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El desafío de Helena Budge (Segundo Premio)

Morgan, Teresa

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Introducción

El trabajo se compone por un relato de un familiar. En este caso se contará la historia de mi abuela llamada Helena quien junto a su marido Jorge emprenderán un viaje a California en el año 1955. La historia se centrará en las experiencias vividas durante ese viaje y particularmente en la primera entrevista laboral de Helena. Se describirán los momentos más importantes y significativos para ella. Es un cuento corto que describe un acontecimiento particular dentro del viaje de la joven pareja.

Relato escrito

Fue en el año 1955. Durante el mes de marzo. Helena y Jorge emprendían un viaje juntos hacia la ciudad de San Francisco en el estado de California. Helena de 24 años, Jorge de 25. Padres de Isabel que apenas cumpliría un año ese mismo mes. Helena era una mujer atractiva, de tez pálida. Sus ojos negros azabache perfectamente enmarcados por sus cejas finitas hacían una combinación exótica con su boca de labios sutiles y su nariz que, aunque no era perfectamente recta, no dejaba de ser agradable. Su pelo era de un color castaño oscuro, levemente ondulado pero siempre bien peinado y en su lugar. Helena era una mujer sencilla, vestía conjuntos de traje y usaba su cabello amarrado hacia un lado de su cabeza con un gancho de color marrón claro. Jorge, su marido, era un hombre alto, lánguido, de cabello oscuro y tez morena, ojos almendrados y mirada perdida. Simplemente un hombre brillante de mente, su mirada perdida no era más que un pensamiento que se le cruzaba por la cabeza. Jorge había ganado una beca para terminar sus estudios en la Universidad de Berkeley, y Helena, fiel a su marido había decidido acompañarlo durante sus estudios, que durarían un periodo de tres años. Helena creía, falsamente, que la beca que había obtenido su marido sería completa, incluyendo gastos de alojamiento. Jorge era un hombre de pocas palabras. Un joven que guardaba un misterio detrás de esos ojos almendrados. Esa cualidad tan peculiar que hacía a Helena perderse dentro del mundo fantasioso que ella creaba. Seguramente ese misterio provenía de aquella infancia, de la que nunca había hablado, de la que Helena nunca había sido parte, y que nunca se la relevaría. Recuerdos que para Jorge quedaron en el pasado conservados por el silencio que se había apoderado de ellos, esfumados y borroneados por el tiempo. Helena al decidir acompañar a su pareja, debe dejar en su país a su hija Isabel, ya que los estudios de Jorge en un país extranjero y ajeno a ellos no era un lugar para poder criar a su hija. Isabel con tan sólo un año, se quedó con su abuela y no volvería a ver a sus padres en los próximos tres años. Marzo, 1955. Parte un avión hacia el estado de California. Parte un avión, y parte Helena, dejando atrás todo lo que conocía, toda su vida, su familia. Jorge ansioso por llegar a un mundo de ideas y conocimientos nuevos. Mientras que Helena no podía dejar de pensar en su hija Isabel. Llegaron a la ciudad de San Francisco. Helena estremecida por la inmensidad de esa nueva ciudad, se aferraba fuertemente a la mano de Jorge, mientras los ojos almendrados brillaban más que nunca. Una vez allí, el comité educativo de la Universidad de Berkeley les informó a la joven pareja que la beca no incluiría gastos adicionales, sino que sólo cubriría los gastos destinados a los estudios de Jorge y al material necesario para ello. Helena no entendía bien por qué le estaban dando esa noticia, ya que según Jorge dicha beca cubría todos los costos. Helena no quiso discutirle, así que como siempre hacía, y era lo que mejor sabía hacer, guardó silencio. Jorge no era una persona de muchas palabras, pero tampoco nadie se animaba a enfrentarlo. Mayo, Helena y Jorge consiguieron un departamento a buen precio, cerca de la universidad a la que Jorge asistía todos los días.

El espacio era chico, pero ellos no necesitaban más que lo que habían conseguido. Un departamento de dos ambientes, no era muy cómodo, pero no podían esperar más que eso ante la situación en la que estaban. Helena no se quejaba, nunca se quejaba cuando estaba Jorge cerca. Comenzó así su vida diaria en aquel lugar. Jorge se levantaba todas las mañanas y Helena ya le tenía el desayuno listo. Había comprado los libros necesarios para sus estudios, y todas las mañanas leía un poco para cada clase. Helena lo observaba y tomaban el desayuno juntos. Podría decirse juntos. Jorge estudiaba cada hoja, y de vez en cuando comentaba acerca de algo de lo que estaba leyendo o preguntaba cómo estaba el clima. Terminaba el desayuno, preparaba su maletín con sus cuadernos y libros y se ponía su saco color gris claro, acomodaba su pañuelo a cuadros en el bolsillo del saco y ubicaba su pluma para escribir en el extremo derecho del mismo bolsillo. Esa pluma que a él tanto le gustaba, una pluma de tinta negra, siempre la tenía a mano, en el mismo lugar, en ese extremo del bolsillo del saco color gris. Helena lo saludaba con un beso en la mejilla y le deseaba suerte. Todas las mañanas eran las mismas. La misma rutina. Helena sabía que debía conseguir trabajo pronto, ya que habían llegado a California con el dinero justo, pensando que la beca incluiría alquiler dentro del mismo campus universitario. Jorge se lo hizo notar implícitamente. Helena debía conseguir trabajo. Helena no tenía estudios previos en Argentina, tampoco tenía prácticas laborales. No le iba a ser fácil enfrentarse al mundo laboral en un territorio tan distinto al del que provenía. Helena emprendió la ardua tarea de conseguir una entrevista. No conocía a nadie en esa ciudad nueva y tampoco sabía cómo iba a hacer para contactar a alguien para que la pudiese ayudar. Se vio envuelta en un signo de interrogación. Qué era lo que iba hacer, no sabía ni de qué postularse para conseguir un empleo. No tenía estudios previos, y eso dificultaba la búsqueda. Decidió entonces anotarse en un curso de tres meses en la misma universidad que Jorge. Un curso de Typing, Filling and Buissnes. Helena dominaba el inglés perfectamente, ya que desde pequeña sus padres se lo habían enseñado, además de manejar el francés. Helena había nacido en París y una vez instalados en Buenos Aires, su familia nunca dejo de hablar su idioma natal. Mientras Helena estudiaba, no podía dejar de pensar en el día que debía enfrentarse a su primera entrevista laboral. Esos tres meses pasaron. Junio.

Ese mes que Helena deseaba que no llegara. Terminando sus estudios y ya con poca plata en el bolsillo, no tenía opción. Mientras su marido continuaba sus estudios, inmerso en su mundo lleno de conocimientos nuevos, ella se adentraba en un período nuevo, a la espera de algo tan incierto y de miedos a los que no sabía cómo afrontar. Junio. Helena consigue una entrevista a través de uno de los profesores que había tenido durante el curso en la universidad. Una mañana de frío. Helena casi había podido concebir el sueño la noche anterior. Impaciente y confundida se levantó de la cama. Jorge todavía dormía. Se arrimó al extremo de la cama y se sentó unos segundos, miró hacia el calendario que estaba sobre la mesita de luz: 17 de junio. Era el día. La primer entrevista. Se levantó despacio y caminó hacia el baño, se lavó la cara y se cepilló su pelo que estaba más ondulado de lo común, se miró fijamente al espejo unos instantes y no se reconoció. Salió de la habitación y entró en la cocina. Preparó el desayuno como todas las mañanas, Jorge se despertó unos minutos más tarde y entró a bañarse como hacía siempre. Ella tenía la mirada perdida en la ventana del comedor diario, en la luz del sol de la mañana que entraba a través del vidrio translucido y se dispersaba por las cortinas de color crudo y entraban esos pocos rayos de sol en la habitación. Una sensación de calidez invadió el ambiente. Helena estaba sentada en la silla de madera estilo thonet, con sus dos manos entrelazadas en la taza de café humeante, y con sus ojos color negro azabache perdidos en esos rayos de sol tenues que le acariciaban sus manos de dedos largos. Esos ojos parpadearon lentamente ante esa sensación fugaz de calidez que se perdió en un segundo cuando Jorge irrumpió en la cocina pisando fuerte y haciendo crujir el suelo de madera. Siempre la hacia crujir de una manera muy especial. Helena despertó de su sueño despierto. Lo observó a su marido servirse una taza de café caliente, sentarse en la mesa enfrente de ella y abrir uno de sus libros de tapa dura e incontables hojas.

Helena quiso decir algo, sus labios finitos se entreabrieron lentamente y volvieron a cerrarse. Lo observó a él, cada movimiento. Esos ojos almendrados que Helena adoraba se movían de izquierda a derecha rápidamente sobre las hojas de su libro. Su mano movía lenta pero armoniosamente la pluma de tinta negra, parecía danzar entre sus largos dedos. Siempre estaba con la misma postura, posaba su codo derecho sobre la mesa redonda con mantel de tela calado en los bordes, hacía danzar su pluma de tinta negra y curvaba su espalda para leer en una posición poco cómoda. De a ratos estiraba su mano izquierda, posaba su mano unos segundos en la taza de café caliente para luego llevarla hasta su boca y dar dos o tres sorbos. Helena conocía cada movimiento, los venía estudiando desde que se habían conocido. Rara vez levantaba la mirada para encontrarse con su mujer. Si lo hacía era por alguna pregunta que ella le hacía, o por algún movimiento abrupto que le llamaba la atención. Helena recordó que en unas horas debía presentarse a su primera entrevista y se inquietó. Bebió rápidamente de su taza el poco café que quedaba y se levantó de la mesa. No sabía qué sentimiento debía sentir, pero la impulsó a levantarse e irse al cuarto a preparase. Cerró la puerta detrás de ella y comenzó a buscar en el armario la ropa adecuada, tampoco sabía cuál era la ropa adecuada, pero ella buscó. Apoyó sobre la cama un par de conjuntos que había traído de Buenos Aires. Tenía tres, pero no todos estaban en buenas condiciones, así que observó minuciosamente cada uno. Los miraba muy de cerca, quizás demasiado cerca, luego se alejaba un poco, agarraba las perchas del cual colgaban y los ubicaba a la altura de sus ojos, estirando el brazo un poco. Eligió el conjunto de pantalón y saco gris, con una camisa de cuello Mao color marfil. Se dio un baño de agua caliente, se puso un poco de maquillaje para tapar sus ojeras que delatarían su insomnio de hace un par de semanas. Se vistió con su conjunto gris y salió a la cocina. Jorge levantó la mirada, sus ojos almendrados se encontraron con los azabache. Él se había olvidado y ella ya lo sabía.

No dijeron nada y el aire se volvió espeso y la calidez de esa habitación se había perdido entre tanta tensión. Helena tomó su cartera de cuero color marrón claro que le había regalado su madre la Navidad anterior, buscó las llaves del departamento que estaban en una caja de madera oscura sobre la mesita de hierro ubicada cerca de la puerta de entrada. Salió del departamento hacia algún lugar de San Francisco donde tendría su primera entrevista. Jorge quedó allí, sentado, con su taza de café, su pluma en una mano, su libro en la otra y sus piernas cruzadas, sentado en la silla thonet, en la mesa redonda de la cocina. No emitió palabra, la vio salir a ella con su pelo ondulado amarrado a un lado y la cabeza en alto y dando un portazo que con él se esfumó la tensión, y volvió sus ojos almendrados a su libro de tapa dura. Helena cerró la puerta, quedó parada un instante en la escalera de entrada, con una mano todavía sosteniendo ese picaporte de bronce frío, suspiró e intentó aliviarse, cerró los ojos un minuto y emprendió su camino. Sabía hacia dónde tenía que ir pues días antes había anotado todas las indicaciones perfectamente en su libreta, de tanto leerlas casi que se las sabía de memoria. Un recorrido fácil de memorizar, pero un recorrido que la atormentaba. Helena vivía en Berkeley, del otro lado de la ciudad, lo que significaba que debía cruzar un puente. Ese puente llamado Bay Brigde. Llegó al límite del puente. Ella, los azabache y sus zapatos negros de charol. Llegaron. Tomó coraje, respiró hondo absorbiendo todo el aire que sus pulmones podrían inhalar, levantó levemente la cabeza y abrió sus ojos. Allí yacía el gigante de acero. Sobre las profundas aguas azules, se extendían los miles de metros de acero gris, una construcción despampanantemente descomunal. Sus ojos, esos ojos azabache respondieron ante semejante asombro abriéndose de par en par, absorbiendo cada detalle de aquel monstruoso bodoque gris que se ubicaba frente de su diminuto cuerpo. Las palmas de sus manos comenzaron a sudar y el miedo nubló sus pensamientos.

La joven de pelo ondulado creía que debía cruzar ese puente de eternos pasos caminando. Los ojos le brillaron de angustia, el pecho se le hundió y ella se encogió de hombros sin saber qué hacer. Sentía mucho miedo. Y entre pensamientos atormentados sintió que su entrepierna se mojaba. Ella no lo creía posible, Helena una joven de 24 años cómo era posible que se hiciera pis encima justo antes de llegar a su entrevista laboral. Observó sus pantalones y no divisó ningún manchón, pero no estaba completamente segura de si se notaba la parte de atrás. Helena no sabía cómo actuar. Por un momento creyó que la mejor idea era regresar al departamento, cambiarse de pantalón y volver a salir, pero le llevó un segundo darse cuenta que no llegaría a tiempo. Por otro lado pensó que lo mejor sería apurarse para llegar un poco más temprano y poder pedir un baño para fijarse si estaba o no mojada en la parte de atrás de su pantalón. Se concentró unos instantes, se dijo a ella misma que debía continuar su camino, debía llegar a esa entrevista tan esperada, y que significaba el alquiler del próximo mes. Sin dar mas vueltas comenzó a caminar para cruzar el monstruoso bodoque gris. Helena nunca lo había cruzado, ni se había acercado tanto a él como ese 17 de junio, por lo que tampoco sabía bien por dónde se cruzaba. Buscó con la mirada una entrada o algún acceso que permitiera la circulación peatonal, pero no encontró. Claro estaba que ese enorme puente que dividía la bahía de San Francisco no podía ser cruzado a pie. Sino que se componía por cinco carriles para uso únicamente vehicular. Helena estaba abrumada ante la situación que estaba viviendo por lo que no había pensado nunca en que debería subirse a un taxi para cruzar del otro lado del puente. Al darse cuenta de que la única manera sería cruzarlo en coche, cruzó la calle y esperó a que pasara un taxi con el cartel luminoso indicando que estuviese libre. Pasó unos minutos parada esperando que algún taxi se decidiera a frenar. Ya estaba ansiosa, después de tantos momentos inoportunos quería llegar lo antes posible a la entrevista. Helena tampoco se había subido a un taxi sola desde que había llegado a Berkeley con Jorge, ya que siempre iba a acompañada por él, o generalmente caminaba hacia los lugares. A Helena le agradaba caminar y pasearse por las encantadas calles de Berkeley, tan distintas a las de Buenos Aires. Con uno de sus brazos extendidos, la mano cerrada en puño y el dedo índice indicando al taxi que se detuviera, Helena aguardó. Finalmente, minutos más tarde, un auto se arrima a la acera. Helena abre la puerta de atrás y sube. La joven estaba un poco atolondrada y ansiosa, había olvidado la dirección a la que se dirigía, entonces abrió su cartera marrón de cuero, sacó la libreta en la que tenía todo perfectamente escrito y le indicó al chofer las coordenadas. Pasaron un par de minutos hasta que Helena pudo calmarse. Se encontraba en la mitad del puente de la bahía cuando realmente observó por la ventana. Contempló el lugar, la inmensidad en la cual ella estaba, navegando el gran gigante de acero gris. Ella estaba en él, cruzando ese extenso charco azul.

Sus ojos brillaron, pero esta vez de asombro y curiosidad. Helena dejaba atrás su lugar seguro, ese lugar que había llegado con su marido, para adentrarse a una ciudad desconocida. Mientras veía pasar los pilotes de acero, uno y otro, con el azul profundo de fondo, Helena pensaba. Pensaba en cuánto había dejado allá en Buenos Aires para acompañarlo a Jorge, pensaba en Isabel, en cuánto habría crecido desde que ella la había dejado, pensaba en ese pelo rubio casi dorado que parecía de cuento de hadas. El recuerdo de Isabel hizo que sus ojos se humedecieran y que sus manos busquen en su billetera una pequeña fotografía que llevaba siempre con ella. Intentó acariciar la fotografía sintiendo que era una caricia real y que Isabel la sentiría. Volvió a la realidad rápidamente cuando el taxista le aviso que había llegado a su destino. Guardó la fotografía de Isabel cuidadosamente en su lugar, le entregó el dinero al conductor y bajó del auto. Miró la hora rápidamente en su reloj pulsera, había llegado más temprano. Recordó que debía pedir un baño antes de entrar a la entrevista, por lo que se apresuró a tocar el timbre. Una mujer de pelo enrulado y rubio atendió la puerta, Helena dio su nombre con una voz temblorosa y la mujer le hizo una seña para que pasara. Una vez en la sala de espera pidió un baño para asegurarse de que su pantalón estaba presentable. Pasó al baño de visitas y para su grata sorpresa, su pantalón gris estaba impecablemente limpio. Suspiró y exhaló la vergüenza que había sentido previamente. Se lavó las manos en el lavatorio y salió orgullosamente del baño hacia la sala de espera. Se estaba acomodando en el sillón cuando una puerta se abrió y un hombre joven llamó su nombre. Le dio un vuelco el corazón, pero supo disimularlo y caminó hacia la puerta; entró y la cerró detrás de ella. Una vez allí los miedos se disiparon ante el joven frente a ella. Era amigable y la hizo sentir muy cómoda. Charlaron unos minutos, quizás una hora, y la entrevista llegó a su fin. Helena salió por la misma puerta, ansiosa por volver a su casa, después de una larga mañana de tantos sentimientos juntos. Aunque Jorge se había olvidado de desearle suerte ese día, ella quería contarle su experiencia. Atravesó la sala de espera pisando firmemente el suelo, miró a su alrededor y advirtió que habían mas jóvenes sentadas en los sillones, seguramente aguardando para entrar a la misma entrevista de la cual ella salía. Esa seguridad que había sentido apenas había cerrado la puerta de la oficina para salir, se esfumó al sentirse insignificante e inútil. La joven de pelo rizado rubio le sonrió y la escoltó hasta la puerta de entrada del edificio antiguo. Había algo en aquella joven que le despertó a Helena esperanza, quizás era la cabellera dorada que le hacía acordar un poco a la de Isabel. Helena salió por la puerta de entrada y la joven de rizos rubios cerró la puerta detrás de ella. Pasaron unos instantes, Helena repasaba cada momento de esa complicada y vergonzosa mañana del día 17 de junio. Y dio cuenta que lo había logrado.

Había logrado superar sus miedos y cumplir con los horarios para llegar a tiempo a su primera entrevista laboral. Helena se manejó con valentía en cada momento que se le presentó un obstáculo en el camino, pero nada le impidió llegar a la tan esperada entrevista. Helena aguardó unos segundos más en la puerta de la oficina, respiró hondo, creía que le había ido bien aunque eso no lo sabría hasta la semana próxima, cuando recibiría un llamado informándole que había quedado para el puesto en la empresa. Emprendió su camino de vuelta a su casa en Berkeley, decidió caminar unas cuadras por el nuevo barrio desconocido. Caminó y una lágrima se plantó en sus ojos azabache, haciéndolos brillar con el sol mañanero, esos azabache que esperaban encontrarse con aquellos ojos almendrados.

Conclusiones personales

Me pareció una buena idea contar un relato familiar de mi abuela, ya que todas las charlas y momentos que compartimos para llevar a cabo el trabajo fueron muy enriquecedores, tanto para ella como para mí. Ella recordaba su vida de joven con nostalgia y entusiasmo. Por mi parte, me gustó conocer su historia y tratar de recrearla con los recuerdos que ella me revelaba.

Fue reconocer a mi abuela en una joven de 24 años y conocerla en otro tiempo, otro espacio. Con ello fui de a poco identificándome con esa abuela juvenil, de cuentos alocados. Me gustó la experiencia, y poder compartir con ella tiempo y que me cuente con detalles una historia es viajar en el tiempo, es llevarme con ella a ese recuerdo y poder revivirlo.


El desafío de Helena Budge (Segundo Premio) fue publicado de la página 75 a página78 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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