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Entre biólogos y revolucionarios (Primer Premio)

Schreier Puyó, Luciana

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Luisa Victoria Pilares Ladrón de Guevara nació en la ciudad imperial del Cusco, en Mayo, hace ya varios años. Como otros miembros de su familia, ha preferido no volver a mencionar y/o recordar su edad, decisión acatada por toda la familia, quienes, evitando cualquier perturbación, colocan una vela en forma de signo de interrogación cada 4 de Mayo encima de la torta.

Ya jubilada, mantiene una vida tranquila, tomando un reposo de las aventuras de antaño, en la casa de sus padres, en la calle Julio C. Tello, barrio de Lince, ciudad de Lima, acompañada por Valentina, una mujer venida del interior del país desde hace muchos años que trabaja, cocina y limpia la casa, y que es la única con el permiso para llamarle la atención en los momentos que crea necesarios. También vive con ella Beto, el nieto de Valentina, criado por Luisa, que incluso a sus casi 30 años, la sigue llamando con mucho cariño, Mama.

Debilitada por la vida y algunas enfermedades que la atormentan hasta el día de hoy, Lucha, como la llaman usualmente sus amigos (pese a que en algún momento, su familia empezó a llamarla Luchín), recuerda el sinfín de anécdotas que vivió a lo largo de su vida; historias que luego narra a sus sobrinas nietas con lujo de detalles, y que ellas escuchan con admiración; pero, lamentablemente a pesar de su lucidez para evocar nombres, apellidos, lugares y situaciones, no se animó a escribirlas, aludiendo a que sentarse frente a una página en blanco sólo lleva al olvido más profundo.

Su infancia fue una época de altibajos: su padre trabajó en la prefectura de la ciudad del Cusco, lo cual, por un lado, significaba viajes por el interior del país, conociendo diferentes ciudades y pueblos, a los cuales, en esos años, no se llegaría con facilidad, viviendo una vida económicamente estable; pero al mismo tiempo, debido a más de una dictadura militar en aquella época, y por pertenecer a un partido político que por sus ánimos de defender la democracia sufrió muchas persecuciones, se rondaba por la casa un cierto aire de temor e incertidumbre, y las épocas de escasez cuando su padre perdió el trabajo, trajeron tensión a la familia. Hubo que mudarse más de una vez y ocultarse en la clandestinidad para poder proteger a la familia.

A pesar de todo, los padres de Luisa se las arreglaron para que estos problemas externos no alterasen directamente al resto de la familia. Desde muy pequeña, Luisa daba ya muestras de un carácter fuerte, el cual la acompaña hasta el día de hoy: al cursar la primaria, al no estar de acuerdo con el cambio de directora de su colegio, organizó a sus compañeras para hacer lo que llamó la huelga de los brazos caídos. Al llegar al aula, ninguna sacaba sus libros o útiles, se quedaban con los brazos a los costados mirando al frente, e inclusive, ante las amenazas de castigo de las profesoras, nunca dio su brazo a torcer.

Al terminar la secundaria, se muda con su familia a Lima, la ciudad capital, debido a la delicada salud de su madre; la ciudad del Cusco está ubicada a 3400 metros sobre el nivel del mar, por lo cual encontrar un lugar de menor altura era necesario.

Es aquí donde empieza otra etapa fundamental de su vida: su vida universitaria y política. No fue una situación normal en el momento, ya que Lucha vivió una época complicada para las mujeres del país: el Perú ha sido un país de una mentalidad machista muy marcada, en el que las mujeres recibieron el derecho de sufragio recién en el año 1955; eso sí, con la condición de que sepan leer y escribir; y si eran solteras, podían hacerlo solamente a partir de los 21 años.

La decisión de Lucha de querer empezar una carrera universitaria le trajo un conflicto con su padre, don Alberto. Para él, las señoritas no iban a la universidad. Fue esto mismo lo que llevó a don Alberto a inscribir a Estrella, hermana de Luisa, a un instituto americano, para que se convierta en secretaria. Posteriormente, Estrella se casó y se mudó fuera de la casa de sus padres para vivir con su esposo, Miguel, y formar una familia.

Lucha, sin embargo, no desistió: yendo en contra de lo manifestado por su padre, decidió prepararse para ingresar a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, para estudiar Biología. Don Alberto, finalmente, aceptó la decisión de su hija menor. Por encima de toda la severidad, amaba a sus hijas, y respetó la resolución final de su Lucha, quien recuerda: “Pude darme el lujo de no estudiar lo que me iba a dar dinero, sino de estudiar lo que me iba a dar felicidad. Y eso hice”.

Durante su etapa de estudiante universitaria, viajó a Santiago de Chile, para hacer un curso de especialización en biología.

En ese momento Chile también sufría una dictadura militar, la cual incluía un toque de queda establecido desde las primeras horas de la noche hasta la mañana.

Se enteró que una de sus compañeras chilenas que conoció allá era hermana de uno de los militares que resguardaba la ciudad durante el toque de queda. Una tarde, se acercó a ella y le hizo una oferta que Lucha, con el espíritu aventurero que la caracterizó durante gran parte de su vida, no pudo rechazar.

“¿Quieres salir en la noche?” Le preguntó su amiga.

“¿A dónde? Si no se puede salir”. Le respondió ella, confundida.

“Mi hermano nos lleva. Nos subimos en la camioneta que él maneja y nos pasea por la ciudad”.

Así, quieta en la parte trasera de un camión militar, es que pudo conocer Santiago de Chile en la noche, donde el silencio intranquilo que se sentía en toda la ciudad era el miedo de todos en medio de la oscuridad. El riesgo de ser descubierta en ese momento no la asustó, y fue una experiencia que siempre recuerda con una sonrisa en el rostro, como una niña que recuerda alguna travesura de la cual sus padres nunca se enteraron. Tres años después de ese viaje en el que participó como alumna, regresó a Santiago, pero esta vez como docente, para dictar un curso ella misma.

Paralelamente a su vida universitaria, participó activamente como militante de su partido (el Partido Aprista Peruano).

Esto significó un gran sacrificio personal, renunciando a sus fines de semana y a varias horas de sueño que mal no le habrían venido luego de un largo día en la Facultad. No sólo pasaba tiempo en el local principal del partido, también había que salir a compartir la doctrina que seguían. Esto consistía en salir hasta los lugares más humildes de la ciudad, brindar cualquier apoyo posible a familias en condiciones difíciles, escuchar sus necesidades y preocupaciones, y poder compartir tiempo con ellos.

Cuando fue necesario también participó en protestas, por más riesgos que esto pueda haber implicado en su momento.

Evitar a la policía, cubrirse el rostro ante el gas lacrimógeno y luchar por sus ideales no era tarea fácil. Había que prepararse para lo peor, y al mismo tiempo cuidarse entre todos. “Yo era líder de mi grupo, éramos cinco chicas y me tocaba guiarlas a algún sitio donde no nos atrapen. Era mi responsabilidad, si no lo hacíamos bien éramos miedosos. Y yo no era miedosa”.

Claro que, lamentablemente, no siempre podían volver todos.

Luego de graduarse de la Universidad, empezó a enseñar el curso de biología en la misma Facultad y se dedicó a la investigación en el laboratorio de la institución. No había muchas mujeres biólogas en ese entonces, y las alumnas que elegían esa carrera tampoco abundaban, por lo cual le costó convencer a la Universidad que le asigne un presupuesto para continuar con su investigación, pero lo logró igualmente.

Por 20 años trabajó para la Universidad (e incluso hasta el día de hoy, en una que otra cita médica, se reencuentra con ex alumnos suyos que se han convertido en doctores) y dedicó ese tiempo a investigar un tipo de insecto en especial: la Drosophila, o mosca de la fruta. Este esfuerzo y dedicación por tanto tiempo le valió ser nombrada Decana del Colegio de Biólogos del Perú.

Luego de su carrera como investigadora y docente, en 1985, sólo 6 años después de la muerte de Víctor Raúl Haya de la Torre, líder fundador del partido Aprista, Alan García, el nuevo líder del partido, gana las elecciones y se convierte en presidente de la República. Esto lleva a algunos cambios en la vida de Lucha, quien, no habiendo abandonado la vida política e incluso habiendo ayudado en la campaña, se le ofrece, unos años después, trabajar como Secretaria de la Presidencia del Concejo de Ministros (en Argentina, Secretaria del Jefe de Gabinete), con lo cual trabaja al lado de tres Primeros Ministros: Guillermo Larco Cox, Armando Villanueva del Campo y el doctor Luis Alberto Sánchez.

Fueron años difíciles para todos; el país estaba pasando una crisis económica y el terrorismo empezaba a surgir, lo cual significó muchas horas de trabajo y tensión entre todos. A pesar de ser un período de su vida que recuerda con mucho orgullo, también lo recuerda con angustia. Ante tantos problemas, decidió que lo que quería era retirarse, ya que no solamente tenía un trabajo abrumador, sino que también tuvo sus propios detractores: “había algunos que salían en la televisión a preguntarse cómo una bióloga podía estar trabajando en la Secretaría del Concejo de Ministros. Así fuese cargo de confianza, debían tener un político ahí, no un biólogo”.

El año 1989, a un año de terminar la gestión del Presidente García, Luis Alberto Sánchez, un hombre de gran trayectoria política, reconocido como uno de los parlamentarios más cultos y preparados de los últimos tiempos, asumió el cargo de Primer Ministro. Para este entonces, Lucha, agotada por el trajín propio del trabajo, estaba determinada a dejar el puesto y dedicarse de nuevo a la biología. Antes de presentar formalmente su renuncia, el doctor Sánchez, ya como Primer Ministro, la llamó a su oficina, para pedirle que se quede.

A sus 89 años de edad, el ahora Premier (título dado a los Primeros Ministros en el Perú) Sánchez, mantenía una lucidez increíble; recordaba desde el primer libro leído hasta el último artículo del diario del día, y era recordado por grandes discursos y debates en el Congreso. Lamentablemente, a pesar de sus grandes cualidades como intelectual, el doctor Sánchez tenía un pequeño problema: a sus 89 años de edad, había perdido gran parte de su vista, y a pesar de usar unos lentes gruesos, su visibilidad era más que limitada. Por eso, cuando apareció Lucha, a quien conocía de mucho tiempo, le dijo: - Luchita, tú y yo sabemos que me estoy quedando ciego, y que en mi condición de Ministro tengo que firmar una cantidad enorme de resoluciones y documentos importantes que vengan de Presidencia o de otras instituciones. Y yo confío en que el papel que me des para firmar, sea efectivamente lo que tú me dices que es. Por eso te pido que te quedes”.

Lucha, aun con muchas dudas sobre su permanencia, le agradeció cordialmente la confianza. Pero Luis Alberto Sánchez no era considerado un gran intelectual por cualquier cosa.

Con lo cual, sintiéndola dubitativa, agregó: - Lucha, para mí es un honor trabajar contigo.

- Para mí también es un honor trabajar con usted, doctor Sánchez.

- Muy bien entonces, te espero el lunes a las ocho de la mañana.

Y fue así como Lucha se quedó cuatro meses más trabajando como Secretaria de la Presidencia del Concejo de Ministros, abandonando definitivamente el cargo. Posteriormente, durante el gobierno del Presidente Fujimori, fue asesora del congresista Luis Alva Castro, pero para Lucha no fue un periodo que para ella valga la pena recordar, pues no la pasó muy bien. En los últimos años se dedicó a ser asesora del Ministerio de Salud, pudiendo mezclar sus dos pasiones en éste trabajo: la biología y la política.

Finalmente, en agosto de 2011, al terminar el segundo gobierno del presidente García, presenta su renuncia y se jubila.

Tras una vida llena de acción, retirarse de la noche a la mañana le cayó mal: fue diagnosticada con fibromialgia; una enfermedad a los músculos que los primeros meses la mantuvo en cama, con un dolor que la acompaña “a veces más, a veces menos”, hasta el día de hoy.

Conclusión

Algunas veces uno ve a sus familiares como un tío, como un primo, etc., sin conocer sus historias, ni todo lo que han vivido, en lo profesional o incluso en lo personal. Probablemente el hijo de Lionel Messi no lo vea como un gran futbolista sino como su papá, y cuando lo vea llegar a casa luego de un partido, no se haya enterado de cuántos goles ha marcado, sino que quiere simplemente abrazarlo y jugar con él. Será unos años después, cuando tome más consciencia, no solamente de la grandeza de su padre sino del respeto, la admiración y la devoción que éste ha generado.

Puede pasarle a cualquiera. No todos tienen un familiar famoso, pero siempre tienen uno con mucho para contar. Sólo basta sentarse a escucharlo para darse cuenta que entre los suyos hay un sobreviviente, un aventurero, un luchador o un revolucionario. Pero por sobre todo, un héroe.


Entre biólogos y revolucionarios (Primer Premio) fue publicado de la página 62 a página64 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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