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Lo último que se olvida (Primer Premio)

Abraham Arce, Felipe Esteban

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Tenía la mirada perdida, se había transformando en la peor de sus pesadillas, la imagen de una vejez terrible, la cual ella jamás había representado. Nunca fue el silencio o la melancolía derretida en el tiempo. Era tarde y apenas entraba luz en su habitación, cuando abrí un poco más la puerta, me encontré con una viejita inmóvil, sin expresión en su rostro y sentada sobre una malgastada silla frente a la ventana.

Usualmente le preguntaba si quería ver algo de televisión o por qué se encontraba tan a oscuras, y acto seguido yo prendía la luz porque ya sabía y obviaba sus respuestas, ella no quería molestar, ni tampoco gastar de más. Esta vez no lo hice y me quedé quieto, quizás porque jamás notó mi presencia mientras la observaba o porque además no sabía realmente si ella era mi abuela o era sólo una imagen borrosa que distorsionaba todos mis recuerdos. De niño era sensible, tímido e inquieto, pero observador, por ello muchas veces no necesitaba más que unos minutos para percibir la energía de algunas personas, le hacía caso a eso que llamamos intuición y aunque nunca servía para mucho, el tiempo me daba la razón.

De mi abuela Ana, no hay más que recuerdos de amor mutuo. Todos amamos de maneras diferentes y lo demostramos de la mejor forma que conocemos, por eso nunca sentí la necesidad de tener la misma relación con los abuelos por parte de mi padre por ejemplo; de ellos recibí mucho cariño, pero no un consejo que me calmara cuando me equivocaba o unas palabras de aliento para alcanzar lo que quería, me sentía cómodo con ella al compartir un helado o reírnos de la vida.

Tuve que dejarla ahí en silencio, me dolía verla de esa manera, no se estaba muriendo, pero tenía Alzheimer, algo parecido, por lo que probablemente cualquier cosa que ella estuviera pensando lo olvidaría sólo unas horas después, eso no lo hacía menos importante, sin embargo no dejaba de ser real. Me alejé imaginado el porqué de su silencio, la frustración e impotencia que seguramente tendría por no poder salir una vez más de la casa de mi madre donde ahora vivía.

Cuando comenzó a escaparse no era mayor problema, mi abuela sentía que aún era la mujer ocupada y con responsabilidades que alguna vez fue, por lo que algún trámite tenía que hacer y debía salir al centro. Se irritaba cuando intentábamos hacerla entender que era peligroso que saliera o que no tenía sentido, porque ella no tenía nada que resolver. Las explicaciones las tomaba como un insulto a su inteligencia, jamás se sintió incapaz de hacer algo, salvo subir escaleras mecánicas, cosa que siempre le generó un temor difícil de comprender; por lo demás era como si la miráramos en menos, y su obstinación que no nació precisamente con la enfermedad, terminaba ganando cuando después de repetirle en todos los tonos más de 20 veces lo mismo todo el día, lograba que dejáramos que abriera la puerta, teniendo la esperanza de que regresara. Mientras el sol parecía pisar el firmamento, mi abuela caminaba lentamente como siempre lo hizo, con todo en contra, nadie impediría que pronto la conocieran en los bancos como la viejita loca que día tras día llegaba sin saber a lo que iba, o en la plaza, lugar donde según lo que contaba se quedaba conversando con amigos, gente que en realidad ni ella ni nadie conocía. Un día, al regresar a la casa, agotada como siempre, nos dimos cuenta de que el dinero que llevaba en su cartera lo había perdido con sus amigos en la plaza.

Hace tres años mis padres se mudaron de casa y un tiempo antes mi abuela se fue a vivir con ellos, ya que se tuvo que vender el departamento en Santiago. Una noche la policía tocó la puerta, venían acompañados de mi abuela. Ella entró en silencio como si no hubiera ocurrido nada y ellos le contaron a mi madre que la habían encontrado gracias a un llamado de una antigua vecina, mi abuela había salido temprano y nadie se imaginaba cómo había llegado a la antigua casa que estaba a más de 40 cuadras de distancia.

Y así cada vez que intentaba salir, aquello se convertía en otra historia más, en discusiones sin sentido o en mi madre saliendo a buscarla en auto por la ciudad cuando se perdía, y si a veces lograba entender, entonces subía a su pieza sólo, para una hora después, en el mejor de los casos, bajar las escaleras y avisar que tenía que salir sí o sí. Pronto tuvimos que pensar en otras medidas, ya que a veces ni siquiera avisaba, por lo que junto a mi hermana y mi madre fuimos a comprar un reemplazo a la cerradura de la puerta, para que nuestra prisionera no pudiera escapar. Luego del reemplazo ya no podía abrir la puerta, pero ella tenía sus momentos de lucidez y no nos creía cuando le decíamos que la llave de la casa se había perdido. Con el tiempo los intentos desesperados por salir fueron en aumento, era capaz de quedarse sentada al lado de la puerta por horas, llenaba su cartera con ropa y pocas cosas más, parecía que fuera a explotar. A veces esperaba a que la viniera a buscar su hijo Pablo, el cual vivía en Santiago, a 400 kilómetros de nuestra casa, pero la relación de las distancias y el tiempo eran conceptos que ya había olvidado y todo le parecía estar ubicado a la vuelta de la esquina o cruzando un puente que no existía. Mi madre, como muchas mujeres esforzadas, vivía pendiente de mil cosas a la vez, entre su trabajo de decoración, los clientes que atendía en casa, mi hermano con diez años o el almuerzo de todos los días, la vida se hacía cada vez mas difícil, pero jamás hizo las cosas de mala gana, no podía más que admirar ese aspecto de ella y pensar que alguna vez había recibido lo mismo de parte de su madre de una manera tan parecida. Esa fuerza de voluntad era algo que al Alzheimer le costaba enterrar en el tiempo, así que un día que mi abuela no quiso almorzar, de repente desapareció. La odisea que siguió después nadie la hubiera imaginado.

Mi madre encendió el motor de la camioneta, la preocupación iba aumentando y por segunda vez trataría de encontrar a mi abuela antes que la noche cubriera las calles. Lentamente cruzaba los lugares en donde imaginaba que ella podría haber deambulado. Previamente le dijo a mi hermano de 10 años que la llamara si su abuela llegaba a la casa. También llamó a sus amigos que se ofrecieron a ayudarla, sin embargo la única llamada que no quería realizar era a la policía, prácticamente ya la conocían por esto y le daba rabia que pasara nuevamente.

Su enojo se hundió en la oscuridad, y resignada volvió a su casa. Estaba cansada, su cuerpo no dio para más que sentarse al lado de la puerta, se vio sin alternativas, quién sabe qué clase de culpa sentiría, porque todos aquellos que la vieron día tras día luchar contra estas situaciones entenderían que en algún momento algo así podría ocurrir, pero si esta vez la desaparición se transformaba en accidente, hay sentimientos que inevitablemente pueden surgir.

Una llamada interrumpió sus pensamientos y rápidamente contestó el teléfono, al otro lado un policía quería confirmar su nombre para luego explicarle que habían recibido una llamada desde Santiago de parte de un ex oficial quien les dijo que por casualidad se encontraba en la estación de buses y que cerca de él le pareció ver una anciana algo mareada o perdida. Minutos después se quitó las dudas y se acercó a ella. La anciana no supo responder hacía dónde se dirigía, pero gracias a un papel que se encontraba en su cartera supo su nombre y dirección. Siempre es así, todo comienza con la pérdida de algún objeto, un simple olvido de lo que comiste ayer o lo que ocurrió el otro día, por dentro algo extraño pisa el freno de a poco, tan suave como permanente, por fuera se sigue respondiendo a las llamadas, ordenando la vida o llegando a la hora pautada.

Mi abuela no era sólo su enfermedad, nunca fue sólo su locura, pertenecía a una generación que se labró todo, después de guerras o entre dictaduras, mientras ser mujer traía aún más desventajas, creció entre diez hermanos, pero vivió rodeada de monjas y niñas en su colegio, donde quiso hacer las cosas bien o mejor, destacarse. Luego de casarse y de vivir bien llegaron tiempos difíciles, pero enfrentaba las cosas de la misma manera, no se quedaba tranquila si a alguien le faltaba algo, pero para ser el pilar de su familia, tuvo que reinventarse cientos de veces y salir caminando como si lo tuviera todo, aunque no tuviera nada. Quizás por construir tamaña muralla de fortaleza, un día se desmoronó cuando su querido hijo mayor muere siendo tan joven. Y así, como escapó con su memoria perdida, viajando en un bus cuatro horas para Santiago, en aquel momento dejó todo y se fue hacia el sur acompañada sólo del recuerdo de su amado hijo. Posteriormente la familia se separó por distintas partes del país, pues además sus hijos ya terminaban sus estudios. Con los años me di cuenta de que hay cosas que no se preguntan o se dan por sabidas, ya que si bien recordábamos a mi tío innumerables veces, nadie nunca preguntó qué pasó con mi abuela, qué sintió ella o cómo lo llevaba ahora. Creo que por más obvias que sean las cosas, si no llegan a plasmarse en sonidos, imágenes o palabras, éstas siguen deambulando eternamente.

No mucho más tarde perdió a su pareja de 65 años a causa de un cáncer al pulmón, y con el tiempo comenzó a vivir entre su departamento en Santiago o en nuestra casa para estar con sus nietos. Supongo que después al perder su departamento, cuando aún era consciente de todo, y luego sentir que le quitaban la independencia por la que tanto había luchado en la vida, hizo que al aumentar su enfermedad comenzara a vivir en un bucle continuo, donde cada día debía regresar a su casa, pues según sus palabras tenía que preparar la comida para la gente que la esperaba allí o simplemente porque no quería molestar. Al verano siguiente mi abuela se encontraba en un control médico de rutina junto a mi madre. El neurólogo y ella hablaban sobre mi abuela como si ésta no estuviera presente y evidentemente al primer diálogo dirigido hacia ella daba cuenta de que eso era bastante cierto ¿Cuál es su nombre? ¿En qué país vive? ¿En qué ciudad se encuentra? ¿Quién es el actual presidente? La última pregunta no lograba contestarla, así que por su vanidad y como nunca le gustó quedar como tonta, miraba de reojo a mi madre para que de alguna manera le ayudara, pero fue imposible. El neurólogo hizo una larga pausa mientras buscaba una hoja y algo para escribir, y entonces le pidió a mi abuela que dibujara un reloj, como quisiera y sin prisas, pero que fuera un reloj. No sin antes excusarse por sus malas dotes para el dibujo, mi abuela comenzó con las primeras líneas y más tarde los números. En silencio observaban sus trazos y para cuando terminó, mi madre tenía una expresión en la cara de no creerlo. El hombre le dijo que no se preocupara, además no era la primera vez que recibía un dibujo así y que incluso tenía varios guardados por allí. Todos esos dibujos no eran más que un frustrado intento, donde el tiempo daba vueltas hacia donde quisiera, saltando entre las horas, burlándose del orden y despidiéndose de la lógica. Tal vez a Dalí le hubiera encantado, de cierta manera ella había creado un perfecto autorretrato y que luego del asombro, yo lo celebré como un gran acto creativo. Al fin de cuentas la esperanza quedó muda hace tiempo y no quedaba más que aceptar la desgracia, aunque nadie dijo que no pudieras reírte de ésta. La vida es un día y una noche, el tiempo pasa mientras piensas en cómo quieres que se acabe y para cuando llega la tarde y el sol ofrece sus últimos rayos, tal vez sientas que ese calor se merece una piel más joven, que mejor será esperar a la noche, cuando todos estén allí y apenas puedan verse, nadie juzgará pues todos estarán de acuerdo en que ya era demasiado tarde.

Hay algo en la locura de mi abuela, una rebeldía infantil que corre tan deprisa que la realidad no la alcanza. Mientras la enfermedad continúa, ella se detuvo en un tiempo, donde aún todo es posible, sus ganas por seguir trabajando, su necesidad por ser alguien útil no se han borrado. Comenzó a vestirse, maquillarse, ordenar o hacer su cama de maneras impensables. Todo de manera incorrecta, pero ella sin fijarse, sólo continuaba. Aquel mismo verano mientras bajaba las escaleras escuchaba las risas de mi abuela y sus tres hijos. Era una tarde tranquila y me acercaba a la cocina, pero dejé a un lado lo que venía a hacer y puse atención a lo que ocurría unos pasos más allá. Con alegría mi abuela por fin compartía un momento como antes, y dejaba sus intentos por salir o quedarse todo el día en su habitación sin decir una palabra. ¿Quién es él? ¿Cómo se llama? Entre risas le preguntaban distintas cosas, por si en esos minutos de conexión acertaba o respondía sorpresivamente con algo, para no parar de la risa. Me acerqué contagiado por ese momento y cuando mi madre me vio, le preguntó a mi abuela quién era yo. Ella al dar vuelta su rostro para mirarme unos segundos terminó contestando con decepción que no sabía quién era esa persona. Yo con la mitad de una sonrisa me quedé en silencio, mientras con pasión la impulsaban para que lo intentara nuevamente, a ver si en un esfuerzo por recobrar la memoria, mi nombre se asomaba en su boca. Afirmándose en el asiento, miró hacia atrás e hizo un nuevo intento. Durante el momento que entrecerraba sus ojos vi a la pequeña niña que era mi abuela y sin dejar de mirarme ella respondió: – No se quién es, pero siento que lo quiero mucho.

La sonrisa que me faltaba, nuevamente ella me la daba y aquello era suficiente. Tal vez todo se olvida, los errores y los aciertos, incluso los momentos desagradables de la vida que tanto nos gusta recordar a veces. Por lo que tratar de aferrarse a una certeza, en último caso no tendría mucho sentido. Si todo se olvida, al menos yo creo saber qué es lo último, o quiero imaginarlo, aunque sea incorrecto.

Conclusiones personales

Cualquiera que lo vea desde afuera encontrará mil errores cometidos y tendrá razón en su mayoría, pero también juzgará precipitadamente sin pensar que nadie te prepara para esto, que tratas de aprender todos los días, que te confundes entre la persona que alguna vez comprendía lo que decías, y la que ahora cada vez debes exigirle, explicarle o corregirle menos. Te frustras porque no quieres dar por perdido todo, aunque el juego prácticamente ya ha terminado. Por ello es importante mantener el humor, a veces resulta ser la única vía de escape.


Lo último que se olvida (Primer Premio) fue publicado de la página 98 a página100 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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