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Estudiante modelo ¿Modelo de qué?

Ordoñez, Macarena Bruno

(Diseño Industrial)

Escritos en la Facultad Nº136

Escritos en la Facultad Nº136

ISSN: 1669-2306

Reflexión Pedagógica. Edición V Ensayos de estudiantes de la Facultad de Diseño y Comunicación Asignaturas: Pedagogía del Diseño I y II - 2016 Docentes: Carlos Caram · Gabriel Los Santos Eugenia Negreira · Mariángeles Pusineri

Año XIII, Vol. 136, Diciembre 2017, Buenos Aires, Argentina | 144 páginas

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El pensamiento colectivo y social asocia a un estudiante modelo o ideal con un estereotipo superfluo, impecable y sin defectos, que prácticamente viene a la mente como un acto reflejo. Entonces, se cree que el estudiante modelo es aquél que es estudioso, responsable, tiene buena conducta, vocabulario apropiado, tiene ganas de aprender, investiga, es crítico, inteligente, veloz, posee la respuesta correcta para cada interrogante planteado por el profesor, no se equivoca, sus calificaciones son elevadas y no se conforma con recibir el conocimiento que el maestro le da, sino que además busca ampliar dicha información. Seguramente, cada docente, esperará cualidades, comportamientos, actitudes y respuestas diferentes de sus alumnos, pero se supone no muy alejadas del perfil estandarizado descripto. 

Enseñar es un gran desafío en la actividad pedagógica de los docentes, ya que no siempre se encuentran esos alumnos modelo, dispuestos a aprender, a recibir motivación y un acercamiento respetuoso con el maestro. Y es que en realidad, el alumno modelo no existe, sino que cada perfil de estudiante será diferente según el perfil del docente, porque cada uno esperará comportamientos que respondan a sus demandas. Dicho en otras palabras, cada personalidad buscará un estudiante ideal diferente. Como no hay dos personas iguales, el hombre es un ser único e irrepetible, un profesor nunca podrá ser el ideal para todos sus estudiantes, ni el estudiante podrá ser el ejemplar frente a todos sus profesores. Además de no existir personas idénticas, tampoco las hay impecables en todos y cada uno de los aspectos que la conforman: académico, espiritual, físico, entre otras. 
Las expectativas que el profesor tiene acerca de sus alumnos pueden modificar su accionar en el curso, repercutiendo quizás hasta inconscientemente en el esfuerzo, comportamiento y rendimiento académico de los estudiantes que tiene a cargo. Entonces, la clase ideal en el ámbito educativo no existe en sí misma, dado que al no haber personas perfectas, tampoco hay una clase perfecta. La perfección en sí misma no existe, pero los docentes se esfuerzan continuamente para al menos pretenderla; logrando que los alumnos se sientan cómodos en la clase y bajo sus cánones de enseñanza, facilitando el aprendizaje al tener en cuenta intereses, necesidades y habilidades de los estudiantes, brindando contenidos coherentes y actualizados, entre otros. 
La relación entre alumno y docente se podría expresar gráficamente a través de una balanza, donde cada factor de cada extremo debe neutralizarse para lograr un equilibrio y que el espacio de aprendizaje sea el óptimo. 
Por un lado, los estudiantes buscan que los docentes sean dueños de ciertas características, que en conjunto con las suyas, se complementen para aprovechar en la mayor medida posible, los contenidos impartidos. Por otro lado, los docentes pretenden que sus alumnos tengan ciertos rasgos que permitan el buen desarrollo del currículum. 
Es decir, se genera una relación bilateral, donde ambas partes se van adaptando y encontrando; y los estudiantes al no estar formados totalmente en la disciplina que el docente expone, son seres dúctiles y plásticos que van poco a poco, elaborando nuevas estructuras de conocimiento y pensamiento a partir de los estímulos recibidos, que los distingue y a su vez les permite construir su propia identidad. 
“El chango no se changuiza, el león no se leoniza, pero el ser humano sí se humaniza, entonces el propósito del maestro de aula se convierte en motor de la transformación educativa”. (López Calva, 2006). 
La tarea de los docentes se debe centrar en estimular el talento de sus estudiantes, para que se hagan valer por ellos mismos, brindándoles las herramientas necesarias para facilitar su desarrollo, incorporarse a la sociedad; y de esta forma no ser meros espectadores sino protagonistas críticos de la realidad. Esto sucede, en mayor o menor medida, de acuerdo con el modelo de enseñanza que se aplique en el aula. Cuanto más dura sea la enseñanza, en términos de flexibilidad, más mecanizada y menos participativa será. Se puede decir entonces que, no existe el estudiante modelo, sino que existen postulados o lineamientos sociales bajo los cuales el tipo de estudiante que el docente o la sociedad pretende, difieren. 
Principalmente, existen dos modelos pedagógicos conocidos como constructivismo y conductismo que se contraponen. Esto no significa que un modelo sea mejor que el otro, sino que son diferentes y se adaptan a distintas épocas, temáticas y situaciones. 
Por un lado, el constructivismo con su exponente Ausubel (1983) se centra en la formación de seres autónomos y críticos, que adquieran conocimiento a través del aprendizaje significativo. Un proceso que permite relacionar un nuevo conocimiento con los saberes previos y la estructura cognitiva del educando de forma no arbitraria ni literal. Es decir, que el estudiante realmente comprende un contenido cuando lo puede resignificar, analizar y construir sus propios esquemas de conocimiento pudiendo ser aplicados fuera del ámbito educativo y en contextos diversos; dado que la mente es un tejido de ideas y conceptos vinculados y entrelazados que al recibir un nuevo contenido lo asimila y ajusta a la estructura preexistente, modificándola, complementándola y completándola. 
Ausubel resume el concepto en el epígrafe de su obra bajo una concisa frase: "Si tuviese que reducir toda la psicología educativa a un solo principio, enunciaría este: El factor más importante que influye en el aprendizaje es lo que el alumno ya sabe. Averígüese esto y enséñese consecuentemente". (1983). Por otro lado, el conductismo es un modelo más conservador, que se focaliza en la formación de seres obedientes, sumisos y pasivos. Watson (1913) es su mayor exponente, planteando el fundamento teórico de observación externa llamado estímulorespuesta, donde la primera variable se refiere a un factor externo o cambio en la condición fisiológica y la segunda, a la conducta resultante frente a tal estímulo. Si bien el reconocido psicólogo no niega la existencia de fenómenos psíquicos internos, tampoco la refuerza, al afirmar que no son variables observables. Continuando con la teoría, el ser humano es una tabula rasa en el cual se imprimen los datos de la realidad. 
Al nacer no posee ideas y conceptos innatos, sino que los va adquiriendo por medio de la experiencia, a través de lo que en este caso su docente le transmite como líder autoritario y expositor. De esta forma, aquello que le agrada lo aprende y aquello que le angustia lo desaprende. 
Prosiguiendo con el interrogante planteado en el título del presente ensayo, el perfil del estudiante además de poder ser asociado a un modelo educativo específico a través de sus matices expresados en el proceso de aprendizaje, no es único, de hecho tiene rasgos que lo diferencian según la cultura, tradición, ideología y época en la que se desenvuelve una sociedad. Por ello es interesante destacar al sociólogo Bourdieu (1973) que expone que en la sociedad existe una desigualdad educativa, dado que el éxito escolar depende de la clase social de la cual provengan los estudiantes, debido al diferente bagaje cultural según su nivel de recursos y su relación con la cultura dominante de la clase alta, elaborando posteriormente la teoría de la reproducción (1977), según la cual la escuela enseña la cultura de un grupo o clase social determinado (generalmente mayoritario y dominante) que ocupa una posición de poder en la estructura social. La escuela, entonces, transmite y conserva la cultura dominante, codificando, homogeneizando y sistematizando el mensaje escolar y a quien lo transmite, para que el receptor también se estandarice, universalice e interiorice produciendo habitus, que Bourdieu explica, son prácticas habituales intelectuales y morales que primero se adquieren de la familia y de la clase social de pertenencia, para luego servir de base a otras adquiridas posteriormente. 
Señala así el autor que la excelencia escolar se alcanza, partiendo de la excelencia social (comprendida como la alta sociedad) que pone en jaque las cualidades morales, gustos, saber teórico y saber hacer de cada uno, generando un único estereotipo que se transforma en ejemplo a imitar. Esto significa que existe una práctica ideal que pretende convertir al alumno en un modelo de excelencia. Pero este modelo, más que lograr una evolución en el aprendizaje, ordena y jerarquiza a los individuos en una clasificación si se quiere discriminatoria, donde se ubican en distintos niveles, según la proximidad que tienen con el modelo social preestablecido como óptimo, pero no por ello el más adecuado en lo que respecta a la moral, generando comparaciones permanentes entre compañeros de aula.
Expone un postulado que amplía esta brecha, al afirmar que los estudiantes provenientes de las altas clases tienen ventajas en el ámbito educativo, al haber pertenecido desde siempre en la cultura dominante; mientras que los demás sufren una aculturación al pertenecer a una formación social distinta a la predominante, viéndose obligados a esforzarse continuamente para adaptarse y asimilar el cambio.
De modo que para unos, el aprendizaje de la cultura tiene un precio muy elevado, y para otros, constituye una herencia.

Los estudiantes de clases cultas son los mejor (o los menos mal) preparados para adaptarse a un sistema de exigencias difusas e implícitas, porque poseen, implícitamente, los medios de satisfacerlas…Hay una evidente afinidad entre la cultura escolar y la cultura de la clase alta. (Bourdieu y Passeron, 1973, p. 109).

Esta clara representación del éxito y el fracaso escolar según la procedencia cultural del alumno genera una estigmatización difícil de superar ya que el estudiante de clase alta tiene más acceso a la educación por sus medios pero no por sus condiciones. Es decir, que una persona criada con recursos económicos, buena alimentación y estimulación comienza con más ventajas su etapa de aprendizaje, lo cual no asegura que obtenga mejores resultados finales. 
El proceso de enseñanza y aprendizaje debe ser inclusivo y productivo. Dicho en otras palabras, debe integrar a las personas para generar un contenido significativo y no tratarse de un simple guión a repetir como acto-reflejo. Las diferencias culturales no deben generar desigualdades escolares, que son desigualdades que generalmente se dan en la realidad en lo que concierne al saber y al saber hacer, pero que poco a poco se podrían ir desdibujando si la evaluación escolar no las clasificara en jerarquías explícitas que generan exclusión, diferencias y desigualdad; ordenando a los estudiantes en una escala si se quiere, subjetiva, que va desde los buenos a los malos alumnos. 
Si bien el docente siempre tiene una tendencia a crear una imagen de alumno ideal en su mente, no debe condicionar a sus alumnos desde el primer momento que los conoce, sino prestar atención a su evolución a lo largo de la cursada y trabajar conjuntamente con él para lograr verdaderos progresos, que nada tengan que ver con la memorización y repetición de contenidos sin una previa comprensión de los mismos. Si bien el docente debe evaluar a sus alumnos para conocer en qué estadio del aprendizaje se encuentran, también es verdad que sin evaluación no existiría el fracaso escolar, porque no habría una constatación del aprendizaje. Pero como el objetivo del docente es que el proceso de enseñanza y aprendizaje sea flexible y productivo, busca evaluar a sus alumnos con el propósito de lograr un conocimiento sobre la disciplina que sea verdadero, consciente, que sus alumnos aprendan exitosamente. El error está en pensar que el éxito y el fracaso son términos totalmente opuestos e inseparables, cuando en realidad habría que tomar al fracaso como un sinónimo de error, un término que para la corriente constructivista es de gran valor y necesario, aceptándolo como algo natural en el proceso de aprehender o asimilar la información. El error no debe verse como algo negativo, no como frustración sino como oportunidad para el aprendizaje, pues debería llevar al estudiante a reflexionar, a hacerse preguntas y generar un conflicto a resolver; y una vez descifrado, se puede decir que realmente internalizó o asimiló un concepto. 
Ambos calificativos, éxito y fracaso, son fruto de valoraciones y técnicas a las que recurren los docentes a la hora de evaluar y clasificar a sus alumnos. 
Perrenoud (1990) afirma que el éxito y el fracaso escolar se asocian profundamente a las técnicas de evaluación y la construcción de escalas jerárquicas generando una suerte de estratificación de los alumnos en grupos muy diferenciados: los que superan las instancias de evaluación y por ende aprueban; y aquellos que deben recuperar las calificaciones al no lograr alcanzar los parámetros de evaluación establecidos. 
Frente a este panorama, tanto docentes como alumnos construyen un pensamiento que tiene como intención entender o justificar el fracaso, identificando las razones del resultado obtenido en la evaluación, que es un trabajo en conjunto entre educador y educando, aunque generalmente la responsabilidad recaiga sobre el alumno que no comprendió el contenido o no estudió su lección. 
Kaplan (1992) sostiene que los maestros no suelen reconocer el impacto que ejerce su propio desempeño en los resultados que obtienen los alumnos que tienen a cargo (éxito o fracaso), sino que estos son consecuencia de una serie de factores como nivel sociocultural del alumno, contenidos pedagógicos, objetivos de la escuela, códigos que se manejan en la escuela, la relación familia-escuela, condiciones dignas de vivienda, comida y vestimenta, entre otros. 
Si bien estos factores existen e influyen en el proceso y resultado de enseñanza, no son los únicos. De esta forma cargan de culpa a las variables externas, no asumen sus falencias a la hora de transmitir conocimientos, evitando la autocrítica. Perrenoud afirma también que la excelencia del alumno, en términos de aprendizaje, se adquiere mediante el incremento del capital cultural, una transformación de los contenidos para lograr el saber hacer. 
Pero la excelencia muchas veces es una cuestión que supera al ser humano. Aquél que se encuentra en la cumbre de la jerarquía planteada se ve presionado por su entorno a permanecer allí o a seguir ascendiendo, de lo contrario generará una decepción. Los parámetros de excelencia muchas veces son una trampa de ilusión ya que son impuestos por grupos que van variando sus preferencias de acuerdo a los resultados, entonces se genera una relación tiránica de éxito-decepción, tanto de individuo como de su entorno. 
Lo que Perrenoud denomina norma de excelencia funciona en el sentido estricto del término norma, ofreciendo la imagen ideal del aula integrado por alumnos modelo, imagen hacia la que todos deben dirigirse a su ritmo, pero convirtiéndose en la única vía para alcanzar el nivel mínimo que garantice la competencia y auto superación. 
Dentro del aula, el profesor suele encontrar distintos tipos de alumnos: los que superan las expectativas, los considerados como desviados, que tienen la competencia necesaria para desempeñar su papel pero no están dispuestos a adaptar su conducta a la norma, generando un rechazo deliberado del que se lo juzga culpable; y aquellos que lejos de ser culpables no interpretan las normas y no se los considera responsables al reconocerse su transgresión como justificada. Estos últimos suelen ser catalogados con frases como no puede, no llega, no sabe. 
Estos tipos de clasificaciones es a los que Kaplan (1992) se refiere cuando afirma que los docentes construyen etiquetas para los alumnos de su clase y para los grupos que conducen, esperando diferentes logros o resultados de sus alumnos siendo en algunos casos prejuiciosos al esperar muy poco y ostentosos en otros al tener muchas expectativas de un estudiante que dio una primera buena impresión. 
Lo importante como estudiante no es llegar a ser ese ser perfecto, prácticamente inalcanzable; sino, junto con la ayuda del cuerpo docente y eventualmente de la familia, esforzarse día a día para dar lo mejor de sí, en cada tema, cada clase, proyecto y meta, porque el proceso de enseñanza-aprendizaje es un trabajo que debe darse en forma conjunta. El alumno es moldeado por sus guías, y son ellos quienes deben buscar su verdadera vocación y área de interés para aprovecharla al máximo y favorecer el rendimiento. El éxito debe darse en el proceso, que es el estadio de mayor riqueza, donde realmente se adquieren los conocimientos, y no sólo en el resultado final. El estudiante no es bueno o malo, sino que es dentro de sus alcances y bajo una serie de reglas sociales ineludibles, lo que él mismo se propone, resistiendo a construir la imagen que otro diseñó para él.
¿Por qué ponemos esa presión al éxito? Somos seres humanos, nos equivocamos todos... pesa no poder conformar a todos, y a todos nos pasa lo mismo. No hay que conformar al otro. Es como que todo el tiempo uno esté limitándose porque quiere conformar al otro. Hay que ser felices con lo que uno hace y promover buenos valores porque es lo único que nos va a llevar a una felicidad. Somos lo que brindamos. (Fucks, 2016).

Referencias bibliográficas 
Ausubel, D. P. (1983). Psicología educativa. Un punto de vista cognoscitivo. México: Trillas. 
Bourdieu, P. y Passeron, J. C. (1977). La reproducción. Barcelona: Editorial Laia. 
Bourdieu, P. y Passeron, J. C. (1973). Los herederos: Los estudiantes y la cultura. Buenos Aires: Editorial Labor. 
Fucks, Y. (2016, 28 de junio). Habló la Maestra que le escribió la carta a Messi. Todo Noticias. Paraná, Entre Ríos. Disponible en: https://www.youtube.com/ watch?v=26asrAnywPI 
Kaplan, C. (1992). Buenos y malos alumnos. Descripciones que predicen. Buenos Aires: Aique. 
López Calva, M. (2006). Una filosofía humanista de la educación . México: Trillas. Citado en: Cruz Rosas, M. J. (2014). El alumno ideal para el docente ideal. Maestria en desarrollo educativo. Universidad de Puebla Unidad Iztapalapa. Puebla: Universidad de Puebla Disponible en: http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:NWWZ_ lhUrXoJ:filosofiaixtapal2014.wikispaces.com/file/view/ Ensayo%2520final%2520filosfoia.docx/488016168/ Ensayo%2520final%2520filosfoia.docx+&cd=2&hl=es- 419&ct=clnk&gl=ar 
Perrenoud, P. (1990). La construcción del éxito y del fracaso escolar. Madrid: Ediciones Morata. 
Watson, J. B. (1913). Psychology as the behaviorist views it. Psychological Review, 20, 158-177.

Resumen: Existe una tendencia colectiva que categoriza al estudiante bajo etiquetas rotundas de buen y mal alumno, generando e idealizando un estereotipo de estudiante modelo superfluo, impecable y sin defectos, prácticamente inexistente, que viene a la mente como un acto reflejo. Entonces, se cree que el estudiante ideal es aquel que es estudioso, responsable, de buena conducta, vocabulario sofisticado, proactivo, crítico, veloz; dicho en otras palabras, perfecto, el alumno diez.
Enseñar es un gran desafío para los docentes, ya que el alumno modelo no existe, todos los seres humanos son diferentes, esperan cualidades distintas de otros y pueden desenvolverse bajo capacidades diferentes de acuerdo a cada área del conocimiento. Además, cada perfil de estudiante será distinto según el perfil del docente y el modelo pedagógico de enseñanza adoptado como doctrina, porque cada personalidad buscará un estudiante ideal diferente. Como no hay dos personas iguales, el hombre es un ser único e irrepetible, un profesor nunca podrá ser el ideal para todos sus estudiantes, ni el estudiante podrá ser el ejemplar frente a todos sus profesores. Además de no existir personas idénticas, tampoco las hay impecables en todos sus aspectos: académico, espiritual, físico. Se debe buscar un equilibrio entre ambas partes del esquema de enseñanza, para que el proceso sea fructífero. Lo importante como estudiante y como persona es esforzarse día a día para dar lo mejor de sí dentro de sus posibilidades, para alcanzar el aprendizaje significativo y para sentirse reconfortado con sus logros, pero no con motivo de conformar al entorno.

Palabras clave: actividad pedagógica - modelos pedagógicos - conductismo - constructivismo - docente - expectativa - estudiante - rendimiento académico - aprendizaje significativo - error – éxito - fracaso - etiqueta - alumno.

(*) Este texto fue elaborado en la asignatura Pedagogía del Diseño y la Comunicación I, del Programa Asistentes Académicos de la Facultad de Diseño y Comunicación, dictada por el profesor Carlos Caram. Año 2016.


Estudiante modelo ¿Modelo de qué? fue publicado de la página 24 a página27 en Escritos en la Facultad Nº136

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