otros, como partes primordiales a tener en cuenta para empezar con sus clases, puesto que es de suma importancia reunir las condiciones necesarias para dedicarse a ser un bailarín clásico.

Definitivamente hay un momento de preparación del cuerpo, de la expresión que se piensa generar con él y, para ello, es necesario largas horas de ensayo en el día, un trabajo muscular, un cierto grado de rigidez y tensión en el cuerpo para lograr esa imagen visual que obtiene el espectador, que hace ver a la bailarina como si volara. Es bastante notorio cómo se contraponen estas ideas, puesto que hay una muestra visual de un cuerpo que se eleva, que se despega del piso y por momentos parecería encumbrarse, pero para llegar a esa instancia es necesario trabajar previamente al cuerpo con una exigente preparación física.

Es así como en la obra, aquellos personajes que se muestran tan elevados, por momentos muy joviales, realzan un contraste majestuoso a la hora de expresar aquello que sienten y llevar el hilo de la historia. Los contrastes se hacen manifiestos una y otra en la historia que se cuenta, pues tiene un contenido profundamente triste, enmarcado en el engaño y la traición, es contado desde un cuerpo que ha sido trabajado para mantenerse en las alturas, dispuesto para saltar. Es interesante este encuentro, ya que el argumento de la obra muestra la desilusión tan grande que vive Giselle tras descubrir la verdad de su amado a través de una expresión corporal opuesta a este sentimiento, pues aún después de morir, continúa danzando y mostrando el virtuosismo de sus pies acompañado por un cuerpo cargado de presencia escénica.

Existe también la unidad dentro del cuerpo de baile y es otra instancia que genera una aproximación a los compendios románticos.

En la obra por ejemplo, es bastante curioso cómo se manejan distintas fisionomías, cuerpos diferentes y una morfología única de cada bailarina. Sin embargo, todas llegan a configurar un espacio con mucha exactitud, que desde una distancia dada parecerían ser una sola cuando presentan fragmentos en grupo.

Sin embargo, las formas de sus cuerpos son muy diversas, capaces de develar una vez más la identidad corporal que también cada una posee, pero que a su vez se pierde en medio de la exactitud que logran generar como un cuerpo de baile. Esta expresión colectiva o individual forma parte de esta necesidad constante presentada en el romántico, puesto que necesita manifestar aquello que siente, dar libertad a sus emociones y dejar de priorizar a la razón. Sin embargo, es curioso cómo no puede abandonar del todo esta rigidez, puesto que en las obras de danza clásica hay un orden determinado en cuanto a la utilización del espacio en la escena, así como también se muestra la necesidad de trabajar disciplinadamente el cuerpo, aun cuando sea necesario dejar de lado por un momento la imaginación, el sentimentalismo y la libertad que propone claramente el romanticismo para dar espacio a lo racional que exige mantener un orden al cuerpo y entrenarlo independientemente del sentimiento, pues ha de convertirse en la herramienta de trabajo que ha de interpretar las obras más sublimes.

Conclusiones

Pese al paso del tiempo, los clásicos dentro del ballet como Giselle, no dejan de ser añorados por muchos, y producidos por grandes directores de compañías artísticas debido a la magia que siempre han de ofrecer al revivir semejante pieza artística. En definitiva, no deja de sorprender que muchos coreógrafos y directores continúen realizando la misma coreografía establecida por Coralli, y los mismos solos producidos por Jules Perrot muchos años atrás. La estructura coreográfica, así como la vestimenta y el uso del tutú romántico, como la música y el argumento propias de la obra, se mantienen intactos a la hora de representarla nuevamente.

Al parecer, para el ser humano persiste la idea de mantener una añoranza en cuanto aquello que había antes y que no se va a recuperar jamás, haciendo alusión a que los tiempos pasados son mejores. Este pensamiento, propio del romanticismo, parece retumbar la mente de la humanidad hoy en día, y se hace visible en una de las propuestas de este arte, en el deseo de mantener con precisión y exactitud las obras de ballet de antaño.

Además, es innegable que la trama de Giselle conmueve al público que la comparte, independientemente de la dispensación del tiempo en el cual se encuentre. Los temas que aborda la obra referente al amor, a la desilusión, a la pérdida, a la fuerza de la pasión, al engaño, entre otros, siguen siendo temas que hoy por hoy aquejan a la humanidad, revuelven la mente y los sentidos.

Este clásico sin duda insiste en permanecer con vida, y de la misma manera que siempre se ha hecho, haciendo mención de que la complejidad del ser humano seguirá siendo la misma pese al paso del tiempo, así como también recalca que aquello que en la antigüedad el hombre necesitaba expresar, no es asunto de un determinado periodo, sino perteneciente a todas las épocas.

Bibliografía

ArteDanza, Página Oficial. (2012) Biografía Roberto Bolle. Disponible en: http://www.robertobolle.com/index.php?redir=biografia.swf.

Bajtin, M (1994) La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: El contexto de Francois Rebelais. Buenos Aires: Alianza, 1994.

Freud, Sigmund (1919) Lo ominoso en Obras completas. Tomo XVIII. Buenos Aires: Amorrortu, 1990.

Hugo, Víctor (1827) Prefacio a Cromwell. Oliva, Historia Básica del arte escénico.

Pregelj, Zdenka. (2011) Russia, Pasado y Presente. Disponible en: http://russiapastandpresent.blogspot.com.ar/2011/04/svetlana-zakharovabiography.html.

Tatiana Solovieva Producciones. (2006) Ballet Chaikovsky de Perm - Rusia. Disponible en: http://www.tatianasolovievaproducciones.com/cdeperm/giselle.htm.

Schiller, F. Prólogo a la Novia de Messina.


La expresividad de los opuestos fue publicado de la página 55 a página58 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº48

ver detalle e índice del libro