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Publicidad y/o propaganda encubierta en los medios de comunicación

Cobas, Daiana; otros

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº55

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº55

ISSN: 1668-5229

Ensayos Contemporáneos. Edición XI. Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2013

Año IX, Vol. 55, Septiembre 2013, Buenos Aires, Argentina | 92 páginas

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Introducción

El desarrollo del siguiente ensayo se propone analizar la ética en las comunicaciones sociales aplicadas al ámbito de las publicidades encubiertas y/o engañosas. Este es un tema bastante controversial que surgió en los años ’80 y ha crecido con gran rapidez en el contexto de las sociedades capitalistas.

La hipótesis que se sostiene respecto a esta problemática es que predomina una falta de ética en los medios de comunicación actuales, fenómeno que se observa en las publicidades, en donde ni las leyes han podido aún llegar para resolver este tipo de cuestiones. Esto puede deberse, en principio, a que, como afirma Mattelart (1991):

El mundo de la comunicación social depende en una importante medida de los ingresos derivados de la publicidad.

Si los medios de comunicación son esenciales para la sociedad actual y la publicidad es esencial para los medios, la conclusión sobre la importancia del papel de la publicidad es más que obvia.

La publicidad en los últimos años se ha desarrollado fuertemente, convirtiéndose en uno de los fenómenos socioculturales más importantes del siglo. Referir a la ética de la publicidad en tiempos del capitalismo, deja en claro dos visiones distintas. Quizás el consumo para una persona es negativo en términos éticos y para otro el consumo sea algo positivo.

La realidad demuestra la existencia de un sistema que en vez de satisfacer necesidades, las crea, y una economía que requiere que el consumo se convierta en un estilo de vida. Esto puede observarse en la obsolescencia programada, es decir, las computadoras creadas para que en un año se vuelvan obsoletas, o la obsolescencia percibida, que significa convencer a la gente de tirar las cosas que aun son útiles.

Al provocar el quiebre de la confianza en el contenido de los mensajes, genera el ruido que más distorsiona y que, en último término, hace fracasar la comunicación. Esto es lo que hace necesaria la autorregulación, ya que permitirá que se respeten las normas éticas de comunicación publicitaria y, al mismo tiempo, distinguir la publicidad ética de la que no lo es.

Habitualmente en el proceso comunicativo existe una confianza en que los emisores van a transmitir la información verdadera, suponiendo que no van a tratar de engañar, ofender o causar algún perjuicio. La exigencia de veracidad propia de la comunicación no significa que la información facilitada tenga que ser siempre absolutamente exacta. El requisito de exactitud es propio de la comunicación científica, aunque también es válido en el caso de informaciones que contienen datos que puedan darse con precisión y sean relevantes para el contenido de la comunicación.

Sin embargo, no vivimos en un mundo perfecto. En lo que respecta al mercado, más bien vivimos en un mundo saturado de marcas y productos, donde la competencia por sobrevivir a menudo es dura. En ocasiones, el deseo de ganancia fácil o rápida es demasiado fuerte y provoca conductas pocas o nada honestas. La publicidad es un instrumento eficaz para difundir mensajes comerciales correctos, pero también se recurre a ella para lanzar mensajes bastante menos positivos.

La falta de ética en el mercado se convierte en la falta de ética de la publicidad: se cae en la tentación de usar en los mensajes la denigración o la imitación falaz de los rivales, la exageración o la omisión engañosas, la simple y llana mentira, las imágenes impactantes que llamen la atención y provoquen un impacto considerable.

Es así como, en el campo de la publicidad y de los medios masivos de comunicación, la ética no es, o por lo menos no debería ser, ajena en el asunto, incluso cuando es clara la influencia que los medios de comunicación ejercen en los espectadores. La publicidad va de la mano con los medios, empleándolos como vehículos de transmisión de mensajes.

Estos tienen una incalculable fuerza de persuasión, capaz de moldear actitudes y comportamientos en cualquier sociedad, sustentada en sus dos propósitos básicos de carácter comercial; informar y persuadir.

En función de lo antedicho, se presentarán tres principios morales que resultan de gran importancia para la actividad publicitaria: veracidad, dignidad humana y responsabilidad social, puesto que la sociedad tiene derecho a obtener una información basada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad.

Por consiguiente, es importante destacar también que el fundamento de la moral es la ética, que enjuicia los tipos de conducta humana, en términos de aprobación o desaprobación, lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo valioso y lo reprobable.

La publicidad muchas veces es el fiel reflejo de las actitudes y valores de la cultura, pero otras es un reflejo deforme, puesto que de dicha cultura los publicitarios seleccionan valores y actitudes que deben ser fomentadas, a la vez que ignoran y rechazan otros. Esto concierne a la responsabilidad en la práctica periodística, que tiende a la invisibilidad de ciertos grupos raciales y étnicos, la exaltación y mayor presencia de otros, o la creación y elevación de ciertos estereotipos.

Desarrollo

Para comenzar a desarrollar este tema se hará hincapié en algunos conceptos que se consideran importantes para obtener una visión más amplia, integradora y heterogénea en cuanto a las dimensiones éticas de las comunicaciones sociales.

Es necesario, para ello, comenzar por definir la comunicación.

Dominique Wolton (2006) sostiene que “la comunicación es, siempre, la relación entre un emisor, un mensaje y un receptor”. Además, el autor distingue dos dimensiones, una funcional, reservada a la transmisión de información, y otra normativa, centrada en la interacción entre sujetos, con una idea de compartir e intercambiar.

Wolton además hace referencia a un proceso de mundialización que atraviesa tres pasos o fases; la mundialización política (integración de las naciones a través de la ONU), la mundialización económica (globalización de los mercados) y la mundialización cultural (desarrollo de las tecnologías de la comunicación), poniendo énfasis en el receptor. Su relevancia se observa en la sociedad contemporánea, donde el receptor ha tomado protagonismo. En este sentido, el autor refiere a que “el receptor nunca es pasivo, sino que además siempre es más o menos crítico antes los mensajes que recibe, aunque no se exprese directamente”.

En este sentido, es posible afirmar que la comunicación no es sólo producir y distribuir información, sino que ahora también se debe prestar gran atención a las condiciones en que el receptor la recibe, la acepta, la rechaza, la adapta en función de sus posturas ideológicas, políticas y culturales. Éste aceptará la información en base a una percepción selectiva, en función del sistema de valores que posee. Y aquí cabe mencionar las palabras del autor en el libro Salvemos la comunicación, donde dice que:

Comunicar es correr un riesgo. El riesgo tanto del encuentro con el otro como del fracaso. No hay ética de la comunicación sin respeto del otro, es decir, sin una reflexión política, pues convivir con el otro induce de inmediato la cuestión política, la de la democracia.

Es importante también destacar los conceptos de ética y moral, que pueden aplicarse al ámbito de las comunicaciones sociales. Ambas palabras hacen referencia a la idea de costumbres (ethos, mores); se puede, no obstante, distinguir un matiz, según se ponga el acento en aquello que se estima bueno o en aquello que se impone como obligatorio. De esto se deriva que el término ética queda reservado a:

La aspiración de una vida cumplida bajo el signo de las acciones estimadas buenas (…) y el de moral para el campo de lo obligatorio, marcado por las normas, las obligaciones, las prohibiciones, caracterizadas a la vez por una exigencia de universalidad y por un efecto de coerción.

En resumen, una aspira a la vida buena y la otra a una obediencia a las normas. Según Ricoeur (2002), la aspiración ética se define por tres términos: tender a la vida buena con y para los otros, en instituciones justas. Aquí adquiere relevancia el sí mismo, por su capacidad de efectuar elecciones en base a razones y motivos, de actuar intencionalmente, introduciendo cambios en el curso de las cosas, comenzando algo nuevo.

El segundo término, según Ricoeur, es la solicitud y, vale aclarar que, tanto la estima de sí, como la solicitud no pueden vivirse ni pensarse una sin la otra. Ricoeur destaca que, si bien hay relaciones, como las de amistad, en donde se estima al otro tanto como a uno mismo, también existen casos de desigualdad, como las relaciones de sumisión del discípulo al maestro. La solicitud reestablece dicha igualdad, allí donde se encuentra dada.

Pero es también necesario agregar que el vivir bien no se limita a las relaciones interpersonales, sino que se extiende, asimismo, a las instituciones. En este contexto, se entiende por institución:

Todas las estructuras de convivencia de una comunidad histórica, irreductibles a las relaciones interpersonales, aunque notablemente vinculadas entre ellas a través de la noción de distribución. Es decir, un sistema de reparto, de distribución, referido a los derechos y a los deberes, a los ingresos y a los patrimonios, a las responsabilidades y a los poderes, en suma, a los beneficios y a las cargas.

(Olivas, 2009)

Este carácter distributivo plantea un problema de justicia y sorprende hablar de justicia en el plano ético y no exclusivamente en el plano moral, incluso legal. En cuanto a la norma moral, Ricoeur sostiene que es preciso someter la aspiración ética a la prueba de la norma. Refiere la relación entre obligación y formalismo, manteniendo como hilo conductor los tres componentes de la aspiración ética. El autor dice que al primero, el deseo de la vida buena, le corresponde desde la perspectiva de la moral, la exigencia de universalidad; y el paso por la norma se encuentra en efecto ligado a la exigencia de racionalidad que, al interferir con la aspiración a la vida buena, se convierte en razón práctica.

Ricoeur replica aquí las palabras de Kant, quien dice que “no se debe tratar a la persona como un medio sino como un fin en sí, presupone que la relación espontánea de hombre a hombre es precisamente la explotación, inscrita en la estructura misma de la interacción humana”. Y dice que, fácilmente podemos representar la interacción como enfrentamiento o como una cooperación entre agentes de igual fuerza. También concluye que “lo que es preciso tener en cuenta, ante todo, es una situación en la que uno ejerce un poder sobre otro y donde, por tanto, al agente le corresponde un paciente, que es potencialmente víctima de la acción del primero”.

En esta falta de simetría básica se insertan todas las cuestiones negativas de la interacción, que resultan del poder ejercido por una voluntad sobre otra. Ricoeur sostiene que “esto abarca desde la influencia hasta el asesinato y la tortura, pasando por la coacción psíquica, el engaño, la artimaña” y frente a estas múltiples figuras del mal, es la moral quien se expresa por medio de prohibiciones, tal como en el ámbito de la publicidad existen leyes reguladoras.

Teniendo en cuenta los aportes de Wolf en su Teoría Funcionalista de las Comunicaciones de Masas, los medios de comunicación cumplen diversas funciones en el aporte del equilibrio de un sistema: la sociedad. En efecto:

La atribución de status y prestigio a las personas y a los grupos objeto de atención por parte de los media; se de termina un esquema circular del prestigio por lo que esta función, que consiste en conferir un status, entra en la actividad social organizada legitimando algunas personas, grupos y tendencias seleccionados que reciben el apoyo de los medios de comunicación de masas. (Lazarsfeld y Merton, 1948, p. 82)

Otra de las funciones es el fortalecimiento de las normas sociales, es decir una función relacionada con la ética. Y en este caso Wolf replica las palabras de Wright, quien dice que: La información de los medios de comunicación de masas

refuerza el control social en las grandes sociedades urbanizadas en las que el anonimato de las ciudades ha debilitado los mecanismos de descubrimiento y de control del comportamiento aberrante ligados al contacto informal, cara a cara. (1960, p. 102)

Se comprende entonces que los medios de comunicación están legitimados para impartir valores éticos dentro de la sociedad, cumpliendo así una función social. Hoy en día los medios además de cumplir esa función, deben subsistir y para eso es necesaria la publicidad. Por ende, cada vez los medios masivos de comunicación se ven más bombardeados de avisos publicitarios persuasivos y muchas veces faltos de ética con tal de comercializar su producto y aumentar su rentabilidad.

El mundo de las comunicaciones, tanto en el nivel global como en el nacional, está enfrentando una serie de desafíos y de cambios. Estas transformaciones repercuten, y quizá como nunca antes, en el ámbito profesional de la Publicidad, porque la interacción entre comunicación, medios y publicidad, tal como sostienen Bettetini y Fumagalli (2001) “dan forma a la sociedad y a la vida de las personas”. En efecto, sostiene que:

Si nadie siguiera gastando, o sea, si nadie comprara –que es a lo que nos invita la publicidad–, nadie más lograría vender y la economía se detendría, los lugares de trabajo desaparecerían, toda la libre economía se desplomaría sobre sí misma. Por lo tanto estamos en un cierto sentido, condenados a comprar, a sostener la vida de un país y de la comunidad internacional a través de un intercambio económico, o sea, la compra y venta. Y la publicidad es un propulsor de este proceso.

Para estos autores, la publicidad se convierte en el motor incitador del avance de una sociedad moderna de mercado, capitalista. Para una mayor comprensión de esta idea, es necesario definir la publicidad.

Según O´Guinn, Allen y Semenik (1999) “la publicidad es un esfuerzo pagado, trasmitido por medios masivos de información con objeto de persuadir”. En cambio, Kotler y Armstrong (2003) plantean que la publicidad es “cualquier forma pagada de presentación y promoción no personal de ideas, bienes o servicios por un patrocinador identificado”. En función de estas definiciones, se comprende que la publicidad es una técnica de comunicación paga, la cual es transmitida a través de los medios masivos con el objetivo de persuadir al público.

Dentro del ejercicio de la publicidad, uno de los principios fundamentales que deben tener presente los publicitarios, es la responsabilidad frente a las estrategias que incitan a la gente a un comportamiento determinado. Esta responsabilidad debe ser compartida por editores, ejecutivos de la radio y televisión, y otros en el mundo de las comunicaciones, así como por quienes aprueban políticas comerciales, y todos aquellos que están involucrados en el proceso de la publicidad.

Esto se aplica también a los recursos y las técnicas de publicidad que pretenden manipular al consumidor usando métodos de persuasión y motivación engañosos.

Cabe aquí mencionar a la publicidad encubierta, que es una estrategia alternativa conocida entre los publicistas como product placement, o publicidad por emplazamiento. Para Alfonso Méndiz Noguero el product placement es “la inclusión de productos o servicios comerciales en obras cinematográficas o televisivas a cambio de un cierto pago o de una colaboración en la promoción de esas obras”. Se popularizó en la década de los ‘80 con fines de consumo. Se utiliza por lo general en medios de comunicación audiovisuales como programas y series de televisión, telenovelas, videos musicales, cine, reality shows y videojuegos entre otros.

Según Cristina del Pino y Fernando Olivares se pueden distinguir diversas categorías de product placement según su grado de agresividad; la pasiva, cuando el producto está presente en la escena y hasta en el contexto, pero los personajes no lo mencionan ni interactúan con él; la activa, cuando los personajes interactúan con el producto sin mencionarlo; la activa con mención, cuando los personajes incluyen en su discurso la marca del producto; y la activa con alusión, cuando los personajes mencionan algunas de las cualidades positivas del producto.

Otra forma de publicidad, es la llamada publicidad subliminal.

Mabel López señala que, según la Ley General de Publicidad “es publicidad subliminal aquella que mediante técnicas de producción de estímulos de intensidades fronterizas con los umbrales de los sentidos o análogos pueda actuar sobre el público destinatario sin ser conscientemente percibida”. Por su parte, O’Guinn, Allen y Semenik la definen como “una publicidad que supuestamente funciona a nivel subconsciente”.

Laura Fischer y Jorge Espejo consideran que la “publicidad subliminal tiene un alcance insospechado, que es invisible a todos los sentidos, que su gran recurso está en el uso del sexo y que son mensajes que se captan pero no se descubren.

Complementando las propuestas de los mencionados autores, se observa que la publicidad subliminal es un tipo de publicidad que, mediante técnicas de producción de estímulos de intensidades fronterizas con los umbrales de los sentidos o análogos y/o mediante la utilización de mensajes que tengan la capacidad de actuar en el subconsciente de una forma prácticamente invisible a todos los sentidos, pretende influir en la conducta del público con la finalidad de lograr determinados objetivos, como la venta de un producto o servicio, la captación de adeptos a un partido político o de espectadores a un evento.

También es aplicable a aquellos mensajes visuales que contienen información que no se puede observar a simple vista, como por ejemplo los anuncios de imagen fija en revistas ilustradas o en carteles. En el caso de las imágenes en movimiento, el ser humano no es capaz de percibir de manera consciente cada una de las imágenes que se proyectan sobre una pantalla a una cadencia de más de catorce imágenes por segundo. Sin embargo, el cerebro sí es capaz de percibirlas, de tal manera que cualquier mensaje que se inserte por este método puede ser percibido de forma subconsciente, lo que algunos han aprovechado para afirmar que este tipo de imágenes influye en la voluntad del individuo a la hora de realizar una determinada actividad (consumir un producto, una marca, sentir algún tipo de sensación o incitar alguna necesidad).

La influencia de la publicidad es más que evidente en los gustos, las modas y hábitos de consumo. Este protagonismo económico, social y cultural de la publicidad hace cada vez más necesaria la regulación de sus diferentes aspectos normativos.

A juzgar por la ética de la comunicación publicitaria, la publicidad engañosa está penada por la ley, entendiendo así que es perjudicial para el consumidor. La Ley de Lealtad Comercial (22.802) indica que:

Queda prohibida la realización de cualquier clase de presentación, de publicidad o propaganda que mediante inexactitudes u ocultamientos pueda inducir a error, engaño o confusión respecto de las características o propiedades, naturaleza, origen, calidad, pureza, mezcla, cantidad, uso, precio, condiciones de comercialización o técnicas de producción de bienes muebles, inmuebles o servicios.

Una publicidad será engañosa cuando la misma induzca a error al destinatario como consecuencia de la información que transmite el mensaje publicitario; cuando induzca a error al destinatario como consecuencia de la omisión de información; o cuando induzca o puede llegar a inducir a cierto error a sus destinatarios que afecte a su comportamiento.

Algunas formas de publicidad engañosa son los mensajes publicitarios que incluyen cláusulas del tipo “oferta válida hasta fin de existencias” u “oferta válida salvo error tipográfico”.

Considerados como limitación de la oferta poco clara y confusa para el consumidor. O mensajes que incluyen expresiones ambiguas, desconocidas o con una pluralidad de significados que dan lugar al riesgo de que el destinatario interprete el mensaje en un sentido que no corresponde con la realidad.

También es engañosa la utilización de letra pequeña, ilegible, de mensajes que estimulan al comprador a tomar una decisión rápida pero que no se cumplen. Y la inclusión del precio sin IVA en el anuncio, con la intención de que el destinatario vea un precio más atractivo o menor al de la competencia.

También lo es la omisión de datos, en cuanto a la peligrosidad, el precio completo, las condiciones jurídicas, la realización de promesas que luego no se cumplen o las exageraciones acerca de los beneficios del producto.

Conclusiones

Por principio ético, en la publicidad se debe comunicar la verdad oportunamente a los potenciales compradores. No aceptamos como finalidad de la publicidad inducir a error al público. Si bien es cierto que es lícito promover un producto mediante la publicidad, ayudando al público a darse cuenta que lo necesitan, no consideramos apropiado la utilización de los mensajes publicitarios para crear necesidades artificiales.

Si bien la publicidad refleja las actitudes y valores de la cultura que nos rodea, sin duda, tanto ella como los medios de comunicación social, actúan como un espejo. Pero también, como los medios en general, es un espejo que ayuda a dar forma a la realidad que refleja.

En este sentido, adquiere también importancia el rol del publicitario, que debe poseer altas normas éticas y un enorme sentido de responsabilidad. Son y deben ser la garantía de que la industria publicitaria se maneje bajo una conducta éticamente correcta, respetando y apoyando los derechos e intereses de su público con el objetivo del bien común.

Bibliografía

Bettetini, G. y Fumagalli, A. (2001). Los fundamentos de una ética de la publicidad. En Lo que queda de los medios. Ideas para una ética de la comunicación. Buenos Aires: La Crujía.

Infoleg. (2004). Ley de Lealtad Comercial, art. 9, capítulo III. Disponible en: http://www.infoleg.gov.ar/infolegInternet/anexos/15000-19999/19946/texact.htm

Ricoeur, P. (2002). Ética y moral. En: Gómez Sánchez, C. (ed.). Doce textos fundamentales de la ética del siglo XX. Madrid: Alianza. (Pp. 241-255)

Wolf, M. (1994). La teoría funcionalista de la comunicación de masas.

Wolton, D. (2006). Salvemos la comunicación. Barcelona: Gedisa.


Publicidad y/o propaganda encubierta en los medios de comunicación fue publicado de la página 13 a página16 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº55

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