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Que sea rock (Primer Premio)

Amsler, Paula

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Introducción

Un relato apasionante que cuenta la historia de Guillermo Raúl Amsler, un fiel deportista aventurero que a sus 53 años tuvo que lidiar con la hemiplejia, secuela de una operación por un tumor cerebral. El cuento transcurre en Roldán, una pequeña ciudad ubicada a 20 kilómetros de Rosario, en la provincia de Santa Fe. Guillermo nos ofrece una historia sin pausas, al igual que su personalidad, cargada de múltiples facetas. Fue monaguillo, mochilero, motoquero, probó con la fotografía, estudió Educación Física, se involucró con la política, fue Director de Deportes, y es ahora un exitoso agente de seguros.

El primer capítulo, que se titula “Una infancia bienaventurada”, trata sobre la crianza de Guillermo, un pequeño de carácter intenso, su familia y su pueblo. Luego, “Adolescencia y rock & roll”, muestra a un muchacho rebelde con mucha personalidad.

El tercer capítulo, “Entre copas y río”, cuenta sobre la vida adulta de Guillermo, el comienzo de un apasionante camino en la navegación y la apertura de un bar que le ofrecerá años de gloria. “Aventuras en familia”, resume en un cuarto capítulo cómo continúa con sus andanzas después de tener a sus cuatro hijos. El quinto capítulo se titula “Líder natural” y revela su lado más carismático. Por último, “El último Champaquí”, cuenta sobre la problemática de su enfermedad.

Una infancia bienaventurada

No faltaban habitantes, ni personajes interesantes, aunque afortunadamente había espacio para todos. Era una de esas casas antiguas, de techos altos y múltiples habitaciones, para un niño con imaginación seguramente un laberinto emocionante.

En su frente aún se puede leer en números, el año en la que fue construida, 1913. Cuatro décadas más tarde, de inviernos fríos y primaveras soñadas, este hogar continuaba acogiendo generaciones de la familia. Sus integrantes eran: Don José Tonella, su dueño original, su hijo Marcos y su hija Delia, que cuando se casó con Federico Amsler, la casa tuvo que ser ampliada porque el matrimonio criaría allí mismo a sus cuatro hijos. El 27 de febrero de 1955 nacía el más pequeño, Guillermo Raúl, el protagonista de esta historia. Sus hermanos: María Delia, María Fernanda y Federico, estos últimos mellizos, lo llamarían el Guillermito.

Sólo un hecho, aunque casi sin recuerdos, le pondría una pizca de trauma a una infancia que, en general, transcurrió sin hechos desafortunados. Se trataba de su tío Marcos, quien sufría de esquizofrenia y tuvo que ser internado en una clínica psiquiátrica porque la medicación en exceso que comúnmente se recetaba en la época, le impedía llevar una vida normal.

Lo único que Guillermo guarda a modo de anécdota es que previo a su internación, su abuelo José en su afán por curarlo lo llevó en alguna ocasión para Córdoba a un centro naturista donde aplicaban, entre otras cosas, el baño de sol, que consistía en tomar sol sin ropa. “Claro, cuando venía a casa a visitarnos pretendía seguir con sus hábitos”, relata con gracia aunque reconoce, nunca llegó a ser consciente de la situación.

La historia transcurre exactamente en Roldán, en la provincia de Santa Fe, un pequeño pueblo devenido a ciudad en el siglo XXI. Fue el ferrocarril el responsable de provocar la civilización de estas tierras con la primera inmigración, allá por el 1860, cuando algunos suizos bajaron del tren a la altura de la Estación Roldán y fundaron Berstand, su nombre original.

Sus calles de tierra, su escasa población y tránsito, le dieron a Guillermo una infancia feliz y libre de travesuras. De pequeño, se la pasaba rodeado de mayores y aprovechaba ser motivo de adoración para hacer de las suyas: “era muy arriesgado”, confiesa su hermana mayor. Varios de la tercera generación lo recuerdan tirándose del altísimo trampolín del club del pueblo, con tan sólo cuatro años, con una mallita animal print estilo Tarzán. Guillermo poco sabía de límites y no conocía el miedo: a los siete años sus ganas de volar eran tan grandes que trepó el molino de su casa, desplegó su paraguas y se lanzó.

Adolescencia y rock & roll

Su madre, católica y muy comprometida con la iglesia insistía con la religión y lo mandaba a cumplir con sus tareas de monaguillo. Una mujer de carácter pero no lo suficiente para controlar a un niño travieso y adolescente rebelde, que le significó noches en vela y rezos a todos los santos cuando dejaba la casa para irse de mochilero a sus trece. Guillermo, comenzaba una vida de múltiples facetas, impulsado por un fiel espíritu aventurero. De su padre Federico, heredó varias pasiones. Una de ellas, el glorioso Newell’s Old Boys. Aún quedan fotografías del paso de su padre por el club, Guillermo relata orgulloso: “mi viejo se escapaba para ir a jugar porque mi abuela no lo dejaba”. El rojinegro es para él, y como dice la canción, una enfermedad que mantiene intacta.

Corría el año 1969 y Guillermo asistía a un colegio religioso en la ciudad de Fisherton, a 20 kilómetros de su pueblo. Una fuerte identificación con un clásico film del momento llamado Busco mi camino, impulsó a este adolescente alocado a comprar una Gilera 500 Saturno Sport modelo 1948 y a personalizarla al mejor estilo chopera. Su abuelo José, quien había sido mecánico, ya viejito se sentaba en una sillita detrás a observar cómo lo hacía. Un clásico diálogo de sangre italiana que terminaba en gritos e insultos: “¡mocoso irrespetuoso!”. Los testigos no hacen más que soltar carcajadas cuando vuelven al pasado. Guillermo paseaba por Roldán a bordo de su Gilera, su escape roto se hacía sentir, soñaba con Woodstock, dejó crecer su pelo, usaba pantalones Oxford y plataformas de corcho.

Era demasiado para un pueblo que se ganaba el célebre dicho: “pueblo chico, infierno grande”. Fue así como atrapó la mirada de María del Carmen, una joven de 15 años muy bonita quien pronto se convertiría en su primera noviecita.

Cuando se encontraba en su último año de secundaria, luego de la muerte de su abuelo José, la familia se vio envuelta en una profunda tristeza cuando un cáncer terminal acabó con la vida, también, de su madre. Fue su hermana mayor, María Delia, quien lo apañó, no en el sentido más dulce, sino que lo persiguió hasta el cansancio para que terminara la escuela: “nosotras (sus hermanas) ya estábamos casadas, entonces hacíamos de profesores y nos turnamos entre los cuatro durante todo el día para hacerlo estudiar”. Misión que logró su cometido, pero ya a este joven de 18 años no le quedaba entusiasmo para continuar con una carrera. De todas maneras, su hermana mayor no le iba a permitir estar sin hacer nada y le consiguió rápidamente un trabajo como distribuidor en la empresa de un amigo. Por esto mismo, cuando los hijos de María Delia, Rodolfo y José, crecieron, Guillermo les exclamaba: “¡cómo se salvaron ustedes, su madre se desquitó conmigo!”.

Entre copas y río

Su primera experiencia como empleado no le duró demasiado, al poco tiempo se decidió por la carrera de Educación Física y se puso a estudiar. Para ese entonces, se había distanciado de María del Carmen, que le había perdido el rastro cuando ella se mudó con su familia a Rosario. En Hicsos, un bar que abrió junto a su incondicional amigo Antonio, se reencontrarían dos años más tarde. Un lugar que se convirtió en toda una novedad para todos los jóvenes del pueblo que asistían sin falta, y fue testigo del nacimiento de incontables historias de amor que terminaron en matrimonio. Transcurrieron cinco años gloriosos para Guillermo y Antonio, donde ambos con sus respectivas novias llevaron adelante esta suerte de negocio.

“Un grupo de holandeses se había instalado en Roldán para la construcción de un gasoducto, cada noche pasaban y se tomaban todo”, recuerda María del Carmen y aclara: “imaginate lo que era eso para Roldán”.

Durante su infancia ya había descubierto el amor por el Río Paraná gracias a su padre, quien era uno de los dueños de La Casa Amsler de ramos generales, la cual tenía a su nombre una isla, y lejos de ser un ambicioso, Pilo, así se apodaba, prefería su lancha, sus amigos y la pesca. Su hijo más pequeño influenciado por todo esto y ya siendo un joven de 22, estudiante de Educación Física, con un marcado estilo personal, amante del rock y con un bar a cuestas, tomó tan en serio la enseñanza de su padre que decidió comprar su primer barco, el Clíper. Así fue como se asoció al Club de Velas de Rosario y emprendió un apasionante camino en la navegación. Entre los cuatro, Antonio, su novia Vilma, Guillermo y María del Carmen, formaron una tripulación para participar cada fin de semana de las regatas que se organizaban en el Río Paraná.

“A las 19 ya estábamos de vuelta porque teníamos que abrir el bar”, cuenta su esposa.

Aventuras en familia

Luego de unos años, Hicsos cerró sus puertas, y con el dinero de su venta, Guillermo compró un casco de barco más grande, que le llevaría un par de años armar en el jardín de la casa de su padre, y lo llamaría Cirrosis. Para cuando éste ya estaba listo, se encontraba casado con María del Carmen y esperaban a su primera hija, Magdalena. Pronto llegó Lucía, Paula y Francisco. Ni su esposa, ni sus cuatro hijos, ni su trabajo como profesor de Educación Física en varias escuelas, le impidieron continuar con su pasión náutica. Reunió a toda una nueva tripulación, cargada de personajes y fieles amigos, para competir todos los fines de semana, mientras su esposa, una santa, cuidaba de los niños. Sus ansias de aventura nacían de un fuerte espíritu competitivo que lo llevó a encontrar en el deporte la felicidad.

Con el tiempo, y a medida que sus hijos crecían, Guillermo incorporó a toda la familia en sus aventuras. María del Carmen, por supuesto, siempre lo acompañó en el sentimiento de inculcar a sus niños el amor por el deporte y la vida al aire libre. En verano, para colmo todos seguiditos, bien bebés, viajaban en barco hasta Carmelo, en el país vecino, Uruguay, ¡cuánto coraje! Y para cuando ellos fueron más grandecitos, la familia emprendía viajes estivales de campamento. Era toda una expedición, un vehículo cargado hasta las tapas, las cañas de pescar no podían faltar, la lancha a cuestas, cuatro pequeños y así directo hacia la provincia de Córdoba a pasar el mes entero. Se aseguró de brindar a sus hijos una infancia inolvidable y de transmitirle la importancia del trabajo en equipo y el compañerismo.

En la sala de su casa, ubicada a unas cuadras de la de su padre, porque a pesar de sus locuras Guillermo siempre sintió un gran apego por sus seres queridos, coleccionaba sus discos de rock & roll que cada tanto sonaban alto para que sus hijos conocieran lo que era la buena música. Ellos aún recuerdan, de pequeños bailar a lo largo de todo el piso cuadriculado blanco y negro y cantar la letra de cada canción. Con el paso del tiempo y a pesar de haber perdido por completo su excepcional estilo roquero, decidió que Norberto Napolitano, más conocido como Pappo, era su máximo ídolo, no sólo por su música sino por demostrar autenticidad a lo largo de toda su carrera. Un valor que Guillermo pregonó y celebró durante toda su vida: ser fiel a uno mismo. De esta manera, Qué sea rock, un disco del músico, se convirtió en su frase favorita.

Su amor por la navegación continuó, y lo llevaría a cruzar el charco para participar en la Copa del Rey en España. Una vez más, su esposa, se lo permitiría. Vinieron otros barcos y con ellos, las regatas y los trofeos. Con sus hijos ya adolescentes, toda la familia junta salía de paseo a navegar por las aguas del Río Paraná. Sin embargo, no podía calmar su pasión por la competencia y su paciencia no daba para mucho, si algo salía mal ya pronto se ponía nervioso, y ni hablar si otro barco que estaba de paseo llegaba a pasarlos. Años más tarde no se conformó sólo con la navegación y decidió experimentar también en triatlón, y luego escalar en varias ocasiones el Champaquí, con su familia siempre acompañándolo.

Líder natural

Su compromiso con el deporte y su capacidad de liderazgo tampoco conocía límites, fue así como se convirtió en el Director de Deportes del histórico club del pueblo que lo vio crecer y donde enseñó años más tarde natación, voley, conoció alumnos y recolectó anécdotas. Se aseguró de dejar huellas en cada institución y persona con la que se relacionó.

Además, fue miembro de la comisión del Club de Velas de Rosario, y se involucró alguna vez en política, aunque no por mucho tiempo. Ferviente radical y seguidor de los ideales de Alfonsín, se postuló como concejal, pero no tuvo una buena experiencia y se alejó, aunque no de sus convicciones.

Luego de dos décadas como docente, un conocido apareció para hacerle una propuesta de trabajo que consistía en abrir una agencia de seguros. Guillermo y su alma de emprendedor dieron el sí. La casa paterna estaba a la venta, entonces decidió comprar a sus hermanos la mitad para instalar allí su oficina. Luego de más de una década, la agencia creció muy fuerte y es hoy en día una de las más importantes en la zona.

El último Champaquí

Era octubre de 2007 y Guillermo esperaba ansioso el fin de semana largo para viajar a Córdoba y escalar, una vez más, el Cerro Champaquí. Sus compañeras de viaje fueron: María del Carmen y su hija Lucía. Un momento especial que ninguno sospechaba sucedería como una especie de despedida. “Fue muy divertido, papá hacía bailar y reír a todo el grupo”, cuenta Lucía. Unas semanas más tarde, Guillermo fue diagnosticado con cáncer cerebral. Su físico experimentó las locuras de una mente inquieta que a los 53 años se tuvo que enfrentar a su desafío más grande: la hemiplejia.

Milagrosamente, él así lo siente, luego de años de tratamiento, de aferrarse a la religión, la medicina alternativa, y tantas otras cosas de las que solía mantenerse alejado, Guillermo está dado de alta. A sus 60 años, cuesta encontrar al personaje de estas páginas. Su esposa María del Carmen y sus cuatro hijos lo sienten distante, encerrado en su propia lucha.

Sus historias quedan en la memoria no sólo de él sino de sus tantos amigos, familiares y alumnos. Aún un loco ansioso, con mucho amor propio y ganas de vivir la vida, Guillermo camina con su bastón, con un dejo de vergüenza, pero con esa voluntad indestructible de un fiel deportista aventurero que hoy exclama más que nunca: qué sea rock.

Conclusiones personales

Cuesta ponerse melancólico cuando uno ha sido criado por el personaje de esta historia. Guillermo, tal cual lo revelan las páginas del relato, es una persona de acción más que de palabras y abrazos, de risas más que de llantos. Considero que me ha enseñado mucho simplemente siendo, porque claramente no se iba a sentar a explicarnos nada, y su enfermedad una vez más me sirve de ejemplo para entender que es tan necesario e importante disfrutar de la vida como también saber hacer una pausa y sentarse a reflexionar. No cambio por nada la infancia que mis padres me ofrecieron y agradezco profundamente hayan despertado en mí un espíritu emprendedor que tanto hoy en día me hace salir adelante.


Que sea rock (Primer Premio) fue publicado de la página 56 a página58 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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