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Lo que no pudo ser. Pero se puede escribir…

Mayán, Malena

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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Introducción 

La historia se trata de cómo mi abuelo paterno Antonio Mayán (Tito, para los amigos), cambió drásticamente su forma de ser y comunicarse ante la vida tras una operación a corazón abierto. Del amor sin límites a la huida sin respuestas, de la confianza al egoísmo, de lo que fue a lo que no pudo ser. 

Elijo contar esta historia por dos razones principales. Primeramente, porque siempre me llamó la atención cómo puede ser posible que una operación, que interpela más el rango de lo físico, haya logrado atravesarlo tanto emocionalmente. Y en segundo lugar, quizás el más importante, porque nunca pudimos formar un vínculo estrecho y amoroso de abuelo-nieta. Hoy, que él ya no está, me pongo a pensar en todo eso que no pudo ser. Pero se puede escribir…

El ying y el yang 

El padre de mi padre, ser en el que habitaron las más fundamentalistas facetas del ying y el yang. Lo bueno y lo malo convergiendo en la complejidad de su motor pecante, irresistible ante las damas de los tacones rojos que danzaban sobre su regazo los bailes más efímeramente seductores. Pero al asomarse el primer rayo de sol, sus labios de amante besaban la frente de sus hijos y, con el desayuno en la mesa, los alentaba a estudiar. 

El padre de mi padre, hippie de los 60, guerrillero de los 70. Idealista nómade que buscaba en cada puerto un negocio y una mujer. Y cuando los dinosaurios lo vinieron a buscar, corrió… porque sus hachas nunca pudieron cortar sus flores. 

El padre de mi padre, tan amado como odiado, tan admirado como vengado, tan luz como oscuridad. Siempre con el amor de sus hijos como cable a tierra y con el saber rotundo de que, a pesar de todo, seguía a su lado la mirada fiel de Olga, su compañera. 

Y así, como un tren a toda velocidad, fue pasando su vida. Hasta que la realidad del cuerpo invadió todo alrededor y las camas de hospital se volvieron aquellos puertos. El bisturí marcaba las horas de un corazón que ya latía con otro pulso. Ya no era él quien salía de ese quirófano, era el ave fénix que encontró en las cenizas una nueva identidad. 

La sangre no es agua 

Quién sabe en cuál mundo de los mundos yacen todas las personalidades ocultas que hoy encontraron otro disfraz para desplegarse por las callecitas de la consciencia. Quién sabe si todo lo que fue seguía latiendo dentro de sí, como una semilla que no florece pero tampoco se pudre, intacta ante los toc toc que la realidad cada día nos golpea intentando reivindicarse, porque ella fue siempre tan monopolio, tan Clarín, tan única mirada certera. Quién sabe si ese corazón renovado a cielo abierto también renovó los corazones de todos sus fantasmas, sacándolos a la cancha para jugar de local y dejándolos gobernar libremente. El libre mercado de los demonios internos. 

Yo no soy otra que una nieta recordando sus raíces, tan amarradas al suelo como desprendidas al cielo, porque nada que enjaule el viento puede contarse con verdad. Esa verdad mitad melancolía mitad emoción que genera el saber que uno es uno por los que fueron antes, vivieron antes, sufrieron antes, lucharon antes. Antes de mí ya existía el Universo y la Madre Tierra ya lloraba tsunamis y gritaba volcanes y moría de hambrunas. Antes y después de mí todo fue y seguirá siendo. Pero hoy, que estoy y soy, me dejo atravesar por esas almas que me conforman como mujer, tan pecante e idealista como él por más que me pesen las semejanzas. 

No sabemos si fue su decisión decidir huir o si la decisión lo decidió a él. Pero tampoco sabemos por qué cada tanto volvía, con la dignidad entre las patas y el pelo cada vez más nevado. Quizás porque la sangre no es agua y tira tanto que en un momento no podes más que ceder, como pisando baldosas mojadas que te escupen en la cara sueños rotos y miedos vivos. 

No debe ser fácil regresar a lo que fue tu universo de cotidianidades y perderse entre muebles nuevos, aromas cambiados y abrazos vacíos. Que tus hijos no se emocionen al verte, tus nietos no te conozcan y tu perro fiel no corra embelesado a babearte las rodillas. No debe ser fácil volver a tu vieja vida cuando el corazón que bombea esa sangre que tira, es otro. Tan lleno de cicatrices como de angustias, de heridas como de miedos, de cambios como de sueños. No debe ser fácil porque apostar no es fácil, siempre conlleva más riesgos que certezas, y dejar todo atrás para embarcarse en una nueva vida repleta de egoísmos quizás haya sido su más grande apuesta. Sus placeres y pulsiones se transformaron en directores de orquesta, guiando todas sus decisiones y deviniendo en aconteceres de lo más turbulentos. La operación fue un antes y un después, y ese después lo convirtió en el hombre más trágicamente dionisíaco que conocí. Hasta hace unos años “Tito” y hoy, abuelo.

Nos perdono 

Dicen que la muerte hace idealizar a las personas, como ponderando todo eso que en vida no lograron. No lograron hacer, no lograron cumplir, no lograron soñar. Yo creo que también es un poco lo que nosotros, los vivos, no logramos perdonar. Hay que ser valiente para enfrentarse cara a cara con la verdad en el auge de la vida, saber decir “sí, me heriste muy profundo, pero aún así elijo perdonarte”. Porque el perdón desde la muerte parece muy lejano, como si en realidad fuésemos nosotros los que nos vamos sacando las piedras de la mochila. No existe el perdón al otro si aún no lavamos las culpas con nosotros mismos. 

Son esas culpas las que hoy me invaden, es ese “te perdono” que no pude decir a tiempo el que me hace enfrentar cara a cara con mis fantasmas más internos. No soy tan sabia ni tan relajada como creí. No logré perdonarlo en vida, y hoy, que ya no está, siento que la única manera de decirle “a pesar de todo, te quiero” es estar escribiéndole desde las vísceras. Y ese “a pesar de…” es tan amplio y variado que duele y avergüenza. Desamores, infidelidades, egoísmos, traiciones, corrupciones, fraudes, robos, alejamientos. Hay para elegir entre oscuridad. Pero siempre está la luz ahí, más activa y esperanzada que ninguna, buscando un recoveco hasta lo imposible para salir a flote y mostrar toda su presencia. Y es esa la luz casi indefinible que me hace quererlo sin preguntas ni respuestas. Es la sangre que no es agua. 

Nos perdono porque el resentimiento es como la peste, se expande por todo el cuerpo y hasta llega a pudrirnos el alma. Nos perdono porque nos une éste apellido vikingo, viajero, vasco-francés. Nos perdono porque elijo aceptar al destino y entender que el ser humano muchas veces, más que humano es animal. Nos perdono porque mi padre, tu hijo, aún te llora, te extraña, te abraza al soñar. Nos perdono porque no nos queda nada si nos aferramos al odio, y yo no quiero estar llena de nada. Nos perdono porque, siendo atea, no me considero Dios, ese que sabe juzgar y perdonar, designar el paraíso o maldecir en el infierno. Nos perdono porque soy agradecida y hoy siento fervientemente que tus ideales primeros fueron la mejor herencia que nos diste. 

Una vez me dijiste, con esa voz ronca tan tuya… “los malos son los menos, pero saben hacer más ruido” y hasta hoy esas palabras me tatúan la cara. No sé si te sentías parte de esos malos, nunca supe a quiénes exactamente te referías. Y hoy ese no saber me resulta raro, siendo yo tan insoportablemente curiosa y preguntona. Quizás no pregunté porque temía la respuesta, nunca me gustaron mucho los ruidos y menos si provenían de vos. No es fácil tener en frente a alguien que causó tanto daño y a pesar de todo querés. Si ni siquiera es fácil querer…

Lo que no pudo ser 

Nunca fuimos normales. No me llevaste a la plaza ni después a tomar un helado. No paseamos por el río de Quilmes un domingo soleado. No llegabas a casa con los bolsillos rebalsados de caramelos ni yo corría a tus brazos haciéndome la sorprendida. No nos quisimos con hechos. Tampoco con palabras. No me quedé horas encima de tu regazo escuchando anécdotas de cómo conociste a la abuela ni cómo lograste conquistarla. Tampoco te hubiese creído. No tuviste que disfrazarte de Papá Noel en navidad ni gastar en regalos. Tampoco tuve que hacerme la ingenua al descubrir que sus zapatos eran muy parecidos a los tuyos. No tuve que agradecerte un regalo de cumpleaños que en realidad no me gustaba. Ni siquiera tuve que atenderte. Ni siquiera sé si sabías mi fecha de nacimiento. 

Fui aprendiendo a los golpes que el cariño no se ruega cuando se mezquina. Fui aprendiendo a ser feliz con el presente, que siempre fue entre sonrisas y amores desbordantes. Fue en ese aprendizaje que logré darme cuenta lo importante que eras para mí, aunque no como yo hubiese soñado. No pudimos ser perfectos. Seguramente Disney no elegiría nuestra historia como ejemplo de cariño estremecedor entre abuelo y nieta. Pero fuimos lo que pudimos, y también lo que no pudimos. 

Lo que no pudo ser hoy es más que nunca, porque acá estoy escribiéndolo, haciéndolo carne, garra y corazón. Lo que no pudo ser, hoy es por fin nuestra historia. Sólo tuya y mía.  


Lo que no pudo ser. Pero se puede escribir… fue publicado de la página 94 a página95 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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