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Una infancia particular (Primer Premio)

Ronchietto Meilan, Camila

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 70, Octubre 2015, Buenos Aires, Argentina | 118 páginas

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Introducción

Viajar es uno de los grandes placeres de la vida, un escape de lo cotidiano. Cuando huimos de lo que siempre vemos, de las personas que visitamos con frecuencia, de las comidas que solemos ingerir y de la cultura en la que uno está. Viajar es: “Trasladarse de un lugar a otro, generalmente distante, por cualquier medio de locomoción”. De niño generalmente viajamos con nuestros padres, recorremos países, ciudades y pueblos. Hacemos lo que no acostumbramos, pero luego volvemos a casa y seguimos con lo cotidiano. Muchos padres deben viajar por trabajo y son los niños los que acompañan, se mudan a otros países, descubren nuevas culturas, otras personas, y hacen una nueva vida junto a sus padres. La ventaja que tienen estos niños es poder disfrutar las mudanzas como viajes. Así fueron las aventuras de Andrés, un niño al que le tocó vivir estos viajes, junto a sus padres que, por estudio, trabajo y diversas razones tuvieron que mudarse a varios países. Aquel niño se la pasaba jugando y descubriendo cosas nuevas mientras sus padres realizaban sus actividades. Sus padres dejaron su país natal por razones políticas, que los llevó a mudarse a Honduras, Centroamérica. No sólo para aquel niño sino que también para esos padres fue un cambio drástico. Fue difícil adaptarse a las nuevas culturas, pero Andrés junto a sus padres y hermanos pudo llevar una infancia normal y feliz. Andrés fue un niño que participó desde su nacimiento en cada etapa de la vida de sus padres. Desde la primera mudanza, acompañó los viajes internos en familia donde conoció nuevos lugares, asistió a distintas escuelas y realizó todas las travesuras infantiles junto a su hermano Mauricio.

Desarrollo

Nace en Las Condes

Roberto y Carlota se habían conocido en la provincia de San Juan, Argentina, donde se casaron y realizaron sus estudios universitarios. En el año 1970 decidieron viajar a Chile porque Roberto había obtenido una beca por la OEA (Organización de Estados Americanos) para hacer una maestría en economía. También era una oportunidad de formarse en una universidad que tenía un alto nivel académico, como eran las de Chile en ese momento. Ella a través de una admisión internacional ingresó en la Escuela de Historia de la Universidad Católica para hacer el Bachellor y la Licenciatura en Historia, mientras Roberto realizaba su maestría en la Escuela de Economía. Al terminar sus estudios Roberto consiguió un trabajo como economista en una organización de capacitación e investigación sobre temas agrícolas. El matrimonio tuvo a su primer hijo ya radicados en el país trasandino. Andrés nació en Vitacura, Santiago de Chile, en mayo de 1971. Roberto y Carlota se encontraban fascinados e instalados en aquel país donde todo parecía funcionar de maravilla. La vida en Santiago era muy tranquila. Una ciudad rodeada de montañas que decoraban el paisaje y vecinos carismáticos que la ayudaban a Carlota con el bebé para que pudiera realizar sus estudios con dedicación. Andrés crecía feliz junto a sus padres acompañándolos en esta nueva etapa que estaban viviendo. Si el niño no andaba de brazo en brazo de las vecinas que tanto lo querían, se encontraba en la Escuela de Historia junto a su madre. Allí había una guardería para los hijos de profesores que trabajaban en ese campus. Carlota había conseguido un trabajo como profesora y no podía no estar acompañada en aquellas clases por su hijo. Las alumnas estaban fascinadas con aquel bebé, rubio, con ojos más verdes que la lima y una paz y tranquilidad pocas veces vista en un niño tan pequeño. Todo parecía estar de maravilla, ambos padres con trabajos que disfrutaban y con una vida que deseaban. Las familias de Carlota y Roberto les advirtieron que un golpe de estado se estaba por desatar en Chile y que era preferible que volvieran a San Juan. La familia recién formada y con Andrés, tan sólo dos años de edad, decidió volver a San Juan a fines de agosto de 1973. El 11 de septiembre fue el día en que las Fuerzas Armadas dirigidas por sus más altas autoridades protagonizaron un golpe militar, mayoritariamente recordado como el quiebre democrático en Chile. Luego del bombardeo a La Moneda y la declaración del estado de sitio se constituyó una Junta Militar de gobierno integrada por Augusto Pinochet, José Toribio Merino, Gustavo Leigh y César Mendoza.

De regreso a San Juan

Los siguientes años en San Juan fueron los más felices para todos. Carlota y Roberto estaban acompañados por sus familiares y amigos. Aquel niño se encontraba rodeado por seres queridos. También fue importante la llegada de su hermano Mauricio en diciembre de ese año, que sería su gran acompañante años más tarde. Andrés asistió primero al jardín de infantes de la Alianza Francesa y luego hizo primer y segundo grado en una reconocida escuela de la provincia que se encontraba a la vuelta de la casa donde vivían en el llamado Barrio del Bono. El niño encantado iba a las clases con su guardapolvo blanco y su mochila color azul y era muy querido por sus compañeros y maestras. Por las tardes Carlota lo esperaba afuera junto a Mauricio, y llevaba a ambos niños a tomar un helado en la famosa Heladería Soppelsa. Andrés, con un paladar extraño para los sabores pedía el helado de canela, que era su favorito. Si Andrés no se encontraba en la heladería o en el jardín seguramente estaba jugando con sus primos, ya que su hermano todavía era muy pequeño como para jugar con él. A él le encantaba jugar al zorro (personaje creado en 1919 por Johnston McCulley. Es considerado uno de los primeros héroes de ficción de la cultura moderna), ya que tenía la capa, el antifaz, y se había conseguido un palo de madera que lo utilizaba como espada. Un día estaba corriendo con la espada en la mano y al tropezar, la espada se clavó directamente en su frente donde le tuvieron que coser cinco puntos. En la actualidad tiene una cicatriz en medio de la frente debido a esta pasión. A aquel niño le encantaba ir de visita a la casa de su abuela Mamina, ya que su casa estaba repleta de habitaciones para explorar, una oficina en el fondo de la casa y un taller industrial donde siempre había algo interesante para ser encontrado. Una tarde, Andrés y Mauricio fueron a investigar al fondo y resulta que se metieron al taller donde se encontraron con un par de tablas de madera y unas ruedas. No tuvieron mejor idea que construir un karting. Se pusieron a cortar las maderas con un serrucho y las iban colocando de forma horizontal y con clavos las iban uniendo. Atornillaron las ruedas a la madera y le instalaron un manubrio que direccionaba las ruedas delanteras. Andrés se sentaba arriba de las maderas y Mauricio lo empujaba, y así se iban turnando. De esta forma recorrían la cuadra entera con tal de no aburrirse. La imaginación de Andrés para estas cosas siempre fue algo que sobresalió en él. En el año 1976 se produjo el golpe de estado y la instalación del gobierno militar. Se desató en Argentina una persecución política para aquellos que no estaban de acuerdo con el nuevo gobierno. Esto provocó la intervención de los sindicatos y de las universidades, la fuerte censura de los medios de comunicación y la prohibición de toda la actividad política. Por más que los padres de Andrés se habían dedicado exclusivamente a su trabajo profesional y académico, y no habían asumido ningún compromiso con las organizaciones políticas de aquel tiempo, sufrieron la pérdida de sus trabajos. En esas circunstancias a Roberto le ofrecieron un cargo en la OEA (Organización de Estados Americanos) que no podía rechazar. Era un trabajo internacional y en un cargo muy bueno como coordinador de proyectos de desarrollo. Como esto beneficiaría a toda la familia, Roberto viajó de inmediato. Carlota tuvo que quedarse, ya que esperaba su tercer hijo, cuando su esposo decidió trasladarse a Honduras. Para Andrés, festejar su cumpleaños era algo fuera de serie, su cara lo decía todo. Su abuela paterna, Mamina, le preparaba las tortas más alucinantes que se podían ver en aquellos tiempos. Sabores mezclados, diversos colores y decoraciones realizadas por ella con mucho amor. Fue desde entonces que Andrés siempre tuvo fascinación por celebrar su cumpleaños.

Llegando al Trópico. La magia de San Pedro Sula

Roberto llegó a San Pedro Sula en mayo de 1978, una ciudad próxima al Caribe, situada al noroeste de Honduras. Una localidad típica del trópico, con una exuberante vegetación tropical, con helechos, orquídeas y plantaciones de bananos. En una zona residencial encontró la casa donde se mudarían y la escuela La Salle a la que Andrés y Mauricio asistirían. En Honduras no había cuatro estaciones, sino dos: la lluviosa y la seca. El paisaje del trópico era espectacular. La vegetación deslumbrante, con verdes intensos y árboles florecidos. En el jardín de la casa había un bananero y cada vez que maduraba se peleaban a ver quién se trepaba y agarraba primero una fruta. El Caribe era tibio, azul verdoso y lleno de palmeras que enmarcaban las calles. La gente tenía otro acento, usaban palabras distintas, sus vestimentas eran diferentes y hasta se expresaban de forma diversa. En el año de su llegada, Silvia, una chica hondureña que trabajaba en la casa se casó en Santa Rosa de Copán. Carlota y Roberto fueron los padrinos y Andrés y Mauricio participaron de la ceremonia llevando en un platito de plata las alianzas y las monedas. La comitiva fue caminando desde la iglesia a la casa de la novia que estaba tapizada de ramas de pino, donde se sirvieron comidas y bailaron danzas típicas del lugar. Andrés y su familia vivieron un momento mágico y distinto a toda su tradición cultural. Roberto por su trabajo viajaba todas las semanas a Santa Rosa de Copan, cerca de las ruinas mayas. Carlota se quedaba en la casa de San Pedro, con los niños y las chicas que la ayudaban. Pero pese a ser una persona muy serena le costó la adaptación en este nuevo país. Dejaba atrás a su familia y a seres queridos, se sentía sola y ajena al lugar, mientras que para sus hijos eran unas vacaciones interminables. Los domingos no había ayuda, por lo tanto Andrés colocaba un banquito al lado del lavatorio para ayudar a su madre a lavar los platos. En esa época hicieron viajes a las ruinas mayas de Copán y a la Antigua Guatemala donde Andrés adquirió conocimientos sobre la arqueología pre hispánica y la época colonial de Centroamérica. También a las playas de Tela y Omoa donde disfrutó del paisaje y las aguas tibias del Mar Caribe. Aparte del colegio, Andrés practicaba Karate, actividad que le encantaba y participó en torneos locales. En septiembre de 1979, hizo su primera comunión con sus compañeros de la clase, junto a sus abuelos que habían viajado de San Juan a visitarlos. Unos amigos uruguayos, por razones de trabajo, se trasladaron a Roma y les dejaron a Andrés y Mauricio a Bartola, una bellísima perra dálmata con manchas color café. Esa familia tenía un hijo de la edad de Andrés, otro de la edad de Mauricio y una hija que coincidía con Carlota (hermana menor). Jugaban los cuatro, ya que Carlota era todavía muy pequeña. Las típicas actividades que realizaban eran jugar a la mancha, a las escondidas, al zorro, a la búsqueda del tesoro y a la elaboración de cosas. Construían desde barcos hasta carretillas. Allí Mauricio al ser más grande lo ayudaba a Andrés a pensar ya que él era el de las ideas y su hermano el que las realizaba. Andrés ahora cuidaba personalmente a la perra, se encargaba de sacarla a pasear y de acompañarla al veterinario. A partir de ese momento Bartola pasó a formar parte de la familia y los acompañó en muchos de sus viajes. Para Andrés fue de gran ayuda su presencia, ya que sufría mucho la ausencia de su papá por razones de trabajo. El cuidado de Bartola lo mantenía distraído y ocupado. Andrés y Mauricio no dejaban ni un tiempo libre, siempre se la pasaban haciendo algo. Una noche estaba invitado a cenar un compañero de trabajo del padre, y Andrés y Mauricio creían que era la persona que se llevaba a su papá por trabajo fuera de su casa, por lo tanto decidieron intervenir en la comida que Carlota estaba preparando. Cuando terminó de cocinar, ambos niños se escabulleron en la cocina y decidieron sazonar la comida con una especia distinta. Cuando se sentaron a la mesa y comenzaron a saborear la sopa, se dieron cuenta de que había algo raro en los sabores. Carlota preocupada volvió a la cocina para ver qué era lo que había sucedido y al lado de las ollas vio un paquete de plástico con unas bolitas blancas dentro de ella. Resulta que los niños le habían puesto naftalina a la comida, rápidamente fueron al hospital a ver si era tóxico o si podría causar algún tipo de daño, por suerte la naftalina en cantidad mínima no afecta a la salud. La inocencia de Andrés de todos modos logró que su madre no lo retara.

Tegucigalpa: tiempos de nuevos colegios, nuevas casas, 

nuevos amigos, nuevos viajes

El traslado a Tegucigalpa, en enero de 1980 fue para Andrés y Mauricio una etapa llena de nuevas amistades, juegos y travesuras. Andrés comenzaba el cuarto grado y Mauricio el primer grado de la escuela primaria. Sus padres los llevaban y traían juntos del colegio. Andrés como hermano mayor sabía que debía cuidar a Mauricio, al que tomaba de la mano para cruzar las calles y ahorraba de los vueltos para comprarle caramelos. Las personas en Tegucigalpa eran muy afectivas y hacían sentir bienvenidos a todos. Andrés con nueve años era un niño que tenía muchos amigos a quienes les enseñaba a jugar al zorro. Andrés era el principal, por supuesto, y el resto los distintos personajes de la serie televisiva. En esos tres años, aparte del colegio, Andrés realizó numerosas actividades. Entusiasta de los deportes, formó parte del equipo de natación Los Delfines del Maya, donde participó de varias competencias. También practicaba baseball junto a sus compañeros, en un terreno baldío cerca del colegio. Si no jugaban allí, estaban pateando la pelota de fútbol en la calle, donde se divertían cuando los autos no pasaban. Si no se encontraban realizando actividades físicas o artísticas, seguro estaban en el supermercado ayudando a las personas a embolsar sus compras, ya que los clientes les daban monedas que más tarde usaban para las máquinas de juegos como el pinball, packman, o space war. Dadas sus condiciones para el trabajo artístico asistió a talleres de arte, que realizaban destacados artistas hondureños, donde aprendió a dibujar, pintar y a modelar arcilla. También concurrió a clases de flauta traversa, participando en algunos conciertos infantiles. El vecino de la casa de atrás era un violinista reconocido en Tegucigalpa, de una familia tradicional de aquella ciudad. Fue así como una tarde lluviosa tocó el timbre de la casa de Andrés, Carlota lo hizo pasar al jardín porque su papagayo se había extraviado y posado en uno de los árboles del fondo de la casa. Andrés al ver la situación corrió rápido para ver cómo podía ayudar. Con su agilidad física se trepó, con una rama logró que el loro se agarrara del palo para así bajar del árbol con el ave. Aquel niño siempre estaba atento para ayudar al resto. Durante este tiempo, Andrés esperaba con ansias su cumpleaños. Que su mamá preparaba con gran entusiasmo. Ese día todos sus compañeros y amigos lo acompañaban en su casa, donde pasaban la tarde jugando, haciendo competencias y comiendo cosas deliciosas. Carlota preparaba unas tortas grandes, ricas y decoradas con motivos infantiles de la época. Lo más esperado era la piñata, que en aquellos países representaban personajes o animalitos queridos por los niños, hechos en cartón y decorados con papeles de colores. La mayor emoción se producía cuando con los ojos vendados golpeaban la piñata con un palo de baseball y volaban las golosinas que eran recogidas velozmente por los niños. En el patio de la escuela donde jugaban en los recreos, había un árbol al que le colgaban unas frutas muy extrañas. Motivado por la curiosidad, en un recreo fue directo hacia aquella planta y decidió agarrar uno de estos frutos que tanto le llamaban la atención. Esta fruta era en forma de gota estira da, con una textura casi plástica de color rojo muy intenso. Agarró varias y notó que no tenían nada fuera de lo común hasta que le picaron los ojos y se rascó con las manos que habían tocado ese fruto. Rápidamente los ojos comenzaron a picar a más no poder e hincharse. Andrés había agarrado un peperoncino y se lo había refregado por toda la cara. Los profesores lo buscaban por todos lados y no lo podían encontrar, Andrés estaba en el baño casi empapado de toda el agua que se había tirado por la cara y especialmente los ojos. ¡Tuvo picazón por toda una semana! A fines de 1981, con la familia y acompañados por el abuelo materno, hicieron en auto un viaje a Nicaragua y Costa Rica. A lo largo del camino que cruza montañas y bosques, llegaron al lago y ciudad de Managua, que les encantó por su belleza. Allí se quedaron en un hotel internacional donde festejaron el cumpleaños de Mauricio, pidieron una langosta que tenía más de medio metro de largo, que Andrés devoró por que siempre tuvo una fascinación por los pescados y mariscos. Luego viajaron hacia el sur, por una ruta que va a orillas del lago de Nicaragua, donde se puede visualizar por momentos al Océano Pacífico. Luego llegaron a San José de Costa Rica, donde visitaron los principales lugares históricos y los volcanes en actividad. Una vez que volvieron a Tegucigalpa, Andrés que estaba enloquecido con su perra Bartola, la inscribía en todos los concursos locales e internacionales que se realizaban allí. Todos los años consecutivos ambos obtenían premios, Andrés ganaba como mejor dueño, y ella como mejor perro acompañante. En una oportunidad fueron invitados con Mauricio por la hija del embajador de Brasil a almorzar con Bartola, para que ella jugara con un dálmata que allí vivía. Con un bello ramo de flores partieron los tres a aquel evento tan importante.

De regreso al Sur. Visita a México y la Florida

A fines de 1982, Roberto fue trasladado por la OEA a Paraguay para desempeñar las funciones de coordinador de proyectos de desarrollo. Fueron tiempos de partida. Andrés terminó la escuela primaria en Tegucigalpa. Sus compañeros y maestros lo despidieron con mucho cariño. Igualmente sus amigos de distintos países. Se levantó la casa y se hizo el traslado. Roberto organizó un viaje antes de que regresaran a Argentina. Para que la familia conociera México y los niños Disney World, pasaron primero por la ciudad de México y luego por Miami. Fueron recibidos con mucho afecto por los amigos que vivían allá, con quieres pasaron la Navidad. Alojados en la zona rosa, visitaron lugares históricos como la Plaza de Coyoacán, el museo etnográfico, el Zócalo, las pirámides del sol y la luna. Andrés subió las escalinatas. También hicieron un viaje a Taxco y a las localidades vecinas. Como era diciembre, y mucha gente había salido de vacaciones, el smog se había reducido porque había menos autos y se podían ver las montañas que rodean la ciudad. De ciudad de México volaron a Miami. El sueño de los niños era llegar a Disney. Iban con ocho valijas, cuatro bolsos, el cochecito de Robertito, el hermano menor. Allá los esperaban Mickey y Minnie, Pluto y el Pato Donald. Frente al castillo contemplaron el baile de las princesas y el show de navidad. Se sacaron fotos con todos sus personajes amados. Luego, alojados en un hotel de Miami, visitaron la ciudad, las playas e hicieron compras navideñas.

Viajaban a Buenos Aires un domingo a la noche. En la mañana llegó Bartola en una jaula, que había sido enviada por avión desde Tegucigalpa por unos buenos amigos. La familia fue a buscarla al aeropuerto en una camioneta. Carlota estaba preocupada de que la retuvieran a Bartola ya que no se permitían entrar animales al país. Ella debió explicar que se encontraban en tránsito por sólo 12 horas. Aceptada la explicación, se abrió una puerta y apareció Bartola en la jaula, deprimida y triste, no sabiendo dónde estaba. De pronto Robertito gritó “Tola” y Andrés, Mauricio y Carlotita corrieron hacia ella. La perra se levantó feliz, agitando su cola y casi sonriendo ¡Había recuperado su familia! Llevada al hotel, tuvo que permanecer en el patio o en el jardín de la planta baja, donde Andrés y Mauricio se turnaban para cuidarla y le llevaban hamburguesas de Mc Donalds. La visita a Disney fue como el cierre de la infancia de Andrés. Su despedida de ese tiempo en el hemisferio norte. Volaría de regreso a Argentina, pasando por Buenos Aires, llegaría a San Juan, donde estaba la familia grande y el reencuentro con abuelos, tíos, primos y amiguitos. Regresaba con sus padres, hermanos y su querida Bartola. Allí pasaron dos meses, mientras su padre asumía sus funciones en Paraguay, y preparaba todo para que se mudaran nuevamente. A fines de febrero de 1983, llegaron a Asunción, a una casa muy linda, a un barrio muy elegante, y comenzó una nueva fase, en el Colegio San José, donde fue muy bien recibido, pasó años muy felices, transitó la primera etapa de su adolescencia e hizo excelentes amigos que conserva hasta la actualidad.

Conclusión

Durante el proceso de escribir la historia, establecer los puntos a desarrollar me ayudó a organizarme antes de comenzar a relatar. La distracción causó que en algunos casos reiterara palabras en vez de buscar sinónimos y que no profundizara tanto los temas. De todos modos la revisión continua contribuyó a perfeccionar la escritura y tener un mayor desarrollo. Al realizar éste trabajo me encontré con la dificultad de que mi papá que había acordado colaborar para reconstruir su infancia, no pudo hacerlo porque para él por más diversión que tuvo, no fue una etapa feliz de su vida ya que con tantas mudanzas no pudo afianzar amistades y la falta de la presencia de su padre por razones de trabajo le causó mucho dolor. Por lo tanto Carlota, mi abuela, me asistió en la parte contextual con información sobre los lugares en donde vivieron, cómo era la vida y la cultura en los distintos países y ciudades donde estuvieron, y los principales hechos que sucedieron en la historia de la familia. Por otro lado las anécdotas fueron más difíciles de indagar del lado de mi papá, así que mi hermana me ayudó a preguntarle y pedirle que nos contara las travesuras que cometía con su hermano y sus amigos de aquellos lugares, y de esta manera pude ir conociendo y reconstruyendo su infancia. Me gustó haber escrito sobre mi papá ya que aprendí muchas cosas que no sabía. De chica escuchaba las anécdotas en la casa de mis abuelos y esta vez sentí que me pude comunicar con mi papá y unirme más a Carlota, mi abuela, a la que le encantó haberme transmitido parte de su vida.


Una infancia particular (Primer Premio) fue publicado de la página 104 a página107 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº70

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