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Destino ineludible

González Matos, Isabel

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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Capítulo I: El demoledor adiós 

Solo escuchaba el sonido de la bocina del barco mientras zarpaba. Era incapaz de contar cuánta gente había en la cubierta, únicamente quería vislumbrar desde su posición a su madre y a su padre. Quería echar un vistazo por última vez a su hogar, a su isla, que tanto sufrimiento y felicidad le había concedido en 25 años. Y allí estaban, rodeados de una multitud de gente, con la mano alzada en forma de despedida y lágrimas en los ojos. Antonia sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Solo pudo bajar la cabeza como signo de partida y, con un “le quiero, madre. Le quiero, padre” a punto de salir de sus labios, se alejó de la cubierta para irse, sin otro remedio, a su camarote. La estancia no era muy grande. Contaba simplemente con una cama individual, una mesa de noche y un lavamanos. A pesar de ir en clase turista, no le desagradaba porque sentía que ese iba a ser su hogar durante la travesía. Aunque su habitación era bastante sencilla, con el paso del tiempo se dio cuenta de que el buque contaba con múltiples comodidades que ella nunca imaginó tener. En muy poco tiempo, Antonia había desarrollado su propia rutina con el fin de que los días pasaran más rápido 

El barco disponía de cuatro plantas. La primera planta era la sala de mando del capitán Fernández de la Rosa, famoso por todas las tormentas que había conseguido superar en sus largas travesías. Antonia había escuchado el rumor de que una vez llegó a puerto con solo medio barco, pues había chocado con unas rocas y las plantas de abajo estaban totalmente inundadas. No perdió ni a un solo pasajero y pudo llevarlos a tiempo y en hora a su destino. 

La segunda planta estaba destinada a la cocina. Eran las 6 de la mañana cuando Antonia se duchaba y se vestía para ir a desayunar. La sala estaba compuesta por un gran salón lleno de mesas, sillas y varias barras ubicadas en las esquinas donde había infinidad de comidas. “¿Qué harán con lo que sobra?”, se preguntaba Antonia todos los días a la hora de comer. Esa comida alimentaría a su pueblo durante varios meses, sin duda. A pesar de tener muchos asientos donde elegir, siempre se sentaba en la hora del desayuno en la última mesa del fondo a la derecha. Era su lugar predilecto porque al lado se situaba el café. Cada vez que veía a Matías, el camarero, con café caliente, ella se lanzaba siempre a por uno. Tenía un gran problema con la cafeína. Cuando terminaba de desayunar, cogía sus platos y entraba en la cocina para felicitar a los cocineros y a los camareros de la gran labor que hacían. Antonia siempre fue muy agradecida, sonreía por todo, aunque con los últimos acontecimientos su sonrisa cada día brillaba menos. Después del desayuno, paseaba por la tercera planta. Iba de proa a popa recorriendo todo el barco para poder respirar algo que no fuera combustible. Esta zona estaba al aire libre, plagada de sillas, de hamacas y de mesas para el uso y disfrute de sus pasajeros. Sin embargo, ella solo caminaba y se paraba siempre en el mismo punto. Se detenía justamente donde por última vez vio a sus padres, donde solo pudo agachar la cabeza, donde nunca pudo decirles cuánto los iba a extrañar. Se arrepentía cada día de no haberlo hecho porque, al fin y al cabo, nunca sabría si iba a volver. 

Una vez que terminaba con el paseo matutino, Antonia volvía a su camarote que estaba situado en la cuarta planta. Se pasaba horas y horas imaginando cómo sería el reencuentro con José. Pensaba en él constantemente. Se preguntaba cómo estaría, si habría adelgazado, si se habría dejado crecer la barba o si estaría tan ilusionado como ella del encuentro. Estaba un poco nerviosa porque en su última carta, José le pidió explícitamente que no fuera a verlo porque había contraído una enfermedad y tenía miedo de transmitírsela. “¿Cómo pudo contagiarse si está todo el día trabajando y cuando sale va directamente a casa?”, pensaba ella todo el tiempo. Estaba realmente preocupada, pero ilusionada de poder volver a sentir sus besos y sus caricias. 

Cuando se cansaba de imaginar cómo sería su vida en Cuba, Antonia volvía a la segunda planta para almorzar. Esta vez cambiaba su asiento para sentarse al lado de los postres. Además de tener un problema con la cafeína, era una persona bastante golosa y le encantaba poder probar todos los postres del día, eso sí, en pequeñas cantidades, pues no quería que José la viera con varios kilos de más. Después del almuerzo, pasaba las tardes en la cuarta planta. En esta zona se encontraba la sala de máquinas donde pasaba la mayor parte del día. Al principio, cada vez que la veían, los trabajadores le indicaban la salida, pues una mujer no podía estar ahí. Sin embargo, poco a poco fue entablando amistad con cada uno de ellos. En especial, con un obrero llamado Guillermo que le recordaba muchísimo a su hermano menor. 

Guillermo tenía solamente 15 años, pero físicamente podía aparentar 30. Era el hermano menor de una familia numerosa de la isla de Tenerife. Su padre tuvo un accidente en el puerto hacía cinco años y se había quedado parapléjico. Desde entonces, todos sus hermanos tuvieron que empezar a trabajar y, por otra parte, sus hermanas tuvieron que contraer matrimonio para poder contribuir económicamente y en la medida de lo posible en su casa, pues el cuidado del cabeza de familia era bastante costoso. Antonia sentía cómo Guillermo estaba decepcionado con la vida porque cada vez que se reunían por la tarde, ella se pasaba horas y horas imaginándose una vida perfecta llena de comodidades y él le contaba los planes con los que soñó para su futuro que, desgraciadamente, se habían truncado con el accidente de su padre. Veía como lloraba cada tarde, cómo sus ojos transmitían ese pesar tan grande que llevaba encima. Inspiraba mucha lástima. 

— ¿Por qué no dejas todo esto y te vienes conmigo a Cuba? —le preguntaba todos los días Antonia. 

—Tengo muchísimas obligaciones con mi familia, no puedo abandonarlos —contestaba él como si toda la tristeza del mundo se alojara en su corazón. 

Guillermo tenía las manos llenas de cicatrices y callos, estaba extremadamente delgado y apenas tenía ropa que vestir. Siempre llevaba puesto una camisa azul marino rota por el paso del tiempo, unos pantalones verdes caqui que en sus inicios debieron ser color crema y unos zapatos roídos que dejaban entrever sus dedos. 

Cuando anochecía, Antonia volvía a la segunda planta para cenar. Esta vez, también escogía otro sitio. No se ponía al lado del café o de los postres, se sentaba cerca de los platos de carne. Le encantaba cenar un buen filete de carne acompañado de papas fritas o ensalada. Después de comer, iba a la cocina para dar las buenas noches y volvía a su camarote donde se pasaba horas y horas dando vueltas en la cama, pues la digestión de todo lo que había cenado se hacía notar en su estómago. 

Sin embargo, la noche del 1 de septiembre de 1919 fue distinta a todas las demás. Sólo faltaban unos pocos días para llegar a Cuba, pero algo pasó, algo que le hizo pensar en todo lo que había vivido con José, en cómo se conocieron y en cómo se despidieron. Tuvo un mal presentimiento, sabía que algo malo iba a pasar.  

Capítulo II: Iglesia celestina 

Como cada domingo, Antonia acudía con su familia a la Iglesia de San Juan Bautista para recibir la palabra de Dios, para confesar sus pecados y para acercarse más a sus vecinos. Su novio, Luis, siempre la convencía para ir a tomarse un helado después de misa con el objetivo de poder conversar sobre lo que habían hecho durante la semana. Sin embargo, toda esa rutina cambiaría en unos meses cuando consiguieran ahorrar lo suficiente para casarse y formar una familia. 

Un domingo, como cualquier otro, Antonia fijó su atención en una persona que no había visto antes en la iglesia. 

— “Es José, Antonia, hijo del panadero Martín, el que lleva siempre pan fresco a casa cada mañana” —le dijo su madre. Antonia, sin decirle nada a nadie, esperaba cada domingo para poder verlo, cruzar un par de miradas furtivas y volver a casa para seguir pensando en él. Para sorpresa de todos, pues el pueblo entero de Arucas sabía que Antonia estaba comprometida con Luis, un domingo José se le acercó para saludarla y entablar una conversación un tanto efímera, pues ambos tenían responsabilidades que atender. Domingo tras domingo, ya era tradición que ambos saliesen juntos de la iglesia, intercambiaran algunas palabras y se fueran pensando en la próxima misa con un buen sabor de boca. 

El compromiso de Antonia y Luis se retrasaba cada vez más. La crisis se hacía notar en Gran Canaria y ninguna de las dos familias podía permitirse celebrar una boda. Sin embargo, aunque Luis estuviese cada vez más desesperado por casarse, Antonia disfrutaba de la situación para poder escaparse con José unas pocas horas. 

—Parece que no te importa la situación, Antonia… hace meses que deberíamos habernos casado y no te veo preocupada lo más mínimo —le espetaba Luis siempre que se veían. 

—Igual es el destino que no quiere vernos unidos, Luis. No podemos forzar las cosas —le contestaba Antonia. 

Como cada mañana, la madre de Antonia, Olivia, se levantaba temprano para preparar el desayuno a su familia. En primer lugar, abría la puerta para coger el pan que siempre estaba atado a una bolsa de papel en el pomo, luego preparaba el café y el zumo de naranjas recién exprimido. Sin embargo, la mañana del 1 de marzo fue diferente, pues se percató de que ese día el pan no estaba. 

—Antonia, hoy el panadero no ha pasado a dejar el pan, ¿puedes ir a la panadería a comprarlo? En una hora tu padre se va a levantar y no le tengo el desayuno hecho —le dijo su madre. Olivia no sabía que esa decisión marcaría un antes y un después en la vida de su hija, pues al llegar Antonia a la panadería, José se encontraba en ella atendiendo a la clientela. 

—¡Hola José! Esta mañana tu padre no ha pasado con el pan por mi calle ¿se encuentra bien? —saludó Antonia. 

—¡Antonia! ¿Cómo estás? Mi padre se encuentra enfermo desde anoche, algo tuvo que sentarle mal en la cena y está indispuesto —le contestó José. 

—Lo siento mucho, seguro que mañana está totalmente recuperado… ¿puedes dejarme tres barras de pan? —le dijo ella con cierta amargura en su garganta. 

—¡Claro!, pero antes de que te vayas me gustaría poder hablar contigo sobre algo que llevo pensando bastante tiempo, pero el miedo y la inseguridad me han callado. Yo sé que estás comprometida con Luis, que tienes asegurado un futuro con él y que yo simplemente soy hijo de un panadero, que no tengo nada que darte ni que ofrecerte, pero es que desde que te vi no puedo dejar de pensar en ti. Yo no solía acudir a misa, pero esa vez fui porque mi madre quería que la acompañase porque mi hermana estaba enferma. Desde que te vi saliendo de la iglesia, desde que vi cómo me miraban esos ojos fijos, no pude dejar de ir. Soy un egoísta al pedirte que no te cases con Luis, soy un egoísta al pedirte que abandones tu futuro, soy un egoísta por estar teniendo esta conversación, Antonia, pero es que no puedo seguir pensando que vas a ser de otro —dijo José. 

—No sé qué decirte, José —dijo Antonia entre lágrimas. 

—Dime lo que sientes, Antonia —tartamudeó José. 

—José, ya sabes que estoy comprometida, que en poco tiempo debo casarme, pero para ser sincera… no quiero casarme, no con él. Desde que te conocí sentí una gran conexión entre los dos. Me paso pensando toda la semana en el domingo. Nunca he ido con tanta devoción a la iglesia. Al principio me llamaste la atención, no sé, los ojos son niños. Creía que estabas fuera de mi alcance, pero cuando te acercaste a mí y empezamos a hablar sobre cualquier tema, sentí que había algo que quería seguir exprimiendo al máximo. Es cierto que en cuanto al amor soy un poco fría, me cuesta abrirme a otra persona por miedo a que me hagan daño, pero contigo todo fue diferente porque me sentía yo misma, sin complejos, sin miedos… Luis es un hombre maravilloso que se merece una mujer que le ame como él me ama a mí, pero esa mujer no soy yo, porque desde que te conocí me robaste el corazón y ya no logro pensar en otra cosa que no seas tú. No sé qué me hiciste, pero desde hace algún tiempo no puedo imaginarme una vida sin verte cada domingo —contestó Antonia con gran congoja. 

—¿Qué vamos a hacer? —le preguntó José desconcertado. 

—Decir la verdad, pues con la mentira no se llega a ningún lado —le respondió Antonia como si toda la seguridad del mundo fluyera por todos sus poros. 

Los días pasaban y Antonia no tenía noticias de José. Llegó a pensar que quizás se había arrepentido, que lo que sentía no valía la pena como para enfrentarse a sus respectivas familias y a Luis. En las noches de vacío imaginó que todo había sido un sueño, un maravilloso sueño del que había despertado y, como decía Calderón de la Barca, los sueños, sueños son. 

El siguiente domingo, con gran esperanza, Antonia esperó encontrarse con José para pedirle una explicación. Sin embargo, esa explicación nunca llegó. Todo se resumió en un silencio desesperador porque José nunca acudió a la iglesia. Antonia no necesitaba nada más para saber que todo había sido una ilusión. Creyó tocar el cielo con sus manos, pero todo se desvaneció en un futuro incierto. “¿Cómo podría seguir adelante con Luis si no sentía nada por él?”, pensaba Antonia todo el tiempo. A pesar de todo, debía ser fuerte por su familia y si su futuro era casarse con alguien a quien no amaba, debía hacerlo con tal de cumplir su palabra. Podía casarse con Luis, podía poseer su cuerpo cuantas veces quisiera, pero su corazón siempre le pertenecería a José. 

Antonia caminaba sin rumbo después de salir de la iglesia. En vez de hacer el camino rutinario para volver a casa, decidió hacer un camino más largo por las calles de su hermoso pueblo. Cayó en la cuenta de que cuando uno anda por andar, sin tener una meta a la que llegar, disfruta mucho más del paseo y descubre nuevos rincones por explorar. Al llegar a casa, se encontró con la cara pálida y sin expresión de su madre. Al entrar al salón vio que estaba toda la familia reunida, pero entre ellos había un miembro más, alguien al que no se esperaba ni en doscientas vidas. José estaba sentado al lado de su padre. Cuando Antonia entró al salón, se hizo un gran silencio, la tensión era palpable y ella, petrificada, no sabía qué hacer o qué decir. El miedo empezó a recorrer cada extremidad de su cuerpo, apenas podía moverse o gesticular palabras. Empezó a sentir cómo los oídos comenzaban a taponarse, cómo sus manos y sus piernas emitían una especie de cosquilleo. 

Antonia se despertó sobresaltada con un fuerte dolor de cabeza. Su madre intentó tranquilizarla y le explicó que se había desmayado delante de todos en el salón, pero que pronto se recuperaría. Después de ofrecerle un vaso de agua con azúcar para subirle la tensión, le dijo que tendrían que hablar seriamente de la situación porque la honra de la familia estaba en juego. Antonia, desconcertada, no sabía de lo que estaba hablando. No sabía qué había pasado ni sabía por qué José estaba en su casa. Tenía el corazón en un puño y su estómago le daba vueltas y vueltas. 

Al caer la noche, Antonia se armó de valor, se levantó de la cama y fue al salón dispuesta a zanjar cualquier problema. Al entrar nuevamente en la sala, vio que José seguía allí, que no se había marchado, que seguía esperándola. Su padre, con gran seriedad y decisión, le indicó que se sentase y que escuchase lo que tenía que decirle. 

—Antonia, José ha venido para explicarnos la situación que ambos están viviendo. Tu madre y yo hemos estado discutiendo sobre el tema largo y tendido y hemos llegado a una conclusión que espero que sepas que es, bajo nuestra opinión, lo mejor para ti. Olivia y yo te hemos educado en la tranquilidad y en la sinceridad. Nuestro objetivo no es que te cases con un hombre rico para que así tengas un futuro asegurado. Queremos que seas feliz, aunque para ello debas luchar con uñas y dientes. Nuestro deseo es que seas sincera con nosotros, pero, sobre todo, contigo misma. Si estás segura de lo que quieres hacer, hazlo. Comprométete con alguien al que ames tanto que te cueste hasta respirar en su ausencia, pero si tomas esa decisión, hazlo con seguridad. Esta sociedad no permite errores, hija. Ya sabemos que todos hablarán de nosotros, nos criticarán y perderemos muchas amistades por esto, pero si realmente tú vas a ser feliz al lado de José, tu madre y yo estamos dispuestos a aguantar lo que sea necesario para que consigas lo que tanto deseas. Te apoyamos, bichito — 

Al escuchar estas palabras, Antonia comenzó a llorar. Sus padres acudieron enseguida a abrazarla, pero ella seguía y seguía llorando como si todo el mar estuviese alojado en sus ojos. Cuando pudo respirar y tranquilizarse un poco, se acomodó en el sillón y con pequeños tartamudeos comenzó a hablar. 

—No pueden ni imaginarse el infierno que he estado viviendo durante estos últimos meses. Si he seguido fingiendo con Luis ha sido por no fallarles a ustedes. Yo a ese hombre no lo amo. Sé que está mal porque él me quiere muchísimo y está muy ilusionado con la boda, pero yo no podría casarme con una persona por la que solo siento cariño por el tiempo que he pasado en su compañía. Sé que es injusto para él, para su familia y para ustedes, pero no puedo hacerme esto a mí misma. Como mismo me ha dicho, padre, me han educado en la tranquilidad y en la sinceridad y es por eso por lo que debo ser sincera en este momento. Desde el día en el que vi a José, sentí como mil mariposas revoloteando dentro de mi estómago, sentí náuseas y nervios. Lo experimenté en milésimas de segundo sin apenas conocerle, sin apenas haber hablado con él. Es a este hombre a quien elijo para pasar el resto de mi vida porque sé que, aunque sea duro, no nos va a faltar de nada. Sé que me cuidará y me acompañará en los buenos y en los malos momentos porque yo haré lo mismo —sentenció Antonia. 

Los meses transcurrían. Tras la noticia del compromiso de José y Antonia, todo el pueblo lo comentaba. La marcha de Luis a la isla de Tenerife dejaba entrever a todos lo que había sucedido. Mientras tanto, Antonia y José vivían uno de los momentos más difíciles de sus vidas. 

Después de lo acontecido en casa de Antonia hacía meses, José le había explicado a sus padres todo lo sucedido. Mariano, su padre y María José, su madre, tardaron en asimilarlo, pero finalmente aceptaron a Antonia como una hija más. Sin embargo, la situación económica de las islas empeoraba cada vez más. Un cliente habitual de la panadería le había comentado a Mariano que iba a realizar un viaje a Cuba para trabajar allí durante un tiempo y volver con dinero suficiente para ayudar a su familia. Mariano, tras hablarlo con su esposa, decidió hablar con José con el propósito de que hiciese lo mismo, pues apenas llegaban a fin de mes con la panadería y con varios extras que llevaba su madre a casa tras haber limpiado algunas oficinas municipales. 

Cuando José aceptó que tenía que irse, fue a casa de Antonia para comunicárselo a ella y a su familia. La familia de Antonia se lo tomó sorprendentemente bien porque querían un buen futuro para su hija, sin embargo, Antonia no concebía la idea de tener que separarse nuevamente de José cuando ya habían superado innumerables obstáculos para estar juntos. 

—Solo escúchame. ¡Antonia, deja de llorar, por favor! Es por nuestro bien. Cuando me haya instalado y conseguido trabajo, te juro que te mandaré dinero para que te vengas conmigo. No quiero separarme de ti, Antonia, pero nuestro futuro depende de esto. Entiéndelo, por favor —le explicaba José 

—No José, esto no es justo. Después de todo lo que hemos sufrido y de todo lo que hemos aguantado en el pueblo te vas a ir y me vas a dejar sola ¿Qué dirán de mí? Que me abandonaste y que nadie más me va a querer. Acabaré en el convento como mi tía Rita que, de tanto esperar y esperar, nunca encontró a nadie para casarse y tuvo que meterse a monja para no avergonzar más a su familia —le recriminaba Antonia entre lágrimas. 

— ¿Desde cuándo nos ha importado a nosotros lo que el pueblo piense, Antonia? ¿Tú confías en mí? Sabes que volveremos a vernos en muy poquito tiempo. Solo debes esperar unos meses a que esté preparado y te enviaré dinero, te lo prometo —le rogaba José.

Capítulo III: Más sabe el diablo por viejo que por diablo

 Antonia se despertó sobresaltada. Después de haber soñado toda la noche con José, tenía la certeza de que las cosas iban a ir mal. Cuando miró el reloj de su mesilla de noche, vio que apenas eran las 5 de la mañana y que todavía le faltaba una hora para empezar con su rutina, pero no podía seguir en la cama pensando en José y en el futuro incierto que tendrían, así que se levantó y se fue a duchar. 

Ese mismo día el buque se detendría en el puerto de Santiago de Cuba para luego seguir hasta La Habana. Antonia recordó que tenía en su camarote la carta que José le había escrito semanas atrás donde le decía a dónde tendría que ir y, apenas se había peinado y vestido, fue inmediatamente a releerla. 

Querida Antonia: 

Los días siguen pasando y cada vez te echo más de menos. Sé que nuestro plan era que vinieses para acá conmigo, pero necesito que te quedes en Gran Canaria. He contraído una enfermedad peligrosa muy común en América y temo por mi vida y por la tuya si llego a contagiártela. Por favor, espera nuevamente mis noticias y no cometas ninguna locura. No te preocupes, me están cuidando mucho y pronto mejoraré. Solo espera una nueva carta donde te diga que puedes venirte a La Habana sin ninguna complicación. 

Enteramente tuyo, José. 

Cuando terminó de leer la carta, se secó las lágrimas y trazó el siguiente plan: pararía con Guillermo en el puerto con la excusa de pisar tierra y le haría perder el buque para que se fuese con ella a La Habana. Se detendrían en Santiago de Cuba y de allí intentarían buscar un transporte para llegar a su destino. Si por cualquier motivo le fuera mal con José, ella volvería a casa con Guillermo. Antonia sentía la necesidad de salvar la poca ingenuidad que le quedaba al joven. 

—Guillermo, necesito pisar tierra, llevo semanas en este barco y no recuerdo lo que era sentir equilibrio. ¿Podrías acompañarme a dar un paseo fuera, por el puerto, y luego volvemos? —le rogó Antonia. 

—Está bien, Antonia. Solo una vuelta y volvemos que como me vean fuera voy a perder el trabajo —contestó Guillermo. Una vez fuera del buque, Antonia comenzó a caminar para perderse entre la muchedumbre de gente que en el puerto se encontraba. Guillermo que sentía que no podía irse sin ella, no dudó un instante en ir en su busca. Tras horas y horas buscándola, la encontró en una calle, sentada en la vereda, mirando a la nada. 

—El barco se ha ido, Antonia… no podrás ver a José —expresó Guillermo triste y meditativo. 

—Tenemos que llegar a alguna estación de ferrocarril y de ahí iremos directos a La Habana. Por favor, Guillermo, no me mires así. He hecho todo esto por tu bien. Estabas pudriéndote en la sala de máquinas de ese buque infernal. A partir de ahora iremos juntos, todo irá bien, no te preocupes —sentenció Antonia. 

Una vez en la estación, Antonia y Guillermo tomaron el ferrocarril que los llevaría a La Habana. Gran parte de la travesía ambos la pasaron durmiendo, pues se encontraban exhaustos de todo lo ocurrido. Sin embargo, minutos antes de llegar, Guillermo se despertó. Al abrir los ojos se encontró con Antonia dormida y no pudo dejar de observar cuán hermosa era. Guillermo lo temía hacía tiempo, pero en ese justo momento se había dado cuenta de que se había enamorado de lo imposible. 

Al llegar a La Habana, Antonia se puso eufórica, pues José no tenía constancia de su viaje ni de todo lo que había pasado. Mientras caminaban por la calle buscando la dirección de José que este le había escrito en una de sus cartas, escucharon a los habaneros hablar sobre el naufragio de El Valbanera. Al preguntar sobre lo ocurrido, un transeúnte les comentó que el pasado 10 de septiembre, el barco había naufragado por un fuerte huracán que le impidió acceder al puerto de La Habana. Habían encontrado los restos del fatídico hundimiento en las costas de Florida sin ningún superviviente. 

—Antonia, te debo mi vida —confesó Guillermo casi sin aliento. 

—¿Y toda esa pobre gente? ¿Y nuestros amigos? ¿Habrán sufrido? ¿Nadie sobrevivió? Esto es una verdadera tragedia, Guillermo… no puedo creerlo. Dios mío ¿por qué has permitido que esto suceda? —dijo Antonia respirando cada vez con mayor dificultad. 

—Nos has salvado, Antonia. Dios ha querido que te reencuentres con José y yo… yo te seguiré hasta el final de mis días y daré mi vida por la tuya si es preciso. Es tuya, te la debo —respondió Guillermo. 

Guillermo y Antonia estuvieron horas y horas vagando por las calles desiertas de La Habana hasta dar con el paradero de José. Una vez encontraron donde se alojaba, Antonia le pidió a Guillermo que se quedase fuera mientras ella le intentaría explicar a José todo lo ocurrido. 

Antonia sentía como todo su cuerpo comenzaba a transpirar. Su pulso se disparó y sus extremidades temblaban como si un terremoto estuviera sacudiendo su cuerpo de un lado a otro. (se escucha el sonido de los nudillos de Antonia golpeando la puerta) 

—¿Quién va? —gritó José 

—¿José? Soy Antonia… ¿puedes abrir la puerta? — 

—¿Antonia? —exclamó José mientras corría hacia la puerta muy sorprendido 

Al abrir la puerta, José tenía la cara desfigurada. Antonia intentaba hablar con él, pero éste apenas podía articular palabra. Cuando reaccionó, comenzó a llorar y a abrazar a Antonia como si fuese la última vez que iba a verla. 

Después de una larga charla donde Antonia le contó desde que recibió su carta hasta llegar a su puerta, José tomó la palabra. 

—No pensaba hacerlo de esta manera, pero necesito contarte algo. Al llegar aquí me sentí extremadamente solo, pues no conocía a nadie y cada día que pasaba era un suplicio. La única persona con la que conseguí tener contacto fue con la chica de la panadería a la que iba todas las mañanas antes de ir a trabajar. En principio solo nos veíamos en la panadería, luego comenzamos a vernos cuando yo salía de trabajar. Ella me contaba que su novio la había dejado en Cuba y se había marchado a Colombia. Cuando ella comenzó a desahogarse conmigo, yo hice lo mismo y le conté mi situación, que me sentía solo, que no conocía a nadie. Una noche salí más tarde de la cuenta del trabajo y para no andar por la calle de noche le dije que si quería venir a mi casa para poder charlar tranquilos y que luego yo la acompañaría a su casa como es debido. Antonia… lo siento muchísimo. Por favor, deja de llorar. Dé- jame terminar. Yo esa noche me sentía muy solo, te echaba mucho de menos. Lo que pasó ese día no volvió a suceder más. Me sentía muy culpable y dejé de ir a la panadería, además evité cualquier tipo de contacto con ella. A las semanas comencé a sentirme muy mal físicamente y fui al médico. Me hicieron una serie de pruebas y me diagnosticaron una enfermedad venérea que se contagia por el contacto sexual. Sé que todo esto es muy difícil de asimilar. Desde ese día he estado pensando en cómo contártelo para que me perdonases. Yo te quiero, Antonia. Me enamoré desde el primer día en el que te vi en la iglesia y desde ahí supe que quiero una vida contigo, pero un hombre tiene sus necesidades. Sé que me equivoqué y no sabes lo que lo lamento… solo espero que puedas perdonarme. Ya estás aquí, ya podemos casarnos y tener la vida que hemos soñado siempre —sollozaba José quitándose un gran peso de encima. 

Antonia, mientras se secaba las lágrimas, comenzó a acercarse a José. Le robó algunos besos mientras él balbuceaba un perdón. Después, empezó quitándose la camisa y el sostén. José, estupefacto, intentó frenarla mientras ella exclamaba “voy a darte lo que tanto buscabas”. Antonia se abalanzó sobre José, le arrancó su camiseta y le desabrochó los pantalones, luego intercaló besos y mordiscos por todo su cuerpo. A continuación, José tomó el mando. La tumbó en la cama y le quitó la que le quedaba. Con su mano agrietada y áspera acarició hasta el lugar más recóndito de la delgada figura de ella. Esa noche, en aquella pequeña vivienda hubo rencor, pena, llanto y dolor, pero, por encima de todo ello, hubo amor.

Capítulo IV: Destino ineludible 

Desde entonces, Antonia se había quedado embarazada y, a causa de los encuentros sexuales con José, se había contagiado. Sin embargo, a pesar de que los médicos no auguraban un buen futuro para el bebé y para Antonia, la canaria se sentía agraciada por el hecho de que por fin había conseguido lo que siempre había añorado: ser madre junto a un hombre que la quisiera. 

Antes del nacimiento del bebé, José y Antonia se casaron, siendo Guillermo su testigo. A medida que se iba aproximando el parto, Antonia se sentía cada vez peor y, mientras José trabajaba para poder pagar a los médicos y a las criadas, Guillermo cuidaba de Antonia como si la vida le fuese en ello. No la dejaba ni un minuto a solas. 

El parto fue extremadamente complicado. Antonia no dilataba lo suficiente y perdía muchísima sangre. La tensión recorría todo su cuerpo y se le agarrotaban los brazos de tanto apretarle la mano a Guillermo, que no se separó de ella ni un instante. Tras un esfuerzo titánico y muchas horas de suplicio, nació Carlos, un varón de casi 3 kilos. Después de coger a su hijo en brazos, Antonia sintió como los oídos emitían un intenso y constante pitido, la visión se le nublaba y dejaba de sentirse ella misma. Unos minutos después, Antonia se desmayó mientras el recién nacido se resbalaba de su abrazo. Guillermo pudo sostenerlo a tiempo y ella no despertó hasta la mañana siguiente. 

Las semanas siguientes fueron extenuantes para Guillermo. Este cuidaba de Carlos y de Antonia al mismo tiempo. Ella apenas podía levantarse de la cama y, además, sus pechos no tenían leche que darle al bebé, por lo que Guillermo tuvo que acudir a las vecinas para que alimentaran al niño. 

Cuando Carlos estaba a punto de cumplir un mes, Antonia no pudo más. Una noche, con su hijo entre los brazos, y en la compañía de los dos hombres que más se habían preocupado por ella en sus 25 años, Antonia sintió que los últimos vestigios de vitalidad que le quedaban comenzaban a evaporarse. No solo lo sintió ella, pues el pequeño, que parecía sentir que en su madre se apagaba la llama de la vida, se aferró a sus brazos con más fuerza aún, y la mujer cerró los ojos para siempre en una estampa con la que soñó desde la primera vez que vio a José. Antonia murió feliz: en el calor de su hogar y con la compañía idónea. 

José no sabía cómo manejar la situación que estaba viviendo. Tenía un hijo, pero no una mujer con la que criarlo. Guillermo, aunque quería seguir al lado de Carlos por Antonia, debía rehacer su vida. Lo único que se le ocurrió a José fue escribir una carta a los padres de Antonia contándoles lo sucedido y desaparecer de Cuba para dejar atrás esos recuerdos perturbadores que no le dejaban vivir. Volver a Gran Canaria no era una opción, pues el recuerdo de Antonia le perseguiría eternamente, allá donde fuera y el sentimiento de culpa le carcomería el alma hasta el día de su último aliento.


Destino ineludible fue publicado de la página 108 a página113 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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