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El amor al son de cumbia (Primer Premio)

Barreto, Juliana

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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La llegada del acordeón a Sincelejo fue todo un acontecimiento.

El pueblo lo vivió como toda una nueva experiencia, al principio eran muy pocos los que podían contarla, a través

de los años se convirtió en una historia para ser relatada de generación en generación, así como fue la llegada del primer automóvil o el televisor a color, o el aire acondicionado. Objetos que para nuestros días son de uso común e ignoramos la trascendencia de cómo marcaron a nuestros antecesores.

Los abuelos cuentan que la llegada de este instrumento de viento atrapado en una forma rectangular, de origen francés, cerrado por cajas de madera, un diapasón y un fuelle, armaban conjuntamente la armoniosa melodía que acompañaba el son pregonante, que en un principio sirvió para llevar razones, mensajes con letras y con música a un destinatario, ya fueran de un simple saludo, un pésame o una declaración de amor. Un acordeonero como Francisco, un hombre que viajaba de pueblo en pueblo al lomo de una mula llevando mensajes que cambiaron la historia de las familias de la costa caribe colombiana.

Sincelejo, la tierra natal de mis padres y bisabuelos, está ubicado en la costa caribe colombiana, la puerta de entrada a Sudamérica. Un pueblo de calles tierra color marrón, caluroso lugar, donde los polvorosos pisos arden con el sol de 42 grados a la sombra, sí, a la sombra porque casa que no tenga una palmera de coco o un árbol de mata ratón, no podría resistir ese embate de sol del mediodía, un lugar donde lo único que se mueve a las 12 del día son las olas del mar. Es la hora de la siesta, ningún poblador, ni los perros se aventuran a salir al parque principal, porque con esa temperatura no se mueve por buena que suene un buen aire de cumbia, el esqueleto no le hace caso al resto del cuerpo.

Es por eso que dicen que la cumbia es hermana de la noche, por eso el fandango comienza cuando el sol se oculta, claro está, para que no se derritan las parejas en el baile, así como sucede con las velas de la cumbiamba.

Sincelejo es un pueblo demasiado tranquilo, de gente que no conoce el afán, todavía hay gente que no sabe que existe el stress, es por eso que el Doctor Mateo Vergara, el padrino de mi abuela, graduado en medicina en la Universidad de Cartagena de Indias, decía que la muerte pasaba de largo y que solo entraba al pueblo cada 120 años.

Por las costas del pueblo entraron y desembarcaron los españoles; dicen que enamorados sus marinos de las indias que asomaban desnudas en la playa, obligaron al capitán a desembarcar prontamente, también por allí llegaron los negros esclavos de África. Con ellos llegaron el acordeón de Europa, los negros africanos trajeron el tambor y el indio nativo puso la guacharaca. En unas de esas calurosas noches los tambores retumbaron en los palenques donde los esclavos reunidos se encontraban con el fuego, ese mismo que corría por su sangre, el chasquido de las guacharacas indias sonaba a la par de una mezcla de razas, razas que necesitaban divertimiento

para el cuerpo y el alma. Fue así como de esa mezcla nació la Cumbia, un ritmo que hizo mover el esqueleto y unió

las tres razas en un solo festejo.

Se mezcló la música y las razas, era como si Dios los hubiera juntado para que a través de bailar en medio de ese retórico movimiento del cuerpo, uno cerca del otro, en un acercamiento premeditado, se disparara la química, lo natural, que se despertara las ganas, la atracción, la pasión, y es allí donde se junta el hambre con la comida.

Las noches de fandango se volvieron el punto de encuentro de la música, baile y razas.

Fue en una de esas noches de fandango, de aquellas que mientras las polleras ondeantes se perdían entre los colores de flores estampadas en telas de seda y se consumían lentamente las espermas de velas sobre las manos de quien las sostenía como racimos, dos cuerpos oscilantes se hallaron en sí mismos como uno, evaporándose juntos, al son danzante se conocieron mis bisabuelos.

Papá Ángel, hombre de piel y sangre negra, de talle fornido y ojos azules profundos como el mar y piel tan oscura como el manto que recubre el cielo de la noche. Aunque no solamente llevaba su raza en la carne sino también en espíritu, un espíritu que conversaba con los del más allá, que cuando tocaba u oía el tambor se transportaba, como si la música se le metiera en la sangre; la sangre le hervía y era como si viajara al África y regresara, porque se convertía en otra persona, se desdoblaba, era como si el Yemaya se le metiera dentro del cuerpo, muchas veces parecía convulsionar y empezaba a cantar en otras lenguas, lenguas desconocidas que no eran las que se hablaban en América y menos en Sincelejo.

Una noche de fandango, dice él, un 20 de enero, vio venir su silueta alumbrada por la luz de la luna, caminando sobre el mar, de forma cadenciosa. Apenas pasó frente a sus ojos, se dijo:

–Esa será mi mujer, esa será la madre de mis hijos.

Quedó enamorado de Ana, una mujer de tez blanca, como toda europea, calmada y aplomada. Con el tiempo fue aprendiendo el sentir de la música, aprendió a bailar pero no lo llevaba por dentro, “eso es sólo de negros” decía.

Él la conquistó esa misma noche de fandango a la luz de la luna, llena de música y baile, contoneos del cuerpo que se estremecen como hamacas seducidas por el viento, seductores movimientos de caderas, acompañados con las velas en la mano para alumbrar la noche de playa, danzando al ritmo de la cumbia, ahí estaba el viejo Ángel cantándole al oído a Ana estrofas inéditas de canciones. Fue ahí donde Ana aprendió a sentir el amor, y se enamoró de la música y del hombre que le enseñó a sentir.

Era irónica la situación en la que se encontraban, pues parecía ella la esclava y no él; a Ana no le era permitido asistir a las fiestas y menos estando en una relación con un hombre negro. Sin embargo salía a escondidas, prisionera en su casa detrás de muros fríos fue cuando entendió que al amor no se le ponen cadenas, que el amor no tiene color. Y cada noche rompía el cerco de su casa alcahueteada por su nana María, una mujer negra que la crió desde pequeña, amiga, casi madre y confidente. Le hacía el cuarto para que fuera al encuentro del llamado del tambor de su enamorado.

Pudo más la música, convertida en amor, que las diferencias entre razas, dice papá Ángel que gracias a su Dios Yemaya, y a la música, pudo ser aceptado, un negro en la familia de mi bisabuela blanca.

Como el tiempo no se detiene, la música tampoco y el amor menos, el baile conoció a Leonor, una mulata color bronce de ojos verdes marinos, hermosa mujer, miles de pretendientes enamorados de ese de cuerpo de palmera, que perdía sus caderas con la arena, un cuerpo que aprendió el baile desde que estaba en la barriga de la bisabuela Petrona, pues ya desde entonces le cantaban al vientre, esa melodías de vallenatos silbados y tarareados como un coro de ángeles.

Leonorcita, llamada así por ser una de la menores, bailó antes de caminar, luego sin profesor ni academia mostraba esos movimientos que a todos dejaban sin aliento, expresiones del cuerpo que no necesitan palabras para dejar hablar a su cuerpo.

Se dice que ella vio la luz de noche, en las horas que mientras la bisabuela estaba de parto se escuchaba a lo lejos las notas del acordeón; los cantos del fandango y la luz de la luna fueron testigos que la vieron salir del vientre de la abuela, dice la partera que la recibió que venía moviéndose al ritmo de la música.

Ella sabía desde su nacimiento qué era y para qué era la música.

El cadencioso movimiento de caderas al ritmo de una tambora, y las notas del acordeón.

Ya hecha una mujer, a los 15 años tenía permiso para ir a un fandango, pero esta vez fue mi abuela quien embelesó al abuelo Ricardo, esa noche en las festividades de blancos y negros, en una fiesta fandango en Sincelejo. Mi abuela Leonor asistió al baile con un pequeño disfraz, con antifaz que no le dejaba ver su rostro, mi abuelo Ricardo la vio y sin saber quién era, se le metió adentro, quedó enamorado al primer movimiento de cadera. No tenía que ser adivino para saber que esa era la mujer de sus sueños. Por su olor, por sus caderas supo que esa mujer que estaba detrás de ese antifaz era Leonor, ella lo flechó y se fue antes de que cántara el gallo.

El abuelo Ricardo no esperó el amanecer para llegarle a su ventana con una serenata de poemas acompañado de más de 10 acordeones; los bisabuelos Petrona y Antonio se despertaron y vieron cómo el seducido Ricardo, arrodillado a los pies de la abuela Leonor, con cara de embrujado le pedía que se casara con él ese mismo amanecer.

Esa era la alborada en el pueblo, ese fue el mejor motivo para despertar a los durmientes, cuando se dieron cuenta estaba todo, pero todo el pueblo despierto, de pie, con flores las mujeres en sus manos y los hombres con una botella de ron, cogiendo puesto en la esquina de la casa de los Monterroza Pérez, la que quedaba en la loma de la plaza, pues sí señores, no les miento, la plaza estaba llena decía la abuela Leonor.

Cantando a un solo coro la canción vallenata del Amor, amor, del maestro Zuleta, el primer rey vallenato del Valle de Upar.

Qué más podía hacer Leonorcita, salir a la puerta y darle el beso de aceptación a mi abuelo Ricardo.

Pareciera que la historia se repitiera una vez más.

El pueblo crece, la familia crece, el amor crece.

Ismael, moreno de raza, de ojos verde mar, amante de la música, nacido en Sincelejo, un pueblo musical por excelencia, en donde dicen que hasta las piedras cantan. No tuve que ser adivina o científica, para saber de dónde viene su ADN musical y el mío.

Ya en los años 70, Papá aprovechó también el recurso del vallenato para enamorar, él sabía muy bien desde sus abuelos que había un método irresistible: vallenatos, baile de cumbias, danza cuerpo a cuerpo, la noche, el mar haciéndole cuarto, así quién se resiste, nadie, exclama emocionado.

Fue así como enamoró a mi madre Jessica, pero esta vez papá se apoyó en la tecnología del los pickots o equipos de sonido en la playa caribe, que hacían sonar las canciones vallenatas llenas de poesía, cuyas letras le permitieron economizarse largas declaraciones de amor, como dice hoy con una sonrisa: “No tuve que pagar derechos de autor”.

La cumbia y el vallenato se fueron internacionalizando, atravesaron las fronteras, su sonido llegó a los Grammies, al Itunes, a los Ipods, viajó en las maletas de nosotros, su última generación.

Ahora en la lejanía del sur, cuando oigo los aires de un vallenato, me regresan al pueblo de mis abuelos, un pueblo en el que sus hijos han cambiado, pero al que el tiempo no ha podido cambiar, ni en sus raíces, ni el amor por la música.

¿Será por eso que cuando escuchó las notas de un vallenato me huele a playa, a fandango, a ron, a caribe, a mi gente?

Conclusión

En conclusión, para saber qué rumbo tomar en nuestras vidas es importante conocer nuestras raíces, y en base a ello identificaremos qué necesitamos y queremos en nuestro día a día sin olvidar ¿De dónde somos y cómo llegamos hasta el momento?

El haber conocido y realizado el escrito implicó un acercamiento con mi padre con el que no teníamos mucha relación hace mucho, me hizo remontarme y considerar la importancia del legado de la música que ha inspirado esta historia, el vallenato, la trascendencia de los valores inculcados desde la cuna, además de tener en cuenta de dónde venimos y por qué somos lo que somos, cómo el amor puede atravesar fronteras.

Por otra parte el hecho de estar tan lejos hizo de esta búsqueda algo complicado, por falta de datos, pero agradezco a mi padre el tener un recuerdo tan vivo de su historia y poder ayudarme a desarrollar este trabajo. Sin embargo la distancia hizo que valorará más el esfuerzo, que conociera un poco más el lugar donde crecí, que no descartara la trascendencia de la tecnología y cómo esta ayudo a que mi familia surgiera.

Quiero resaltar también que la música y el amor me acompañan a lo lejos y me ayudan a entender lo importante que es vivir cada momento.


El amor al son de cumbia (Primer Premio) fue publicado de la página 66 a página68 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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