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Nubes de otro cielo (Primer Premio)

Carnero Recalde, Gonzalo Joaquín

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Contexto histórico y social

En 1939 la política española estaba claramente orientada hacia Italia y Alemania, las dos potencias que habían contribuido a la victoria de Franco en la Guerra Civil Española. Eran los máximos ejemplos del nuevo sistema autoritario en Europa y constituían una nueva alineación cuya fuerza crecía de forma constante. Derrotada Alemania en 1945, comenzó en Europa una campaña destinada a eliminar el régimen franquista español presentándolo como una mera supervivencia del fascismo germano-italiano. En 1945, la ONU condenó al régimen español y le negó la entrada a España a la organización. Tras la Segunda Guerra Mundial, a España le sucedió un período de aislamiento por la condena internacional del régimen de Franco como aliado del Eje. Aunque para otros autores, España en realidad mantuvo una posición más neutral:

Esto no quería decir que el Régimen fuera satélite de las fuerzas del Eje, ya que la política de Franco era una combinación de ideología y pragmatismo, y lo que -a su juicioera lo mejor para el interés de España. (Payne, 2002).

La realidad es que, salvo por la participación de algunos voluntariados, España no participó activamente en la guerra. “El 12 de junio de 1940 [Franco] anunció una nueva política: no beligerancia. Eso significaba que España no era neutral, sino que apoyaba a las potencias del Eje, pero no participaba en el conflicto.” (Cordero, 2010).

A pesar de esto, el país estaba desbastado, hacía muy poco había salido de una guerra civil y el hambre y la extrema necesidad eran la realidad cotidiana de una gran parte de la población.

La solución que dio el régimen franquista a la penuria económica estuvo marcada por el modelo creado en la Italia mussoliniana y consolidado en la Alemania de Hitler: la autarquía, una política económica basada en la búsqueda de la autosuficiencia económica y la intervención del estado. (Ocaña, 2005).

El intervencionismo del Estado se extendió por gran parte de la economía nacional. El Estado fijó los precios agrícolas y obligó a los campesinos a entregar los excedentes de sus cosechas.

Los años de la posguerra marcaron una tremenda regresión en el terreno económico. El Plan Marshall, que tanto contribuyó a la reconstrucción europea, no alcanzó a España. Tan sólo la ayuda de algunos países latinoamericanos (entre los que hay que destacar a la Argentina peronista) y unos pocos países árabes, contribuyeron a resolver los problemas de abastecimiento y de alimentación que tenía España.

Para la mayor parte de los españoles fueron, sencillamente, los años del hambre, del estraperlo, de la escasez de

los productos más necesarios, del racionamiento, de las enfermedades, de la falta de agua, de los cortes en el suministro de energía, del hundimiento de los salarios, del empeoramiento de las condiciones laborales, del frío y los sabañones. (Barciela López, 2012).

El evidente fracaso del modelo autárquico llevó a que desde los inicios de los años 50 se produjera un giro en la política económica. Se aplicó una liberalización parcial de precios y del comercio y la circulación de mercancías. En 1952 se puso fin al racionamiento de alimentos. Estas medidas trajeron una cierta expansión económica. Finalmente, en 1954 se superó la renta por habitante de 1935. Se ponía fin a 20 años perdidos en el desarrollo económico español.

Nubes de otro cielo

Por alguna extraña razón el pasto estaba más suave ese día. Las nubes también se veían más esponjosas de lo normal. De caballos a dragones, y de dragones a guerreros. El cielo siempre estuvo poblado de esas mágicas criaturas, pero nunca entendí cómo los grandes no podían verlas. Me resultaba muy aburrido tener que explicarle a los mayores el significado de las cosas, nunca son capaces de comprender las cosas por sí mismas. Me preguntaba si en Argentina las nubes se verían igual. Quizás sus cielos tendrían nuevas especies, nuevas criaturas nunca antes vistas. Estaba ansioso por averiguarlo, así que me levanté, me sacudí el pasto que me había quedado en la cabeza y entré a casa a terminar de empacar mi maleta. El recorrido que unía el patio en común con mi casa no era un largo trayecto, pero ese día sí lo fue. Uno se vuelve más perceptivo cuando sabe que lo que ve lo está viendo por última vez. Al llegar a mi casa la puerta estaba abierta, como era costumbre. Los espacios se vuelven más amplios cuando no hay ningún mueble, así que mi última mirada a gran parte de nuestra pequeña casa fue poco convencional, pero me gustó. No es que tuviésemos muchos muebles y objetos de decoración, pero en ese instante, sin nada, me parecía suficiente. Se podía prestar más atención a los pequeños detalles de las paredes resquebrajadas o de las uniones de las maderas del techo. La casa por sí sola tenía suficientes historias como para ser olvidadas. Me hubiera gustado vivir en ella sin los innecesarios cuadros, estantes, plantas y todos esos objetos que a fines prácticos no tienen ninguna función. Además hubiera tenido más espacio para jugar. Cuando entré a mi habitación sólo estaba mi cama con una maleta encima de ella. Cuando uno se muda a las apuradas intenta vender todo lo más rápido posible, el resto lo regala. Al parecer los vecinos no habían venido aún a buscar la cama. Ver mi habitación vacía fue algo que me entristeció. Literalmente, no había quedado nada. Salvo por algunas rayas de crayones sobre el piso y marcas de pelotazos en las paredes, no se podía reconocer siquiera que ese cuarto había sido el cuarto de un niño. El hecho de tener que abandonar mi casa, mis amigos y mi escuela no era algo que realmente me agradara, pero yo no tenía ningún poder de decisión. A pesar de tener un espíritu de aventura insaciable, uno nunca quiere despegarse completamente de lo suyo, y todo eso era todo lo que yo conocía, era todo lo que yo era, o al menos eso era lo que pensaba en ese entonces. Terminé de guardar en la maleta las pocas cosas que habían quedado afuera y me senté en el piso con las piernas cruzadas, como si en esa posición pudiera pensar mejor. Quería poder retener en mi memoria cada mínimo detalle de ese cuarto, como si al no hacerlo sintiera un poco de culpa. No conozco a ninguna persona que le guste las despedidas, pero tampoco conozco a nadie que no quiera despedirse. Supongo que así es como es. El piso de madera vieja y desgastada por los años crujía cuando alguien caminaba sobre él, y con un poco de silencio y atención uno podía darse cuenta quién se aproximaba. Sin duda, esos pasos eran de mi madre. ¡De prisa Manuel, no hay tiempo que perder! Cada vez que escuchaba esa frase me irritaba profundamente ¿No hay tiempo que perder? Como si admirar mi habitación por última vez no fuera importante. Enojado por no poder quedarme un rato más allí, miré a través de la pequeña ventana que estaba encima de mi cama por última vez. Era un hermoso día de sol de verano. Apenas corría una brisa y unos pájaros volaban lejos en el horizonte, donde parece que la tierra se funde con el cielo. De repente todo parecía ir muy lento. Parecía como si el tiempo me hubiera escuchado y me hubiera dado la posibilidad de pasar un rato más en mi cuarto. Gracias a esos momentos, aún puedo describir con detalle cada textura, cada olor y cada esquina de esa habitación. Fue entonces cuando escuché nuevamente los gritos de mi madre a lo lejos y, por un segundo, pensé en hacerme el desentendido argumentando que no la había escuchado, pero luego me dí cuenta que no me serviría de nada más que ganarme un tirón de orejas. Realmente no me quería ir. En ese preciso instante comprendí que el tiempo nunca se detendrá a esperarnos. Tomé mis cosas y dejé mi habitación. Caminé lentamente por el pasillo, atravesé el comedor y mientras mi padre me esperaba con la puerta abierta salí sin darme vuelta. Caminaba arrastrando lentamente los pies, como si un par de manos que saliesen por debajo de la tierra me agarraran fuertemente y no me dejaran avanzar. Afuera me esperaba mi madre, quien sonrió levemente cuando me vio acercármele y apoyó tiernamente una de sus manos en mi espalda.

Todo ese tiempo que malgastaste en tu casa hace que tu casa sea especial. Me había jurado a mí mismo no entristecerme, se suponía que era el comienzo de una aventura, y sobre todo no mirar hacia atrás, pero hay promesas que son imposibles de cumplir. Eran casi las cuatro de la tarde cuando vi mi casa por última vez. Recuerdo que mi padre me mostró en un mapa dónde quedaba Argentina, y claramente, teníamos un largo viaje por recorrer. Yo, por si acaso, agarré un pan que había sobrado del almuerzo, el cual a las pocas cuadras recorridas ya había devorado. Mi padre solía llevarme diariamente al colegio en su bicicleta. Una vez que se aseguraba que yo entraba al edificio, seguía su camino rumbo a su trabajo. Yo nunca me había subido a un auto, y mucho menos a un barco, por lo que para mí la aventura ya había comenzado. Claramente, era mucho más cómodo viajar en auto que en el canasto de la bicicleta. Mi padre se sentó adelante y mi madre atrás, al lado mío, y mientras ellos hablaban con el conductor, que era un amigo de la familia, yo miraba atento por la ventanilla. No quería perderme ningún detalle de todo lo que veía, pero era imposible, todo pasaba muy rápido. Nunca había visto todo pasar tan rápido como aquel día. En aquel momento entendí el significado de el tiempo vuela, y pude comprender a qué se refería mi madre cada vez que lo decía. Por un segundo, me sentí mayor. Al detenerse el auto en las inmediaciones del puerto, abrí la puerta sin vacilar ni un segundo. Y de repente, un mundo nuevo se abrió ante mis ojos. La cantidad de gente que había allí era impresionante. Nunca había visto tantas personas reunidas en un mismo sitio, eso me inhibió un poco. Bajamos del auto, y mientras mi padres se despedían con un fuerte abrazo de su amigo y le agradecían por el viaje, yo no podía dejar de mirar hacia todos lados. El caos general preponderaba en el ambiente, y el ruido generado por las sirenas de los barcos llegando y yéndose, y por la gran cantidad de personas que pareciera que estuvieran todas gritando y discutiendo (pero en realidad no lo hacían) me dejaba apenas escuchar a mi madre. Ella me tomó fuertemente de la mano para no perderme entre la multitud. Yo accedí sin ningún problema, no parecía divertido estar merodeando entre tanta gente. Caminamos unos 200 metros bajo el agobiante sol mientras mi padre habría el camino entre la muchedumbre por delante nuestro, hasta que llegamos al final del puerto. Fue entonces cuando lo vi. “Impresionante, ¿verdad?” Soltó mi padre mientras yo miraba estupefacto con el cuello torcido hacia atrás y con la boca abierta. La emoción desbordaba todo mi pequeño cuerpo.

El barco era realmente gigantesco, de un color azul marino y gris plomo, y con cientos de pequeñas y circulares ventanitas a los lados. Las personas que ya estaban en lo que luego entendí que se llamaba proa y popa estaban muy por arriba de nuestro nivel. Realmente no comprendía cómo semejante cosa podía flotar. Yo nunca tuve afinidad por el agua, y hacía muy poco tiempo había aprendido a flotar de espaldas en el mar, cosa que realmente me costaba. Pero a ese enorme barco parecía no costarle ni un poco. Al cabo de un rato de hacer una larga fila en la que parecía que los lugares no se respetaban, mi padre le entregó unos boletos a un señor con una gorra de marinero. Adelante dijo, mientras acariciaba mi cabeza. Subimos por una rampa de madera con apoya manos de sogas y finalmente entramos. Luego de dejar nuestras maletas en un gran camarote compartido por varias familias, subimos a la cubierta del barco. Yo seguía en un estado de frenesí incontrolable que me hizo correr hasta la barandilla de la proa. Desde allí se podía ver toda la ciudad mientras el sol se escondía a lo lejos. Al cabo de unos segundos llegó mi padre abrazado de mi madre y puso una de sus manos sobre mi hombro. Sin girar la mirada pude darme cuenta cómo mi madre contenía el llanto. En ese momento tomé conciencia de la importancia de ese viaje. Barcelona siempre fue nuestra casa, pero yo intentaba que eso no me afectara y en lo único que pensaba era en todas las aventuras que tenía por delante. Cuando el misterio es demasiado grande, es imposible desobedecer al espíritu aventurero. No podía dejar de pensar en cómo se verían las nubes en Argentina. El Rama Florida se encontraba ya en el océano con rumbo sudoeste y un largo viaje nos quedaba aún por delante. Para un niño de siete años no hay nada más lindo que la posibilidad de explorar lo desconocido, y con la certeza para mis padres de que no me podía perder ya que (naturalmente) no podía dejar el barco, recorrí cada habitación del trasatlántico. Llegado el último día de navegación, conocía cada rincón y recoveco donde podía esconderme cuando jugaba a las escondidas o cuando debía escaparme de los retos de mi madre por romper algún objeto de decoración con la pelota. Por suerte para mí, había una gran cantidad de niños de mi edad con los que podía jugar, pero espacialmente con uno, llamado Hugo, entablé una gran amistad, que se terminaría el día que descendimos del barco. Cada mañana, luego de desayunar en un salón común para lo que mi padre llamaba “gente de nuestra clase”, iba a buscar a Hugo al desayunador de al lado, donde él se encontraba junto a su familia. Nunca entendí a qué se refería mi padre con “gente de nuestra clase”, yo siempre pensé que toda la gente era de la misma manera. Recuerdo particularmente una vez en que me puse a deliberar sobre esto y me senté en el pasillo donde estaba la entrada de ambos salones desayunadores. A medida que la gente iba saliendo del lugar, los miraba atentamente para encontrar alguna diferencia, pero nada. Variaban en altura, color de piel y largo del cabello, pero todos tenían la misma cantidad de brazos, la misma cantidad de piernas y una sola cabeza.

Terminé concluyendo que “la gente de nuestra clase” era simplemente la gente que desayunaba en nuestro salón, que el hecho de desayunar en un salón u otro era algo completamente arbitrario, y que, fuera de los desayunadores, no había posibilidad de determinar a qué clase de gente pertenecía cada persona. Desconcertado por esto, hubo una vez en que al tironearle del vestido a una señora desconocida, volteó y le pregunté a qué clase de gente pertenecía, y con una leve sonrisa y acariciando mi mejilla me respondió que no hay clases de gente, que la gente es gente y ya. Luego de eso, pensé en que mi padre estaba equivocado, y di como concluida mi investigación. Hugo era un niño dos años mayor que yo. Rubio, con un tono de piel muy blanco y una estatura mayor a la mía. Siempre llevaba unos zapatos de charol que brillaban y un corbatín que cambiaba de color cada día. Tenía una forma de hablar que me hacía mucha gracia, nos llevábamos muy bien. Compartíamos aventuras y nos reíamos de la aburrida vida que tenían los mayores. Cada vez que lo iba a buscar, su padre me ofrecía una bebida, a la que yo siempre aceptaba porque mi madre me enseñó que eso es lo que tenía que hacer. Muchas veces no tenía nada de sed, sin embargo no me iba a jugar hasta que me terminaba el vaso. En esos momentos, su padre siempre me hablaba de lo importante que era su familia y mencionaba una gran cantidad de números. A la gente mayor siempre le gustó hablar de cifras. La realidad es que nunca entendí de lo que me estaba hablando, pero yo siempre lo miraba atentamente y prestándole mucha atención. Hugo me miraba y se reía. Nosotros, que a pesar de ser niños comprendíamos la vida, nos burlábamos de los números. Los días pasaron sin ningún sobresalto, salvo en dos ocasiones particulares.

La primera fue una gran fiesta que se celebró al cruzar la línea del Ecuador (que después de eso comprendí que en realidad es una línea imaginaria). En el gran salón de fiestas, la gente bailaba al compás de la música y se reía como nunca. Nunca había estado en una fiesta de mayores, y nunca había visto a mis padres divertirse de esa manera. De hecho, nunca había visto a los mayores divertirse de esa manera. Siempre pensé que ellos no tenían suficiente tiempo para divertirse. En realidad era algo que pensaba por haber escuchado repetirlo a los mayores una y mil veces. Con Hugo jugábamos a recolectar corchos para luego arrojarlos a una copa, para ver quién acertaba más veces. A esas horas por lo general yo ya estaba durmiendo, por lo que el sueño fue algo que me abrumó, realmente no la estaba pasando tan bien, pero ver a los mayores disfrutando y con esas caras de felicidad me puso contento por ellos, nunca los había visto así, pero me gustó. El segundo suceso que rompió con la homogeneidad del viaje fue el día que comenzaron a sonar todas las sirenas. Yo estaba dando un paseo por la cubierta del barco con mi madre, mientras ella me contaba lo divertido que sería vivir en Buenos Aires, cuando de repente el silencio se rompió con el estruendo de todas las sirenas del barco. La gente corría hacia todos lados y comenzaban a ponerse los chalecos salvavidas. El miedo a lo desconocido despertó en mí una sensación que no había experimentado antes. Estaba completamente atento a todo, con los cinco sentidos en su máximo funcionamiento, y podía reaccionar ante cualquier impulso antes que sonara el chasquido de unos dedos. Al cabo de varios segundos, que en ese momento parecieron largos minutos, fuimos avisados por los marineros que se trataba solamente de un simulacro. El alivio fue total, aunque la adrenalina siguió corriendo por mi cuerpo varios minutos más. Nunca había experimentado un miedo semejante. Los días fueron pasando y la impaciencia por llegar y descubrir lo desconocido crecía más y más con cada milla que avanzábamos. La monotonía del mar se extendía hasta el horizonte hacia los cuatro puntos cardinales. A pesar de avanzar miles de kilómetros durante varios días parecía como si estuviésemos estancados en el mismo sitio. Nunca había tomado conciencia de lo gigantesco que es el mar hasta ese viaje. Los mayores creen que ocupan mucho lugar en la tierra, pero la realidad es que ocupan muy poco.

Recuerdo que la inmensidad del océano generaba en mí una sensación de claustrofobia, a diferencia de mis padres, que les generaban una sensación de mareo, por lo que estuvieron descompuestos varios días, cosa que a mí por suerte no me pasó. En el medio de uno de los frecuentes paseos por la cubierta que tenía con mi madre, empezamos a notar que uno a uno el resto de la gente comenzaba a entusiasmarse y no sabíamos el porqué, hasta que mi madre apuntó hacia el cielo con su dedo índice y no muy lejos vio un grupo de aves. La tierra firme no debía estar ya muy lejos. El mismo frenesí que invadió mi cuerpo el día que subimos al barco me invadió en ese instante. Nuevamente corrí hacia la proa y muy a lo lejos pude vislumbrar el continente. Instintivamente miré hacia arriba esperando encontrar una respuesta, pero había un problema: era un día soleado y no había ni una nube cerca en el cielo. Volví hacia mi madre y le conté lo que había visto. Junto a ella, fuimos en busca de mi padre para luego ir a nuestro camarote y dejar listas nuestras maletas para lo que ya era inminente: habíamos llegado a Argentina. Los 23 días que tardó el Rama Florida en unir Barcelona con Argentina habían pasado por momentos rápidos y por momentos lentos, pero esas últimas horas fueron decididamente las más lentas de todo el trayecto. Mientras esperábamos en nuestro camarote, se nos iba informando por altoparlante la organización y el orden que teníamos para descender. Nosotros, o mejor dicho nuestro sector, era uno de los últimos en descender. Finalmente y de la nada, el barco se detuvo, lo que provocó un gran aplauso de todos los tripulantes y pasajeros. Los marineros abrieron el portalón lateral y colocaron la rampa de madera, y poco a poco y uno a uno la gente fue descendiendo. La fila que habíamos formado previamente iba avanzando lentamente mientras a los costados los tripulantes se despedían cordialmente. Faltando unos pocos metros para llegar al portalón, las manos no paraban de sudarme y el entusiasmo y la exaltación dominaban mi cuerpo, mientras mi padre me repetía una y otra vez: “tranquilízate Manuel”, como si yo fuera un perro salvaje e indomable, que acaba de visualizar su presa a lo lejos y no desea otra cosa más que saciar su hambre. Comencé a sentir el viento que entraba pegando en mi rostro, y paradójicamente los últimos pasos los di muy lentamente. Mientras con una mano sostenía mi maleta, con la otra me agarré del lateral del portalón y asomé mi rostro hacia afuera. El brillo del sol me impidió abrir los ojos hasta que finalmente pude levantar la mirada y lo vi: había nuevas criaturas.

Conclusiones personales

El haber hecho este trabajo me sirvió para conocer un poco más por todo lo que pasaron los emigrantes españoles, y sobre todo, para conocer una faceta de mi padre que nunca había conocido anteriormente y conocer su visión de la historia.

Me gusta el modo en que traté la historia escribiendo desde la perspectiva de un niño ya que considero que es algo completamente distinto a lo que podían realizar mis compañeros y que destacaría mi trabajo. A pesar de que el narrador sea un niño de siete años, intenté que, mediante algunas frases, diga algunas cosas que considero verdades que a los adultos de hoy en día se nos pasan por alto pero que un niño las puede tener bien en claro. Sin embargo, también intenté que el personaje no pierda la inocencia de un niño. Me gusta el resultado final aunque considero que el paso del tiempo y la relectura y reescritura lo enriquecería aún mucho más.

Referencias bibliográficas

Payne, S. (2002). Franco y la Segunda Guerra Mundial. Disponible en http://www.artehistoria.com/v2/contextos/7386.htm.

Cordero, L. (2010). La participación de España en la Segunda Guerra Mundial. Sitio Disponible en http://realsociedaddehistoriadores.blogspot.com.ar/2010/08/la-participacion-deespana-en-la-ii.html

Ocaña, J. (2005). El Franquismo: evolución política, económica y social hasta 1959. Disponible en www.historiasiglo20.org/HE/15a-23.htm

Barciela López, C. (2012). Los años del hambre. Disponible en http://economia.elpais.com/economia/2012/02/03/actualidad/1328294324_702765.html


Nubes de otro cielo (Primer Premio) fue publicado de la página 72 a página75 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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