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La novela gráfica en Colombia: arte y memoria para el postconflicto

Moreno, Giovanny

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº76

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº76

ISSN: 1668-5229

Ensayos sobre la Imagen. Edición XIX Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2016 Ensayos Contemporáneos. Edición XVII Escritos de estudiantes. Primer Cuatrimestre 2016

Año XIII, Vol. 76, Noviembre 2016, Buenos Aires, Argentina | 108 páginas

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Introducción 

El relato siempre ha sido el mecanismo mediante el cual los seres humanos han sabido darle continuidad, a lo largo de siglos, a la cosmovisión que los ha atravesado dependiendo de las realidades de cada época. Tal relato ha podido ser, gracias al trazo, a la ilustración, un mecanismo capaz de inmortalizar la historia de la vida humana, con la característica distintiva de ser, el trazo en sí mismo, la mínima unidad de significado en todos los códigos alfa-numéricos hasta hoy conocidos. Dicho de otra forma, las letras, los números, y todo carácter de los alfabetos al tener una representación gráfica, son un trazo en esencia, un signo (significado/significante) (Klinkenberg, 2006) detonador de cualquier relato.  Francisco Goya, grabador y pintor español fallecido en 1828, logró perpetuar hasta la actualidad una serie de documentos gráficos, basados en su percepción, sobre lo que fue la invasión napoleónica a la Península Ibérica y su posterior liberación. En sus Desastres de la Guerra, un total de 82 grabados, hizo una crítica social y política a hechos que lo dejaron perplejo, como la crueldad y el salvajismo propios de una contienda bélica, así como su inconformidad con el régimen monárquico de Fernando VII.  Para su momento, inmerso en una realidad en donde saber leer era privilegio de clase, los dibujos de Goya ayudaron a construir una percepción de la realidad un tanto más democrática que la que reposaba en las bibliotecas burguesas y cortesanas. Aún hoy, cuando el conocimiento historiográfico resulta un poder que muy pocos ostentan, aquellos dibujos, resguardados en los Museos del Prado y de Goya, están a la vista de todos, como fuente artística y académica de un periodo que marcó la historia de Francia, España y América Latina. Y si de retratar conflictos bélicos se trata, el que hoy por hoy intentan conciliar las Farc y el Estado colombiano, caracterizado por una lucha de guerrillas, que ha involucrado otros actores como paramilitares y narcotraficantes, intenta ser narrado por visiones no institucionalizadas. 

Relatos hechos por diseñadores, graffiteros, raperos, guionistas, periodista, investigadores e ilustradores, que involucran los puntos de vista directos de las víctimas, sus anécdotas, tragedias y utopías, a través de la novela gráfica como instrumento canalizador de esas luchas silenciosas.  En un país con un índice de lectura no muy preponderante y con una suerte de amnesia colectiva respecto de los acontecimientos que han marcado la parada, es positivo que se construyan puentes que permitan a los ciudadanos comunes y corrientes, alejados de los discursos y lugares esnobistas y clasistas en donde se construye el qué y el cómo contar lo que sucede, para ser partícipes de su propio devenir y reconocer para la posteridad la construcción histórica que ha empañado de sangre las diferentes esferas de una nación fragmentada.

Desarrollo 

El ser humano desde los inicios de su existencia encontró en el relato una forma de trascendencia personal y colectiva. A partir de la tradición oral y, por supuesto, la ilustración, como código lingüístico y luego como reflejo, imagen y representación social; el relato preserva de forma generacional la memoria de todas y cada una de las etapas evolutivas sufridas por las estructuras sociales de la especie. Al fin y al cabo los tempranos y contemporáneos alfabetos siempre han compartido un vínculo de sentido ilustrativo conexo, lo que hace que -el habla, como facultad evolutiva del ser- sea un relato universal originario creador de tantos relatos como sea posible, en tanto haya multiplicidad de códigos para interpretarlos, además de, individuos creadores e intérpretes de los mismos.  Es precisamente la fase ilustrativa del habla, siendo código y narración, la responsable de la construcción de memoria histórica en su forma más pura. Ejemplo de ello puede hallarse en el antiguo alfabeto Egipcio. De hecho, su propia escritura (código de habla) era ya un tipo ilustración (representaciónunidad de sentido) y por ende, de comunicación y relato.  Uno de esos códigos ilustrados contemporáneos y estructurados desde lo artístico como lenguaje y texto visual, se halla en las novelas gráficas, las cuales, al igual que el cómic, aparecen como un género cuyo formato cambia los párrafos escriturales por viñetas o páginas ilustradas, pero que en conjunto convergen en un relato: una historia-historieta. 

No obstante, hay que aclarar que cómic o historieta son términos que en estas líneas se usarán de manera indistinta, para referirse a una misma construcción artística: la narrativa gráfica o secuencial. Por supuesto que existen valoraciones diferentes para el origen de cada término, pero ésta es una pretensión que deja de lado el presente ensayo. Lo interesante de estas narraciones visuales se concentra en el potencial comunicacional universal que subyace en la imagen, hecho evidente en las pinturas paleolíticas, por ejemplo, donde los antiguos humanos otorgaron sus vivencias como relato pictó- rico de forma jeroglífica preservando su memoria hasta nuestros días. (Gombrich, 1972)  Así pues, desde el potencial de comunicación y expresión innatas a la novela gráfica y a propósito del Proceso de Paz que Colombia intenta culminar con éxito en la actualidad, cientos de miles de relatos de la cruda etapa de violencia reciente que azota al país han salido a la luz. Relatos de víctimas y victimarios, que merecen ser puestos a consideración pública, con el ánimo de lograr desenredar la verdad detrás de los agentes de la guerra. Una labor que artistas, escritores e ilustradores han abanderado para rememorar y plasmar, para siempre, en la retina de los colombianos esas vivencias atroces que muchos compatriotas experimentaron presencialmente y que no deben volver a suceder. Todo desde un lenguaje universal y democratizado que todos entienden: la imagen, articulada en textos pictóricos: novelas gráficas –ya que la tarea alfabetizadora, le ha quedado grande al Estado nacional–. 

Sobre la novela gráfica, uno de los factores más preponderantes de resaltar en el universo de la narrativa gráfica, como género o tendencia establecida dentro de la evolución del cómic, implica la mención de tres grandes ejes de producción. El autor de cómics y critico español Santiago García señala en su libro La Novela Gráfica (2010) que las obras en general, voluntariamente o no, están alienadas, por un lado, a la tradición del cómic de prensa nacido en los Estados Unidos (y sus comic books); al álbum francobelga en Europa; y a las llamadas historietas de largo aliento en Japón. Tales ejes se propusieron como tradiciones hegemónicas del cómic durante buena parte del siglo XX como productos de entretenimiento masivo y barato, pero que, cimentaron las bases profesionales y editoriales sobre los cuales los autores de todo el mundo pudieron emerger en sintonía con alguno de estos caminos. Para el caso de Colombia, el cómic, historieta o novela gráfica se ha venido desarrollando de manera independiente –casi como todas las formas artísticas de expresión que allí se despliegan– con excepción de los autores guiados por la línea editorial de algún medio impreso. Aquellos independientes, son autores arriesgados y decididos a contar sus historias en fanzines (publicaciones por y para aficionados de mínimo costo o gratuito) muy pocas veces apoyados por instituciones privadas o grandes capitales que les garantice sostenibilidad y distribución. Sin embargo, gracias a internet y sus posibilidades de autogestión, comunicación y promoción la novela gráfica ha cobrado importancia dentro de la escena cultural contemporánea del país. 

Durante muchos años la historieta ha sido menospreciada, al considerársele un género menor. Un “subproducto artístico y literario” solamente dirigido a lectores infantiles o bien, a un público adulto afectado por el síndrome de Peter Pan. Pero tal perspectiva ha ido tomando otra forma, incluso García se atreve a afirmar que “ahora es elegante leer cómics entre los adultos inteligentes” (García, 2010). No en vano el éxito de series de televisión como The Big Ban Theory de Warner Channel, donde sus nerds protagonistas están estrechamente vinculados al universo del cómic. Hecho que habla de una apropiación temática que se referencia en el plano de lo real, a partir de la existencia masiva de un público consumidor de cómics y de otros tantos que rigen su vida en compañía de estos.  Los ejes hegemónicos de producción para el caso colombiano, no resultaron favorables para los autores. La industria sufrió una desestimulación por parte de la abolida Ley 23 de 1993 que incluyó al cómic en la misma categoría de la pornografía, los horóscopos y los juegos de azar, lo que se tradujo en un aumento del 30% en el costo de producción y de importación frente al resto de las publicaciones impresas, referencia el Boletín cultural y bibliográfico N°86 del Banco de la República de Colombia (Jiménez Quiroz, 2012). Curioso si se piensa en la apertura económica que estaba siendo impulsada en el país en dicho año, la cual evidentemente no protegía del todo los productos culturales, pero sí cerraba las vías de comunicación y expresión que el cómic para la fecha en Colombia, tenía sobre todo un tilde político y de cuestionamiento al Estado.  En medio de dichas carencias, la recursividad y la impronta autoral hace cobrar a las obras o publicaciones mayor relevancia. Desde la técnica, hasta las temáticas toman un sentido más profundo y transgresor (en su época y contexto de producción) al estar en una constante trasformación por la búsqueda personal que ello implica. De tal modo, los autores alejados de los ejes hegemónicos de producción (los de entretenimiento masivo y barato) por acción u omisión, tienen posibilidades creativas que probablemente dialogan con esos ejes, pero que no corresponden a los intereses perseguidos por las grandes tradiciones picto-narrativas mencionadas.  Daniel Jiménez Quiroz, director de la revista Larva (publicación que reúne autores del comic de varias latitudes) y director del Festival Internacional de Cómic “Entreviñetas” afirma en Páginas en emergencia, un itinerario de la novela gráfica en Colombia que estos autores son los que han:

Dado los mayores pasos para el reconocimiento de la novela gráfica como ese escenario que ofrece para el lenguaje del cómic una amplitud creativa que es, a la vez, una posición de resistencia que ha conquistado espacios para los autores de cómic y sus intereses creativos más personales. (Jiménez Quiroz, 2012). 

Muy acorde con lo que dice a su vez, Santiago García cuando expresa que “La novela gráfica contemporánea representa, pues, y más que nada, esa consciencia de libertad del autor, un movimiento que funda una tradición hermana de las demás, pero distinta” (2010). Una responsabilidad en manos de narradores y dibujantes que asumen su oficio como ciudadanos-individuos ávidos de expresividad y no solamente como entes de mercado y consumo.  El arte en Colombia, como en todas las latitudes, ha reflejado las sociedades de donde emerge. El país cafetero desde su conquista ha estado inmerso en guerras de diferente índole y talante, aunque todas ellas atroces y vulgares, por lo que la producción de sus artistas siempre ha estado ligada de alguna manera a develar “los desastres de la guerra” tal como Francisco de Goya lo hiciera en su época.  Se ha relatado el conflicto desde el cine, la literatura, la música, el teatro y la pintura, pero para efectos del cómic y la novela gráfica es un tema relativamente nuevo y hasta ahora explotado. La primera novela gráfica colombiana, como tal, se titula, Virus Tropical de Power Paola (Paola Gaviria, 2013) cuyo relato guarda un recorrido autobiográfico, transparente y desprovisto de artificios pretenciosos en sus trazos. A partir del éxito de esta publicación, las editoriales independientes como Rey Naranjo, Robot, Laguna Libros, Cohete Comics y La Silueta (Editorial de Virus Tropical) comenzaron a aprovechar el momento y abrieron las puertas a nuevas publicaciones y diferentes propuestas.  En un artículo titulado “Violencia, cómic, y novela gráfica en Colombia” (Moreno, 2016) de la Revista Arcadia, el guionista de Caminos condenados (2016), Pablo Guerra, una novela gráfica que recorre los monocultivos de palma africana, la cual, expone los sometimientos de la población negra y campesina por parte de los grandes hacendados expropiadores de esas tierras en asociación con grupos paramilitares, reconoce la influencia de las creaciones posteriores a mediados del siglo XX. Ejemplo de ello se halla en Copetín de Ernesto Franco, una tira de opinión que en los años sesenta circulaba en el diario El Tiempo, protagonizada por un niño habitante de calle políticamente incorrecto. Sin embargo para Oscar Pantoja, guionista de Tanta sangre vista (2015), adaptación de la novela literaria homónima de Rafael Baena: 

Esta nueva generación de dibujantes y guionistas está trabajado un lenguaje que todavía es nuevo. Si bien es cierto que existen trabajos anteriores, con nosotros hay una especie de apertura para contar el país a través del cómic, en un trabajo también, por preservar la memoria. (Moreno, 2016)

Pero ¿será posible que una guerra civil que ha marcado tan trascendentalmente el país, se olvide tan fácil y de buenas a primeras? Probablemente no. Seguramente, los libros de historia se detendrán en los hechos tomados como bandera para escribir la versión de los vencedores, la historia oficial entonces quedará a merced de lo mediático, pero las voces de quienes sufrieron los horrores, estarían perdidas en pilas de reclamos, denuncias, juicios, litigios, y en actas de defunción o de desaparición. Por lo que la novela gráfica se alza como otro medio de recopilación documental y artístico donde el olvido pierde la batalla, y el lector gana conciencia de lo acontecido a partir de la especificidad de los casos y la investigación detrás de las ficciones basadas en hechos desafortunadamente reales.  Si algo es claro a la luz de lo antedicho, es el poder que tiene la novela gráfica de dejar registros documentados sobre acontecimientos que, si bien pueden estar reposando en un sinnúmero de bibliotecas, no son de fácil acceso para todos los públicos. Basta con detenerse a pensar cómo interpretarían actualmente las personas la invasión napoleónica a la Península Ibérica, y su correspondiente lucha por la emancipación, de no ser por los magistrales grabados que Francisco de Goya otorgó para la posteridad al vivir, en carne propia, los horrores de ese conflicto que se llevó a cabo entre 1808 y 1814, época en que, no por casualidad, a este lado del Atlántico figuras como Bolívar o San Martín perpetraban sus propias luchas por la libertad que se pregonaba en una Europa casi secularizada. Los Desastres de la Guerra (Goya, 1815) es una secuencia de 82 grabados perfectamente interconectados, que reflejan lo que los inquietos ojos del autor percibieron a lo largo de un viaje que llevó a cabo en 1808, con el fin de documentar la toma a Zaragoza por parte de los franceses. En las diferentes ilustraciones se contemplan instantes cargados de salvajismo, aberraciones, violaciones y todo aquello que sólo puede tener lugar en un conflicto bélico. Pero no se quedó allí, en la última serie de grabados (del 65 al 82) el español satiriza el regreso al poder de Fernando VII, desplazado durante 5 años por el hermano de Napoleón, José I Bonaparte. Esta selección final es una crítica social y política por parte del artista al absolutismo imperante en España en contraposición con los ideales que florecían de constituir verdaderas repúblicas. (Mena, 2012) 

Ahora, a un poco más de 200 años de culminada la labor ilustrativa de Goya, sus bocetos están lejos de reposar en esas impenetrables bibliotecas a las que todos, en teoría, pueden acceder, pero que sólo quienes poseen conocimientos previos pueden disfrutar. Pues los célebres trazos se encuentran en una exposición permanente en el Museo Goya, esperando por aquellos curiosos que, quizás por azar, se topen con un repertorio artístico de invaluable valor comercial, pero sobre todo documental, ya que a través de cada línea se puede comprender, sin leer, un pasado que reconfiguró la historia española y de cierto modo latinoamericana. Esto quizás no lo pensó Goya, pero la herencia cultural e iconográfica de su paso por la Tierra es un archivo que permite hacer memoria, más ahora en tiempos en que el pasado ha sido dejado de lado para pensar en el ahora como detonante de futuro.  Y si de recintos para la memoria se trata, actualmente que a Colombia han llegado vientos de paz y que han traído consigo algunos importantes acuerdos bilaterales entre la guerrilla de las Farc y el aparato estatal, en Bogotá se ha edificado un lugar: el Centro para la Memoria, Paz y Reconciliación. Un espacio en donde el protagonista es el recuerdo. El recuerdo colectivo de un país que ha estado en llamas por sesenta años, también el recuerdo individual de cada víctima que ha dejado su tierra, sueños o vida por una guerra que, aún hoy, no se sabe a ciencia cierta a quiénes ha beneficiado; pero cuyos mártires sí se pueden contar por millones.

En ese rincón, edificado dentro de un antiguo cementerio que ha sido testigo de los horrores que no se lograron dejar atrás en el siglo XX, se ha dado espacio para que humanistas, artistas y colombianos en general, puedan dejar una parte de la huella que el conflicto ha tatuado en todos, sin distinción étnica o socioeconómica. Para ello, con aportes del Estado, se ha buscado incluir múltiples perspectivas que permitan a propios y extranjeros palpar de cerca los horrores causados en territorio colombiano. (Jiménez, 2013)  La novela gráfica, sin una fuerte tradición en el país sudamericano, se ha convertido de a poco en el instrumento de dise- ñadores, artistas plásticos, graffiteros y escritores para relatar las luchas, no sólo de guerrilleros o soldados, sino de desplazados, indígenas, negros y campesinos olvidados por un Estado que gobierna a espaldas de medio país. Una muestra de lo anterior la encarna el colectivo artístico Sharpball, compuesto por tres jóvenes bogotanos, que a través del comic Los Once (Jiménez, Cruz y Jiménez, 2013), de su autoría, ha buscado narrar a las nuevas generaciones un oscuro episodio que tuvo lugar en 1985: la toma del Palacio de Justicia por parte de un comando guerrillero del grupo M-19, y su posterior retoma encabezada por militares y expertos en seguridad muy cuestionados por su accionar. El saldo final de esa fatídica tarde de miércoles fue de 98 muertos y 11 desaparecidos; de allí el nombre del proyecto con el que los autores han buscado generar una mirada nueva, que forme parte de la memoria colectiva a esas nuevas generaciones que ignoran un pasado no muy lejano que todavía toca las puertas de la realidad de vez en cuando y que no sido esclarecido aún por las autoridades. Como afirma Legrand: “El Cómic es nuestro lazo con las nuevas generaciones, nuestra forma de interesar a muchachos que tienen acceso a todo el material del mundo sobre lo que sucede en el país, pero que no le paran bolas” (Legrand, 2015). Señala Jiménez, al respecto, en una entrevista concedida a Vice Colombia: 

En este país todo el mundo cree que está luchando en el bando correcto, pero tanto en la guerrilla como en el Ejército hubo personas que murieron simplemente por cumplir órdenes... Así que decidimos mejor contar la historia de los civiles desaparecidos, que quedaron presos entre dos fuegos, porque ellos son los verdaderos héroes de ese día. (Jiménez, 2013) 

Con este mensaje, a través de la misma entrevista, buscaron dejar en claro que su producción no hace apología de alguno de los bandos de la guerra y que el fin último de la misma es generar curiosidad y pertenencia entre adolescentes que quizás no han dimensionado las implicaciones de vivir en un país sumido en la violencia.  Aunque el anterior es uno de los casos más conocidos, se tiene registro de varios colectivos y sujetos que están en la búsqueda de reivindicar la historia colombiana, a través de la novela gráfica. De hacer partícipes de los procesos venideros a todos los habitantes de ese fértil suelo, a llenarlos de conocimiento de su pasado y de memoria para configurar un devenir distinto, quizás no mejor, pero distinto. 

El Naya, es un poco particular dentro del género del có- mic, porque desde un inicio ha sido realizada con técnicas muy audiovisuales y con rotoscopia (calcas de fotografías de actores reales) para darle un aspecto más realista de lo que generalmente se logra con el dibujo. Un poco a la manera de la película de Richard Linklater, A Scanner Darkly (2006), que filmaron con actores reales que fueron deformando en cómic a medida que avanzaba la locura del protagonista. (Tovar, 2013) 

En El Naya se le da forma a una novela gráfica que muestra, con personajes muy autóctonos, bosquejos de los enfrentamientos más cruentos que han tenido lugar en la historia del país. El proyecto ha sido tan llamativo e innovador que, aunque de forma tímida, el Ministerio de Cultura de Colombia ha buscado introducirlo dentro del material pedagógico que se brinda en las escuelas públicas apartadas del país como incentivo literario y de valor histórico para que aquellos niños y niñas de la periferia, tradicionalmente paridos para la guerra, comprendan lo que no se debe repetir. También ha sido un guiño para los que no se han animado a mostrar su talento por la falta de oportunidades y por ser un escenario relativamente nuevo en el panorama colombiano. 

Conclusiones 

Si bien no hay cifras precisas sobre la producción de cómics en Colombia, lo cierto es que las nuevas tecnologías y las redes de apoyo que lograron tejer artistas de diferentes ciudades, dinamizaron un auge silencioso pero imparable de la novela gráfica. Esta vez con un claro mensaje de construcción y ejercitación de la memoria que permita a la sociedad, encontrar miradas alternas a las oficiales, de pronto menos academicistas y politizadas pero igualmente válidas, sobre los sucesos que han marcado la agenda de las últimas décadas. Así, quizás en 200 años, tal como lo plasmó Goya en su tiempo y lugar, los colombianos del futuro, libres de temores y asedios, visiten ese templo de gimnasia memorial para evocar los trazos que den fe de la sangre derramada por sus compatriotas en momentos oscuros, que, ahora esperemos, para ese entonces sólo sean parte de un pasado inolvidable pero también irrepetible.

Bibliografía 

Alba Torres, J. (2015) ¿Qué pasa con la Novela Gráfica en Colombia? Revista Diners. Bogotá, Colombia. 

Baena, R. y Pantoja, O. (2015). Tanta sangre vista. En Rey Naranjo. Bogotá, Colombia.