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Lo que no decimos (Primer Premio)

Munarriz López, Mariana

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Capítulo I. Anna

La casa había permanecido igual en su memoria, salvo el color de la fachada, que había cambiado de amarillo tenue a blanco. Su hogar por dentro mantenía la misma esencia. Los recuerdos relacionados a su niñez estaban todos impregnados del olor a incienso y cierta luminosidad particular, elementos que ahora ella percibía ante sus ojos como si admirara una fotografía. Anna se volvía a encontrar en su habitación por primera vez luego de haber estado en Francia ausente por dos años. Sus manos tocaban cada rincón y miraban cada objeto de la habitación de manera ansiosa, como si se necesitara hacer cierto ritual de reencuentro entre su espacio interior y el exterior a través de sus dedos. El cuarto de Anna había sido testigo de su escaso tiempo en este mundo. Había sido cómplice de su niñez y de su adolescencia, de sus cambios. Anna recostó su cachete en la almohada fría y presionó su cuerpo en el colchón con firmeza, tratando de encontrar el punto más cómodo, como solía hacer años atrás. La sensación de frío y la familiaridad de su cama resultó en un placer casi doméstico, como si su cuerpo hubiera reconocido de manera inconsciente su antiguo lugar de reposo. Luego de un rato, cayó dormida profundamente.

Capítulo II. María

La madre de Anna abrió la puerta de la habitación y notó que su hija dormía. Esta imagen tan sencilla, de ella durmiendo en su cama, le produjo a María una fuerte sensación indescriptible en el pecho.Durante la ausencia de su hija, María había canalizado toda su voluntad y sus pensamientos en la fecha de su regreso. Había contado los días y las horas con determinación, y de esta manera había logrado ejercer las tareas mundanas con un aire casi mecánico, pues su mente estaba ocupada en su hija y en la fecha deseada. Y ahora, que el deseo se había materializado, ella se asombraba con este sentimiento interno, pues su mente todavía no había asimilado la realidad de ese día tan esperado. Respiró profundamente y se acercó al rostro de su hija, lo miraba fijamente para memorizar las facciones de su chiquita, pues la había empezado a olvidar, como se empiezan a esfumar los detalles específicos de las cosas relacionadas con el amor. La notaba cambiada. Anna había perdido cierta inocencia, su rostro había pasado por la última instancia de la adolescencia. Las facciones ahora parecían haber llegado a una madurez extraña, y el resultado, le parecía que favorecía a su niña. La incomodidad que conlleva la adolescencia se había esfumado, y ahora Anna se había convertido en una mujer hermosa. María se llenaba de felicidad viendo a su hija dormir, le daba gracias al sueño y a su efecto tranquilizador, pues cuando se trataba de Anna, su madre no podía evitar preocuparse por ella.

Capítulo III. Lo indecible

Anna despertó con un salto. Por un momento fue víctima de una confusión desorbitante pues había olvidado dónde se encontraba. Su memoria tuvo que recrear en cuestión de segundos su historia, su situación, su recorrido por el mundo. Hizo cierto esfuerzo en reconocer los objetos de su cuarto, la posición de la ventana, de los muebles, su propio cuerpo en el espacio. Estaba en casa, había regresado, el pequeño estudio que habitaba en Francia estaba en el pasado. La memoria había realizado su trabajo reparador y había conseguido que Anna se colocara una vez más en el presente tal como lo había dejado. Debajo de su puerta encontró una nota. Era la letra de su madre que le decía que estaría en el trabajo todo el día. Anna respiró aliviada, pues precisamente estaba nerviosa de tener que enfrentar a su madre. Había logrado evitarla el día anterior, pero hoy sin duda sería víctima de mil preguntas sobre el viaje. La razón por la cual Anna había permanecido tanto tiempo en un lugar tan lejano tenía que ver con estos nervios específicos de los cuales huía. Pues a diferencia de lo que ella había pensado, el viaje no la había transformado del todo y la tristeza no se había desaparecido. Anna temía el momento en el que tendría que mirar a los ojos de su madre y sería descubierta, así como cuando era niña y su madre presentía de manera sobrenatural cuando Anna había sufrido en el colegio alguna pena. Sentía que estaba hecha de un material transparente, que su cara la delataba en momentos, y se sentía débil. Había algo que la desgarraba por dentro, y era verdad que notaba que la fuerza incrementaba, y que lo seguiría haciendo aún más con el paso del tiempo. El miedo la visitaba con frecuencia, el miedo de gritar y que la escuchasen y que llegasen a su cuarto, el miedo de traicionarse y decir todo lo que le hacía tener miedo, el miedo de no poder decir nada, porque todo es indecible, y los otros miedos…. los miedos.

Capitulo IV. La culpa

Para Anna era muy claro que su actitud sobre la vida seguiría siendo la misma. Aunque el cuerpo había sido víctima de transformaciones propias del tiempo, en esencia, ahora que reflexionaba, tanto la niña como la adolescente eran idénticas. Conservaban las mismas angustias, el mismo modo de sentir, la misma inclinación nerviosa. Pero estas emociones nunca eran discutidas, pues sin duda le causarían penas profundas a su madre. Este tipo de cosas eran indecibles para Anna. Además de sentirse desdichada la mayoría del tiempo, estos sentimientos estaban entrelazados de culpa y de vergüenza. No existía una excusa válida en su mente para tener derecho a sentirse de esta manera, pues había tenido una niñez considerablemente agradable, y en comparación con otros seres, ella había sido afortunada. ¿Como decirle a su madre que sus esfuerzos habían sido en vano, que seguía llorando todas la noches, y que honestamente las cosas no cambiarían? No lo sabía. Y ahora la distancia no le serviría de nada.

Capítulo V. No conocía a nadie

Pasó una semana y Anna había logrado esquivar de manera eficaz las preguntas de su madre. Cuando habló de sus experiencias en Francia mencionó sólo los momentos agradables y cotidianos, dirigía la conversación a temas de literatura y de arte, y así evitaba hablar de ella misma. La relación de Anna y de María era bastante abierta, solían conversar de muchos temas con una libertad casi inapropiada, pero en el fondo, cuando se trataba de asuntos privados, acontecimientos involucrando sexo o sustancias, Anna no se sentía cómoda compartiendo detalles de esta naturaleza con su madre. Cuando pensaba en estos fragmentos que cargaba en secreto, Anna sentía como si esta relación abierta fuera una farsa, una actuación por parte de ambas, una conexión superficial. A la misma vez se preguntaba sobre estos detalles sobre su madre. Seguramente cargaría con secretos también, y se entristecía al pensar que en realidad no conocía a su madre. No conocía a nadie, ni a ella misma.

Capítulo VI. El diario

Anna tenía planeado pasar los siguientes días en un estado de aislamiento psíquico, pretendía vaciar su mente al máximo y evitar pensar del todo. Si no pienso, no sufro, se repetía, pero estar de vuelta en esa casa, despertaba en ella muchos recuerdos, y la asociación de ideas era incontrolable, era un flujo inconsciente de nostalgia. Había ciertos objetos de la casa, ciertos cuartos, que sabían mucho de ella y que la amenazaban. Se formaba en ella la sospecha que aún no había conseguido eliminar esas influencias. Las había abandonado en secreto al escapar a Francia, inconclusas como estaban. Pero ahora reaparecían las viejas heridas, como viejos amigos ansiosos por un reencuentro. Se preguntaba cómo hacían los otros con la carga de los años, con tantas heridas imaginarias, con tanto peso encima. Pero nadie parecía estar sufriendo. Una tarde, después de haber leído toda esa mañana hasta ya no poder más, Anna decidió reorganizar su cuarto. El aburrimiento la había llevado a inspeccionar cada rincón de su casa hasta que llegó al de su madre. La biblioteca del cuarto de María intrigaba a Anna desde que había descubierto su amor por la lectura, amor que había heredado de su madre. Aquellos intercambios de gustos, de libros, servían como punto de contacto entre ambas. Anna se dirigió a la gran biblioteca del cuarto principal, en búsqueda de algo interesante, cuando al alcanzar la repisa más alta, con un movimiento brusco, derribó todos los libros que cayeron sobre su cabeza. Los recogió y mientras los organizaba, notó que uno de ellos no era un libro.

El cuaderno era de cuero negro gastado y de hojas amarillentas.

Abrió con cierta adrenalina la tapa del cuaderno y reconoció la letra de su madre. El nombre de María estaba escrito en la primera página, junto con la fecha, y una fotografía vieja.

Capítulo VII. Secretos

Febrero 24, 1980 Llamar a mi casa y hablar con mi madre es siempre lo que pienso que va a ser. Quejas. De Fabián. De mis hermanas. De la vida. Tuve que salir y distraer mi mente, siempre me afecta hablar con mi madre así sea para puras banalidades como recibir a mi hermanita menor la próxima semana que viene de vacaciones. Inés es muy pequeña para poder hablar bien con ella, pero es familia y es mi hogar. Hoy monté a caballo. A toda velocidad llegué hasta la punta de la colina, miré la expansión del espacio y lloré. Llegué a casa y cené con Samir. Fue agradable y me calmé.

Marzo 15, 1980

Terminé de leer El Manantial. La complejidad de los seres humanos me envuelve, me desorbita y me mantiene siempre alerta ¿Qué se puede saber con seguridad? ¿Cómo podemos estar tan seguros de las cosas? Quisiera saber quién voy a ser, en quién me voy a convertir. Pero cada vez que trato de mirar hacia delante hay como una bruma y no puedo ver más allá de la punta de mi propia nariz. Desasosiego en general; de las decisiones tomadas y las decisiones no tomadas, de la incertidumbre del mañana. Ir a cine o leer un buen libro para llenar mi tiempo con algo fructuoso, algo que después no deje ese terrible sentimiento de vacío.

Marzo 30, 1980

Me siento en la mesa a cenar con mis hermanos, pero cuando miro sus caras no encuentro nada familiar. Por momentos siento un desapego completo y se me dificulta reconocer qué partes de mi rostro se repiten de manera aleatoria entre el resto de mis hermanos. Un lunar, una torcida de la boca, cualquier cosa para sentir que yo pertenezco a ellos, o que ellos pertenecen a mí. Y me siento sola sabiendo que estoy rodeada de gente. No siento que lo que se ve refleje lo que yace dentro. Si tan sólo todo fuera tan fácil.

Abril 7, 1980

Soñé con mi padre anoche. Llevaba días sin que apareciera en mis sueños. Hoy me siento un poco mejor, pues temía que estaba empezando a olvidar su cara. Extraño a mi padre.

Capítulo VIII. Juntando piezas de un rompecabezas

Anna mantenía su atención en las palabras que acababa de encontrar. Estaba sumergida en ese mundo clandestino que atravesaba por pura casualidad, aquel universo que mantenía su puerta cerrada, ahora se abría ante sus ojos con violencia. Las escasas líneas cobraban un matiz casi sagrado para sus ojos. Como si estuvieran destinadas a ser encontradas y leídas por ella. Cuando de repente, escuchó unos gritos en la cocina y unos ruidos que anunciaban movimiento dentro de la casa. Se apresuró a devolver todos los libros a su debido lugar en la biblioteca. Corrió a su habitación, y luego de meditar cuál era el lugar indicado para esconder el diario, lo ocultó en una de las gavetas, camuflado dentro del caos de objetos. Esa misma noche, mientras la casa dormía y se sumergía en el espesor de la oscuridad, Anna terminaba las últimas páginas del diario de su madre. Repasaba todo lo que había leído por su mente, una y otra vez, con la intención de internalizar cada frase, mientras una que otra lágrima recorría por su mejilla. Por primera vez Anna sentía que era posible que su madre viviera por su cuenta, que tuviera otra vida donde ella no estaba en los planes. Todos estos detalles eran piezas que contenían la identidad de la juventud de María, y Anna reconstruía con cada línea la imagen de su madre, como si este ejercicio la acercara a alguna verdad, como si conocer a su madre la acercara a conocerse ella misma.

Capítulo IX. La cita

El consultorio del doctor Jorge estaba vacío cuando entró. La sala de espera, así también como su casa, le parecía a Anna que permanecía idéntica. El mismo cuadro de las cataratas del Niagara la acompañaba en la espera, como también la música de ABBA en el fondo. De vez en cuando, se escuchaban las voces como murmullos distorsionados desde la puerta, la risa del doctor, seguida de una respuesta inteligible por parte del paciente. Los minutos de espera acrecentaban la ansiedad de Anna, sus nervios ya empezaban a moverse de un lado a otro, como niños inquietos. Hizo un esfuerzo enorme para contener las lágrimas, cuando se abrió la puerta del doctor. Entró a la habitación y tomó asiento en el sofá verde como solía hacer en los años anteriores. El doctor se sentó justo al frente, sus grandes ojos grises estaban mirándola con interés. Anna comenzó a hablar, su voz temblaba: “confieso que estoy nerviosa, como si fuera la primera cita, como si no nos conociéramos. Además siento que te decepciono Jorge, pues no he aprendido nada, hace 5 años que nos vemos, y yo no soy lo suficientemente fuerte para salir de esto, avanzo y retrocedo, estoy empezando a entender que las cosas no cambian… no se”. Las últimas palabras que salieron de su boca anunciaban la llegada del llanto inevitable. Aquel llanto que era tan común entre ellos. Tras ver que Anna se atragantaba en medio del monólogo, el doctor llenó el silencio con su respuesta. - ¿Te estás tomando el medicamento? - Sí, pero no siento nada diferente, da lo mismo tomarlo o no. Continuaron hablando de las cosas que habían ocurrido en Francia, de las angustias en la noche, de su infancia. De repente, Anna recordó haber encontrado el diario de su madre, y expulsó las siguientes palabras de su boca, como una náusea. - Encontré el diario de mi mamá cuando tenia mi misma edad… era triste como yo… me siento un poco ridícula, yo hablando con un psiquiatra de problemas imaginarios mientras mi madre no tenia nadie con quien hablar y su padre había muerto… y a mi no me ha pasado nada.. No soy ni la mitad de fuerte que es mi madre… me siento como una idiota. Es interesante, es como si las generaciones pasadas no hubieran tenido el tiempo para la tristeza, y nosotros al contrario estamos acostumbrados a hablar de nosotros mismos. El doctor Jorge permaneció en silencio por unos segundos, luego respondió lo siguiente - Es un error pensar que tus problemas no tienen validez, tienes todo el derecho de sufrir, así también como de gozar, pero has negado tu derecho, lo has considerado secundario… Ahora bien, no fuiste tu la que antes mencionabas que todas tus relaciones te parecían falsas y superficiales, bueno, no sientes de alguna manera que tu madre te entiende de verdad, ya sabiendo que ella se sintió como tu alguna vez, que quizás las cosas cambien y te sientas cómoda.

-No puedo evitar sentir culpa, pues siento que mis nervios y mi debilidad han hecho su existencia un poco complicada y triste… te recuerdo que su amor me pesa… yo no quiero causarle mas penas. – dijo ella.

Anna, que por lo general era considerada como una joven de tamaño pequeño, se veía aún más minúscula cuando hablaba de la magnitud de sus pesares. Era como si su desdén propio la encogiera más y más, hasta el punto de dejar de existir. El doctor Jorge la veía con una mirada comprensiva, tratando de hacerla sentir en un espacio seguro. Queriendo, tal vez, darle un abrazo para tranquilizarla, pero evitando el contacto físico con sus pacientes, por cuestiones formales de su profesión. Jorge: Yo necesito que tu te preocupes por ti misma, no por tu madre, debes darle algo de crédito, como tu dices, ella es más fuerte, porque no dejas que te carguen, tu eres la niña aquí, no el adulto. Anna: Tengo el presentimiento de que todo se repite, como si yo estuviera destinada a convertirme en mi madre, y no tuviera decisión alguna sobre mi destino. Jorge: Quizás tu hija encuentre tu diario algún día. Ambos rieron… entre ellos la conversación podía alternar de lúgubre a chistosa en cuestión de segundos, era bueno reírse de los problemas. Anna contestó con cierta risa pícara, mitad llorando, mitad riéndose, y añadió: - No tendré hijos por el temor que sean tristes como yo. La única solución para los desdichados es no nacer. Yo ya no me salvé, tengo un cuerpo y una mente y unas cosas que cargo. Sigo despertando todos los días. Duermo y despierto. Es una tortura disfrazada de regalo. La cita había terminado, ambos se levantaron de los sofás y se acercaban a la puerta, se dieron un fuerte abrazo, luego se separaron. El doctor la miró como queriendo decir algo y luego calló, Anna se dio cuenta y le insistió que hablara. “Yo no debería decirte esto, porque yo soy tu psiquiatra y tu mi paciente, pero eres muy especial, se que no me crees, pero me alegra conocerte”, dijo apenado. Anna lo volvió a abrazar con todas sus fuerzas, intentando transmitir todo el amor en un abrazo. Se separaron y mientras ella se alejaba él le dijo: “Ánimo, ya sabes, todos estamos obligados para que la realidad sea soportable, a mantener en nosotros algunas pequeñas locuras”, y con eso cerraron la conversación.

Capítulo X. Nueva mirada

Llegó a su casa después de la cita con el espíritu aliviado. Una música sonaba desde el estudio. Se acercó y encontró a su madre tomándose una copita de vino y cantando al son de una canción melancólica. Miró a su madre como si la estuviera viendo por primera vez con ojos nuevos. Estaba sentada con la copa en la mano y sus ojos cafés se expandían por todo el estudio, dulces y despreocupados cantando con alegría. La vio como si estuviera viendo a una amiga joven, a una contemporánea. Vio en ella un reflejo de sí misma, de juventud, como si hubiera viajado en el tiempo y hubiese encontrado a una aliada, aquella confidente que siempre buscó más nunca pudo encontrar. María no había percibido la presencia de Anna, y se asustó cuando vio a su hija observándola. La llamó a su lado. Anna se sentó junto a su madre, luego recostó la cabeza en sus rodillas, mientras María acariciaba su pelo. Una lágrima se asomó en los ojos de Anna, que no pasó desapercibida por la mirada de su madre, que con sus dedos las secaba. Se miraron a los ojos, estableciendo una conexión en donde las palabras no fueron necesarias, y por un efímero instante todo estuvo en el lugar indicado.

Colofón

La historia es semiautobiográfica. Existen verdades y ficciones. Pero al fin y al cabo el relato es producto de mi imaginación y mis voces interiores.

Conclusiones personales

Uno de los problemas que frecuento en el momento de escribir es que soy muy crítica de mi trabajo, y eso me frena en el momento de crear, pues me considero inferior o incapaz de escribir algo de valor. Sin embargo, sé que mi amor por la lectura y por ciertos autores me ha lanzado a compararme, y que tengo estándares altos que pretendo alcanzar. Pero me engaño pensando que los grandes escritores empezaron siendo grandes desde el principio, obviamente se requiere mucho trabajo y mucha práctica. Y es por eso que aún no pierdo esperanza, que quizás algún día lo que escriba sobrepase mis expectativas.


Lo que no decimos (Primer Premio) fue publicado de la página 90 a página93 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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