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El universo imaginario de Camila Valdez

García Aldazábal, Mercedes

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº76

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº76

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la Imagen. Edición XIX Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2016 Ensayos Contemporáneos. Edición XVII Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2016

Año XIII, Vol. 76, Noviembre 2016, Buenos Aires, Argentina | 108 páginas

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Introducción 

Contextualizarse alrededor de la Europa de 1920 sería verse inmerso en medio de los dos conflictos más grandes de la historia del mundo: la primera y la segunda gran guerra. Sería encontrarse en medio de una sociedad en llamas, una sociedad perdida en su propia cultura, víctima de la inconmensurable rapidez de industrialización, víctima del juego del poder de unos pocos adictos al mismo.  Ubicarse en esta época sería observar en primera persona la degradación del arte tradicional en su mayor auge, el rechazo a la cultura, el rechazo a la burguesía. Sería enfrentarse a la guerra en todos los ámbitos de la vida. La guerra en el arte: la guerra contra el arte y desde el propio arte, una guerra de absoluta crítica, de desapego, de punto final, de transformación, de liberación, una guerra protagonizada por los mismos artistas y numerosas corrientes. 

Desarrollo 

Continuando en este aspecto, también se estaría ante el nacimiento de una de las vanguardias modernas más importantes y reconocidas de aquella época: el Surrealismo. Este movimiento buscaba la superación de las formas lógicas y convencionales de entender lo real y al ser humano, para tomar un nuevo sentido de la realidad, libre de los usos y prácticas tradicionales. Mediante una tendencia dirigida a lo figurativo, a diferencia de las demás vanguardias, el Surrealismo le daba una importancia relevante a la representación a partir de valores ligados a lo onírico, al azar y a la espontaneidad, con los que manipulaban la realidad y el objeto. Fue una reacción frente a la abstracción, una búsqueda de recuperar un sistema de representación. Tranzando una línea conductora a lo largo de todo lo que fue el Surrealismo, sin ninguna duda esta pasaría por su antecedente y un posible precedente: el Dadaísmo (1916) y el PopArt (1950). Con amplias diferencias pero varias semejanzas, ambas corrientes artísticas se encuentran vinculadas en gran medida y a su vez se vinculan con el Surrealismo. Sin la marcada crítica y ruptura de los modos tradicionales de expresión con los que irrumpió el dadá, el Surrealismo no hubiese tenido el “camino allanado” para llevar a cabo la profundización y superación del mismo. Años más tarde, la búsqueda de crítica continuó vigente, variando la tendencia a la que se dirigía. En este rumbo nació el Pop-Art como un arte caracterizado por la tecnología, el capitalismo, la moda y el consumismo, que criticaba cómo un objeto deja de ser único para convertirse en un producto en serie. 

Indudablemente, una corriente no podría haber existido sin la otra. Pudiendo tener variadas diferencias, es claro cómo cada una de ellas toma de la otra parte de su filosofía de arte o anti-arte y cómo todas ellas se encuentran encaminadas bajo la obsesión de encontrarle y darle un nuevo valor al objeto, sea de la forma artística que sea. Permaneciendo bajo esta lógica, la artista argentina tomada para este ensayo, Camila Valdez, desarrolla en la actualidad su arte con esta misma obsesión un poco surrealista, un poco dadá y un poco pop, con la que influenciada por estas corrientes, busca darle nuevos y distintos valores a objetos tan cotidianos como tradicionales. A finales del siglo XIX y principios del siglo XX, época de una amplia celeridad social, cultural, industrial, tecnológica. La Modernidad desarrollándose en su mayor esplendor desde aquel 1850 con la primera revolución industrial. La sociedad ingresó a una nueva era, donde la constante evolución se hacía eje y protagonista de la historia.  Sin embargo, no todo era color de rosa. Toda moneda tiene dos caras, toda balanza tiene dos platillos. Y todo aquello que parecía ser la adorada Belle Époque en algún momento de la historia, a corto o largo plazo, iba a demostrar en consecuencias concretas todo aquella oscuridad detrás de la fachada. Todo lo que en relación al poder puede generarse en torno al constante crecimiento económico, político, territorial, comercial, y tantas otras cosas, fue bullendo hasta concluir en una explosión a nivel mundial. De esta forma, tuvieron lugar las dos guerras más graves que padecieron muchos países, la primera entre 1914 y 1918, y la segunda entre 1939 y 1945. Pensando y analizando este contexto, resulta notorio imaginarse una sociedad “en guerra” con su propia cultura. Pueblos perdidos en tantos sentidos, sometidos a la cruel y desgarradora realidad cotidiana de vivir sobre un suelo y bajo un cielo en guerra. No es curioso, ni sorpresivo, observar estas consecuencias sociales en todos los ámbitos que a esta le respectan. Siendo así clara y justificada la realidad de guerra incluso en el ámbito artístico. El arte se vio, en todo este período, inmerso en una realidad cambiante, crítica, revolucionaria, rupturista y de sustitución. Se criticaron todos los aspectos ligados al arte, desde su historia, sus técnicas y sus obras, hasta sus artistas y consumidores. No por esto el arte dejo de existir. Contrariamente, éste existía desde la denuncia o manifestación de todas estas nuevas ideologías-filosofías. Como vías que llevaron adelante esta nueva orientación del arte nacieron las vanguardias artísticas. A partir de éstas se revolucionó de una vez y para siempre el concepto, la práctica, las teorías y todo lo referido al arte que hasta aquel momento era concebido como tal.  En 1916, en medio de lo que fue la Primera Guerra Mundial, surgió dentro de dos importantes ciudades neutrales al conflicto –Zúrich y Nueva York– una de las numerosas vanguardias artísticas de aquel entonces. Este movimiento fue denominado por algunos de sus precursores como Dadaísmo y tuvo sus inicios en el Cabaret Voltaire, con artistas de todo tipo. El dadá se caracterizó principalmente por haberse desarrollado bajo la intención de una total ruptura con todo lo que era considerado arte hasta ese entonces. 

Era la búsqueda del “no arte”, un revolucionario anti-arte que tenía el propósito de volver a cero, que consideraba inexistente e imposible cualquier tipo de relación arte-sociedad luego de tanta opresión a la creatividad y tanta superestructura de autoridad y poder sobre los valores instituidos por la burguesía. Los dadaístas se reducían a la pura acción inmotivada y gratuita, “el dadaísmo había pretendido ser activista y esto significaba un intento de sacudir el peso muerto de todas las antiguas tradiciones, sociales y artísticas, más que un intento positivo de crear un nuevo estilo en arte” (Read, 1984, p. 119). Empeñado en escandalizar y denunciar a la burguesía, la sociedad y el propio arte, el dadá sostenía que la destrucción también era creación. El arte se convierte en un sin-sentido, cada cual siente e interpreta estéticamente, libremente, desviando la utilidad que la sociedad atribuye a las cosas, con el único fin de generar una acción molesta o interrogante en el espectador. Llevan adelante intervenciones de variados estilos, siendo de mayor auge mundial los ready-made, obras en las que se descontextualiza al objeto para privarlo de su función utilitaria y ubicarlo en un contexto no habitual para brindarle una función estética. 

Siguiendo la línea de esta vanguardia, nace alrededor de 1924 el Surrealismo, desde lo literario para luego abarcar variados rincones del arte, llegando a ser “una actitud ante la vida que se proyectó en numerosos campos (…) una ideología y una ética” (Nieto Alcaide, 2000, p. 53). El líder de esta vanguardia, André Bretón, reunió los restos de un dadá culminado en lo absurdo para guiarlo a una fase suprarrealista. Siendo un hombre que simpatizó con el dadaísmo, “comprendió que existía una situación histórica que reclamaba algo más constructivo que las ya fútiles bufonadas del grupo Dadá (…) El movimiento Dadá siempre había luchado contra el espíritu moderno (…) Era necesaria una nueva orientación” (Read, 1984, p. 130). Esto fue hallado en las doctrinas del psicoanálisis, era cuestión de una creación artística y poética desde el puro automatismo obtenido por distintos caminos, con el que se quería expresar libre e irracionalmente el curso real del pensamiento, privándolo de cualquier preocupación estética o moral. Sin negar la realidad, se adentra en los campos profundos del pensamiento, en búsqueda de un universo nuevo, el subconsciente, para crear obras extrañas e inquietantes dominadas por la no-lógica y la libre asociación. 

El surrealismo no pretendió ser solamente una opción artística, sino que quiso ser un movimiento que promoviera la revolución integral, la liberación total del hombre. Pretendió transformar la vida. Esa liberación total que buscan los surrealistas se centra fundamentalmente en dos áreas de la personalidad y de la vida.

Por un lado, buscan liberar al ser humano de sus propias represiones (…) Pero también pretendieron una liberación de la represión que sobre el hombre ejerce la sociedad burguesa y su modelo de estado (…) Con ello los surrealistas buscaron llamar la atención no de la razón del lector o del observador, sino de su inconsciente. Pretendieron provocar acciones, no ser entendidos. (Surrealismo, 2009). 

De esta manera, siendo el Surrealismo la última de las vanguardias, converge ideológicamente en muchos puntos con el dadá, no quizás con el afán de disgusto, destrucción y ruptura del arte; sino con esa pretensión de innovar, de transformar, de recomenzar el arte desde la total libertad y liberación del artista, sus pensamientos y sus creaciones, desde donde nadie se imaginó o se atrevió a ser artista. En ambos existe una suerte de crítica a la historia del arte y las represiones que en este existieron, “siempre existe una protesta implícita consciente o inconsciente, activa o pasiva, optimista o pesimista contra la realidad en cualquier creación artística auténtica”. (Montecinos, s/f)  Siguiendo esta lógica, con el correr de los años, en medio de la recuperación económica y política al concluir la Segunda Guerra Mundial, la sociedad se encontraba en auge nuevamente. Inmersa en una nueva época de evolución y crecimiento, ésta comenzó a demostrar su “feliz estado de ánimo” rodeado del momento culminante del capitalismo, abriendo camino a la Época Contemporánea. Alrededor del año 1950, desde el arte como desde tantos otros caminos, se buscó poner en evidencia esta realidad consumista, superficial y masiva que estaban viviendo los países desarrollados. Así dieron origen, siguiendo el camino crítico del Dadaísmo, al Pop-Art. Manifestando una cultura social en la que predominaba la tecnología, la moda, el consumo, la comunicación masiva, la democracia, etc. El Pop-Art impulsaba una suerte de crítica y desprecio hacia esa sociedad que dejó de valorar la unicidad del objeto para pasar a demandar un producto elaborado en series masivas para su consumo. Ya no era relevante la calidad y el profesionalismo de algo único, sino la moda del momento, el consumo desde el auge oferta-demanda. Desde este lugar, también el arte se transformó en gran medida en un objeto más de consumo. Tomando del dadá el desprecio al objeto y la mirada de la persona sobre este, desde el sentido de los ready-made, el collage y el fotomontaje; el Pop-Art también construye a partir de imágenes tomadas de la vida cotidiana. Utilizando técnicas y temas basados en la cultura popular como cómics, publicidades, personalidades famosas, productos de consumo mundial, entre otros, buscan también contrariar el expresionismo abstracto, al cual consideraban inentendible. 

Es un arte eminentemente ciudadano, nacido en las grandes urbes, y ajeno por completo a la naturaleza. Utiliza las imágenes conocidas con un sentido diferente para lograr una postura estética o alcanzar una postura crítica de la sociedad de consumo (…) En el Pop-Art, la belleza es susceptible de ser encontrada en cualquier objeto de consumo. Se aceptan desde los materiales nobles hasta los plásticos, papeles, cartones, latas y botellas de cocacola (Historia arte universal: Pop art, s/f).

Ciertamente el Pop-Art recibe en su creación una gran influencia del Dadaísmo, desde el utilizar lo que se tiene el alcance, lo cotidiano, para desarrollar un arte de crítica e interrogante. Así también, el hilo conductor que las une, indudablemente las unifica incluso con el Surrealismo, desde la necesidad de darle un nuevo valor al objeto y así a las obras de arte. Con distintas técnicas o caminos, tienen en común su carácter figurativo, el valor que confieren a la representación, el brindar contenidos nuevos frente a lo ya establecido y lo novedoso y comunicativo de sus lenguajes. 

La escena significa, generalmente, mirarnos a nosotros y al mundo exterior. Uno puede mucho, uno cierra los ojos y puede ver su mundo interior, y yo creo que lo mejor que se puede hacer es tener un ojo cerrado y mirar hacia el interior y con el otro mantenerlo fijo en la realidad, en lo que pasa alrededor.  Si uno puede obtener el resumen de estos dos puntos importantes, logrará lo que se puede considerar una síntesis de la vida subjetiva y objetiva. El mundo interior y el exterior trabajan juntos para crear pinturas revolucionarias. (Ernst, 1961)

Con esta frase se procura resumir en breves líneas la personalidad detrás de la artista contemporánea que reúne y armoniza muchas, sino todas las cualidades dichas acerca de las tres corrientes tomadas para este ensayo. Camila Valdez, de treinta años de edad, es una diseñadora industrial, podría decirse artista, de la época contemporánea. Indudablemente, con su arte manifiesta en cada intervención, la calidad de ser artista que se atreve a ir contra la cotidianidad y la cultura tradicional. Convergen en ella de manera sublime ese deseo y esa búsqueda por liberar de uno cuanta imaginación racional e irracional haya, para fusionarla con la intención de crear algo nuevo e innovador a los ojos del mundo. Con su arte, traza el camino surrealista del siglo XXI desde la escultura, en la que demuestra un fantástico dominio de la realidad circundante y en la que recorre todos los rincones y ángulos posibles, para dar más conciencia de sus sentimientos y expresividad. Porque ciertamente, es una artista de expresión artística pura.  Camila Valdez en sus obras deja expuesta su gran tendencia y preferencia de un arte surrealista y pop, pudiéndose relacionar a la vez con algo del dadá. Logra canalizar sus ideas en esculturas tan divertidas como significantes, revelando una suerte de fusión de dichos estilos e ideologías. En esto, muestra el ingenio de haber creado un universo paralelo que rodea a las personas cotidianamente en cuanto a consumo, ideales estéticos y belleza. Bajo esta mirada creativa, sus esculturas representan los personajes de dicho universo, interpretados por productos característicos en sus colores, formas y estética, para generar con ellos gracia, deseo y felicidad a imagen visual. En estas creaciones manifiesta su carácter esencialmente surrealista, con el que transforma productos de consumo cotidiano, en su mayoría dulces comestibles – como palitos de helado–, en obras de arte dispuestas de una sorprendente imaginación –poniéndoles por ejemplo, piernas de mujer a los helados–. Detrás de la imagen conseguida, Camila busca transmitir o expresar los distintos mensajes o sensaciones que los productos puedan traer consigo, gracias a un amplio análisis de la sociedad en general, desde la moda, la comida, los gestos corporales, los colores, etc.  Inmersa en la expresión de un arte que existe a su percepción y que pretende los espectadores puedan apreciar, logra un resultado figurativo, original, innovador y novedoso. Como las vanguardias nombradas del siglo XX, busca darle un valor diferente a los productos u objetos –en este caso dulces– que el mundo consume cotidianamente (como el Pop-Art), mostrando en ellos uno o varios mensajes diferentes posibles, ampliando la percepción que de ellos se tiene, proporcionando un universo nuevo donde la libre asociación es ley primera, donde la liberación del artista y sus creaciones es el camino esencial para hacer arte (al igual que el Surrealismo, y en menor medida, el Dadá). De esta manera, Camila, encuentra su influencia en estas grandes vanguardias: 

El surrealismo me dio la libertad de poder expresar lo que en la vigilia no existe con total seguridad de que si, puede existir. Me empujo en gran parte a seguir este camino en el arte.