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Un gringo viejo

Compagnucci, Matías

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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Introducción 

Achacado por el peso de la edad en sus últimos años, la figura de Enrico Compagnucci distaba mucho de la de su juventud en la campiña italiana, más precisamente en la región de Macerata, en donde recién entrado en sus 20, caminaba erguido en su metro ochenta de estatura, sus ojos verdes penetrantes y un cabello oscuro bien peinado hacia la derecha lo convertía en el arquetipo del joven italiano de comienzos de siglo XX. 

Ahora a sus 80 años y la muerte muy cercana, el joven gallardo se veía transformado en un viejo cascarrabias, que se sentaba siempre en la punta de la mesa con su vino con soda al lado de su fiel esposa. Con la mirada triste por el peso de los párpados, el pelo blanquecino y varios centímetros menos que la gravedad le iba arrebatando año tras año. 

Ese hombre era un típico “gringo viejo”, cuyo rostro, manos y piel, relataban la emocionante historia de un inmigrante que dejó atrás su tierra y su familia para hacerse a la mar en busca de sus sueños, viviendo cientos de aventuras y desventuras que lo marcarían para siempre. 

El siguiente trabajo es sobre su vida y se encuentra dividido en tres capítulos en donde se puede apreciar su participación en la Primera Guerra Mundial que le haría dar cuenta de la situación penosa en la que estaba su país y toda Europa, el viaje en barco por el Atlántico y por último las aventuras de Enrico en el nuevo continente. 

Todo el relato se construyó a partir de entrevistas en profundidad a su hijo y a su nieto mayor, apoyadas por elementos documentales y gráficos aportados por la familia. 

Capítulo 1: Las miserias de la guerra 

Densas nubes cubrían el cielo del valle, aquella fría mañana de marzo en el lado sur del Río Piave. Una fina lluvia calaba los huesos de los soldados quienes escondidos en un mar inmenso de trincheras, alambre de púas y bolsas de arenas, esperaban expectantes la trompeta del mando mayor que daba inicio a las actividades del día. Al fondo los Alpes completaban el paisaje dantesco del frente italiano en la Primera Guerra Mundial. 

El olor a barro podrido se mezclaba con el de la pólvora, que con el viento producían densas bocanadas de hediondas, haciendo lagrimear a los combatientes. Estos, hambrientos y cansados, no veían la hora de terminar con el conflicto para abandonar ese alejado lugar olvidado por Dios, en donde lo único que parecía tener vida eran las balas de los enemigos que zumbaban al lado de los cascos como mosquitos sedientos de sangre. 

Dos largos años habían pasado desde el inicio de las hostilidades, dos largos años en donde Italia fue obligada a retirarse dentro de su territorio. Los constantes bombardeos habían borrado todo rastro de los árboles y plantas que antes decoraban el valle. Ahora solo quedaba un páramo yermo, con miles de agujeros en donde hombres que se movían como hormigas jugaban a matarse bajo el manto gélido del invierno italiano. 

En una de esas trincheras cercanas a la costa del río, se encontraba Enrico, que después de dos años de servicio militar y dos de guerra se levantaba como un camillero curtido del ejército italiano, a su lado, cuatro compañeros más se resguardaban de los peligros de la guerra bajo la protección de las paredes de arena y tierra. 

Dos meses atrás, en octubre 1916, los valientes soldados italianos comandados por el general Carlos Diaz habían logrado frenar el avance astro-húngaro, generando una especie de impasse entre los dos ejércitos en el cual ninguno podía moverse más allá de su posición sin sufrir cuantiosas bajas. Cinco días habían pasado sin que el grupo de Enrico recibiera raciones, ya que se encontraban en pleno frente de batalla y nadie podía alcanzar su trinchera sin ser herido o muerto. La desesperación de la sed, llevó al camillero y a sus compañeros a discutir un plan terrible, en el cual un miembro del grupo debería atarse todas las cantimploras al cuerpo y arrastrarse hasta la orilla del Piave para traer agua, una misión con muy pocas chances de éxito que, sin duda, traería la muerte a quien la llevara a cabo. 

Luego de discutir por varios minutos Enrico comenzó a tomar las cantimploras de sus compañeros diciendo que prefería ir él y morir rápido de un tiro en la cabeza a quedarse en un agujero miserable esperando a morir lentamente de sed. Una vez atados todos los recipientes a su cuerpo, subió la estructura de madera y se lanzó hacia afuera de la trinchera. 

Al salir y echarse cuerpo a tierra no pudo ver mucho más allá de un par de metro de donde estaba ya que las estructuras defensivas destruidas, el humo y los cadáveres bloqueaban la vista hasta la orilla del río. Un silencio de cementerio reinaba en todo el valle, solo perturbado por disparos ocasionales, explosiones de cañón y a lo lejos, como si perteneciera a otra dimensión, un susurro de lamento de aquellos combatientes amigos o enemigos que habían sido heridos en la lucha y a los que no se podía llegar por el riesgo a ser alcanzado también. Seis horas tardaría Enrico para llegar a la orilla en donde cargaría todas las cantimploras sin ser detectado y con su botín a cuestas emprendería el regreso por ese laberinto infernal con la misma suerte. Al llegar a los pies de su trinchera, se daría vuelta para poder lanzarse y caer parado en ella, pero un error de cálculo lo haría trastabillar y caer sentado. 

Medio aturdido, abrió los ojos, pero no encontró a ninguno de sus compañeros, dando vueltas la cabeza para ver si se había equivocado de trinchera, al levantarse pudo comprobar la espantosa verdad: sus compañeros no se habían ido, todavía estaban en el agujero, hechos pedacitos, por un mortero que había caído en algún momento de su travesía, sin darse cuenta, sus pocas pulgas y su valentía lo habían salvado. 

Dos años más duraría este calvario, para 1918, el ejército italiano logró romper las filas enemigas y avanzar sobre el territorio perdido para echar a los astro-húngaros, Enrico recibió tres balazos en ese periodo de tiempo, dos en la pierna y uno en el brazo, heridas que le dolerían cada que vez que venía una tormenta y que junto a su medalla al mérito le recordarían los horrores de la guerra. 

Capítulo 2: Un largo viaje 

Al terminar la guerra, el joven Enrico volvió a su ciudad natal, en donde contrajo matrimonio con María, la hija de un amigo de la familia con la que tuvo dos niñas. Para finales de 1925, la situación económica del país iría de mal en peor, el hambre, la pobreza y los rumores de una nueva guerra pintaban un panorama oscuro para la familia Compagnucci. 

Previniendo el negro futuro que se avecinaba para Italia, el joven buscaría consejo en sus tíos que vivían del otro lado del pueblo, los cuales le dieron un folleto, en donde se publicitaba un sin número de bienes y beneficios para aquellos inmigrantes que desearan abandonar su tierra para buscar fortuna en un país remoto que necesitaba mano de obra, ese país era Argentina. 

Sin embargo, agobiado por las deudas y la falta de ingreso, Enrico no tenía modo de pagarse el pasaje ni a él ni a su familia, con lo que nuevamente decidió tomar una drástica decisión que cambiaría el curso de su suerte. Irse de polizón en un barco mercante, llegar al país y lograr la suficiente cantidad de dinero para traer a su familia al nuevo mundo. Dos semanas después, se despediría entre lágrimas de su esposa e hijos para abordar un barco de forma secreta habiendo sobornado previamente a un marinero. 

Varios días de penurias pasó el joven en altamar, no acostumbrado al bamboleo del Atlántico. Enrico pasaba sus días encerrado en el compartimiento de carga sin ver la luz del sol y vomitando la poca comida que le traía el marinero que lo había subido a bordo o la que él podía robar cuando se escabullía por el barco, a la tercera semana el barco llegó América. Su cómplice, sin embargo, le diría que el puerto a donde habían arribado no era Argentina, sino Brasil y que el barco se había averiado con lo que deberían esperar otra semana más para llegar a Buenos Aires. 

Al ser reparado el motor, la nave comenzó el viaje nuevamente, cargado de miles y miles de cajas de bananas del Brasil que eran vendidas puerto por puerto, atrasando la llegada a Buenos Aires dos semanas más. 

En ese periodo Enrico sobrevivió comiendo las bananas que se sobresalían de las cajas, kilos y kilos de ese fruto que al llegar a Buenos Aires, lo dejarían tres días en cama con un empacho severo. Cuestión que le provocaría un rechazo profundo hacia este fruto por el resto de su vida y que incluso le produciría una reacción alérgica al estar contacto con este, enfermedad que años más tarde, misteriosamente heredaría su segundo nieto 

Capítulo 3: Un nuevo hogar 

Luego de salir del hospital de los inmigrantes, el joven Enrico comenzó a buscar trabajo en el puerto, la estiba de cereales y mercaderías diversas, generaron las condiciones para que rápidamente lograra ahorrar un suma de dinero importante, la suficiente como para poder comprar una pequeña parcela de campo a lado de un arroyo, en una provincia llamada Santa Fe. Pasada la primera cosecha y con su casa ya construida, pudo traer a la familia al nuevo hogar. Sin embargo, la tragedia volvería a golpear primero con la muerte de su hija más pequeña debido a una fuerte pulmonía y luego, la de la más grande, a causa de una enfermedad mental que la hacía comportarse como una gallina, una experiencia desagradable al igual que la guerra también lo marcó de por vida. Años más tarde, la pareja tuvo cinco hijos que ayudarían a su padre. 

Todas los días, luego de la extensa jornada de trabajo en el campo (que arrancaba a las 5 de la mañana) Enrico salía para el pueblo en su “Barile bianco” (Barril blanco) nombre que le daba a su yegua preferida, una criolla pálida con la barriga hinchada que se asemejaba a una de las barricas que usaban para guardar el vino. El amor que sentía por ese animal era correspondido cuando esta lo traía de nuevo a casa, completamente inconsciente, después de una tarde de copas. 

Al cumplir los niños más grandes la mayoría de edad, entrado en años y ya muy desganado del labor agrario, Enrico decidió cambiar de rumbo, vendiendo todo el campo que tenía y sus herramientas y comprando un casco de estancia viejo donde haría construir un boliche llamado “Las Doscientas cuadras”, el cual se sustentaría diariamente con los jornaleros y changarines que trabajaban en las estancias de alrededor. Pero la verdadera ganancia vendría el fin de semana cuando la familia Compagnucci organizaba bailes en el boliche al que llegaron a asistir 3000 personas que venían a disfrutar del show y la bebida. Por los próximos cinco años, el ex soldado viviría peleándose cuerpo a cuerpo con borrachos y maleantes para echarlos de las fiestas. 

Finalmente Enrico murió a los 85 años, lejos de la penuria de la guerra y hambruna, rodeado de sus parientes, amigos y cinco pequeños nietos que serían su orgullo, que años más tarde contarían las aventuras del nono Enrico, un gringo viejo, que vivió una vida interesante. 

Conclusiones 

La historia de mi bisabuelo Enrico es sin duda la prueba factible de que García Márquez no inventó nada, ya que los sucesos mágicos y anecdóticos que ocurrieron en obras como 100 años de soledad, pueden encontrarse perfectamente en los relatos de miles de inmigrantes y nativos que ayudaron a construir nuestra América, algunas incluso llegando a ser más sorprendentes que la ficción.

No existe la menor duda de que la vida de este hombre fue más que interesante y que el relato de la misma va a seguir pasando de generación en generación dentro de mi familia como prueba de que el trabajo duro y la fuerza de voluntad, pueden transformar la realidad..


Un gringo viejo fue publicado de la página 90 a página91 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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