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El piano de cola de Ana Walz

Werner, Melissa Pia

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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Ana Walz era una adolescente apasionada por la música y por el piano. Cuando era chica era usual que los chicos estudiarán piano, instrumento que además se veía comúnmente en las casas. Ellos vivían en Rosario, su lugar de nacimiento y tenían un piano vertical negro que su mamá había heredado de sus padres. El abuelo de Ana era muy musical y al parecer era un placer oírlo. Ese gusto lamentablemente Ana no lo tuvo, pero sí pudo escuchar a su mamá ya sea en sus ratos libres o para navidad. Así fue como Ana y sus dos hermanas empezaron a tomar clases de piano a los siete años de edad. Claro estaba que ninguna de las hermanas de Ana le apasionaba tanto como a ella. 

En el año 1947 la familia Walz se mudó a Martínez en Buenos Aires. Un primo de la madre de Ana, llamado Edmundo estaba casado con una señora Noruega, quien hablaba mucho de una profesora de piano que enseñaba con un estilo europeo, más novedoso y ágil que despertaba mucho entusiasmo en los chicos. Así fue como Ana cayó en las manos de Hilde, una excelente pedagoga. Su entusiasmo por el piano creció enormemente gracias a ella. Tenía una gran cantidad de alumnos y organizaba durante el año lo que llamaba una “prueba” en una casa de familia. Cada uno preparaba una pieza diferente para tocar a los demás. Una especie de mini concierto que les enseñaba a controlar nervios, ejercer la memoria y afianzar la personalidad. A fin de año alquilaban un salón en el centro para el concierto en serio con la presencia de los familiares y amigos invitados. A los alumnos más avanzados los acompañaba la profesora en un segundo piano de cola tomando el lugar de la orquesta. Hilde supo incentivar a Ana al máximo y así avanzó rápidamente con mucha alegría. Ella iba recibiendo cada vez más alumnos, ya no le daba el tiempo para atender a los principiantes. Pidió colaboración a sus alumnos más avanzados y fue así como con 16 años Ana tuvo sus primeros alumnos. A la mañana iba al colegio y después a la tarde daba clases de piano y también los sábados de mañana. 

A fines del año 1954 Ana Walz se recibió de bachiller en el Colegio Nacional de San Isidro. Fue durante la segunda presidencia del Gral. Juan Domingo Perón. En ese entonces se le daba mucha importancia a la educación. Por eso se incentivaba a los alumnos a superarse, tener el honor de ser nombrados abanderados y premiarlos con viajes de fin de año para conocer Argentina. 

Junto con el título de bachiller, Ana fue premiada con un viaje a Mendoza. Era parte de los mejores promedios de bachilleres de todo el país, de cada capital y provincia. Recibió una carta del Presidente de la Nación, está decía: 

“Señorita Ana Elena Walz, con motivo de haberse destacado como la mejor alumna secundaria de la Provincia de Buenos Aires, durante el último periodo lectivo y con el objeto de cumplir con la voluntad de Evita de que sean estimulados aquellos educandos que demuestren mayor contracción al estudio y buen comportamiento, en nombre de Fundación que tengo el honor de presidir me es grato invitarla a pasar quince días de vacaciones en Mendoza. Al comunicarle que dicho viaje tendrá lugar en el próximo mes de marzo y oportunamente recibirá instrucciones acerca de la fecha exacta de partida y alojamiento, le hago llegar mis mejores deseos para que disfrute del merecido descanso a que se ha hecho acreedora, al par que mis felicitaciones por tan bien ganada distinción. Esperando que ello sirva de aliento para la continuación de sus estudios universitarios y de aliciente a seguir presentando su colaboración al engrandecimiento de esta nueva Argentina, Justa, Libre y Soberana, reciba las expresiones de mi sincero afecto. Juan Domingo Perón”. 

Inclusive cuando el cartero le trajo la carta, la cual venía con un sello del escudo de Perón, tocó el timbre en vez de tirarla y dijo “traigo carta de arriba”. Fue una situación especial para todos, no solo para Ana y las otras alumnas. 

En su último trimestre había tenido un promedio general de 10 y por eso le tocó ser una de las tres en ir por la provincia de Buenos Aires. Era un grupo bastante numeroso y muy heterogéneo ya que algunas chicas nunca habían salido de sus provincias. 

Al acercarse la fecha del viaje Ana recibió otra carta a su domicilio, una invitación de la presidencia a concurrir a la Casa de Gobierno. 

Un día antes del viaje, estaban todas las chicas del país que habían sido premiadas en la casa rosada esperando conocer al Presidente. El General Perón las felicitó y les estrechó la mano a cada una. Para Ana fue todo un orgullo haber ido a la Casa de Gobierno, era algo fuera de lo normal. Fue muy importante para ella, más allá de su pensamiento político, que te citen para una felicitación fue algo único y positivo de cualquier manera. Hacia el final del acto dijo que podían expresar un deseo y hacérselos llegar para ser considerado. En líneas generales las chicas que cursaron el magisterio pidieron asegurarse un puesto de maestra. El caso de Ana era distinto. Ella le pidió un permiso de importación para un piano de cola. Los únicos pianos que se vendían en el país eran los pianos verticales, denominados así debido a la orientación de sus cuerdas. Un piano de cola tiene todas las cuerdas horizontales, de todos los tamaños. La diferencia entre estos dos tipos de piano es la calidad del sonido y la resistencia. Ana siempre tocó un piano vertical, que era el que tenía la mayoría de las personas en sus casas, pero ella quería uno profesional. En los conciertos de música clásica siempre se usaban los pianos de cola. Ana le explicó a Perón que ella iba estudiar el instrumento en Alemania y que su padre estaba pensando en comprarle un piano de cola. Era un objeto imposible de tener en Argentina debido a que la importación estaba prohibida. Esto fue llamado el modelo de sustitución de importaciones, que fue impulsado para satisfacer la demanda interna gracias a la estimulación de la capacidad de compra de los consumidores nacionales. Este modelo se desarrolló después de la crisis internacional ocurrida luego de la Gran Depresión de 1929. En el país no se fabricaban y de querer importar uno había que pagar un impuesto que equivalía al valor del mismo. Era lamentable el estado de algunos instrumentos, inclusive el del teatro Colón. Ana mismo cuenta que había estado en un concierto de Friedrich Gulda, en el que cada tanto se descolgaba un pedal. Al final un técnico terminó agachado debajo del piano para intervenir cuando hiciera falta. Por eso Ana le pidió a Perón que se le permitiera importarlo sin pagar ese tremendo impuesto. O sea libre importación. Y le fue concedido. 

 En el hogar de Ana se estaba organizando un viaje a Europa con toda la familia. En diciembre viajaban primeras las dos hermanas mayores, Inge y Erica, en un barco alemán. Más adelante viajaba Ana con su mamá en un barco de línea italiana. Y un mes después viajaba el padre en un avión. La idea era que Ana con su hermana Erika se quedarán hasta fin de año en Stuttgart. Erica estudiando diseño gráfico y Ana tomando lecciones de piano para ir sumando estudio y nuevas experiencias. 

Una vez que estuvo toda la familia reunida en Europa, Ana y sus padres fueron a Stuttgart a elegir un piano de cola. El tío Carl les recomendó la casa de música donde él ya había tenido trato. El dueño de esa casa los asesoró y eligieron un Blütner que sería enviado a Argentina una vez que Ana y su hermana emprendieran el regreso. El dueño de este negocio además le ofreció a Ana su local repleto de pianos, para practicar cuando lo deseara. 

Junto a Erica, vivían en una pensión para estudiantes de sexo femenino. En la pieza frente a la de ellas, vivían dos chicas mexicanas de las cuales se hicieron muy amigas. Y así empezó una época de estudios, prácticas pero también de diversión paseos y amores. Por recomendación de los padres de Ana se contactaron con el profesor Ehlers que daba clases de piano para alumnos avanzados. Él aceptó supervisar los estudios de Ana mensualmente. Un discípulo suyo, el joven Helmut, le daba clases semanales en la casa parroquial de una iglesia. Este terminó profundamente enamorado de Ana, pero ella no estaba interesada, solo le importaba mejorar su talento artístico. 

Luego de unos meses los padres de Ana y su hermana mayor Inge, se embarcaron en el “Giulio Cesaré” en Génova rumbo a Argentina. El 16 de septiembre (1955) en plena travesía y a poco de zarpar del puerto de Santos en Brasil, les llegó la noticia de que en Buenos Aires había estallado una revolución, la Revolución Libertadora. Tal como lo indica su nombre fue un acto revolucionario comandado por el general Eduardo Lonardi, militar argentino, que ocupó el puesto de presidente después de Perón, desde el 23 de septiembre de 1955 hasta el 13 de noviembre del mismo año. Lonardi dirigía las operaciones desde Córdoba, mientras el puerto de Mar del Plata era sometido a un intenso bombardeo naval. Si Perón no renunciaba a su cargo, sería el puerto de Buenos Aires el nuevo blanco de los antiperonistas. Finalmente, el día 23, Perón se refugió en la embajada de Paraguay y desde allí abandonó el país. Lonardi pasó a ser entonces el presidente provisional. La mayoría de las Fuerzas Armadas apoyaron el movimiento, al igual que miembros de la burguesía agraria e industrial, gran parte de los sectores medios, los partidos políticos opositores y la Iglesia Católica. Todos ellos calificaban al gobierno peronista como una “dictadura totalitaria”, motivo por el cual supieron identificarse bajo el nombre de “revolución libertadora”. Para ellos, las causas de la crisis económica del país fueron las que provocaron la intervención del peronismo en los procesos de acumulación y distribución de la riqueza. 

A bordo despertó un clima muy especial porque todos los pasajeros estaban ansiosos por oír las noticias de último momento. El domingo 17 de septiembre anclaron en el puerto de Montevideo y así el barco se vio demorado porque en Buenos Aires no daban permiso de entrada. Recién el 22 a la noche pudo partir el barco rumbo a Buenos Aires, llegando al puerto de madrugada. Pero un movimiento inusual en el puerto hizo que recién pudieran desembarcar a las 16 horas. Se encontraron con una situación bastante caótica. El presidente Perón había sido depuesto por el ejército y había soldados por doquier. El desembarco de los pasajeros fue fuera de serie. Pedían rapidez y agilidad. No permitían estacionar el coche que había ido buscar a la familia Walz, los cargó casi sin detener la marcha. Tiraron adentro el equipaje de mano y subieron al auto lo más rápido que pudieron. 

Pero para Ana significó otra cosa. El sueño de tener un piano de cola se desvaneció junto con un presidente depuesto. El permiso de libre importación ya no tenía validez. Ana estaba muy desilusionada, a causa de que ya tenía elegido el piano que quería. Ella ya tenía la idea de tener el piano y tocarlo día y noche. Ana aspiraba con ser pianista profesional, tocar en el Colón y hasta tocar en los Teatros más importantes del mundo, como por ejemplo el Ópera Estatal de Viena (Austria), o el Ópera Semper de Dresden (Alemania). Pero eso para ella ya no iba a ser posible. 

Pasaron tres meses y llegó el momento del regreso a casa de Erica y de Ana. Las dos tenían muchos nuevos amigos y conocidos de quienes despedirse, fue triste pero ellas a la vez estaban contentas porque ya querían volver a su hogar y ver a su familiares. Se subieron al barco desde Génova y llegaron al puerto de Buenos Aires el 22 de diciembre. Con el sol radiante y mucho calor las esperaban en el puerto, sus padres. Entre abrazos y mucha alegría emprendieron el camino a casa. Cuando entraron por la puerta de su casa y ni bien atravesaron el porche a Ana le llamó la atención un mueble fuera de su lugar habitual y lo primero que pensó fue que habían re decorado la sala de estar… Pero luego miró hacia la derecha y allí estaba, el piano de cola. Para Ana fue una alegría, una sorpresa, una gran emoción. El mejor regalo de navidad que había recibido nunca. Fue una navidad muy feliz y muy especial para todos ya que estaban todos reunidos otra vez. Había sido un año muy movido con muchos viajes, nuevas experiencias, desencuentros y encuentros familiares. Había muchas cosas para revelar y un sinfín de cosas para contar. Ana quiso saber cómo su padre había conseguido el piano…Los padres de Ana habían quedado tan tristes (al igual que Ana) al caducar en septiembre el permiso de importación, que de tanto hablar del tema llegó a sus oídos de que una señora vendía un piano. Se trataba de la viuda de un afinador de pianos que prestaba sus servicios a conocidos concertistas que venían a tocar al teatro Colón. Esta señora tenía en su casa dos pianos en óptimas condiciones y muy bien conservados por su esposo. Al fallecer éste decidió vender uno de esos, un Steinwein & Sons de origen Norteamericano. Los padres de Ana también contaron de un episodio bastante curioso que sucedió cuando trajeron el piano a la casa. Como se hace para estos traslados, se desatornillan las tres patas y se coloca el piano en forma vertical para poder pasar por las puertas. Así lo hicieron y al entrar a la casa se cayó algo de su interior. Con gran sorpresa descubrieron que era un revólver que su antiguo dueño había escondido allí. 

Con mucho entusiasmo y gran alegría Ana continuó con sus prácticas de piano. Ella ya no iba más al colegio y es por eso que podía dedicarle más tiempo a la música. Ana siguió con las pruebas, los conciertos de fin de año y sus pequeños alumnos. 

Pero a los 18 años uno también se divierte y se enamora. Para el concierto de fin de año de 1957 ya estuvo presente su futuro marido. Inclusive esté trató de grabarlo con un equipo que poseía, que estaba lejos de tener la tecnología que existe hoy en día. En esa fecha Ana interpretó el concierto número 4 en Sol mayor de Beethoven con su profesora en el segundo piano tocando la parte de la orquesta. 

Pasó el verano y empezaron los preparativos para la boda de Ana con Federico Werner, el 19 de abril de 1958. Ana comenzaba con su felicidad de recién casada. Para ella todo era nuevo: hogar, los viajes que hacía con esposo, una vida de pareja que en esa época sólo sé hacía estando casados. Ana seguía con la idea de seguir con sus clases de piano, consciente de que ya no podría dedicarle a la música tantas horas como estando soltera. El piano seguía en casa de sus padres pues ellos ahora vivían a cinco cuadras en una vivienda más reducida. 

La próxima gran alegría fue la noticia de que Ana iba a ser mamá. Estaban construyendo su propia casa sobre Remedios de Escalada. Pasaron los años y nacieron Freddy y Alejandro y en el año 1973, por razones de la empresa familiar, se tuvieron que mudar por unos meses. Se llevaron sus muebles salvo el piano que quedó solito en la casa esperando su regreso. Cada tanto Ana le pegaba una visita y practicaba un poco. Al volver a su casa después de unos años, ampliaron su casa construyendo en el terreno lateral que les pertenecía, un nuevo living muy amplio, ya que los hijos crecieron y se transformaron en jóvenes que necesitaban su espacio. Así el piano tuvo su mejor ubicación a lado del ventanal que daba a la calle. Además podía cerrar las puertas y aislarse, ella recuerda muchos momentos gratos repasando y practicando piezas musicales del pasado. 

Ana y su familia llevaban 40 años viviendo en esa casa cuando decidieron buscarse un departamento. Los hijos de Ana y Federico ya se habían casado y formado sus propios hogares. La casa les quedaba demasiado grande, a causa de ser tan sólo dos personas. Encontraron un departamento cerca de su casa vieja que ajustaba un requisito: que tuviera lugar en el Living para el piano de cola. Ana le preocupaba el hecho de cómo subir un piano al 9 piso y es por eso que llamaron a un especialista en mudanza de pianos, que fue excelente. Este especialista les explicó que siempre tratan de subir los pianos por las escaleras si es que lo permiten. En el caso de ellos había un tramo en el primer piso que no se lo permitía. Un día antes de la mudanza lo vino a buscar. Aparte de desatornillar las patas, le quitó la tapa para alivianar su peso y envolvió el resto de la caja con mantas y ataduras con un gran paquete. Así lo llevaron hasta el frente del nuevo edificio y dos de sus hombres subieron al departamento encima del de Ana y desde allí bajaron las sogas para atar el piano. Era un gran paquete subiendo por el aire. Sin tocar siquiera la baranda lo hicieron entrar al balcón como una carta en el buzón. Allí lo depositaron en un carrito con ruedas para introducirlo al living. El corazón de Ana recuperó su ritmo normal. Con la posterior visita de un buen afinador, necesaria después de haber sufrido tanto movimiento, ya estaba listo para disfrutarlo. Ocurrió otro suceso durante el traslado del piano al departamento, está vez cayeron las balas para el revólver encontrado anteriormente. 

 Ana siguió con sus entrenamientos siempre y hoy en día, con sus 80 años disfruta de todas las navidades junto a sus 20 nietos tocando el piano y cantando canciones navideñas alrededor de ellos. El mayor sueño de Ana es que sus hijos, nietos y pronto bisnietos, aprendan a mirar al piano con sus ojos, que lo valoren. Que vean la diferencia entre su piano y un simple mueble de la casa, porque hay mucha. Es un buen amigo, es paciente y silencioso, hasta el momento que se le acerca alguien que sepa qué teclas tocar, entonces se siente lo que solo la música puede brindar.


El piano de cola de Ana Walz fue publicado de la página 106 a página108 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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