1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81 >
  4. Pasos de vida

Pasos de vida

Marconi, Camila

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Hoy tengo 64 años, una familia muy linda y cantidad de seres queridos, pero guardo en mi interior una larga historia llena de cambios que llevo conmigo para siempre. Esa historia, que hoy veo tan lejana y que está totalmente superada, me tiene como protagonista: una mujer a quien abandonaron de chica y tuvo que afrontar los cambios que depara la vida, a veces sola y otras, gracias a dios, acompañada.

Me llamo Florencia. Flor o Florcita para los que más me conocen. Nací un lunes 24 de agosto de 1954. En ese momento vivía con mi mamá Dolores y mi papá Rodolfo en la casa de mis abuelos paternos, a quienes les tenía mucho cariño. La casa estaba ubicada en el centro de San Isidro. Recuerdo que era una vivienda muy grande, con un lindo y floreado jardín. Mis abuelos, Mamina y Totó, vivían con nosotros. Tres años después de mi nacimiento ocurrió el de Gabriela, mi única hermana, a quien aprecio mucho, pero por algunos motivos de la vida, particularmente el que voy a contar en esta historia, nos fuimos distanciando, y hoy en día vive a miles de kilómetros de la Capital, en San Carlos de Bariloche. 

De mis primeros años de vida tengo muy lindos recuerdos, pasaba mucho tiempo con mis padres, y en mi casa se cosechaba mucho amor y felicidad. A los 5, las peleas entre mis padres empezaron a ser cada vez más frecuentes, a la vez que se tornaban más fuertes. Mi abuelo, poco tiempo atrás, había fallecido por problemas cardíacos y para Mamina eso fue un cambio significativo. Como cualquier persona que ama a un ser querido, el hecho de que ya no esté marcó un antes y un después en su vida. 

Un día, a mis 6 años, sin tener muy en claro cómo fueron los sucesos, mi mamá se cansó de las peleas y las discusiones con mi papá y sin dar ninguna explicación se fue de casa. Yo era muy chica, y no tengo mucho recuerdo ni a dónde, ni por qué se fue, supuse que por unos días, pero nunca pensé que ya no volvería. Desde ese día mi vida cambió para siempre. La vida misma me obligó a aprender a cuidarme sola, y no solamente a mí, sino a mi hermana, que para ese entonces ya tenía 4 años. Mi abuela nos ayudaba en todo lo que podía, pero al ser una persona mayor había tareas en las que no podía reemplazar a mamá. Mi papá, que para ese entonces seguía viviendo en casa, siguió los pasos de Dolores, y se fue de casa. Otra vez se repetía la misma historia, pero esta vez mi vida había cambiado para siempre. 

Para ese entonces, Gabi y yo, junto a otros primos de la familia íbamos al Colegio Martin y Omar, en pleno centro de San Isidro, ubicado a pocas cuadras de lo de mi abuela. En el colegio, Gabi se hizo muy amiga de Ingrid Siburger, la hija de una familia alemana muy adinerada. Ingrid era una niña consentida y malcriada: sus hermanos eran mucho más grandes que ella y sus padres le daban todo lo que quería. Como en casa vivíamos con mi abuela, no había casi límites, y mi hermana se pasaba días enteros en lo de los Siburger. 

Veraneaba con ellos, salían juntos de paseo, dormía en su casa y hasta le hacían regalos constantemente. La incorporaron a su familia cual si fuese hija propia, sin ir más lejos y sin ninguna clase de papel, fue como una adopción. 

Recuerdo el día que Gabi llegó a casa luego de un largo día, agarró sus cosas y se mudó a lo de su gran amiga. Vivió ahí por unos cuantos años. Entre mis 10 y 15 años no viví en un lugar fijo, sino que fui de casa en casa con la valija en la mano. Mis papás aparecían de vez en cuando por cortos períodos. Como fue hace un largo tiempo y yo era chica, los tiempos y sucesos los tengo un poco distorsionados. Durante los años que no estuvieron aprendí a no tenerles rencor, o por lo menos eso era lo que me trataba de inculcar mi abuela. Mamina era una persona a la cual yo le tenía mucho afecto, y después de todo lo que había pasado ya me había acostumbrado a la convivencia con ella, después de todo, más que una abuela, fue una madre para mí, la que me faltó todos esos años. 

Al cumplir mis 15 años, en plena etapa de adolescencia, por alguna razón, me fui a vivir a lo de mi tíos, Feli y Pin Saenz Valiente. Ellos tenían una hija de casi mi misma edad: María. Feli es la prima de mi mamá, pero al ser ambas hijas únicas, más que primas hasta el día de hoy son como hermanas. Viví con ellos por casi cuatro años. 

El tiempo que estuve en lo de Saenz Valiente fueron años muy agradables. Tengo una sensación muy linda, llena de historias que guardo conmigo para siempre. Rebelde y traviesa, así es como me caracterizaban mis tíos, viví todos esos años llena de límites, los que nunca tuve. Feli era muy estricta y así es como me educaron todo ese tiempo. Pasábamos mucho tiempo en su campo, ubicado camino a Mar del Plata, Pin lo administraba y a mí me encantaba ayudarlo. Aprovechamos las mañanas arreando vacas y haciendo todas las tareas concernientes al campo. En uno de esos viajes, aprendí a manejar, era el lugar ideal ya que no había autos alrededor, ni nada que se interpusiera en el camino. 

A diferencia de María, era pésima alumna y reprobaba todas las materias, que luego tenía que estudiar para rendir. Recuerdo aquellas mañanas de diciembre, pesadas y calurosas, en las que Feli me tomaba una y otra vez hasta que supiera todo para el examen. Además de nosotros cuatro, vivía con nosotros una niñera alemana extremadamente estricta. De nombre Josefa, fue una persona central en mis años en esa casa; a su propia manera hacía que aprendiéramos acerca de buenos modales y educación. Con María formé una relación tan cercana, que hasta el día de hoy somos como hermanas. De chica era tradición festejar la Nochebuena con la familia materna y el 25, durante el día, con mi familia paterna. La navidad de 1972, cuando yo tenía 18 años fue distinta; mi tío quería que pasara el 24 y el 25 con ellos. Al oponerme me dijo que si me iba de la casa, entonces que ya no volviera más. Y así fue: salí en Navidad a almorzar con mi familia y cuando volví ya estaban las valijas en la puerta de entrada. Su actitud no me sorprendió viniendo de él, ya había tenido este tipo de reacciones en más de una ocasión y no solo hacia mi persona. Sin mucho que decir, una vez más agarré mis valijas y me fui. Los años que pasaron luego de mi estadía en lo de mis tíos fueron también de casa en casa. Por un corto período volví a lo de mi abuela, en donde mi mamá estuvo un tiempo con nosotras. Mientras tanto, a mi hermana la veía poco y nada. Al vivir tantos años separadas nunca tuve mucha relación, ya que ella estaba convencida de que yo era la culpable de todo lo que había pasado en su infancia. Continuó viviendo con su amiga Ingrid y su familia, pero en un momento dado se pelearon a causa de un novio que Gabi tenía, marchándose de su casa y buscando otro hogar en donde vivir. 

Cuando cumplí 19 años conocí a quien dos años después se convertiría en el padre de mi primera hija; Caro. Manuel, con quien me casé poco tiempo después de haberlo conocido fue la persona que había llegado a mi vida para darme la estabilidad y la familia que siempre quise. Para ese entonces me encontraba trabajando de azafata en la aerolínea Austral haciendo vuelos de cabotaje, el cual poco tiempo después de que llegara Caro al mundo, Manuel me incentivo para que renunciara para poder ocuparme de lleno a la nueva integrante de la familia. Cuando ella cumplió 6 años, las peleas con mi marido se tornaban cada vez más frecuentes y decidimos separarnos. Hoy a mis 64 años, veo todo desde lejos, queriendo dejar atrás el pasado que tanto me marcó. Poco tiempo después de mi separación con Manuel aposte nuevamente al amor y me volví a casar. Tengo un marido, cuatro hijos y tres nietos. Juntos formamos la familia que siempre soñé. De mi relación con Manuel me llevo lo mejor; mi hija Caro, mi primera casa, y sobre todo forme una familia en donde por primera vez me sentía parte y protagonista. También el cariño de Manuel, que hoy ya en el cielo, tengo los mejores recuerdos. Con mis papás fui recomponiendo la relación a medida que pasaron los años, con mucho trabajo personal, sane las heridas y les fui dando lo que ellos no me pudieron dar; un hogar. Primero conviví un período con mi papá, hasta que ya mayor lo tuve que llevar a un geriátrico en donde pasó su último tiempo de vida. Actualmente convivo con mi mamá, a quien pude perdonar sin todavía entender el porqué. 

Pienso que por momentos la vida estaba de mi lado y hacía lo posible para que saliera adelante. Fui muy afortunada en ser parte de una familia que me aceptó y me crió de la misma manera que lo hacía con su propia hija, de tener una educación muy buena, que gracias a eso es lo que soy hoy. 

Creo que las cosas que a uno le pasan a lo largo de su historia sucede por un motivo, que cada situación sirve para algo y que de cada experiencia se aprende más de lo que uno cree. Por eso a pesar de que mi infancia no fue la que esperaba, puedo asegurar que me sirvió mucho para valorar todo lo que tengo hoy.


Pasos de vida fue publicado de la página 121 a página123 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ver detalle e índice del libro