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Entre fuegos y sentimientos

Llamal, Paula Sabrina

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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Introducción 

¿Qué se siente estar en una guerra? Esta es la historia de José Horacio Llamal, a quien el 23 de enero de 1981 le notifican que debía hacer el servicio militar y que, por cuestiones de la época, debió estar en servicio durante la guerra de Malvinas. 

Gracias a ello pudo entender la conexión que sentía con su abuelo, Ganham Llamall, quien había llegado ilegalmente al país para tener una vida mejor. 

Podremos leer la carta que el Ejército Argentino enviaba a las familias para dar aviso de la partida. 

A través del relato de Horacio, sabremos cómo eran las guardias cuando comenzaba el toque de queda, y, también, algunas anécdotas de aquellos tiempos. 

Conoceremos su relación de amistad con algunos de sus compañeros, entre ellos Aldo Corbalán y Daniel Robles, quien le regaló un poema que había recitado una noche fogata. 

Una historia que, sin lugar a dudas, estuvo y está presente en cada uno de nosotros.

Raíces de persecución 

A pesar que toda su familia había nacido en la provincia de Córdoba, José Horacio Llamal, nació el 17 de diciembre de 1960 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires. Durante toda su infancia vivió en Alta Gracia hasta que a los 12 años por cuestiones laborales, su padre debió ser trasladado a Buenos Aires. Tuvo una infancia dura, con padres poco demostrativos y dos hermanos con quienes tenía una relación de constantes peleas. Más allá de no sentir unión con su familia y, que no había llegado a conocer a sus antepasados, una vez de niño había escuchado hablar de su abuelo paterno y ello le generó una emoción tan fuerte que en aquel momento no supo comprender. Algunos años después, cuando pasaba por la incontrolable etapa de la adolescencia, se escapó hacia una ciudad vecina para visitar a Jorge –su tío- con quien jamás tuvo algún tipo de relación, pero estaba seguro que él podría contarle más de sus abuelos que su propio padre. 

Mientras pasaban los paisajes por la ventana del micro, sus pensamientos iban con la misma rapidez: le intrigaba saber por qué desde hacía tantos años le causaba tanta curiosidad y melancolía pensar en su abuelo. Cerca de la cena, Horacio llegó a la casa de su tío. Tocó la puerta, se presentó y sin dudarlo, Jorge le abrió las puertas e invitó a su sobrino a pasar unos días allí con ellos. Su tío era una persona canosa y reía con mucha facilidad. También conoció a sus primos y a la mujer de Jorge: Nelly. Ella fue quien le contó que durante muchos años había cuidado a su abuelo: él era un hombre ciego, a quien no le gustaba molestar a nadie por causa de ello. Era muy vergonzoso y si podía pasar desapercibido, mejor. Horario con un poco más de información intentaba imaginarse cómo había sido su abuelo. Nelly prosiguió: “Tu abuelo tenía dos nombres, su nombre real siempre fue Ganham Llamall, pero al llegar a la Argentina lo cambiaron y le sacaron la última letra del apellido. Desde que llegó aquí siempre se lo llamó Salvador…”. Ella se emocionó de tal manera que Horacio pudo sentir cuánto lo había querido. 

Luego de terminar la cena, mientras su tía servía el postre, le contaba que su abuelo había nacido y crecido en Siria, en una ciudad llamada Hama. A finales del año 1890, Ganham decidió huir ilegalmente porque no estaba permitido salir del Imperio por aquellos años. Su situación era muy difícil: su comunidad cristiana era constantemente perseguida, discriminada así como privadas de realizar muchas actividades dentro del Imperio Turco y, por causa de ello, no podían acceder a un digno mercado laboral. Al llegar, junto con compañeros de su comunidad se asentaron en Santiago del Estero. Allí, en un banco de la plaza del pueblo pasaba largas horas sentado, llorando, porque no sabía hablar el idioma, porque no sabía qué pasaría en su futuro, porque había dejado toda una vida atrás… La violencia que había vivido en su país y la tranquilidad que éste le ofrecía lo hacía emocionar. 

Esa noche, Horacio escuchó con mucha atención todo lo que sus familiares aportaban. Con el ruido de los sapos afuera, intentó dormir, pero el insomnio se apoderó de él e intentó procesar toda aquella información con su inexplicable sentimiento hacia el abuelo. 

La partida 

Horacio llevaba una vida tranquila, trabajaba para mantenerse como chapista en el barrio de Parque Patricios. Así fue hasta el 23 de enero de 1981, aquel día inolvidable fue cuando se enteró que había sido sorteado con los tres últimos números de su DNI para hacer el servicio militar. Sin lugar a dudas, fue un momento muy duro, crítico, sobre todo porque no sabía que esperar de aquella situación. Esa tarde, se le informó que sería trasladado a Campo de Mayo, en el partido de Tigre. Horacio, que algunas veces utilizaba sus aires irónicos bromeó: “¿No hay un lugar más cerca?” El comandante, que estaba rondando a pocos metros de los nuevos soldados escuchó aquel comentario y retrucó: “Vas a contar pingüinos entonces”. 

Antes de subirse al micro que cambiaría su historia, logró entregarle un papel a una señora que pasaba por allí para que por favor, pudiera dar aviso de su partida a la familia. Sin saber cuál era su destino y entre muchos miedos que empezaban a pasar por su cabeza, recordó a su abuelo Salvador. Pensó que si bien eran escenarios diferentes los sentimientos debían ser parecidos: tristeza, miedo, melancolía, excitación, ansiedad… Todo al mismo tiempo. Fue en ese preciso momento cuando entendió aquella conexión que sintió de niño. 

Durante el viaje en micro conoció a algunos de sus compañeros con quien formarían más tarde el “Batallón de Ingenieros de Combate 181”. Pasaron muchas horas sentados hasta que, por la madrugada el chofer les indicó que debían descender. Al salir, sintió su piel estremecerse del frío del viento que corría por el lugar. Al bajar las escaleras del micro, pudo ver la luna brillante e intensa que alumbraba todo a su alrededor. Intentó buscar información sobre el lugar donde se encontraba, pero no se enteraría sino hasta el otro día cuando un compañero –Sergio- le pidió el bolso con sus pertenencias. 

-¿Cómo que querés mi bolso? 

– Sí, tomá cigarrillos. Agradecé que te los doy… y más todavía que te estoy pidiendo el bolso porque si fuera otro directamente te lo saca. 

Así comenzó su estadía en Comandante Piedra Buena, una estancia en donde se realizaban actividades militares y mucho ejercicio físico. Entre los soldados, se destacaban aquellos que tenían algún oficio y Horacio no dudó en informar que era chapista y oficinista, porque había trabajado en ello en su adolescencia. Gracias a eso fue que pudo viajar por diferentes lugares del país con encomiendas que debía llevar personalmente y, cuando no tenía trámites para realizar pasaba sus horas dentro del taller o en la máquina de escribir. 

Mientras tanto en Buenos Aires… 

EJERCITO ARGENTINO 

Comandante Luis Piedra Buena, 27 de marzo de 1981. Así comenzaba la carta que le envió el Teniente Coronel Juan Benito Pera a José Ángel Llamal, para notificar que a partir de la incorporación de su hijo al Batallón, esta pasará a ser su segunda casa teniendo el alto honor de defender la Soberanía Nacional. De esta manera, José se enteró formalmente por el Ejército, que su hijo no estaría por mucho tiempo cerca de ellos. Recuerda que fue un golpe muy duro para la familia en ese entonces. Si bien la relación no era la más cercana con su hijo, en ese momento se dio cuenta lo importante que era.

Armas, granadas, acción 

El 2 de abril de 1982 Horacio se enteró que debía volver a servicio: la guerra había comenzado. Su batallón se dividió en grupos, nuevos soldados llegaron a Santa Cruz para unirse y luchar por la patria: así nació el Grupo de Artillería 11.

El inicio de la guerra fue duro: comenzaron los trasladados por diferentes ciudades de Santa Cruz, guardias en colinas, sobre todo en lugares no habitados para justamente agarrar desprevenido al enemigo. Sucedió que muchas veces los inadvertidos eran ellos mismos, soldados de 18 años que jamás habían utilizado un arma y que, por escasa preparación del personal, tampoco se les había enseñado. Las armas nuevas que llegaban, la mayoría de las veces estaban falladas y, por ello, debían ser devueltas. La mayoría de los oficiales y suboficiales que llegaban desde Buenos Aires para supuestamente enseñarles, no estaban capacitados sobre técnicas ni estrategias, sino más bien eran personas de escritorio, solo habían realizado tareas administrativas. Por esta imprudencia del Estado, Horacio y algunos de sus compañeros casi mueren cuando un sargento les explicaba cómo usar una granada española MK1: era tan inexperto en el tema que, sin saber, desarmó una granada que no era para enseñar, sino que estaba lista para ser usada. El sargento se dio cuenta tarde, pero logró tirar la granada a unos 20 metros y todos debieron correr rápidamente antes de que explotara muy cerca de ellos. Horacio pasaba largas horas de guardia pensando en todo lo que sucedía también en otros lugares: había compañeros suyos menores que él y estaban en Malvinas. Sintió dolor, angustia e impotencia al ver que todas las donaciones que hacía la gente para aquellos que estaban en el campo de combate no eran enviadas. Recordó que algunas noches él también pasó frío y sintió miedo. Por eso, antes de cada guardia se aferraba a Dios y rezaba dos padres nuestros. En aquel tiempo, mientras vivía aquello, intentaba imaginar que a sus compañeros de Malvinas les enviaban personas capacitadas para que se les enseñara, pero caía en cuenta de que así como ellos tenían armas que no funcionaban, sus compañeros de la Isla pasaban por lo mismo. Sabía que lo único que enviaban eran las cartas de los familiares: ello lo dejaba un poco más tranquilo, porque estaba seguro que así los soldados no se sentían tan solos.

Pozos de zorro 

Después del almuerzo, mientras Horacio tomaba un café, contaba la historia a su prima Pamela, a quien conoció aquella noche en la casa de tío Jorge. Lograron formar una amistad de primos y pese a todos los años que pasaron, ellos seguían manteniendo su relación. Él le contaba que luego de un tiempo y de ser trasladado por diferentes lugares, había llegado el momento de hacer las guardias en Puerto San Julián, uno de los lugares más críticos donde vivió aquella época. No sólo porque durante muchos días las provisiones de comida no llegaban y, muchas veces, las guardias debían realizarlas en colinas o en pozos en la tierra. 

- ¿Cómo pozos en la tierra?- pregunta ella. 

- Sí, se llaman pozos de zorro. La primera vez que hacía uno, debía dormir parado y alerta, es como un escondite en el medio de la nada… básicamente dormitás. Después de un tiempo, ya más o menos le agarrabas la mano y lo hacía cada vez más grande para poder acostarte ahí. 

- Pero… ¿Por qué no hacías uno grande y listo?, insistió Pamela. - Al ser de tierra, a los tres días se empezaba a caer hacía abajo y eso me obligaba a hacer otro. También porque cambiaban los lugares de guardias. 

Nicolás, el hijo mayor de Horacio, mientras preparaba el almuerzo escuchaba con atención todo lo que su papá no había contado quizás nunca. 

-Pa, me contás cómo eran las guardias… ¿Qué tenían que hacer o qué revisaban? 

-Sí hijo. Cuando las agujas del reloj marcaban las 20:00 hs, sonaba una fuerte y particular alarma que todos conocían. Las personas que habitaban la ciudad sabían que era el horario para estar dentro de sus casas y, si por algún motivo no habían podido llegar estaban al tanto que debían hacerlo rápidamente. Ese era el inicio del toque de queda: grupos de tres o cuatro soldados salíamos a patrullar la ciudad entera en búsqueda de personas o movimientos sospechosos, por ello, ningún civil podía estar afuera. En la ciudad se sabía que, si alguien se atrevía a estar afuera podría llegar a ser retenido muchas horas hasta comprobar que nada tenía que ver con tropas enemigas. 

Durante las guardias se debía prestar mucha atención a las puertas que tenían una luz roja afuera porque ello indicaba que adentro trabajan prostitutas y eso era una gran atención para personas que venían de afuera, sobre todo, para los espías que llegaban y debían pasar tiempo allí. 

-¿Alguna vez encontraron algo sospechoso?, preguntó Pamela 

-Sí, varias veces. La vez que más recuerdo fue cuando detuvimos a tres chilenos que se hacían pasar por borrachos, les pedimos las identificaciones y se confundían con sus propios nombres. Claro que tuvimos que detenerlos. Algunos días después nos contaron que eran espías de los ingleses.

Hasta siempre compañero 

Cuando Horacio trabajaba como mecanógrafo de la compañía de Comando y Servicios conoció a Aldo Corbalán. Él era mecánico, se conocieron porque un compañero fue designado como chofer de un Jeep y esa misma tarde lo chocó contra un poste. En secreto, llevaron el vehículo al taller para repararlo: debieron hacer chapa, pintura, desabollarlo y dejarlo como nuevo para que sus superiores no lo notarán. Fue un gran trabajo en equipo y a la vez arriesgado, porque si alguien los escuchaba o los veía podían ser severamente castigados. Así lo recordaban el año pasado en el subte, luego de una reunión que habían organizado para reencontrarse. Aldo lo apartó del grupo y le contaba riendo anécdotas que Horacio no recordaba, lo abrazaba, le daba palmadas en la espalda como si nunca se hubieran dejado de ver. Aldo le contaba cómo lo salvaba de las guardias de 24hs, le pedía por favor que lo saque de los listados y Horacio accedía a ello. 

Un año más tarde, Horacio se entera que su querido compa- ñero Aldo había fallecido. Lo recordó entre lágrimas, pensando en todo lo que vivieron y en que Aldo muchas cosas no pudo superarlas, por ello se refugió en el alcohol. Junto a sus compañeros asistieron al funeral prometiendo que seguirían luchando para ser reconocidos algún día.

Poesía que perdura 

Dos meses después de volver de Puerto San Julián, Horacio caminaba por Av. Santa Fe en busca de trabajo. Escuchó que gritaban su apellido: era Daniel Robles, un compañero del Grupo de Artillería 11 con quien había pasado muchas guardias. Aquel día, recordaron las noches de fogata, guitarreadas, las tardes de mate y algunas anécdotas más. Horacio recordó aquel poema que su compañero había recitado una noche de fogata y le preguntó si lo recordaba para anotarlo. Sorprendentemente Daniel abrió su maletín, sacó una carpeta y buscó entre papeles aquel poema. Al encontrarlo se lo entregó a Horacio quien lo conservó hasta hoy.

Inocencia

Tengo veinte años,

hermosa edad,

pegado nomás a la esperanza.

Ella es frágil,

dulce,

se pasea desnuda en la terraza de mi mente,

en el cuarto húmedo de mi corazón.

Ahora comprendo lo que significa amor,

ahora sólo en la etapa de mis realizaciones,

puedo descubrir tantos términos en su justa medida.

La palabra inocencia ya no está en mi diccionario,

se me cayeron encima varios calendarios. 

Y así recordó parte de su historia Horacio, descubriendo nuevas emociones: las suyas y las de sus familiares al escuchar el relato. Tal vez, esté sólo sea el comienzo para sanar viejas heridas.

Conclusión 

Elegí a Horacio, mi papá, como personaje de familia porque la guerra de Malvinas es un acontecimiento histórico conocido por todos, hayamos vivido en esa época o no. En el proceso de entrevistas, lo que más reflexioné, es que todo lo que nos enseñan en los libros lo vivieron personas que, algunas, están presentes, y, pueden contar desde su experiencia cómo se sintieron, qué pensaban en aquel en momento, que aprendieron de esa situación. Por otro lado, fue muy movilizante darme cuenta que si bien lucharon en el pasado, muchos de ellos lo siguen haciendo hasta hoy: ex veteranos de guerra, entre ellos mi papá, acampando en Plaza de mayo, pidiendo ser reconocidos por el Estado Nacional.


Entre fuegos y sentimientos fue publicado de la página 91 a página94 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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