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La Ciudad de la furia: retrato postmoderno

Vecchioni, Leandro

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº71

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº71

ISSN: 1668-5229

Ensayos Contemporáneos. Edición XV Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2015 Ensayos sobre la Imagen. Edición XVII Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2015

Año XII, Vol. 71, Noviembre 2015, Buenos Aires, Argentina | 98 páginas

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Introducción
El siguiente trabajo busca reflexionar sobre los efectos de la postmodernidad sobre los ciudadanos de la Ciudad de Buenos
Aires en una época de profundos cambios.
El contexto en el que está inmerso este sujeto es el de una sociedad que viene atravesando una profunda crisis económico-
social e institucional desde hace ya varias décadas. Una sociedad postmoderna donde prima el individualismo, la falta
de proyectos y, como menciona Ana P. de Quiroga: “la ambigüedad o inexistencia de referentes que orienten el hacer y
el vivir”. (1990, p. 25)
En esta Argentina cortoplacista, en constante crisis y tensión social, la cotidianidad se ve atravesada por contradicciones de
orden político, económico, social y cultural que profundizan aún más la fragmentación, la vulnerabilidad y la frustración.
Por un lado, se busca la reivindicación de valores que ponderan una mejor calidad de vida, la salud y el medio ambiente,
pero por otro, se exalta una cultura de consumo desenfrenado, facilista y hedonista.
La observación de estas ambigüedades y contradicciones ayudarán a comprender mejor el objeto de análisis. Sujetos
mercantilizados que viven el hoy y ahora y que creen que todas las actividades que realizan les debe reportar un beneficio
inmediato palpable. Sujetos desinformados o, en el peor de los casos, totalmente naturalizados con los problemas que los rodean, que no tiene objetivos, que se movilizan por sus deseos, que viven en una contigüidad temporal y espacial que asombraría incluso al propio Marc Augé.
Para ahondar el tema planteado se partirá de un análisis del contexto en general y de los conceptos y definiciones básicos
de la sociedad postmoderna, para luego enfocarse en la particularidad del ciudadano porteño, sus características, su
devenir, su cotidianeidad en un aquí y ahora, las cuales configuran un plano lleno de contradicciones en una ciudad en
donde, como inspira la famosa canción de Gustavo Cerati, “nadie sabe de nadie y todos son parte de todos”.

Desarrollo
Para adentrarse en el hombre postmoderno se debe primero entender el concepto de postmodernidad, su origen y sus
consecuencias. Por eso parece oportuno introducir el mismo en palabras de Gladys Adamson, quien postula que “la postmodernidad es un fenómeno urbano, más propio de las metrópolis y surge allí donde se establece de manera estructural y estable una sociedad de consumo” (2007, p. 1). Dicho fenómeno se viene gestando hace décadas y es consecuencia del fracaso de los postulados capitalistas de la era moderna. Si bien algunos autores remiten sus comienzos a la década del 70, no es posible aventurarse a establecer una fecha exacta o época aproximada, ya que la situación geopolítica y social era muy diferente años atrás y la brecha entre países desarrollados y subdesarrollados como los de América Latina era notablemente mayor.
Poco sentido tiene entrar en discusiones académicas sobre si la crisis en la que está inmerso el sujeto bajo análisis responde a la postmodernidad, post-postmodernidad, a la sobremodernidad de Mark Augé o a las transmodernidad de Rodríguez Magda. Lo que sí es claro es que con el advenimiento de la globalización, el mass media, la internet, las nuevas tecnologías, los avances en comunicaciones móviles, las redes sociales y los fenómenos virales, todos los viejos paradigmas y fundamentos son puestos en tela de juicio. En resumen y trayendo a colación las palabras de Adamson: “la globalización introduce una nueva etapa que marca cambios profundos respecto de la postmodernidad”. (2007, p. 4)
En La era del vacío, Lipovetsky ya mencionaba algunas características de este hombre postmoderno y lo describía como
un hombre desconectado de lo social, indiferente y apático al mundo que lo rodea y ajeno a toda temporalidad o espacialidad que lo defina en un momento histórico. Así, el individualismo se vuelca en “la escalada de la personalización del individuo dedicado al self-service narcisista y a combinaciones caleidoscópicas indiferentes”. (1986, p. 41)
Se trastocan así todas las escalas de valores de la modernidad y del pensamiento único, para convertirse luego en una multiplicidad de pensamientos, una masa heterogénea de voces en una simultaneidad relativista que guarda en sí su propia
contradicción. Siguiendo a Lipovetsky, “el momento posmoderno es mucho más que una moda; explicita el proceso de
indiferencia pura en el que todos los gustos, todos los comportamientos pueden cohabitar sin excluirse”. (1986, p. 41)
El porteño vive en un mundo fantasmático donde prima el deseo, la falta de sorpresa y un sentido vertiginoso de realización
que fluctúa constantemente y lo deja vacío de certezas absolutas. Esto encuentra justificación en el pensamiento de Lipovetsky cuando aclara que “la apatía no es un defecto de socialización sino una nueva socialización flexible y económica,
una descrispación necesaria para el funcionamiento del capitalismo moderno en tanto que sistema experimental acelerado
y sistemático”. (1986, p. 43)
Por tanto, ponerse a pensar en este sujeto como producto de una cultura postmoderna de la emancipación individual
excesiva es reducir la cuestión a una parcialidad de un todo totalizante, en el cual, como diría Pichon Riviere (1975), éste
no sólo es producido y constituido sino que también es sujeto del hacer, productor de su propia realidad y orden social.

En la posmodernidad surgió el escepticismo sobre la posibilidad de cambios revolucionarios planteando como única opción el individuo retraído en el ámbito privado, refugiado en el bienestar doméstico, alejado del compromiso público y de la ética de las transformaciones sociales. (Adamson, 2007, p. 5)

La cultura del consumo en la Argentina, luego de varias décadas de crisis económica y social, especialmente la ocurrida
en el año 2001, recién se comenzó a tomar conciencia que los cambios planteados anteriormente están íntimamente
ligados a los cambios en el estilo de vida del ciudadano, lo que se en forma mucho más marcada en los habitantes de la
Ciudad de Buenos Aires.
Luego de tocar fondo, de unas tasas de desempleo y subempleo insostenibles, del quiebre de miles de empresas, del
estado y las instituciones, devino el florecimiento de la economía y de un nuevo marco social, de la mano de una generación
de emprendedores que se podrían encuadrar dentro de la lógica del hombre postmoderno. Esto brindó una nueva ola de esperanza a la sociedad argentina, pero consecuentemente también trajo aparejados todos los vicios y problemáticas de una cultura del consumo desenfrenado.
Manuel Pérez Tornero (1992) en La seducción de la opulencia, nos ilustra sobre conceptos claves para comprender a esta
sociedad de consumo, el valor de los objetos, los individuos que la conforman y los deseos que los motivan.
Según el autor español, lo que caracteriza a esa sociedad de consumo es lo que él ha denominado la seducción de la opulencia, que no es más que la creación de falsas necesidades, la suplantación de la funcionalidad del objeto de consumo por un estatuto de valor-signo al que se le asocian significados cambiantes según la lógica formal de la moda, los cambios de gusto y de identidad social, es decir, la lógica de la diferenciación.

Las energías sociales se han dirigido cada vez más hacia el consumo como ámbito de aspiraciones personales…
Lo que importa socialmente es el uso del valor simbólico de los objetos, su intercambiabilidad en una nueva lógica
impuesta por la visibilidad social. (Pérez Tornero, 1992)

En esta concepción hedonista e individualista del hombre no hay lugar para las ideas de solidaridad, de valores colectivos, de compromiso social. Todo parece girar en torno a las necesidades del sistema productivo. No es de extrañar entonces
que en la Ciudad de Buenos Aires nos movamos tan aceleradamente en busca de momentos de ocio, de la novedad, del
cambio, de la realización personal constante.
Es así que “el consumismo se convierte para el individuo en un paso obligado en la actualidad, su destino y su mejor forma
de realización personal y colectiva”. (Pérez Tornero, 1992)
El porteño es un sujeto lleno de contradicciones y son estas contradicciones las que lo definen como tal y orientan su vida cotidiana. Buscaremos ahondar en ellas y analizarlas para encontrar una justificación y una significación del sujeto en
cuestión.
Por un lado nos encontramos con las contradicciones de necesidad –satisfacción y de sujeto– grupo, que están íntimamente
relacionadas.
Ana Quiroga (1986) plantea a la necesidad como el fundamento motivacional de toda experiencia, de todo aprendizaje, de todo vínculo, y a la satisfacción como algo eminentemente social, vincular, a la que sólo se accede en la experiencia con el otro.
La sociedad porteña se caracteriza por ser sumamente individualista en su cotidianidad; se aprovecha de toda situación que se le presente para beneficio propio y en la vorágine de su vida acelerada no tiene tiempo para pensar en el otro, para involucrarse en proyectos sociales o para pensar en ideas que mejoren la calidad de vida de su entorno. Contrariamente, en aquellos casos de catástrofes, de grandes necesidades, de campañas solidarias bien comunicadas, de casos emblemáticos de injusticia o por crímenes espantosos, el porteño suele ser muy solidario y participativo, aportando desde dinero, recursos, objetos, hasta mano de obra, asesoramiento y tiempo.
Como nos ilustra Ana Quiroga, “la vida cotidiana nos muestra un mundo subjetivo, que yo experimento. Pero a la vez ese
mundo es intersubjetivo, social, compartido. Para cada uno de nosotros ‘mi mundo’ es un mundo que vivo con otros”.
(Ana Quiroga, 1986, p. 71). Resulta difícil contextualizar estas palabras en la Argentina de hoy. Una Argentina cortoplacista,
donde se exalta el individualismo, el sálvese quien pueda; donde desde el poder y la cultura hegemónica se fomenta la
división, la fractura; donde se han roto los canales de comunicación y el diálogo; donde no se debaten las ideas, sino que
se fundamentalizan las propias y se descalifican las ajenas.
En este contexto es difícil de hablar del ‘nosotros’, de reconocer al otro como parte de mi mundo. La cotidianidad se reduce a un puñado de experiencias desorganizadas en las que nos esforzamos por satisfacer necesidades propuestas por un mundo hedonista y que constituyen un obstáculo para una adaptación activa a la realidad.
Este cambio de conducta del sujeto, esta delegación de su acción transformadora de la realidad que lo situaba como protagonista, lo lleva a tomar actitudes pasivas, frívolas, estereotipadas, que lo alejan del aprendizaje y la resolución de sus
propias contradicciones.
Por lo tanto, el problema no está ya en la contradicción entre la necesidad y la satisfacción, sino que se encuentra en las
contradicciones en que surgen en la relación entre el sujeto y el mundo que lo rodea; en sus relaciones con otros sujetos,
poniendo en crisis sus relaciones interpersonales, su trama vincular, su mutua representación interna. Ana Quiroga (1986)
plantea que en la internalización recíproca de la trama interaccional denominada mutua representación interna, se constituye el vínculo como tal. Por lo que se encuentra en crisis es el vínculo entre los sujetos, el reconocimiento mutuo, sus
expectativas y fantasías respecto del otro, su interjuego de comunicación y aprendizaje.
También podemos destacar la contradicción de adaptación activa a la realidad –adaptación pasiva a la realidad y de naturalización– desnaturalización, como algo característico de un sujeto posmoderno enfrentado a un mundo con una cultura dominante muy fuerte y donde los medios masivos de comunicación siguen siendo muy influyentes en su concepción de la realidad.
“Para Enrique Pichon-Riviere el hombre se configura en una praxis, en una actividad transformadora, en relación dialéctica,
mutuamente modificante con el mundo” (Ana Quiroga, 1986, p. 47). Esta concepción del hombre, como sujeto de la práctica, de la experiencia, supone que la única forma de aprender es sino a través de las relaciones con el otro; un proceso por el cual se constituye su propia subjetividad e historicidad o, en palabras de Ana Quiroga, su “modalidad cotidiana de relación con la realidad” (Ana Quiroga, 1986, p. 48).
Pero esa cotidianidad en la Argentina actual, en constante crisis y que marcha a un ritmo ultra acelerado, le quita al sujeto
la capacidad de aprehender de la realidad y por lo tanto de transformarla y transformarse él mismo. Es así que el sujeto
pasó de ser un actor de la historia, a ser un simple espectador que acepta la palabra autorizada, sin reflexión ni apertura a
la experiencia, poniendo en juego su aprendizaje, su visión crítica, su creatividad, su capacidad innovadora.
Esto es lo que Pichon-Riviere plantea como problema de la acción, y del cual elabora un criterio de salud para buscar una cura: “la adaptación activa a la realidad”. El sujeto que se involucra activamente, que confronta la realidad, que la interroga, que la experimenta a través de un interjuego de relaciones con otros sujetos y con el mundo, es aquel que aprenden y aprehende, que va a estar mejor adaptado y que, por ende, podrá modificar su realidad y la del contexto. Por el contrario, aquel que posea una actitud pasiva, expectante, cómoda, de no involucrarse en su contexto histórico, será el que cargue con esa patología que menciona Pichon-Riviere como problema de adaptación pasiva a la realidad, limitando su visión objetiva del mundo, su aproximación de lo real.
Otras de las contradicciones que se presentan en este sujeto son la de consumo –ecología y la de lo nuevo– lo viejo. El
contexto actual es el de una sociedad que viene atravesando diez años de políticas económicas favorables a un consumo
desenfrenado, que no favorecen el ahorro, la inversión y las políticas de largo plazo, sino que lo único que buscan es la
maximización de los beneficios y la búsqueda de la satisfacción inmediata. En esta sociedad de consumo, se fomenta a
comprar lo nuevo y tirar lo viejo en un período de tiempo tan corto que los residuos originados no llegan a ser procesados
debidamente y se acumulan día a día sin ningún tipo de control, originando serios problemas para el medio ambiente. Los
depósitos oficiales de basura y tratamiento de residuos de la Ciudad y del Gran Buenos Aires están colapsados, lo que
genera que surjan nuevos basurales no habilitados cercanos al río, en descampados, o incluso en zonas de urbanas que
provocan serios riesgos a la contaminación de las napas, a los incendios y a la salud.
Por otro lado, se puede observar un creciente interés en la población por los valores ecológicos, por llevar una vida ‘verde’
y preocuparse por el medio ambiente, por el reciclaje y la recuperación de lo viejo, la restauración de objetos. Este interés ha sido visto por las empresas y se ve reflejado en nuevas campañas ecológicas, nuevos productos que no contaminan
o que llevan procesos no contaminantes, productos más naturales o que proponen una actitud responsable con la naturaleza, productos recuperados, restaurados, vintage. Estos valores, estas nuevas tendencias, son el punto de partida de un posible cambio en los hábitos y costumbres de una sociedad consumista y cortoplacista, pero que comienza a darse cuenta de que las futuras generaciones no podrán tener un futuro tan prometedor como el de hoy en día sin un compromiso
social y una actitud responsable en su cotidianidad.

Conclusiones
Nadie mejor que Gustavo Cerati para poner en una metáfora la realidad del porteño: un hombre alado, subido a su propio
ego y sumido en una fantasía producto de la moda, los medios de comunicación, la publicidad y el consumo; que habita
una ciudad desierta, donde el hedonismo e individualismo no le permite ver ni vincularse con el otro. “Este nuevo malestar
en la cultura surge de la tendencia a la significación negativa del otro, como fuente de peligro, como rival”. (Quiroga, 1998,
p. 56)
De ahí la crispación general que se percibe en la Ciudad de Buenos Aires. Crispación muda, ahogada, que flota en el aire
y que sólo puede entenderse desde las propias contradicciones del sujeto, desde la naturalización de su propia cotidianidad
que lo lleva a encerrarse en un mundo cada vez más pequeño, o en palabras de Ana Quiroga: “Estamos inmersos en un mundo social en el que desde las relaciones fundantes y sus instituciones se insiste en un ideal individualista y se debilitan las redes identificatorias, sustento de la solidaridad y sostén del ser”. (1998, p. 61).
Deberá plantearse, por tanto, el debate en torno a qué sociedad queremos y qué desafíos nos depara la reconstrucción
de un orden social aparentemente quebrado en un tiempo histórico en el que parece no haber tiempo ni motivación alguna
para pensar en el futuro, en la Buenos Aires de las próximas generaciones, en la ciudad de la furia.

Bibliografía
Adamson, G. (2007) Malestar en la posmodernidad. Buenos Aires: Universidad de Palermo.
Cerati, G. (1988) La Ciudad de la Furia. Sony Music.
Quiroga, A. (1986) Enfoques y perspectivas en Psicología Social. Buenos aires: Ediciones Cinco.
Quiroga, A. y Racedo, J. (1996) Crítica de la vida cotidiana. Buenos Aires: Ediciones Cinco.
Quiroga, A. (1998) Crisis, procesos sociales, sujeto y grupo. Buenos Aires: Ed. Cinco.
Lipovetsky, P. (2000) La era del vacío. Barcelona: Ed. Anagrama.
Pérez Tornero, J. (1992) La seducción de la opulencia. Barcelona: Ed. Paidos.
Pichon Riviere, E. (1975) El Proceso Grupal. Buenos Aires: Ed. Nueva Visión.


La Ciudad de la furia: retrato postmoderno fue publicado de la página 29 a página32 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº71

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