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Evaluación como declaración de intenciones

Gazzaniga, Eduardo [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXV

Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXV

ISSN: 1668-1673

XXVI Jornadas de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación

Año XIX , Vol. 35, Agosto 2018, Buenos Aires, Argentina | 245 páginas

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Resumen:

El enfoque de este nuevo ensayo se detendrá en el lugar en el que se ubica el docente al momento de evaluar a los estudiantes, para que la evaluación sea una herramienta más; que además de cuantificar y cualificar procedimientos y resultados, aporte al crecimiento del estudiante.

Palabras clave: Evaluación – cuantificar – cualificar – procedimientos - resultados

Este es el tercer eslabón de una pequeña cadena de escritos cuya estructura interna es un análisis de la función del docente. En el primero, se abordó la idea del conocimiento limitado del docente; de cómo sus saberes, por definición inconclusos, son, en definitiva, las herramientas principales para desarrollar su actividad. Dado que educar es una construcción social y no se limita a ofrecer conocimientos prácticos o enciclopédicos sino guiar y formar desde distintos escenarios. El docente también aprende en tanto enseña, más allá de formarse en especializaciones o posgrados. 

En un segundo trabajo el acento estuvo en la motivación. En cómo el docente intenta hacer coincidir los (muy variados) estados de recepción de los estudiantes para que lo que usualmente llamamos aprendizaje, y que emana desde la tríada didáctica (estudiante - docente -conocimiento) se concrete. 

A partir de aquí, el enfoque de este nuevo ensayo se detendrá en el lugar en el que se ubica el docente al momento de evaluar a los estudiantes, para que la evaluación sea una herramienta más; que además de cuantificar y cualificar procedimientos y resultados, aporte al crecimiento del estudiante. En las disciplinas comúnmente denominadas duras el asunto puede reducirse a un tema de resultados y/o procedimientos, pero en otros campos, donde el componente filosófico y dialéctico es más amplio se encuentran mayores discrepancias. 

Si entendemos que un ensayo es un objeto que habrá de aportar un avance con respecto a algo que ya conocíamos, es pertinente la tarea de descomponer aquello que se cree sabido para analizar si efectivamente ese constructo o entidad cultural que manejamos corrientemente es todo aquello que pensamos que es.

La Real Academia Española tiene, para el término evaluación la siguiente definición: Señalar, estimar, apreciar el valor de algo. Luego dice: Estimar los conocimientos, aptitudes y rendimientos de los alumnos. 

Dentro del uso habitual de la palabra, evaluamos una situación para tomar una decisión a partir de determinados datos o información. En la práctica, el estudiante (o el alumno, según prefiere la R.A.E.), asocia evaluación con un número, la nota. 

Las dos alternativas no están enfrentadas, pero la idea de evaluación connota un conjunto de otros conceptos. En el imaginario colectivo flota la idea que al estudiante lo único que le interesa es ese número, sin que aparentemente se detenga a pensar qué pueden encerrar esos dígitos. Pesan más cuestiones como si aprobó o no aprobó un examen; si le queda un buen promedio; si le permite promocionar la materia u otras metas que tenga por delante. El humano suele orientar su instinto de supervivencia en una optimización de variables como tiempo y esfuerzo y, en su etapa de estudiante, esto se hace más evidente en algunos aspectos. 

El estudiante universitario, tal el caso que nos ocupa, contempla varios componentes que conforman su carrera, dentro de los cuales podemos mencionar los costos económicos, duración de la carrera, elección de cátedras, etc. La calidad educativa que recibe es solo uno de ellos; el resultado final es una gran mezcla y promedio de estos y no siempre la excelencia en el aprendizaje es priorizada. 

Seguramente existe un deseo de esforzarse y, puestos en algún tipo de situación de laboratorio, ideal (sin las vicisitudes propias del mundo en general y en particular del mundo universitario), estudiar/aprender es una vivencia muy gratificante, pero tal mundo idílico no es real. 

Hablamos de un docente, que orienta, de uno que motiva, honesto en su propuesta educativa. Imaginemos entonces a ese docente que se presente ante la clase y diga a sus estudiantes que se acerca el momento de la evaluación final:

“ya hemos recorrido un largo periplo. En poco tiempo ustedes ya no serán estudiantes, serán, en muchos casos, colegas. Entonces voy a hablarles como tal: Pongan amor en lo que hacen. Intenten entusiasmarse son su objeto de estudio, para que al escribir y hablar sobre él, lo hagan de manera sólida, consistente, bien documentada. Que en el desarrollo de su ensayo emerja su interés personal con vistas a aportar a la disciplina que los ocupa un grado cierto de innovación. Utilicen para ello un lenguaje disciplinar, que contemple el correcto uso de las reglas ortográficas, gramaticales y de estilo. Que su escrito sea claro y conciso, que tenga su voz, la identidad del autor. Que la exposición oral aspire a tener solvencia profesional. En pocas palabras, no hagan como hice yo”.

Si en principio puede parecer una humorada, o una burla, lo cierto es que este docente honesto también pasó por su época de estudiante y conoce sobradamente ese territorio y lo hace con los pies bien firmes en él. Al momento de evaluar, este docente tiene el deber y la obligación de exigir. Es de esperar que la vara para medir los conocimientos y propuestas de los estudiantes esté a la altura de la excelencia que se declama desde la teoría e incluso desde la publicidad de las instituciones educativas. Ahora bien, en la práctica, en donde el día a día del estudiante se parece bastante a una lucha cuerpo a cuerpo con el sistema educativo y sus contingencias periféricas esbozadas líneas arriba, también es esperable que no sean muchos los que logren cumplimentar todos los objetivos. 

El planteo de Litwin (1998) asociando la idea de evaluar con el aprendizaje, remarca que en muchos casos justamente sucede lo contrario, poniendo como un claro ejemplo el de la evaluación vivenciada como una instancia de éxito o fracaso y cómo esto repercute mucho más en la vida posterior del estudiante que aquellos datos que logró retener para la ocasión. 

Dada en forma escrita (como una grilla) o de forma oral, los temas y aspectos a evaluar suelen aparecer en las instancias puntuales (una prueba, un parcial, un examen final), en donde el estudiante participa de modo activo, requiriendo la información más precisa posible sobre aquello por lo que se lo va a calificar y muchas veces, el aspecto memorístico y de acumulación de datos suele ser el protagonista en estas instancias. Pero el espíritu con el cual está pensado un esquema de valuación, debería atravesar toda la cursada para que sea enriquecedor y sume a la formación del estudiante y del docente mismo. 

Un esquema de evaluación debe ser claro en sus propuestas, partiendo de que es una búsqueda perfectible, siempre sujeta a revisiones y mejoras; que va a incluir los propios problemas que tiene toda la pedagogía y que no será una solución mágica. Con la vida real como contexto, y siguiendo con la idea de descomponer el significado de las notas, es pertinente brindarles a los estudiantes un baremo para que ellos tengan claro qué se está evaluando. 

Los estudiantes que cumplan todos los requisitos de este discurso imaginario (al que también podemos rotular de declaración de intenciones) debieran tener la nota más alta; pongamos un número, un diez. Será útil que ese baremo tenga gradaciones para ciertos aspectos como, por poner un ejemplo, Creatividad o Redacción y que dentro de los mismos haya una división con distintos niveles. Eso brinda al estudiante la información de aquello por lo cual se lo evalúa y, por acto seguido, se lo traduce a un número en el casillero correspondiente. Es una forma que explicita lo que se pide para que, por contrapartida, la nota no sea un enigma; por el contrario, sea claro reflejo de lo que se habló previamente. 

Este tipo de grillas o esquemas no modificarán todas las problemáticas de la pedagogía, como aquellos conceptos que se enseñaron y no podrán ser capitalizados por igual por todos los miembros que componen la clase debido alas diferentes realidades que vive cada estudiante y porque, además, el grado de maduración, permeabilidad y motivación es distinto en cada uno. Pero es una manera de que el estudiante también entienda el porqué de esas notas que recibe. 

Es también recomendable que se ponga en claro que, si el docente lo cree conveniente, se vuelque en calificación un ítem que tenga correspondencia con el esfuerzo y las posibilidades de cada estudiante. Para poner un ejemplo simple; si un estudiante que parte de una situación de desventaja obtiene un mismo logro que otro que partió de mejores condiciones, podrá tener una mejor nota. 

Debiera ser, pues, un acuerdo entre el estudiante y el docente, donde se pone de manifiesto aspectos tales como qué niveles o competencias que se requieren para determinada actividad o en qué nivel se encuentra la clase (en una instancia de evaluación inicial o diagnóstica), hasta las metas que se pretenden conseguir durante el ciclo. 

Seguramente que nunca dejará satisfechos a todos, pero cuanto más se lo transparente, menor conflicto habrá. Llevándolo al extremo, este esquema, podría servir para que el propio alumno se autoevalúe y también como una herramienta con la cual el docente ha de formarse, ya que la exigencia puesta en que el estudiante expanda el horizonte de lo que sabe, hará que él mismo explore campos nuevos de su conocimiento; esto ocurre todo el tiempo, pero no se lo reconoce con la misma habitualidad. El cuestionamiento que queda, para un próximo escrito, dado que no existen las condiciones reales para que el discurso imaginario del docente se pueda cumplir en la mayoría de los casos, ¿qué se deberá modificar para que ello ocurra?

Referencias bibliográficas

 Litwin, E. y otros. (1998). La evaluación de los aprendizajes en el debate didáctico contemporáneo. Argentina: Paidós. 

Real Academia Española. (2016). Recuperado de http:// dle.rae.es/?id=H8KIdC6.

Nota: Este trabajo fue desarrollado en la asignatura Evaluación a cargo del Profesor Matías Panaccio en el marco del Programa de Reflexión e Innovación Pedagógica - Formación de docentes de la Facultad de Diseño y Comunicación.

Abstract: The approach of this new essay will stop at the place where the teacher is located when evaluating the students, so that the evaluation is one more tool; which in addition to quantify and qualify procedures and results, contribute to student growth.

Keywords: Evaluation - quantify - qualify - procedures – results

Resumo: O enfoque deste novo ensaio se deterá no lugar no que se localiza o professor ao momento de avaliar aos estudantes, para que a avaliação seja uma ferramenta mais; que além de quantificar e qualificar procedimentos e resultados, contribua ao crescimento do estudante.

Palavras chave: Avaliação - quantificar - qualificar - procedimentos - resultados

(*) Eduardo Gazzaniga. Artista plástico. Profesor de la Universidad de Palermo en el Área de Moda y Tendencia de la Facultad de Diseño y Comunicación.


Evaluación como declaración de intenciones fue publicado de la página 121 a página123 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXXV

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