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Lima Víctor India Yankee Charlie (Primer Premio)

Gopcevich, Jorge

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Lo más increíble de un plan increíble es el hecho de que realmente se lleve a cabo. Supongo que es lo que se sentía esa tarde con las valijas hechas, esperando el momento de despegar. Dicho plan era sencillo: mi abuelo Nelson debía llevar el avión privado de la empresa para la que trabajaba a Estados Unidos, a que lo pintaran. La odisea consistiría, por ende, en atravesar el continente americano, desde Argentina hasta Estados Unidos. Un viaje que normalmente toma un par de horas, ocho o diez como mucho en una aerolínea, se tradujo a cinco días en un avión privado, a hélice, por si fuese poco. Lo que le da un giro inesperado a todo esto, es el hecho de que mi abuelo no habla inglés, y por alguna razón se le ocurrió decirle a mi primo, Lorenzo, de catorce años que hiciera de copiloto traductor. Si la inconsciencia es la madre de las aventuras, nos queda a nosotros el rol de hijos que sufren la inexperiencia de los padres. Pero lo bueno es que cuando todo pase, y todo pasa, nos queda algo interesante para contar. No todos pueden decir lo mismo. Así es que la dupla dejó el aeropuerto de Don Torcuato y arribaron a Foz do Iguazú, el lado brasileño de las Cataratas. Un comienzo tranquilo, ya que el rol del joven no era necesario, por lo que en este primer tramo simplemente se dedicó a ser un pasajero mientras el anciano manejaba todo. Como si fuese poco, la empresa se ocupaba los gastos, así que esa noche se dieron el lujo de descansar en el Sheraton. La vista era hermosa, o eso dicen, porque al ser de noche lo único que se apreciaba era un vacío absoluto. El minibar, completamente a su disposición, sobrevivió inmaculado, ya que los nervios se quedaron con lo mejor de Lorenzo. Muy temprano en la madrugada partieron para encarar un nuevo destino. El vuelo se desarrolló tranquilo, aburrido, pero tranquilo. Acercándose al aeropuerto aparecieron grandes nubarrones, los cuales se apoderaron del cielo. Todo se veía blanco, y de repente Nelson le pidió a mi primo que le avisara cuando viera la pista de aterrizaje. Un pedido extraño, viéndolo a la distancia, pero en su momento pareció absolutamente normal. El suelo apareció de repente, como si las nubes se hubiesen abierto y lo vomitaran. La reacción del geronte fue inmediata, tal es así que Lorenzo no llegó a avisar que vio la pista antes de estar ya rodando sobre tierra. No fue hasta estar estacionados que mi abuelo le confesó que fallaron los instrumentos de la aeronave y habían estado volando a ciegas, lo cual si no se arreglaba pondría en peligro la continuidad del viaje. Ninguno lo mencionó, pero el adolescente entendió que de alguna manera ambos habían esquivado un balazo, al haber arribado a salvo a tierra. La humedad de Brasil era insoportable, y aun así resultaba infinitamente más aceptable que la ineptitud de los empleados del aeropuerto.

Burocracias finalizadas, se arregló el problema que hubo con los instrumentos del avión y ya estaban listos para continuar. Boa Vista sería su último aeropuerto dentro de ese país, y como una suerte de adelanto, al piloto no se le ocurrió mejor idea que, en vez de comunicarse en portugués con la torre de control, dejar que el copiloto lo hiciera en inglés. El debut como traductor fue complejo, como mínimo; el acento brasileño y la interferencia de la radio no ayudaban tampoco. Pero aun así llegaron perfecto a destino. No obstante, ya mi primo comenzó a pensar que el viaje no era tan buena idea, luego de lo mal que se sintió en su rol, sumado a la poca paciencia que le tenía mi abuelo, un personaje que resultó ser bastante déspota. Una vez más la noche la pasaron en un hotel cinco estrellas, aunque poco se podían apreciar los lujos frente a la ansiedad que generaba la misión en cuestión. Por la madrugada partieron de Brasil hacia el Caribe. La experiencia con la torre de control para el despegue fue igual de incómoda que para el aterrizaje. Lorenzo todavía escucha con claridad la voz del controlador pronunciando la patente del avión, como si fuese un mal presagio. El primer destino dentro de Centroamérica era la isla Margarita. Esto representaba un alivio para el adolescente porque hablaban en español, lo cual implicaba que Nelson se ocuparía de la comunicación. Dicho y hecho, no hubo muchas complicaciones durante el vuelo, pero el piloto no pudo evitar reprochar al copiloto por su desempeño en Brasil. Uno quería hablar lo menos posible, mientras que el otro exigía que hable más de lo necesario. Una combinación que despertó varias discusiones, aunque de tono moderadamente bajo. Esto era peor de lo que parecía, ya que dicho tono no subía porque mi primo sentía cada vez menos confianza en mi abuelo, y en sí mismo, para llevar adelante el trabajo. Pero no había mucho que hacer, estaban a mitad de camino; el anciano no podía seguir sin un traductor, y definitivamente no se podían regresar a Argentina. La noche en el hotel de isla Margarita fue muy silenciosa, estaba claro que las cosas no estaban bien. Y como para sumar a los nervios, el próximo destino sería Saint Croix, otra isla donde esta vez tendrían que comunicarse en inglés; y deberían hacerlo así el resto del viaje. De más está decir que el joven casi no durmió. Camino a su siguiente destino, Lorenzo escucha un aviso por radio a todos los aviones de la zona, en el cual se informaba que en Saint Croix no había combustible.

El problema de esto era que viajaban con lo justo y necesario, por lo que de arribar ahí implicaría quedar varados. Rápidamente Nelson cambió el plan de vuelo y encaró para una isla conocida como Grand Turk. Jamás habían escuchado nombrarla, pero era su única opción, dadas las condiciones. Desde el aire podían ver la isla entera, y el aeropuerto era tan pequeño que la pista comenzaba y terminaba en el mar. Esta vez el copiloto tuvo una comunicación más fluida y el aterrizaje fue mejor de lo que esperaba. De todas maneras, la gente del lugar era poco amigable y hubo una discusión con una oficial de aduana, porque la mujer quería que abran una caja amarilla que traían en el avión. El problema era que esa caja amarilla era un bote salvavidas, y si lo abrían no podrían volverlo a cerrar. Luego de un montón de idas y vueltas que deberían haber sido evitadas con un poco de sentido común y buena voluntad, el problema se solucionó y la caja permaneció cerrada. Ya con combustible en el avión, aún quedaba un tema por resolver: pedir permiso a los Estados Unidos para entrar a su espacio aéreo. Era necesario llamar por teléfono, así que los aventureros, que ya casi no se hablaban, pidieron un taxi y fueron a un locutorio. Así fue que mi primo pudo ver un poco más del pueblo que había en la isla y la terrible pobreza que imperaba, la cual sin duda había tenido un gran impacto en la hostilidad hacia los extraños que se percibía en el aeropuerto. Los teléfonos para comunicarse, al igual que el resto del lugar, parecían al margen de la modernidad. Todo era un viaje al pasado.

Tras conseguir el permiso, ni bien el adolescente cuelga el teléfono, suena una alarma y se desata un caos. Entre los ruidos incesantes, la gente gritando y haciendo ademanes incomprensibles, y el fastidio que ya tenían por el viaje realizado y por realizar, tanto mi primo como mi abuelo salieron corriendo del lugar. En el viaje de regreso al aeropuerto, charlando con la conductora, se enteran que en realidad habían ganado un premio y que la gente estaba festejando. Nunca sabremos qué ganaron porque las ganas de salir de ese lugar no les permitieron replantearse volver a reclamarlo. Ya en camino a Estados Unidos mi primo sentía que lo peor aún estaba por venir, pero que por lo menos estaban en tiempo de descuento. Habían recorrido gran parte del tramo y les quedaban cuatro paradas más hasta llegar a destino final. Intentando agarrarse férreamente a ese aliciente, el adolescente no pudo evitar tener una pequeña crisis al aterrizar en Miami. Una vez más, discusiones con mi abuelo hicieron que se llegue al punto de que el sexagenario plantee seguir el viaje por su cuenta, mientras el otro se volvía a Argentina. Una idea más irracional que este trabajo en sí mismo, pero aún así prácticamente una realidad. Mi primo, a pesar de sus ganas de desaparecer, comprendió que el planteo no era más que la manifestación de un ser igual o más desesperado que él. No podía bajarse de ésta, tenía una responsabilidad que cumplir. La relación estaba quebrada, pero si hay algo que define a ambos es la voluntad. La noche en Miami fue un antes y un después, en el que se definió el compromiso de terminar lo que se empezó. El último día llegó temprano, al igual que los anteriores.

El siguiente aeropuerto pertenecía a un pueblo conocido como Jeffersonville, y contaba con una particularidad: era tan pequeño que no tenía torre de control, los aviones debían informar por radio a los que se encontraban en la periferia que tenían intenciones de aterrizar, y tras confirmar que nadie más quería hacerlo, aprovechaban la oportunidad. Este detalle curioso era un gran alivio para Lorenzo que, por ende, no debía comunicarse directamente con nadie. El aterrizaje fue de los más tranquilos. Ya en el aeropuerto la gente estaba en la suya, pero a uno de los pilotos le llamó la atención ver a una persona tan joven haciendo de copiloto y se acercó a preguntar. Una vez que los protagonistas le contaron de su plan de vuelo, sin los detalles más escabrosos, el hombre les recomendó ciertos cambios en su ruta hacia el siguiente destino. Y es que se trataba del aeropuerto de Chicago, uno de los más congestionados y complejos del mundo. Este personaje les planteó una aproximación que rodeaba el área de comunicación de la torre de control, en vez de la línea recta que tenían planeada, lo cual les evitaría mucha comunicación y tráfico, si bien les tomaría más tiempo. El joven, absolutamente agradecido, encontraba un aire de alivio dentro de lo complejo que tenían por delante. Inmediatamente partieron hacia lo que en principio se planteaba como su gran desafío, el Chicago International. El plan que les recomendó aquel extraño resultó ser una ruta magistral, el vuelo estuvo tranquilo con mínimas comunicaciones por radio, que obviamente fueron haciéndose más frecuentes al acercarse a destino. Ya sobrevolando el aeropuerto, y con una cuota de seguridad tras la buena experiencia que habían tenido en Jeffersonville, el aterrizaje fue un éxito. Un éxito efímero, que se desvaneció cuando los llamaron de la torre de control desesperados para preguntarles qué hacían rodando por la pista en contramano. Por suerte, desde la óptica de nuestros viajeros, no hubieron demasiadas complicaciones para reacomodarse y finalmente estacionar donde debían (vaya uno a saber qué les habrá pasado a los ajenos). Aquí, se tenían que encontrar con un empleado de la empresa para la que trabajaban, que debía sacarle los asientos al avión, y reemplazarlos por cajones para que terminen el último vuelo. Así de precario y ridículo como suena, debían completar el viaje volando sobre cajones de fruta. La realidad es que esto no sucedió ya que dicha persona se presentó demasiado tarde y no pudo llevarse a cabo lo planeado. En cierta forma, y por los últimos sucesos, mi primo sentía que la vida estaba de su lado.

Mi abuelo, ya muy cansado de todo, estaba a las puteadas por la inoperancia de este personaje que se había quedado dormido. Con los asientos aún a bordo, despegaron hacia la meta de su periplo: un pueblito conocido como Watertown. Este último vuelo, apoyado en el hecho de que sería el final, se sintió como un relajo total comparado con los otros. No obstante pasaron por unos oscuros bancos de nubes, frentes de tormenta que sacudieron el pequeño avión de un lado a otro, como si fuese de papel. Pero a ninguno le importaba nada, frente a la montaña rusa emocional que habían vivido, las fuerzas de la naturaleza se quedaban cortas. Podía habérseles cruzado un tiranosaurio rex manejando un F14, que lo habrían tomado como un simple lomo de burro.

Finalmente en su destino dejaron el avión para ser pintado, pasaron la noche más silenciosa de sus vidas (ni siquiera comieron juntos), y encararon el regreso a Buenos Aires, ahora sí, en un avión de línea. Al lado de lo que vivieron, la clase turista se sentía como ejecutiva.


Lima Víctor India Yankee Charlie (Primer Premio) fue publicado de la página 80 a página82 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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