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Nora

Fiorentino, Araceli

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº65

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº65

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la Imagen. Edición XV br r nEscritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2014

Año XI, Vol. 65, Diciembre 2014, Buenos Aires, Argentina | 96 páginas

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Introducción

El siguiente trabajo aborda el enlace entre la figura femenina con el correr de los años y la obra Casa de Muñecas de Henrick Ibsen. El ensayo ofrece un recorrido por los distintos relatos de la mujer elaborados desde el Antiguo Testamento hasta adentrarse en la Modernidad, haciendo hincapié sobre la sociedad que rodeaba al autor por aquella época. Asimismo, se busca indagar sobre aspectos psicológicos, físicos y espirituales de la protagonista Nora, con el objetivo de identificar las similitudes y diferencias con el nuevo modelo de mujer surgido. El objetivo general establecido fue investigar los componentes internos de la obra Casa de Muñecas, así como externos, es decir, los elementos del contexto histórico que lo rodea. A modo de objetivos específicos se buscó la relación y la causalidad entre la obra y su entorno cultural e histórico, así como también reconocer los progresos del género femenino en la historia de la humanidad. La hipótesis que se plantea es que la descripción de características y propiedades tanto del realismo como de las condiciones históricas de su época son las que permitieron el lanzamiento de dicha obra.

Desarrollo

Ibsen y la revolución femenina. Sobre el

imaginario colectivo

Es el imaginario colectivo, así como las reglas sociales, éticas y morales implícitas en dicho imaginario, las que otorgan estas facultades. El contexto es el de aquella sociedad europea de 1879. Una sociedad diseñada para el hombre, para el ego masculino; la educación de la mujer giraba en torno al hombre, educarlos, cuidarlos, aconsejarlos, serles útiles en todo aspecto y sentido (Rousseau, 1982).

Desde los comienzos de una historia imposible de fechar, la figura femenina ha llevado en sus espaldas el complejo de inferioridad, aceptada en cierto sentido, durante mucho tiempo, hasta que un grito de fuerza empezó a despertarse y querer nacer. Comenzando con un breve recorrido, se encuentra un primer reconocimiento de la mujer: es en la instauración de la religión católica, asentada en base de recompensas y castigos, donde se afirma según el registro bíblico que Dios creó a la mujer después de crear al hombre. La creación de ambos sucedió el mismo día, de modo que Adán no pasó solo mucho tiempo. Pero el punto más importante de la creación de la mujer es que fue creada por causa del varón (Antiguo Testamento, Génesis).

Siguiendo por la Grecia Clásica, la sociedad estaba fuertemente dividida por un simple patrón, el sexo. Los hombres se reconocían entre pares al igual que las mujeres, asociadas en actividades otorgadas exclusivamente a su género. No es parecido el caso en la Antigua Roma, donde la figura femenina aspiraba un aire de importancia siempre y cuando fuera en el ámbito de lo privado o familiar. Los años siguieron transcurriendo por el mismo camino, o incluso más absurdo, donde en la Edad Media, la mujer tuvo que soportar hasta acusaciones de hechicería, acogida en el imaginario social y colectivo en un universo oscuro y enigmático (Page e Ingpen, 1991).

Sin embargo, en la literatura medieval la visión de la condición femenina era distinta; esta era vista como “objeto de adoración” siendo sus rasgos principales la obediencia y la sumisión. En tiempos de Modernidad la figura masculina tenía una fuerte relación con el concepto de fortaleza y protección, recibiendo la mujer a cambio la concepción de debilidad y sumisión.

Es de la mano de la industrialización que la historia da un vuelco: la incorporación de la mujer como trabajadora. Un hito emergente en base al conflicto hombre-mujer de la época que se da en el ámbito de trabajo y producción. Las mujeres pertenecientes a familias de bajos recursos se volcaron a tareas de trabajo productivo contribuyendo así al sostén familiar. El ingreso de las mujeres a las fábricas produce un cambio en el funcionamiento del hogar. Sin embargo esto atraía el rechazo de la burguesía, por lo que su esfuerzo y devoción, era sólo visto como un “aporte económico extra en sus hogares”, rebajando varios niveles lo que esta nueva introducción significó para la época. A partir de la revolución industrial la labor de la mujer en fábricas fue considerada como signo de pobreza, naciendo una cultura de “mujer sacerdotisa del hogar”. A ella adhieren todas las clases sociales puesto a que era la condición “natural” de la mujer, convirtiéndose en una aspiración para la clase obrera, cuya realización significaría un cambio de status. (Scott, 1993) Un cambio de panorama significativo sucedió a mediados del siglo XIX, donde surge el feminismo. El antecedente a este surgimiento puede hallarse en la Francia de 1791, cuando se firma la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadanía; las mujeres buscaban revocar el rol asignado existente previamente, el de ama de casa exclusivamente, para buscar nuevas fronteras: la igualdad entre el hombre y la mujer, la incorporación a la sociedad como figura indispensable. Tal fue así que las mismas comenzaron a crear asociaciones, buscando sus derechos como seres humanos, o mismo mediante la prensa, creando periódicos hechos por mujeres para mujeres sacando a la luz su propia voz sobre temas que solo hombres antes podían comentar (Durán Heras, 1998).

Comienza a asomar una nueva mujer que sumará, sin sustituir, nuevos roles a los tradicionales. Un elemento clave es fijar la vista en los intelectuales de la época; será en la literatura donde, la mayoría de las veces, se encuentra un desahogo para transmitir una crítica social además del propio testimonio. Casa de Muñecas de Henrick Ibsen, significó algo más que una brillante obra. Por aquellos años, específicamente en 1879, el autor se encontraba sumergido en una sociedad extremadamente puritana, una sociedad, como se hizo hincapié anteriormente, diseñada exclusivamente para el hombre. En conjunto a la obra se pueden señalar dos hechos importantes: en primer lugar el apoyo ideológico al creer Ibsen que la sociedad estaba movilizándose, y que esta misma podía cambiar, apoyando el resurgimiento de la mujer. En segundo lugar, se puede afirmar que con esta gran obra hay un cambio en la forma de escribir teatro, surgiendo así lo que luego sería llamado realismo.

Nora y la sociedad burguesa

El personaje principal de Casa de Muñecas es Nora, una mujer en primera instancia hermosa, superficial y consentida por su marido. La trama es sencilla: Nora es una joven mujer casada y con hijos, hermosa y superficial. Sólo una vez ha roto las reglas, cuando una grave enfermedad de su esposo, que le obliga a cambiar de aires, la impulsa a pedir un préstamo para pagar el viaje. Lo hará a espaldas de su marido, falsificando la firma de su ya fallecido padre para obtener el dinero. Nora es el paradigma de la mujer moderna que empieza a serlo, es decir, la mujer que intenta dejar atrás las convenciones sociales, las costumbres castradoras y la vida entregada a un hombre. En la sociedad europea de ese momento, la mujer dependía del hombre tanto en lo económico como en lo intelectual, por lo que ello le impedía el acceso a la vida pública. Por otro lado, la mujer encontraba su razón de existir en la administración del hogar y la responsabilidad de la salud y educación de los hijos. Ambas características se demuestran en Casa de Muñecas donde se reconoce una Nora, en primera instancia, representante de un modelo burgués femenino; tanto en pedir un préstamo con el consentimiento de algún hombre, padre o marido como en la razón de ser de la mujer en tener a alguien a quien cuidar, explícito en el personaje de la Señora Linde, cuando exclama que no tenía por quién trabajar, vivir o atender. El mandato persistía en que la mujer no podía estar sola, una vez que salía del hogar paterno era para casarse y depender de otro hombre: su esposo. Tomando prestadas las palabras de Henrick Ibsen cuando Nora, ya atravesando y por superar su crisis existencial, le dice a su esposo, Torvaldo: “Cuando yo estaba en casa de papá, él me exponía sus ideas y yo las compartía; si tenía otras por mi parte, las ocultaba, pues no le habrían gustado. Me llamaba su muñequita y jugaba conmigo como yo jugaba con mis muñecas. Después vine a tu casa”. Los deberes de la mujer, designados por su propia existencia, cumplían un rol en la sociedad. En Casa de Muñecas se observa atentamente este hecho cuando Torvaldo, esposo de Nora, le recrimina sus deberes sagrados para con él mismo y sus hijos, diciéndole firmemente que ante todo era esposa y madre. Es decir, la sociedad del siglo XIX reconoce la identidad del rol femenino compuesto por tres funciones: esposa, madre y educadora. Apreciándose como valores absolutos la honestidad y la belleza. El hombre contribuye a realzar el atributo femenino con regalos, moldeando así un objeto ideal de su posesión: un adorno del hogar y una gratificación ante sus ojos. (Scott, 1993) Surge la necesidad tanto de luchar contra lo impuesto, con las normas sociales, como una reflexión interna de Nora sobre quién es y qué quiere, traducido a una especie de pregunta implícita ¿Quiénes son realmente las mujeres? ¿Son acaso entes sin opinión e ideas? Es en el siglo XX donde se producirá un verdadero cambio, comenzando por la vestimenta, donde se abolió el corsé y la exacerbación de las curvas por una indumentaria más simple como también en las nuevas actividades donde la mujer se introducirá, como por ejemplo el deporte, restando sentido a su caracterización de “alma débil”. Asimismo, las mujeres lograron avanzar aún más acercándose a profesiones como maestras o enfermeras, demostrando y buscando aún más el reconocimiento de la igualdad intelectual entre hombres y mujeres. (Durán Heras, 1998) Ibsen apoya este nuevo renacer de la mujer, este debatir entre lo impuesto y lo nuevo, escribiendo simplemente dicha obra donde el personaje principal será ocupado por una mujer, Nora, quien enfrentará una crisis que le obliga a tomar una decisión. Nora es un claro ejemplo de la persona en busca de su autorrealización, que sólo lo logrará siendo libre.

Condiciones y circunstancias: surgimiento del

realismo

En sus obras Ibsen plantea problemas éticos que se vinculan con el ámbito de lo privado; lucha contra los convencionalismos y prejuicios burgueses, atacando males sociales como la inseguridad, la mentira, etc. Ibsen instala un tipo de individuo que debe optar, que debe aceptar que su vida es una constante toma de decisiones. Ahora bien, ahondando sobre otro hecho importante de la literatura de la obra Casa de Muñecas surge la necesidad de explicitar qué es el realismo. Una pregunta difícil de contestar, pero para lo cual el texto de David Ladra, Algunos apuntes sobre el realismo puede resultar útil. El realismo tiene un sistema que lo regula, así como su propio método. Todo conceptualismo desaparece de la puesta en escena, es decir, se separa lo real de lo imaginario. Por eso mismo se acude a relacionar lo real con lo verdadero, siempre y cuando no se le otorgue al término un cariz de valor absoluto, sino uno individual, personal. Sólo podemos reconocernos en la persona humana: los problemas no serán iguales pero se viven, asumen o rehúyen como nosotros hacemos con los nuestros. Los creadores teatrales comienzan a interesarse en las características técnicas de sus herramientas: el actor, su voz, su expresión, el espacio escénico, etc. Asentando las bases del realismo es necesario mencionar que surge como una vanguardia en contra del Romanticismo. Recupera la unidad de acción, es decir toda la obra condensada en una misma acción dramática evolutiva y sin interrupciones. A su vez, compone a los personajes en totalidad, demostrando el propio virtuosismo y las poses exageradas acompañadas de escenografías y diálogos artificiales. El realismo en sí mismo es una búsqueda de la imitación de la realidad, logrando por ello recuperar la verdad. En Casa de Muñecas el sujeto dentro de la estructura dramática es individual y psicológico, Nora, que recorre de manera continua toda la estructura acompañada de una acción: la liberación femenina. Es un hecho a punto de suceder, teñido de impronta personal. Ibsen utiliza el método de desenmascaramiento, es decir, descubre la vida oculta de la sociedad burguesa, aquellos asuntos verdaderos y profundos que permanecen en la intimidad. Sin embargo, la máscara se cae provocando la desintegración del individuo. Muestra con arraigo la hipocresía del hombre burgués, un individuo que se autoengaña enfrentando la realidad de la vida social. A diferencia del naturalismo, nacido al unísono, el realismo obtiene un final optimista; Nora sufre una transformación al no callar sus voces internas y luchar, al considerar más importante que sobre todas las cosas “los deberes para consigo misma”.

Modelo burgués y modelo moderno: una nueva

Nora

En Nora se advierten varios puntos en común con aquella mujer que representaba un modelo fijo de la burguesía, tanto en la dependencia intelectual y económica hacia su esposo, como en su interés por gratificarlo realizando cantos y bailes para él. Sin embargo, se observa un quiebre notorio: Nora realiza actos a espaldas de su esposo, como por ejemplo comer dulces. Podría decirse que se establece aún un mayor resquebrajamiento en la misma trama: el préstamo que pide Nora en secreto; pero es inclusive más relevante el acto de comer dulces que el de préstamo por una simple razón. Nora piensa y cree que el préstamo es un acto de bien y que con ello ayudaría a su esposo, cumpliendo así sus deberes para con su marido; pero en cambio en el acto de comer un dulce sin consentimiento, demuestra en Nora una acción de revelación y rebeldía. Se va gestando un cambio en el comportamiento de Nora, como bien se planteó antes, quien enfrenta una crisis que la obliga a tomar una decisión: continuar con su falsa vida burguesa o buscar complacer sus voces y deseos internos. Buscando aquella autorrealización como mujer y como ser humano deberá pasar una barrera muy grande: la eliminación de la institución del matrimonio en su vida. La separación que la llevará a enfrentar grandes acusaciones morales y éticas profanadas en la época pero que al fin y al cabo la dejará ser libre. Nora transita por las corrientes modernas tomando aquella decisión de ocuparse de sí misma tomando como camino la liberación femenina frente a la represión que sufría la figura de la mujer en la sociedad de aquellos años. Nora comienza a conformarse y tomar conciencia de su existencia como una persona autónoma que puede hacerse cargo de sus acciones y de sí misma. Una revolución en el pensamiento femenino, en una búsqueda implícita de igualdad entre el hombre y la mujer. Nuestra protagonista comienza a ser una mujer con voz firme, con deseos y objetivos.

Conclusiones

Un largo camino de lucha, revolución y liberación enfrentaron cientos de mujeres ante una sociedad que reprimía y oprimía, entre ellas Nora. Un largo y difícil camino de lucha que desembocó en una movilización que pedía y suplicaba el resurgimiento de la figura femenina. Un nuevo modelo de mujer que se antepusiera al rol designado que la sociedad misma se encargó de atribuir, un nuevo prototipo de pensamiento que dejara abierta la posibilidad de elegir, desear y hacer. Un largo y costoso camino que llevaría hacia la emancipación femenina.

Bibliografía

Durán Heras, M. A. (1998).

Feminismo. Diccionario de sociología. Madrid: Alianza. Ibsen, H. (1879).

Casa de Muñecas. Page, M. e Ingpen, R. (1991).

Enciclopedia de las cosas que nunca existieron. Criaturas, lugares y personas. Madrid: Anaya. Scott, J. W. (1993).

La mujer trabajadora en el siglo XIX. Madrid: Taurus.


Nora fue publicado de la página 49 a página51 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº65

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