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Cine argentino contemporáneo y representación: recursos para pensar problemas sociales en el aula

Ruiz, Laura [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXVII

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXVII

ISSN: 1668-1673

XXIV Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación

Año XVII, Vol. 27, Febrero 2016, Buenos Aires, Argentina | 192 páginas

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Resumen:

En este artículo se busca identificar las representaciones, subjetividades y retóricas sobresalientes dentro de un conjunto acotado de películas de producción argentina reciente. Además, se pretende enriquecer el repertorio de discursos audiovisuales en torno a problemáticas sociales, con miras a la formación de un corpus de trabajo destinado a la enseñanza media, y a pensar propuestas orientadas hacia las necesidades de la realidad áulica y escolar.

Palabras clave: representaciones sociales – cine argentino – problemática social.

Introducción Conocido y aceptado es el postulado de que las representaciones constituyen parte de la dimensión imaginaria de lo social e intervienen en la producción de subjetividades.

Desde esta perspectiva teórica y, a partir de la consideración de la fuerte presencia de los discursos audiovisuales en la vida de los jóvenes y en la circulación de modos de pensar y decir, este artículo versa sobre las respuestas que ofrecen las representaciones sociales del adolescente y del joven y la formación de subjetividades.

El uso del cine como recurso pedagógico en el aula permite pensar aspectos de la cultura y el lenguaje, el humor, la gestualidad, expresiones en distintos estratos sociales, actitudes, es decir, tópicos variados.

La formación de modelos identitarios En 1926, Valentin Voloshinov propuso que el lenguaje es la materialización de la conciencia. El lenguaje en uso forma representaciones del mundo y permite que esas representaciones se transmitan e intercambien en una comunidad y un momento histórico concretos. Así, las representaciones socialmente compartidas garantizan cierto sentido de comunidad, a su vez, constituyen parte de la dimensión imaginaria de lo social e intervienen en la producción de subjetividades.

El concepto de “representación” tiene una extensa historia de significaciones en el campo de la filosofía y de la estética. Incluso, para algunos, el término aún no ha ofrecido respuestas suficientes a distintas posiciones respecto del arte.

Para José Antonio Castorina (2003), el concepto “representaciones sociales”, a pesar de los problemas aún pendientes de resolución, expresa una perspectiva superadora de las particiones elementales en la base de las ciencias sociales y de la psicología contemporánea, con relación a escisiones clásicas entre individuo y sociedad, naturaleza y cultura, conocimiento por producción individual o por imposición social.

Por su parte, Alejandro Raiter (2001) señala que puede llamarse representación social a “las imágenes que construyen los medios de difusión sobre los temas que conforman la agenda pública”. Para este autor, conviene indagar cuál es la imagen construida por textos mediáticos y cuál es la agenda pública, definida como el o los temas que ocupa/n el interés en un determinado momento.

Al respecto, especifica algunos puntos: “representación” se refiere a la imagen que un individuo tiene de cosa, evento, acción y proceso; en tanto es conservada y no reemplazada por otra, constituye una creencia —o elemento— que servirá de base para futuras representaciones.

En esta teoría sociolingüística sobre representaciones, Raiter pone el acento en que los individuos modifican el sistema de creencias y van construyendo otra imagen diferente de la imagen del mundo que crearon pero cohesiva con la anterior. Estas imágenes se transmiten de unos a otros por medio de la comunicación.

Los contenidos de las representaciones no son neutros, afirma Raiter, están ideológicamente determinados y, es a partir de representaciones construidas, que el ser humano planifica su vida. El desafío es pensar la diferencia entre esa representación del mundo (organizada y formada por el lenguaje) y la construida por imágenes.

La diferencia es que el individuo “completa” de alguna manera, el mundo que perciben (Raiter, 2003, p. 100).

El caso de la filmografía es especial porque funciona como difusora y creadora de imagen, sumado a esto, las representaciones sociales son imágenes que los medios de difusión arman sobre temas que están o bien en la agenda pública o que pertenecen al clima de época (Raiter 2003,100). Las representaciones trascienden el reflejo del mundo con el lenguaje: pueden ser algo diferente, pueden fragmentarlo o agregarle elementos. También, a través del lenguaje se establecen relaciones entre las representaciones de los individuos que, como consecuencia de los mecanismos comunicativos pueden devenir en sociales. Las representaciones socialmente compartidas son las que garantizan cierta cohesión social. Sin ellas, no existiría lo que llamamos comunidad aunque por medio de ellas también es posible probar sus límites (Raiter, 2001, 11). Este enfoque permitiría explicar el modo en que, a partir del mismo estímulo dos personas forman y transmiten representaciones diferentes. Pero, al mismo tiempo, la demostración empírica indicaría que, al menos dentro de una comunidad lingüística, las representaciones tienen algo en común como para ser lo suficientemente compartidas y permitir la comunicación.

Al hablar de representaciones sociales, Alejandro Raiter (2001) señala que las personas construyen imágenes a partir de estímulos y de los mecanismos cognitivos que son representaciones del mundo, éstas constituyen las creencias de esos sujetos sobre el mundo (p. 11), que lo serán mientras tales representaciones sean conservadas y no reemplazadas por otras. Estas representaciones individuales devienen en sociales mediante la comunicación entre los miembros de una comunidad (p. 13).

Como se dijo, los contenidos de las representaciones no son neutros y el ser humano planifica su vida a partir de representaciones construidas en un mundo, a su vez, construido por él (Raiter, 2001, p. 17) que le darán identidad.

En este sentido, Raiter explica que:

Todas las acciones humanas y los hechos del mundo en sí tienen significado, representado, construido, dentro de esta imagen del mundo de la vida que es normalmente compartida por la comunidad; toda producción humana es simbólica, no solo las emisiones lingüísticas: no solo se reúnen los seres humanos uno junto al otro frente al fuego porque tienen frío después de un día de caza y recolección, sino porque no quieren sentirlo, por eso comprenderán el fuego y no temerán (2003, p. 99).

(Re) Pensar los imaginarios sociales En su clásico texto Los imaginarios sociales, Bronislaw Baczko (1991), caracterizó las representaciones colectivas como ideas-imágenes totalizadoras que las sociedades generan para representarse, para concebir la identidad individual y proyectarse. Estas ideas permiten a los ciudadanos identificarse, elaborar modelos organizadores y legitimar poder.

Para Baczko, la categoría de representaciones colectivas es lo que se denomina “imaginarios sociales”, definidos como emblemas de autorepresentación, de visualización de la propia identidad y de proyección que las sociedades crean como representaciones integrales propias.

Éstas habilitan la identificación, la legitimación de poder y la elaboración de modelos formadores para los ciudadanos.

Dice Baczko que esas representaciones —no reflejos— elaboradas a partir del caudal simbólico del pasado, impactan de manera variable sobre mentalidades y conductas sociales (1991). Baczko caracterizó las representaciones colectivas como ideas-imágenes totalizadoras que las sociedades generan y, a través de las cuales se representan, conciben modelos identitarios para los ciudadanos desde los que conciben la identidad individual y se proyectan.

Los imaginarios sociales se sostienen en el plano simbólico.

El símbolo, a su vez, se construye de modo fijo y estructurado y su función es determinar la identidad colectiva, con lo cual delimita las relaciones con los demás, define imágenes de amigos y enemigos, de rivales y aliados, como así también conserva la memoria (y la modela) y visualiza esperanzas y temores hacia el futuro.

De esta manera, el imaginario social es una de las fuerzas reguladoras de la vida colectiva, pero no indica solamente la pertenencia de los individuos a una sociedad, sino que también determina los medios de las relaciones de ellos con la sociedad, con sus instituciones, con sus divisiones internas. Así, se puede decir que el imaginario social funciona como control de la vida colectiva y, en especial, del ejercicio del poder. Por lo tanto, es el lugar de los conflictos sociales y es una de las cuestiones que se juegan de esos conflictos (Baczko, p. 28).

El tiempo colectivo sobre el plano simbólico también está organizado y dominado por los imaginarios sociales, según Baczko. Esta es una de las funciones que cumplen y estructuran ilusiones y esperanzas en una sociedad imaginada como distinta en lo aparente. Sin embargo, en el caso de los acontecimientos que la memoria colectiva guarda en el recuerdo, estos recuerdos cuentan menos que las representaciones que ellos mismos generan (p. 9).

Con relación al término “imaginario social”, Baczko manifiesta que el adjetivo social designa dos aspectos de la actividad imaginante (p. 27). Por un lado, la producción de representaciones globales de la sociedad y de lo que se vincula con ella, por ejemplo, del “orden social”, de los actores de la comunidad y de sus relaciones recíprocas de las instituciones sociales —como la jerarquía, dominación, conflicto, etc.— y, en especial, de las instituciones políticas. Por otro lado, el mismo adjetivo designa la inserción de la actividad imaginante del individuo en un acto colectivo (p. 27). La palabra “imaginario” remite a otro orden de sentido, no como imagen de sí, sino como capacidad imaginante de figuras, formas, producción de significaciones colectivas.

Al discutir la eficacia de la propaganda política basada en símbolos, Baczko manifiesta que éstos solo son eficaces cuando se apoyan en una identidad de imaginación.

Si no es así, el lenguaje y lo imaginario tienden a desaparecer de la vida colectiva o a cumplir funciones puramente decorativas. Los imaginarios sociales tienen impacto variable en las mentalidades ya que dependen de la difusión y de los medios de que disponen. Es necesario dominar los medios, que son instrumentos de persuasión, de presión y de inculcación de valores y creencias para lograr la dominación simbólica. Los principios y los conceptos abstractos solo se transforman en ideas-fuerzas si tienen la capacidad de volverse núcleos alrededor de los que se organiza el imaginario colectivo.

Las esperanzas y los sueños sociales, con sus contradicciones y vaguedades, esperan cristalizarse y están en búsqueda de un lenguaje y de modos de expresión que los hagan comunicables (p. 40).

Las contribuciones de Cornelius Castoriadis (2007) permitieron pensar la institución de significaciones imaginarias relacionadas con componentes de lo social (Castoriadis, 2007), es decir, representaciones que —en el despliegue de lo histórico-social y en su dimensión de instituidas/instituyentes—son atravesadas por reglas que revelan la comprensión de lo dado y, a través de las cuales se discrimina el bien del mal, lo verdadero de lo falso, y otras dicotomías de índole social.