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Indicadores aspiracionales, ¿Cómo pensar logros en épocas de fluidez?

Belmes, Débora [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXV

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXV

ISSN: 1668-1673

XXVI Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación

Año XIX , Vol. 35, Agosto 2018, Buenos Aires, Argentina | 245 páginas

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En el presente paper me propongo reflexionar acerca de los modos del hacer áulico, desde la perspectiva de la formación universitaria sostenida en la diversidad y en la creatividad.

Ranking, movimiento y actualidad 

La propuesta del decano para este primer plenario del Consejo Asesor Académico es trabajar sobre la confluencia e integración de los conceptos de Calidad e Innovación como parte de la marca que es la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. ¿Cuáles serían las posibilidades de construir un imaginario en donde confluya cierta integración entre las diversidades que conforman y constituyen esto llamado Facultad de Diseño y Comunicación? En este sentido las preguntas se orientan a si es posible construir una serie de indicadores y si estos funcionarían en el plano de la evaluación y/o la autoevaluación. 

Estamos en el siglo XXI, nuestros escenarios, el aula, la educación, la universidad, la tecnología han cambiado. La velocidad, el tiempo, la creatividad son algunos de los elementos que transforman nuestras concepciones del mundo y ello requiere otras estrategias que permitan capturar, accionar, intervenir y comprender lo contemporáneo. Ya no estamos en los tiempos de las islas individuales, donde los docentes, los alumnos, los profesionales tenían un rol fijo, constituían un conjunto claramente definido, ajeno a su tiempo y con un claro y predeterminado recorrido. No es que estas ideas hayan desaparecido de nuestro horizonte pero no son suficientes. Nuestro mundo se caracteriza por la hiperconectividad, devenimos sujetos entramados con un mundo y es en las redes donde vamos habitando y construyendo nuestras experiencias. El día a día se complejiza a medida que nos conectamos y conformamos nuevas interconexiones. Circulación, creatividad, movimiento y productividad son exigencias donde historia y devenir se entraman de manera simultánea. 

Este posicionamiento complejiza la concepción del alumno, del profesor y aún del profesional como una mera suma de propiedades y capacidades y como señala Denise Najmanovich (2001): el sujeto es “una unidad heterogénea”, que adviene sujeto en tanto entramado a su sociedad. 

¿Nosotros como docentes y la universidad como institución podremos ir instituyendo un lugar donde está claro que no es suficiente lo que tiene cada uno para dar sino que comienza a tener importancia y valor aquello que se puede producir en el encuentro y el intercambio? 

Es entre estas ideas que estoy pensando que la diversidad que hace a nuestra institución también pueda conformar linajes de transformaciones, que apunten justamente a favorecer experiencias de aprendizaje sostenidas en el encuentro con otros ya sea en el aula con los compañeros y los docentes sino también en el encuentro con la comunidad y el espacio laboral.

¿Es posible construir indicadores aspiracionales? 

El indicador, más bien los indicadores son un concepto que usamos en investigación. En términos generales refieren a aquello permiten señalar los aspectos discernibles de las variables en estudio, tienen que ver con el marco teórico y serían los encargados de señalarnos de manera operacional cuando nos encontramos frente a alguno de los aspectos/dimensiones de la variable en estudio. Por lo tanto la noción de indicadores contiene las ideas de apuntar/señalar y a su vez la limitación que solo tienen sentido dentro de un contexto particular.

Siguiendo con el modelo de investigación tendríamos que definir quienes serían los protagonistas: los alumnos, los docentes, el trabajo áulico, la producción académica y así podríamos seguir delineando posibilidades. Supongamos que nos paramos desde los alumnos y una aspiración podría ser que fueran más participativos. También podríamos pensar en los docentes y por ejemplo que aumentara la producción escrita.

Cualquiera sea el punto en que nos paremos deberíamos podemos imaginar que resultados tendríamos que encontrar si nuestra propuesta de trabajo, nueva tecnología, etc. funcionara. 

¿Cuáles podrían ser los indicadores? La Web está llena de categorías y trabajos al respecto (hasta el “rincondelvago.com” tiene uno). Algunos ponen el acento en la evaluación y/o autoevaluación. Otros priorizan el cumplimiento de ciertas categorías vinculadas a la innovación: eficacia (mejores resultados), reproducción (capacidad de aplicarlo a otros contextos), motivación (tanto en alumnos como en docentes), renovación de tecnologías. 

Otros acentúan en relación a la innovación educativa las siguientes características: originalidad, eficacia, eficiencia, transferibilidad y sostenibilidad. 

Esta línea de trabajo, que tanto desarrollo tiene en el área educativa parte de un modelo al que hay que arribar. Lugar que de alguna manera, sostiene el imaginario propio de la modernidad, donde lo correcto es lo determinado, es aquello que se ajusta a los patrones estandarizados y donde lo que está por fuera de los mismos es incorrecto, desviado, no natural y hasta patológico. En este posicionamiento, lo correcto es un patrón que se articula en comparación. Toda variación es con respecto a algo. No olvidemos que la máxima cartesiana es: “encontrar lo claro y distinto”. Lo correcto ocupa un lugar privilegiado, donde las modas pueden cambiar pero no la idea de que hay algo que es lo preciso y exacto. Pero surgen algunas preguntas: ¿mejores notas son indicadores que reflejan la eficacia? ¿Más publicaciones son indicadores de calidad? Y aún: ¿cuántas son más publicaciones? ¿Es posible transferir a distintas asignaturas la misma metodología? ¿Qué pasa con el error? Preguntas que reflexionan y profundizan las definiciones de los indicadores y su relación con el contexto teórico y social. 

Pero si retomamos las ideas expuestas al inicio de esta ponencia y afirmamos que nuestro mundo se ha complejizado, sin abandonar las posiciones desarrolladas deberíamos acceder a una dimensión en la que también tengan lugar las condiciones que constituyen lo actual. El problema surge cuando se intenta articular una propuesta educativa, que parte de la diversidad, con alguna forma, medida que de cuenta de aspectos vinculados a la innovación y la calidad. ¿Será posible construir algún tipo de indicador? La primera respuesta que surge es que es paradojal. Si partimos de la diversidad, es complejo pensar en un punto de llegada ya que la cualidad de lo diverso es asociada a los giros, a la multiplicidad y a la variedad. En una segunda respuesta podríamos asociar que la idea de diversidad se relaciona con un pensamiento vivo, un pensamiento que trasciende las fronteras. En este punto podríamos examinar la noción de universidad, que porta en su etimología la idea de lo único y universal. La universidad, y en especial la Facultad de Diseño y Comunicación viene construyendo un camino que habla de tendencias, circulación y creatividad. Desde esta perspectiva sus acciones son parte de lo diverso, ya que en su etimología se encuentra la idea de alejarse (aquí de lo único, lo fijo, lo determinado). No hay cambio, ni movimiento, ni producción en la que no juegue la imaginación. Imaginar es una experiencia del ser humano, sin ella no existiría nada de lo que nos rodea. ¿Cómo promocionarla y a la vez medirla? Una tercera respuesta, y retomando la idea de la imaginación, se localiza en el ámbito de nuestras aulas, en tanto encuentro de sujetos en una aquí y ahora (y en un allá y entre clases también) que podría generar una oportunidad privilegiada, que habilite los circuitos del saber, de la curiosidad y del deseo. Alumnos y docentes, en mutua interacción podrían componer giros esperados e inesperados, redes de estudio y redes de posibles futuros trabajos e investigación. El riesgo de estos posicionamientos es el cuestionamiento a los saberes constituidos y la caída del lugar privilegiado de aquel que detenta “el supuesto saber”. La oportunidad podría estar del lado de cierto espíritu, que al modo de la canción, pueda abrir la puerta para ir a jugar y dar lugar al interés y a los vínculos de reciprocidad. 

Los indicadores también podrían entonces, en un sentido mas laxo, señalar nuevos hilos, la apertura a nuevas redes que desde esta perspectiva, se promocionan, habilitan y construyen desde y en el aula. Hay áreas que permiten abrir la puerta y salir de las fronteras de la institución como espacio cerrado del saber y habilitar una saber/hacer en el propio campo, facilitando la circulación de conocimientos, experiencias y actividades que no solo dependen de conceptos a priori sino también de la construcción de nuevas habilidades. En este sentido la Universidad tiene la oportunidad (a través de los sujetos que la componemos) de vincularnos con la comunidad. Ello implica una posición que requiere reconocimiento y conocimiento. El desarrollo de competencias transversales (que incluyen los conocimientos en el sentido tradicional pero se desarrollan en peque- ñas nodos) podría extenderse en y a través de las cursadas. Vincularnos no solo desde la institución hacia la comunidad sino desde la comunidad hacia la institución, vehiculiza la idea de circulación. La cursada y la currícula dimensionan su tránsito posibilitando una experiencia de participación que trasciende el mero título y posibilite una profesional abierto a nuevos desafíos.

Referencias bibliográficas 

Najmanovich Denise (2001): Pensar la subjetividad. Utopía y Praxis Latinoamericana. Revista Internacional de Filosofía Iberoamericana y Teoría Social. Año 6 Nº 14. Venezuela: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de Zulia.


Indicadores aspiracionales, ¿Cómo pensar logros en épocas de fluidez? fue publicado de la página 14 a página15 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXV

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