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Agustín (Segundo Premio)

Puga, María Victoria

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Introducción

Esta historia relata la relación que teníamos con mi abuelo paterno, las aventuras y anécdotas compartidas que demuestran la gran empatía que existía entre ambos. Desde muy pequeña mi conexión con aquella persona, muy parecida a mi papá y a la vez tan diferente, fue increíble. Él acompañó toda mi infancia, mi adolescencia y es por eso que está siempre presente en la mayoría de mis más lindos recuerdos.

Investigación exploratoria

A través de mis recuerdos, de la entrevista con mi padres, de todo el material fotográfico conseguido decidí relatar esta historia que me resultó muy movilizaste.

Desarrollo

Agustín nació el 16 de mayo de 1920. Hijo único de Diego Puga y Carmen Luzquiños, su papá había nacido en Santiago de Compostela y la mamá en Pontevedra, los dos de la madre patria. Hasta los 6 años fue criado en un estado de bienestar económico nada despreciable. Su padre vino, como era común entonces, solo, de 15 años a Buenos Aires. Encaró todos los trabajos posibles y, con el correr del tiempo logró forjarse una muy buena posición. Era comerciante, concretamente fundó una cadena de almacenes por distintos barrios de la Capital con su casa central en el barrio de Parque de los Patricios. El nivel comercial era, para la época y teniendo en cuenta sus inicios, verdaderamente importante. Fue uno de los primeros en tener un automóvil marca Studebaker, que en ese entonces ingresaban al país para su comercio, importaba de España aceite de oliva con marca propia, como no podía ser de otra manera las latas decían Aceite Puga. Una vez logrado esto, trajo de su país de origen a una hermosa mujer, muy joven, que dejó a su familia (padre, madre y 19 hermanos) para venir a hacer la América, junto a este hombre que la reclamaba. De ese amor nació mi abuelo que fue criado como un niño bien, llegó a conocer la rambla de madera de Mar del Plata cuando tenía entre tres y cuatro años en una época en que poca gente lo podía hacer. Su padre hacía viajes a España con cierta frecuencia con propósitos meramente comerciales que duraban bastante tiempo ya que se trasladaba en barco y en el último de esos viajes confió en un amigo dejándole un poder para que administrara sus negocios locales. Cuando regresó a Argentina descubrió que no tenía nada, no pudo soportar la vergüenza y el deshonor de no poder afrontar las deudas y se suicidó. Mi abuelo tenía apenas 6 años. Desde entonces su mamá enfrentó, como pudo, la vida, y vendiendo las joyas y bienes que le habían quedado de la época de esplendor, más algunas maniobras económicas pudo criar a su hijo, pero con el tiempo lo que había sido una educación privilegiada se transformó en una educación del trabajo. Llegó a completar el ciclo primario y cuando pudo sostener una bandeja debió ayudar en la pensión que su madre había creado para sobrevivir. Vivió siempre con su madre hasta que esta falleció a los 50 años y mi abuelo tenía unos 25. La casa era el recordado inquilinato que su madre alquilaba en su totalidad para después instalar la pensión en la que ofrecía, por unos pesos, habitación y comida, cosa que se usaba mucho entonces. El problema habitacional era mucho más problemático que ahora. Una demostración de lo que era la explotación de la gente y de la miseria en que estaba sumida Argentina como fruto de la crisis mundial de los años 30 era que mi abuelo, con unos 15 años, consiguió que lo tomaran como mandadero de una tienda. Hasta allí todo normal, pero el detalle a señalar era que de noche hacía las veces de sereno durmiendo en un colchón, arriba del mostrador y además lo dejaban ir a ver a su madre una tarde cada dos domingos. Su mamá lo iba a visitar con la excusa de comprar algo en esa tienda o bien él se escapaba del reparto para verla. Así era la vida de entonces. Según relata Felipe Pigna en esa época,

La desocupación llevó a una rebaja muy fuerte en los salarios y al empeoramiento de las condiciones de trabajo.

A los “privilegiados” que conseguían o mantenían sus trabajos, se les redujeron los sueldos y se les aumentaron las horas de trabajo, y, como suele ocurrir, se incumplieron las pocas leyes laborales vigentes en aquel momento. (Pigna, 2007)

Todo lo que vivió en su infancia y adolescencia lo convirtió en una persona con un gran sentido común y mucha sensibilidad.

Su formación fue absolutamente autodidacta, basada fundamentalmente en una lectura implacable, voraz, con un gran sentido del esfuerzo personal, forjado en los tiempos de carencias; esa forma de ser lo llevó a lo largo de su vida laboral a ocupar el cargo más alto dentro del escalafón de la administración pública, con el que se jubiló. Tenía una de las risas más lindas que escuché, me encantaba hacerlo reír, era una de esas risas contagiosas. Medía 1,70 mts., tenía pelo blanco y unos lindos ojos pardos que yo veía celestes, y le decía: ”hoy tus ojos están casi celestes, celestes alrededor de la parte negra”, y a él le causaba mucha gracia. Caminaba siempre de la mano de mi abuela, pero si estábamos sus nietos teníamos prioridad. Por la ropa mucho no se preocupaba, aunque siempre estaba bien vestido. Recuerdo su camisa blanca con bolsillos al frente y su pantalón de vestir color gris perla. Solíamos pelear cuando bajaba a abrirnos la puerta con un pijama que de discreto no tenía nada, creo que solamente le faltaba el color naranja. “Abuelo en pijama no…no” y él lloraba de la risa. El día que yo nací, cuenta mi padre, mi mamá tuvo un trabajo de parto de alrededor de 15 horas, en la sala de espera estaban mis cuatro abuelos junto con mi papá y cuando el médico dijo que tendría que hacer una cesárea porque la niña estaba “cómoda y no quería salir”, mi abuelo se asustó mucho y se puso a llorar como un chico. Después le recordó a mi papá que lo mismo había pasado en su nacimiento y que mi abuela permaneció 15 días internada, este hecho había sido verdaderamente traumático para él. Cabe aclarar que una operación de ese tipo en el año 1949, no era fácil como ahora. Por esa razón es que mi papá es hijo único, Agustín no quiso vivir esa experiencia nuevamente, y lo viene a pasar con su primera nieta, cosas del destino. Ante situaciones de mi vida y especialmente con mi hija, Belén, que ya tiene 11 años, no puedo dejar de recordarlo. El otro día Belén perdió un buzo en la escuela, cosa que me enojó mucho, porque intento que ella sea responsable de sus pertenencias, y me vino a la memoria una situación similar cuando yo era chica; mi mamá me compró un hermoso tapadito azul, caro, de los buenos decía ella y grande para que le dure, que yo quise llevar al colegio, en ese momento volvía a mi casa en un micro escolar. La cuestión es que cuando volví no tenía el tapadito azul, lo había olvidado en el vehículo, mi mamá y mi abuela materna me retaron, según Agustín más de la cuenta, y ahí mi abuelo, mi héroe, salió a defenderme, él no tenía razón, pero no importaba lo que pasara, siempre estaba de mi lado y me rescataba. Discutió con mi madre y luego de eso me llevó a dar una vuelta y tomar una rica merienda en la tradicional confitería Las Violetas. Las Violetas era un lugar donde solíamos ir junto con mi abuela y mi hermanito, sumándonos así a uno de los paseos más tradicionales de Buenos Aires. Según relata Fernando Caniza, 

La Confitería Las Violetas se inauguró el 21 de septiembre de 1884, en Almagro, y contó con la presencia de

Carlos Pellegrini. En ese tiempo, el esplendor de esta edificación contrastaba con la fisonomía edilicia de sus alrededores, de casas bajas y modestas. Poco a poco, Las Violetas le dio personalidad a la zona, y en 1928 se construyó el edificio que perdura hasta hoy. Entre las personalidades que la frecuentaban, estuvieron Roberto Arlt, Alfonsina Storni e Irineo Leguisamo. (Caniza, 2015).

Otro de los hechos que narró, sucedió a mis 12 años, cuando descubrieron que me dolía la cabeza de manera frecuente por un problema de visión y me recomendaron hacer ejercicios.

Esto consistía en juntar dos caminos, dos puntos de distinto color, el perrito, etc. Y recuerdo que mi abuelo era el encargado de llevarme, esperarme tres veces por semana durante tres meses y ayudarme con otros ejercicios que me indicaron para hacer en mi casa. Él siempre estaba disponible para ayudarnos, a mí y a mis padres. Si me enfermaba era el primero en venir a verme. Le hice leer una enorme cantidad de libros que me daban en la escuela para que me ayudara a estudiar, me escribía cuentos, me compraba mi postre favorito, subía y bajaba del auto porque a mí se me ocurría jugar a ser taxista, me compraba flores, me celaba, me hacía mates de leche, me compraba facturas alemanas, me cubría cuando mi papá se enojaba, me sacaba muchas fotos, cuando me quedaba a dormir en su casa me dejaba su lugar en su cama, me hacía las tostadas más ricas, caminábamos juntos y así podría describir un millón de cosas más. Una vez, cuando tenía cinco o seis años, estábamos en la casa de mis abuelos con motivo de uno de nuestros almuerzos dominicales, salí del baño con una palangana llena de agua fría y mi papá al verme me preguntó “¿Dónde vas Victoria?”. Respondí que le iba a lavar la cabeza al abuelo. Mi padre fue hasta el dormitorio y lo vio a mi compinche Agustín, tirado en la cama con la cabeza preparada para su lavado. ”¿Qué estás haciendo?”, le preguntó, y su repuesta fue “dejala, la nena quiere jugar a la peluquería”. En fin, cosas que hacen los abuelos. Cuando nació mi hermano le dijo a mis padres que todo bien, pero que él creía que no iba a poder querer al bebé como la quería a Victoria, y sucedió lo que tenía que suceder, su amor por mí se multiplicó por dos y dio una cuenta rara del doscientos por ciento. En mi adolescencia aparecieron los bailes, las salidas con amigas, los novios y junto con todo esto los celos de mi abu, que sin duda era un personaje muy particular.

Un verano en la Lucila del Mar, a uno de mis primeros noviecitos se le ocurrió venirme a buscar con una moto para dar una vuelta. Mi abuelo celoso, que estaba presente, miró a mi papá, mientras la moto partía conmigo en el asiento trasero, con una cara que, a decir de mi padre, nunca había visto, indescifrable, y le dijo ”¡este tarado se lleva a la nena en la moto!” Al recordar y mucho más relatar cualquiera de mis anécdotas con él, es imposible no hacerlo con una gran sonrisa. Una de ellas, tal vez la más significativas que viene a mi memoria con un especial cariño, transcurrió durante los primeros años de la escuela secundaria. El colegio lo transité con algunas dificultades típicas de esos años, la llamada edad del pavo. Consecuentemente, la relación con mi padre por momentos se complicaba un poco, pasando algunos días sin hablarnos, luego de que yo escondía mi boletín de calificaciones con el propósito de que me dejara salir con mis amigas los fines de semana. Recuerdo que en segundo año, era muy importante que rindiera bien una materia para pasar de año y, como todo lo hacía a último momento, no me sentía segura para rendir la prueba de inglés que tomarían durante esa mañana. Según mi punto de vista de entonces esto era una “emergencia”. Y en tales circunstancias siempre recurría y afortunadamente aparecía mi superhéroe, el Abu Tin. No recuerdo bien por qué en los recreos nos permitían hacer uso de un teléfono público que estaba al lado de la portería (no existían los celulares). Por supuesto que no podía pedirle abiertamente que me salvase de tal situación, pero con lo poco que le dije en clave, entendió perfectamente mi pedido de auxilio y sólo pasaron 15 minutos para que se presentara en la escuela, diciendo que tenía que llevarme al médico y que mi padre se había olvidado de comunicarlo por medio de una nota a las autoridades del colegio. Quién no podría amar a un abuelo así, con todo el corazón. Este fue uno de nuestros secretos durante años, hasta que fue revelado a mi papá por accidente durante un almuerzo familiar, cuando yo ya cursaba la universidad, cosa que provocó la risa de todos. Actualmente relato cada una de estas historias a mi hija que, sin haber tenido la suerte de conocerlo, siente un gran cariño por él, como no podía ser de otra manera.

Conclusiones personales

Encontré muy interesante la consigna de este trabajo y me gustó mucho realizarlo y recordar con gran cariño a mi abuelo, me ayudó a darme cuenta de lo importante que fue su guía. Pude relatar mis anécdotas con él a mi hija que no pudo conocerlo.

Referencias bibliográficas

Caniza, F. (25 de marzo de 2015). Las Violetas, regreso con gloria. La Nación. Disponible en http://www.lanacion.com.ar/207982-las-violetas-regreso-con-gloria

Pigna, F. (5 de agosto de 2007). La crisis económica de 1930. Clarín. Disponible en: http://edant.clarin.com/suplementos/zona/2007/08/05/z-04001.htm


Agustín (Segundo Premio) fue publicado de la página 78 a página80 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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