1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81 >
  4. A través del muro

A través del muro

Alamos, María Trinidad

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Introducción 

La historia que voy a contar a continuación tiene como protagonistas a mis abuelos paternos: Marta Alicia Perotti y Jesús “Coco” Alamos. Ambos platenses, de familias muy humildes. Es una historia de un amor que comenzó de una curiosa manera y, a pesar de diferentes obstáculos, lograron interponer su relación y encontrar el final feliz que tanto anhelaban. 

Es un relato que, en lo personal, me conmueve ya que tengo la suerte de ver intacto aquel amor que siempre sintieron, tras 67 años del comienzo de su noviazgo.

Capítulo 1: El regreso 

Todo comenzó en el famoso barrio de El Dique. Aquella zona que va desde la calle 122 hasta la 128 de la ciudad de La Plata. Hoy en día es una zona difícil, pero hace varias décadas era simplemente una zona tranquila, muy característica por la amistad y cercanía entre los vecinos. 

Marta Alicia Perotti, nacida en el año 1934 y Jesús “Coco” Alamos, nacido en 1929, conocen las calles de El Dique desde niños. La plaza, los dos almacenes enemistados, el camino que debían hacer todas las mañanas hasta el Colegio Nacional, la capilla, los puntos de encuentro de cada grupo de amigos; ambos crecieron entre sus cortas cuadras. Pero haber nacido en El Dique no era lo único que tenían en común. 

También compartían la medianera entre sus jardines, haciendo que sus casas quedaran prácticamente pegadas. 

Coco y el hermano de Marta, llamado Héctor, se llevaban tan sólo unos meses de edad, por lo tanto siempre fueron muy compinches, tanto en el barrio como en el colegio. Marta, siendo cinco años más pequeña, tenía admiración por su hermano y a su mejor amigo, siempre intentando participar en sus juegos y travesuras. Como todo hermano mayor, Héctor se molestaba cada vez que Marta insistía en pasar tiempo con ellos, ignorándola y dejándola de lado aunque ella hiciera un berrinche. Pero a Coco le parecía muy dulce, especialmente cuando Marta le regalaba caramelos a escondidas de su hermano. 

En el año 1944, Mauricio, padre de Marta y Héctor y gerente de Shell, fue transferido a Mendoza. Por lo tanto, Marta, de tan sólo 10 años, y su hermano Héctor tuvieron que dejar el barrio que los vio crecer. Supuestamente Mauricio sólo sería transferido por un año, por lo tanto le dejó la casa en El Dique a su primo hasta su regreso. Pero, contrariamente a lo que la familia Perotti pensaba, su estadía en Mendoza fue extensa. Mauricio se vio obligado a permanecer en su nuevo puesto por cinco años más. Marta no sufrió mucho el cambio ya que era todavía pequeña y podía adaptarse a cualquier entorno; aunque sí extrañaba el amplio jardín de su casa. 

Para Coco, la partida de su mejor amigo fue muy dura. Extrañó trepar la medianera por la noche para jugar en el jardín de Héctor, jugar a la pelota en la esquina de 123 y 42 y hasta caminar hacia al colegio con los hermanos Perotti. Pero luego de unos años Coco pasó a ser un joven adulto, dejando atrás la etapa de travesuras. Como no podía ser de otra forma, desde joven comenzó a trabajar en el almacén de su familia: ‘El naval’. 

En el año 1949, la familia Perotti regresó a su amado barrio El Dique. Marta acababa de cumplir los 15 años y, a pesar de que sentía cierta nostalgia por volver a dejar atrás a sus amistades, estaba muy contenta de volver a recorrer esas calles que tanto conocía y especialmente de volver a tener un hermoso jardín. 

El tan esperado reencuentro de Coco y Héctor no fue como se lo esperaban. De los 15 a los 20 años un hombre puede cambiar mucho, y éste fue el caso de ambos. Ya no eran los mismos niños de antes; sus gustos e intereses habían cambiado, y ya no eran aquellos vecinos inseparables. Pero Héctor no fue el único al que Coco comenzó a mirar con otros ojos. Él la recordaba a Marta como sólo una niña, pero ahora era una hermosa joven. A partir de su regreso nada sería lo mismo para Coco. A pesar de su diferencia de edad, él decidió que no pararía hasta conquistar a Marta.

Capítulo 2: Secreto entre jardines 

Mi abuela amaba su jardín. Pasaba horas allí. Regando las plantas, plantando flores, mirando las nubes, leyendo, haciendo la tarea del colegio. Un día, Coco la escuchó silbar desde el otro lado de la medianera y, tomando valor, continuó el silbido de aquella melodía. Marta, sintiendo curiosidad y un poco de vergüenza, preguntó quién estaba detrás del muro, aunque estaba casi segura de la respuesta. A partir de allí, las conversaciones de jardín a jardín comenzaron a ser casi diarias. Para Marta comenzó a ser casi una rutina volver del colegio y sentarse en su jardín a leer, esperando que mi abuelo regresara del almacén para charlar un rato. El motivo por el cual no se veían cara a cara era que a ambos le preocupaba la reacción que pudiera tener Héctor al enterarse que su hermana menor y su ex mejor amigo tenían un vínculo tan cercano. Por esto, las conversaciones a través del muro no eran sólo entretenidas, sino también emocionantes y llenas de adrenalina, ya que ambos se lo ocultaban a sus familias. 

Tras tantas charlas, mi abuela moría por ver al chico con el cual pasaba sus tardes, por lo tanto, comenzó a llevarse un banquito al jardín en el cual se paraba y, haciendo puntitas de pie, lograba ver a Coco del otro lado. 

Luego de meses de charlas y conversaciones, mi abuelo decidió que era hora de invitarla a salir. Por lo tanto, tuvo que armarse de valor y contarle a Héctor lo que estaba sucediendo. A él no le gustó nada saber que su mejor amigo de la infancia tenía intenciones con su hermanita menor, pero decidió no interponerse en su relación y dejar que lo intentaran. 

Al día siguiente, Coco regresaba del almacén como cualquier otro día, pero, en vez de ir al jardín, decidió tocar la puerta de Marta. Al abrirle, ella se asustó y le susurró que Héctor estaba en la casa y, por lo tanto, debía marcharse. Mi abuelo se rió y le explicó que ya había aclarado la situación con su hermano ya que deseaba que fueran más que sólo vecinos. Mi abuela, muy emocionada, aceptó la propuesta. 

Luego de dos años de un apasionante noviazgo, decidieron que era hora de hacer un hueco en aquel muro que tanto significó para ellos, y así poder ir de casa en casa cuando les diera la gana. Y así fue. Se podría decir que durante meses Coco y Marta convivieron, ya que pasaban la mayor parte de su tiempo juntos en sus jardines. 

Pero un día, tras una fuerte pelea, Coco, tan impulsivo como siempre, decidió volver a tapar el muro y así no volver a ver a Marta nunca más. Mi abuela escuchaba desde su habitación los ruidos de la medianera siendo rellenada, y no podía evitar llorar, ya que para ella aquella pared era una representación de su relación. 

Luego de un tiempo separados, ambos se dieron cuenta que estaban destinados a estar juntos, y que nadie podría llenar los zapatos del otro. Por lo tanto, dejaron atrás aquella pelea y retomaron su noviazgo, haciéndolo durar siete años más. Finalmente, en 1956, Coco le propuso matrimonio a Marta.

Capítulo 3: El gran día 

En 1956, los casamientos no eran eventos como los de ahora, y mucho menos para gente humilde como lo eran mis abuelos. Nada de pensar en salones o en caterings o ni siquiera en comprar un vestido de novia. 

En cuanto a la locación, decidieron hacer tres puertas en el muro que mi abuelo había cerrado, y así poder usar ambos jardines. Los invitados entraban por la casa de Coco, y aguardaban en una especie de recepción organizada en el jardín. Cuando la cena estuviera lista, estos pasaban al patio de mi abuela, y allí se sentaban a comer. Luego, para las fotos y la torta, los invitados debían volver a cruzar las puertas hacia el otro lado. 

Para una familia como los Perotti, la idea de contratar un catering o un chef era casi absurda. Tanto mi abuela como su madre eran excelentes cocineras, y no temían cocinar para gran cantidad de gente. Con ayuda del resto de las mujeres de la familia, lograron alimentar a todos los invitados con platos, bocadillos, y postres caseros. 

Y no sólo la cocina era el fuerte de la familia Perotti. Mi abuela, quien se hizo su propia ropa toda su vida, y hasta era contratada por vecinas para que le hicieran distintos diseños, confeccionó a mano el vestido que utilizó para su gran noche. 

Y como si esto fuera poco, también cosió el de su madre y ambas hermanas. 

A pesar de que lo frecuente era designar al padre del novio como el padrino de bodas, tanto Marta como Coco decidieron designar a Héctor, el hermano de mi abuela, para este puesto. Ambos temían que él no estuviera de acuerdo con este matrimonio, por eso decidieron honrarlo con esta decisión. Y, por otro lado, se podría decir que mis abuelos se conocieron gracias a Héctor, por lo tanto jugó un rol muy importante en su historia. 

La velada fue completa. Hubo buena comida, la ceremonia de la torta, fotos con los familiares, baile y brindis. A pesar de los pocos recursos, lograron pasar una noche que jamás olvidarán. 

Por supuesto que luego del casamiento, lo que sigue es la luna de miel. Mi abuela estaba segura que irían a Córdoba por unos días. Pero, al llegar a la estación de trenes, Coco sorprendió a Marta diciéndole que el verdadero destino era San Rafael, el pueblo en Mendoza donde mi abuela vivó por cinco años. 

Esta noticia conmocionó a mi abuela, ya que al irse de allí se vio obligada a dejar atrás a sus amigos, su colegio, sus compañeros pensando que jamás volvería a visitar aquel lugar donde vivió tantos buenos momentos. Fue así como, luego de siete años y gracias a mi abuelo, Marta logró reencontrarse con todas esas personas y lugares que recordaba con tanto amor. Hasta visitaron su viejo hogar, cosa que llenó de nostalgia y alegría a Marta, ya que de los 10 a los 15 años, una niña sufre muchos cambios y comienza a formarse como mujer y ella lo había hecho allí. 

Fueron unos días inolvidables para ambos. Que no sólo visitaron San Rafael, sino que también recorrieron varias localidades de Mendoza en un viaje muy romántico organizado puramente por Coco.

Capítulo 4: Un final feliz 

Tras casarse, Coco y Marta utilizaron sus ahorros para comprar una casa donde iniciar una familia. Como no podía ser de otra manera, mis abuelos comenzaron su vida de casados en su nuevo hogar en el barrio El Dique, a tan solo unas cuadras de sus antiguas viviendas. 

Encontraron una casa humilde pero acogedora. Dos habitaciones, un comedor grande donde algún día comerían con su familia, una buena cocina donde mi abuela podría cocinar tantas de sus exquisitas recetas, un espacio para la máquina de coser que tan útil les era y una huerta donde mi abuelo podría cultivar tanto de hobbie como para consumo propio. 

En 1957, luego de un año de su casamiento, nació Alfredo Alamos, el primer hijo de Coco y Marta. Tras él, le siguieron Alicia y Eduardo. Este último, nacido en 1961, es mi padre.

Mi padre y tíos se criaron en una familia como cualquiera de aquel barrio. Tenían una madre dedicada y amorosa que les cocinaba y les confeccionaba toda su ropa, un padre estricto y trabajador, fueron buenos alumnos del Colegio Nacional y jugaban a la pelota en la calle con sus amigos del barrio. 

Siempre fueron una familia humilde pero feliz y, sobretodo, muy unida. Pasaron los años y cada hijo decidió su propio destino, pero nunca cortando sus raíces con El Dique. 

Hoy en día, en el año 2017, tras 61 años de matrimonio y siete de noviazgo, Coco y Marta siguen viviendo en aquel pequeño hogar donde soñaban algún día formar una gran familia. Este deseo se cumplió, ya que aquellos niños que se hablaban a través del muro de sus jardines hoy son padres de tres hijos, abuelos de nueve nietos y bisabuelos de cinco bisnietos.

Conclusión 

En lo personal, me resulta tanto curioso como conmovedor ver un matrimonio de tantos años de antigüedad. Están juntos desde su adolescencia y, desde ese entonces jamás dejaron de amarse. 

Algo que se puede aprender de esta historia es que, a pesar de venir de orígenes humildes, a pesar de problemas que puede haber en una relación o de obstáculos que pueden verse como insolucionables, si dos personas están destinadas a estar juntas, el amor va a triunfar. 

Mis abuelos son muy importantes no sólo para mí, sino para toda la familia. Por eso me parece muy emocionante poder compartir esta historia con otras personas. 

Destaco y valoro que gracias a este trabajo pude conocer detalles únicos de mis orígenes y me llevaré esta historia para siempre.


A través del muro fue publicado de la página 104 a página106 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ver detalle e índice del libro