1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81 >
  4. Una historia de mi familia

Una historia de mi familia

Martinez Valea, Gonzalo

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Los días en el campo eran como un loop, como un mantra entonado una y otra vez en las clases de yoga que nunca fui, pero sin esa cuota de tranquilidad que te debe denotar mantra y yoga. Imagínate eso, bueno todo lo contrario. El mismo canto del gallo, sobre el mismo sonido ambiente de la nada, del vacío de mi estomago que rugía por otro biscocho, que no había. El mismo desayuno, café cortado, media taza. El mismo almuerzo tortilla de papa, restos de la cena de ayer y mañana. Las mismas caras, los mismos gestos, los mismos olores, los mismo colores, los mismos sueños, pasar otro día para volver a empezar.

Yo realmente no entiendo si es que tanto autoritarismo o represión a la gente ya le está haciendo efecto. Son los Walking Dead, de esta nación que no da pie con bola y nada parece que vaya a cambiar. Porque no sólo el régimen acá es duro, es dura la gente y el pan, y las palizas en vez de caricias endurecen el alma y los sueños que se desintegran prohibidos de existencia y autodeterminación. Ups, creo que eso es todo parte de lo mismo, lo mismo, lo mismo… Mismo, igual, idéntico, monótono, cíclico, cronológico, sin vértigo, aburrido, desanimado, predecible, estancado, sin un bocado de esperanza, peligroso. Últimamente mis pensamientos me están perturbando más de lo normal, no sé si me estaré poniendo más conciente con el paso de los años o si estaré pasando por algún tipo de angustia. La última vez bastó con unas horas de terapia con Lucía tirados en su cama. Cómo la extraño, esa vaca sí que sabía escuchar. 

Es que uno acá ya no puede ni hablar junto a algunos que ni saben escribir. 

No puedo comprender que mi vida se reduzca a vivir cada día como si fuera simplemente, un día. Se me escapa mi tiempo haciendo cosas que no me llenan, callando las cosas que no me gustan, en un sitio donde lo único que abunda es el miedo de perder algo más, como si todo lo pasado no hubiera sido suficiente como para ver la vaca y llorar. Estoy cuidando de personas que amo pero que no puedo ayudar, con enfermedades que todavía, dicen, no se han encontrado la cura. Viendo a mi familia desgarrarse con las manos sucias de limpiar la mierda de los animales que viven mejor que nosotros. Es que no quiero ser desagradecido, conozco mucha gente que la esta pasando peor, pero dentro de su inmundicia, son inconscientes, inocentes y como si fuera un favor para aguantar, la vida no les ha otorgado tal vez esta capacidad de pensamiento, que hoy me tiene mal llevado. 

Sanguche de desocupado con gajes de campesino, que no arrea su ganado sino que cuidaba de lo ajeno, de lo inalcanzable, la riqueza de otro que no valora ni su propia sangre. Eso me creo hace tiempo cuando me siento a pensar si lo que deseo es lo que quiero ser o si pudiera cambiar mi destino. Estoy enredado, maniatado, pies y manos paralizados, la cabeza a mil, me voy al bar. Llego a la pulpería de Don Agustín, que me sirve el jerez que prepara atrás de su negocio, en su casa. Tomo un trago, y quiero fumar una calada de mi cigarro machucado por estar en mi bolsillo ya armado desde ayer pero no tengo fuego. Fue en ese momento donde un hombre se me acerca y extendiéndome la mano con un paquete de fósforos me dice: 

- ¿Fuego? 

Le extiendo la mano asintiendo con la cabeza y con el cigarro ya en mi boca, lo prendo y con la bocanada de humo le agradezco: 

- Gracias, buen hombre. 

- Gracias a usted por lo de buen hombre, hoy en día pocas personas pueden contar con ese rotulo mas sin haberla conocido antes. 

Fue así como comenzó una conversación muy amena hasta altas horas de la madrugada. Resulta que este señor era un hombre de negocios, que andaba de paso por mis pagos haciendo una especie de casting a los jóvenes con ambiciones de la zona. Yo la verdad nunca había escuchado de él ni del motivo por el cual estaba ese mismo día. Pero parecería que la vida me hubiese estado monitoreando los pensamientos, mis deseos de progreso, de libertad y de superación. Porque después de varios jerez y algunos cigarros más me confesó su situación y el objetivo de su casting. Se llamaba Julio y era un empresario del nuevo mundo, había viajado varias veces a América del Sur donde tenía montado un gran proyecto gastronómico ubicado en el centro de una ciudad llamada Buenos Aires, en el cual le daba de comer a más de 300 personas por día. Me comentó que este proyecto era llevado a cabo sólo por jóvenes españoles que por diferentes motivos querían recomenzar su vida en una tierra sin persecuciones, libre y con un gran porvenir. Él era el encargado de conseguir a estos jóvenes, algunos perseguidos por sus pensamientos, otros desencantados de sus presentes y sin ataduras en su tierra natal y muchos que mejor no decir por qué querían irse. Lo importante era poder dejar todo atrás con la esperanza de crear una realidad menos dura, en la cual el trabajo sea el único elemento de reparación de no solo sus vidas sino también la de sus familias. Cada una de las palabras que vociferaba parecían guionadas por alguien muy parecido a mÍ, con los mismos valores, objetivos, preocupaciones y pensamientos, recuerdo cada oración y sobre todo el momento en el que Julio dijo: 

- Bueno, yo ya hablé mucho, ahora quiero saber de vos ¿Qué te parece la idea? ¿Estarías dispuesto a embarcarte y ser el único responsable de tu futuro? 

Para ese momento yo ya me había imaginado hasta cómo me sentaría el uniforme, cómo serían los olores de esa cocina y los 300 comensales entrando por la puerta principal de madera tallada y hierro sobre la calle Lavalle. Estaba volando y soñando con cada palabra que había pronunciado mi nuevo amigo.

 - Emilio ¿Estás bien?, te quedaste como tildado. 

Me dijo Julio. 

- Estaba soñando ¿Cuándo sale el barco? 

- Jajaja, que bueno escuchar eso mi amigo, en una semana lo espero a esta misma hora en este mismo lugar, venga sólo y no le diga a nadie de lo que estuvimos hablando aquí. Como usted sabrá, no hay lugar para todos y aquí hasta las paredes escuchan. 

Comienza un nuevo día y estoy a punto de despertarme. Estoy en esos segundos en que la cabeza parece una computadora que tarda en arrancar. Loading… Loading… Loading… Paraparam. Bienvenido. Ahora estoy, cuatro cuarenta y cinco de la mañana, tengo que ordeñar las vacas. Trato de incorporarme, quiero sentarme en la cama, para pararme y comenzar a cambiarme. Pero no puedo. Me siento más pesado de lo de costumbre. Apenas puedo mover los dedos de mis pies y manos. Siento que peso quinientos kilos, tanto que miro alrededor de mí buscando algo extraño. Buscando encontrar algo arriba de mí a lo que atribuirle ese peso de más. Pero no puedo mover la cabeza y solo puedo mirar el techo. No puedo moverme. No tengo ningún síntoma pero no puedo moverme. Trato de hacer fuerza para mirar al costado, hasta que se me pone la cara roja y solo consigo ponerme más nervioso. Grito y siento como mis palpitaciones se aceleran, hago fuerza y no puedo mover ni un pelo. Grito empiezo a suplicar ayuda, esto no puede estar pasándome, me quedé paralítico, no sé, pero no puedo moverme. Me despierto. 

Estoy todo transpirado, pero con mi cuerpo súper frío. Toda la cama revuelta y yo sobre una punta casi acurrucado. Y se me viene a la cabeza la noche anterior y lo extraño, intrigante, incógnito y hasta sobrenatural del encuentro con ese hombre Julio. Tengo miles de preguntas en mi cabeza ¿Quién es realmente ese hombre? ¿Será un espía o algún tipo de agente sabueso de jóvenes con aspiraciones a la migración? ¿Por qué vino a hablarme? Son infinidades de preguntas que por ahora no tienen respuesta. 

Lo único que tengo certeza en este momento, es que tengo que seguir trabajando. Tengo que ordeñar esas vacas. 

Casi llegando al establo vengo mirando al fondo de la carretera, ahí atrás de la tranquera, cómo se levanta una nube de polvo, anunciando la llegada de alguien. Esto me llama la atención porque las únicas visitas que recibimos son de mi tío Don Ramírez y él vino la semana pasada. A medida que me voy acercando empiezo a reconocer un auto policial con sus respectivas sirenas. Se acerca a toda velocidad por el camino como ignorando la tranquera que tiene a menos de trescientos metros. ¿Será que alguien me ha delatado por algún delito que no cometí? Ayer estuve hablando con ese señor y hoy ya empiezan a pasar cosas raras. Acelero el paso intentando llegar antes al establo. En un ojo la puerta del establo, en el otro el patrullero en camino. Llego, agarro el balde apresurado y el banquito, que se me resbala como llamándome la atención debido a mi sobresalto. Yo sabía que un día me iban a cachar, me vienen a buscar a mí estos zorros. 

Pero yo no hice nada ¿De qué me acusarán? Ya puedo escuchar con claridad el motor del patrullero que esta a punto de golpearme la puerta ¿Qué dirá mi familia cuando hoy no me siente a la mesa? En ese momento, en ese instante que me había entregado a la persecuta de mis pensamientos. Siguiendo con todos mis sentidos el sonido del patrullero, que muerde las piedras de tierra del camino, produciendo un estallido que me incrimina cada vez más. Se escucha al patrullero frenar, como una catarata de piedras que se avalancha contra mi pecho. Anonadado encaro para la puerta, casi cuerpo a tierra, sigiloso, precavido, cagón. Y por detrás de un barril, veo en silencio. 

Ese tenso silencio de película, en donde alguien sabe lo que va a pasar en la vida de los dos personajes que se enfrentan. Pero tan carente de razón como en su frenada, comienzan nuevamente su marcha y veo la parte trasera del patrullero que se aleja por la bifurcación de la calle que corta contra mi tranquera. No puedo creerlo, se fueron. 

Luego del horrible sueño de la mañana y sumado al mal flash del establo no pude recomponerme en todo el día. Estuve colgado de mis pensamientos, aislado de cerebro y sólo de manera física, trabajando. Yo estaba ahí, pasaba por vidrios y me veía reflejado, me reconocía. Pero en realidad estaba encerrado en mi cabeza, las preguntas merodeaban en círculos, como si fueran varios tiburones nadando en el profundo océano de mis pensamientos. Almorcé con mi familia y no produje ni un mínimo sonido. 

Ni siquiera el que siempre hago cuando tomo agua al mismo tiempo que mastico y trago la comida. Algo había hecho un clic adentro mío, y si bien, poco había cambiado, ya no era el mismo. 

Comienza un nuevo día, y en el desayuno mi mamá me cuenta que el hijo de doña Rosa ha desaparecido. Un muchacho de apenas veinte años, labrador y padre de dos niñas, que se había ido al pueblo a buscar unos productos y no había regresado. Lo están buscando por toda la zona pero nadie dice haberlo visto. No se sabe nada, como si la tierra se lo hubiera tragado. Mi Mamá ciega de la situación que nos golpea, deja entre ver que para ella, él se fue con otra mina. Pero yo no puedo parar de pensar que se lo llevaron, como a varios se han llevado ya. Me encantaría poder pensar como ella, pero mi desconfianza se basa en el estado y en la gente que supuestamente está para cuidarnos y defendernos. Trato de hacerle entender a mi Mamá que Pepe, el desaparecido, era un marido fiel y que nunca abandonaría a su esposa y mucho menos a sus queridas hijas. Yo lo conozco desde chiquito, me crié con el jugando en el patio de mi casa o la de Doña Rosa. Luego ya de adolescentes hablábamos de fútbol y por supuesto de chicas. Me acuerdo como si fuera hoy el día que conoció a su esposa paseando por el pueblo. Habíamos salido de copas después de un día de trabajo duro y estábamos muy cansados y sucios. Me acuerdo que ellos se vieron y que ella le limpió la cara. Nunca más se separaron desde ese instante. Malditos hijos de puta, espero que no se lo hayan llevado a Pepe. Enojado agarro mi bicicleta y me dispongo a pedalear hasta su casa. Para dar una mano con su búsqueda o simplemente consolar a sus niñas. Pobrecitas, deben estar destrozadas. Llego a la casa de Pepe y Julia y Lara me reciben corriendo hacia la tranquera al grito de tío, tío. A primera vista parecen no saber nada de lo de su pobre padre. 

Después de saludarlas voy entrando a la casa y en la silla la veo a Mari, que solo con verme estalla en llanto intentando disimular sus lágrimas delante de sus hijas. La abrazo y le pido a las nenas que vayan a jugar afuera, que tengo que hablar con su mamá. Ellas sin ningún problema y tan obedientes como siempre se van sin chistar. Estuvimos varios minutos hablando sin parar. Le pregunté cómo estaba ella, si desconfiaba de algo, si últimamente habían peleado y sí había notado algo extraño en estos días anteriores a la desaparición de Pepe. Ella me comentó que todo estaba bien, nada había pasado y que si bien ellos nunca eran de discutir habían tenido una charla un poco subida de tono por una diferencia de pensar con respecto a la educación de sus nenas. Pero que, a pesar de todo, habían podido seguir delante de una forma pacífica y llegar a un acuerdo. 

Para ella lo que estaba pasando era algo sumamente extraño. Su hombre de toda la vida, su único amor, salió a hacer unos mandados y nunca más volvió. 

Después de hablar con Mari me quedé jugando con las nenas y antes de irme pasé a tomar un café. Nos sentamos en la mesa que tiene al lado de la gran biblioteca del living. Pepe siempre fue muy culto y a pesar que sólo hicimos la primaria, él siempre se había interesado por la literatura y el saber. Convirtiéndose en un gran coleccionador de libros de todo tipo. Mari en cambio, nunca fue muy ducha con el estudio, era su antítesis en ese sentido y nunca se había siquiera acercado a esa gran cantidad de libros que estaban en una biblioteca de madera que cubría casi toda una pared del living de su casa. Mientras charlábamos y tomábamos café, repasando una y otra vez los acontecimientos de los días anteriores a la desaparición de Pepe yo me levanté y empecé a ojear algunos de los títulos de los libros de la biblioteca. Vi desde física cuántica hasta recetas de cocina, pero hubo uno que me llamó la atención por demás. Estaba casi escondido entre grandes libros de tapa dura. Este era casi un manuscrito, que parecía como un libro pocket, una especie de anotador. Mientras Mari seguía hablando, para mí su voz se había vuelto como un sonido ambiente ya que estaba totalmente intrigado con el libro que había encontrado. Lo abrí y empecé a leer. Parece como un libro de ideas o bitácoras. Encontré muchas palabras que no se ni siquiera qué significan. Cambio de página y empecé a leer lo que parece un poema escrito por él:

“Tu famosa, tu mínima impotencia,

desparramar intento

sin detener el paso ni un instante.

Para lo tal, me apeo en mi paciencia,

pulso un acordeón llorón de viento

y socarrón de voz, y ya es bastante.

Llevas el corazón con cuello duro,

residuo de una momia milenaria

concurso de idiotas,

que necesita la alabanza diaria

y descosido en la alabanza explotas.

Demócrata de dientes para fuera,

altares solicita tu zapato

No hagas más reflexiones de topo y madriguera

en tu conejeril rincón de mentecato.

Resuélvete, desaparece, topo.

España no precisa

tu vaciedad de calabaza neta,

tu mezquindad que duele y que da risa,

tu vejez inconcreta,

venenosa, indecisa.

No te toca la sangre de los trabajadores,

sus muertes no salpican tu chaleco,

no te duelen sus ansias, ni su lucha,

tu tiniebla trafica con sus puros fulgores

su clamor no halla en ti ni voz, ni eco,

tu vanidad tu mismo ruido escucha

como un sótano seco.

Sobre tu pedestal o tu peana,

monumento de oficio,

cuando su salvación está cercana

quieres llevar un pueblo al precipicio.

Te rebuznó en el parto tu madre, y más valiera

a España que jamás te rebuznara

con esa cara de escobilla fiera,

de vieja zorra avara.

No llevarás mi pueblo al precipicio,

dictador fracasado, rey confuso,

y caerás por la punta de una bota

sobre tus flacos días puesta en uso”.

En ese momento, toda la historia empezaba a cerrar para mí. Tenía delante de mis ojos, la prueba que avalaba mis malos pensamientos y preocupaciones ante la desaparición de Pepe. Estaba seguro de que no podría haberse ido así porque sí. Con él nos contábamos todo, pero de esto no tenía idea. Se había convertido en un subversivo y yo no lo sabía. Siempre fue bastante crítico con su ambiente y muchas veces discutimos sobre el futuro de España y su política. Pero yo poco entiendo y terminaba cargándolo por los goles que el Athletic le metía al Real Madrid. Ahora caigo en la claridad de ver que quizás hubo dos Pepe, y uno de ellos tenía pensamientos que no pudo callar y que censuraron para siempre. 

Para este momento Mary seguía hablando, intentando analizar sus propias palabras una y otra vez, como si eso, fuera a develar alguna pista sobre el paradero de Pepe. Yo sigo leyendo disimulando todo lo que pasa por mi cabeza y sentimientos para no mostrarme nervioso ante ella. Me siento y sigo tomando el café con el cuadernillo en la mano. Me termino la taza y antes de volverme a levantar para irme. Le digo a Mary que me llevaré el libro que saqué de la biblioteca. Ella asintió con la cabeza sin dejar de hablar. Yo la saludo al igual que saludo a las niñas y me voy. 

Ya han pasado varios días de la charla con Julio en la pulpería y todavía no sé qué hacer. Al igual que mi cabeza, los acontecimientos de estos días han sido muy raros, y si bien todo lo que me dijo esa noche es lo que yo deseo hace tiempo, todavía no puedo decidirme qué hacer ¿Cuál será mi decisión? Poniendo en la balanza las cosas que pierdo y gano dicen que tengo que irme. Si bien acá esta mi vida, mi familia especialmente mi mamá, amigos, todo lo nuevo que podría aparecer con este viaje es infinito. Como ya les he dicho antes no toda la gente de acá tiene mis mismas inquietudes ni preguntas y creo que si se me ha presentado esta situación, esta oportunidad, al fin y al cabo debe ser por algo. Como quien no quiere la cosa, traté de corroborar información sin delatar el punto fundamental del encuentro con Julio. Pero bueno yo también necesitaba hacer mis averiguaciones. Por el momento, ninguno al que le pregunté conoce o tuvo una situación similar. Si bien no he dado mucha información todo parece cerrar en qué Julio era una persona que no frecuentaba por esta zona, o bien, un fantasma. Voy llegando del establo a la casa maniobrando todas las posibles situaciones que podrían presentarse si me iría o no. En ese momento escucho el grito de mi hermano llamándome desesperado. ¡Emilio! ¡Emilio! Vení algo le pasa a Mamá. Instantáneamente empiezo a correr los metros que quedaban para llegar a la puerta de la casa y ahí la veo. Mi Mamá yacía en el piso, levantando las manos como pidiendo que alguien la ayude. Me agacho y la agarro, trato de levantarla pero ella me apreta el brazo dándome a entender que no la mueva. Intenta decirme algo pero las palabras no salen de su boca. Yo gritando le digo que resista que mi hermano ya había ido por ayuda. Ella cierra los ojos y al mismo tiempo que se le van cerrando, deja de sujetarme con fuerza la fuerza de un principio. Y va dejándome lentamente. Yo desesperado, casi llorando, le suplico que aguante que ella iba a estar bien. Es en ese momento que me vuelve a mirar y con la poca fuerza que le queda me dice: “Se feliz y nunca dejes de soñar”. Esas fueron sus últimas palabras, porque en el instante que terminó de producirlas y con el poco aliento que le quedaba, murió en mis brazos. Yo la abrace tan fuerte como podía, como tratando de no dejarla ir, pero ya era muy tarde, la pobre estaba en paz y yo empapado en llantos y besándola me quedé en el suelo con ella. Para cuando llego mi hermano con el doctor del pueblo hacia varios minutos que mamá había fallecido. Basto con verme en el suelo para que mi hermano y el doctor se dieran cuenta que ya no había vuelta atrás. Mi hermano al verme en el suelo con nuestra madre se abalanzó y se unió a nuestro abrazo haciendo el momento más emotivo aún. 

Ambos habríamos dado la vida por nuestra madre. En mi caso y especialmente para mí, ella siempre fue una confidente, una amiga. Y si bien no le había develado toda la información era la única que sabía un poco de mi encuentro con Julio y todo lo que me estaba sucediendo. Quizás en sus últimas palabras quiso dejarme un legado. “Sé feliz y nunca dejes de soñar”, “Sé feliz y nunca dejes de soñar”. Cada vez que repetía esa frase dentro de mí, se incrementaba la decisión de irme en esa aventura que se me había presentado. Mi mamá, mi ídola, mi compañera, mi mejor amiga, me había dado la respuesta. 

Hoy se cumplen los siete días, y yo estoy tirado en la cama con el bolso a medio armar y recordando todo lo que había sucedido en esta semana. Es muy loco pensar como a partir de un acontecimiento todas las circunstancias que me había presentado la vida se alineaban para la decisión que había tomado. Pasé varias horas en mi habitación, casi no trabaje en todo el día y se acercaba la hora de ir a la pulpería para el gran encuentro con Julio. Sin hacer mucho ruido, salgo de mi habitación con mi bolso en una mano y voy a buscar mi bicicleta. Voy hasta el garaje, la agarro y sin mirar atrás me voy por el camino de tierra. Nadie me vino a despedir, nadie sabía de lo que estaba por hacer, en mi cabeza ya no habían tantas preguntas y como una música de relajación recordaba las ultimas palabras de mi mamá.

Llegó a la pulpería y todo estaba tranquilo, en la barra José casi cayéndose por una fuerte borrachera que llevaba consigo cada noche. Mirta, la camarera, coqueteaba con los de la mesa de al lado del baño y todo estaba tal cual ocurría cada noche. Me pido una caña y me armo un cigarro. Busco el fuego y como si estuviera guionado aparece Julio, como esos fantasmas que aparecen cuando frotas una lámpara mágica. Nos miramos, reímos y él me hace una seña con los ojos para que me dirija afuera de la pulpería. Yo asiento con la cabeza y voy caminando hacia la salida. Llegamos afuera y a cien metros se ve una luz. Julio me dice que caminemos hacia ella que ese es el auto que nos llevaría al puerto. Totalmente entregado y esta vez con la cabeza en blanco hago todo lo que me dice. Nos subimos al auto y nos vamos a toda velocidad. Ya en el auto, Julio me empieza a contar cuáles serán los pasos a seguir una vez que lleguemos al barco. Mientras me cuenta el procedimiento, me da un sobre con unas pesetas y toda la documentación necesaria para poder salir del país lo más legal posible y sin alborotos. Llegamos al puerto y sin decir mucho bajamos. Yo increíblemente ya no tenía desconfianza de nada, estaba totalmente entregado. Si algo sale bien o mal ya poco me importaba, estaba rendido a mis sueños y a poder empezar con la aventura. 

Luego de veinte días de viaje y de haber conocido mucha gente, haber pasado un poco de hambre y frío, llegamos al puerto de Buenos Aires. Ni bien bajamos estaba todo preparado para nuestra llegada, desde un auto nos hacen una seña y Julio me indica que ese es el chofer que nos espera como ya lo habíamos repasado. Subimos y nos vamos al restaurante. En el camino yo me la pasé mirando por la ventana, como un perro que va con la nariz casi afuera. Oliendo y conociendo todo en cada respiración. 

Todo era mágico, onírico para mí. Finalmente había llegado al principio de mi nueva vida. Estaba lleno de ilusiones y de nuevas preguntas. Pero estas ya no me ahogaban sino que en cambio me daban mucha intriga, de la buena. Sentía que en otra vida yo había estado ahí y que este gran rompecabezas empezaba a encastrar unas fichas. 

Llegamos al restaurante y nos recibe Juan, uno de los encargados del turno tarde. Julio me lo presenta y me hace una breve introducción de lo que sería mi trabajo y mi casa por los próximos meses. Básicamente trabajaría de lo que ellos dicen “che pibe”. Una frase característica de los argentinos cuando se refieren al muchacho que realiza todas las tareas que nadie quiere hacer. Una especie de comodín con mucho que aprender y mucho derecho de piso que pagar. Estábamos ahí en el Palacio de la Papa Frita ubicado en la calle Lavalle. Un refugio de inmigrantes españoles que había sido casa y trabajo para varios muchachos como yo, que gracias a la ayuda de Julio había comenzado mi nueva vida ahí. 

Los primeros días pasaron volando, entre las nuevas personas que conocía y el arduo trabajo que realizaba no tenia mucho tiempo para pensar ni ponerme melancólico. 

Los meses fueron pasando y cada vez estaba más instalado, ya hasta decía “boludo” al hablar, como el 99% de los que se sentaban a comer en las diferentes mesas del restaurante. Para ese entonces ya había aprendido la seña que los porteños hacen con la mano cuando le piden al mozo un café a la distancia. Hasta descifraba la firma en el aire que hacen cuando quieren que les alcance la cuenta. Era un español argentinizado y eso me sentaba muy bien, a tal punto que había conquistado algunas clientas del Ministerio de granos que venían diariamente a almorzar al comedor. 

Había probado la carne argentina en todas las formas posibles de entender esa frase, pero una sola me había enamorado. Rosa Raposo, una joven y simpática empleada del Ministerio, que como les conté antes, venía diariamente a almorzar al Palacio de la Papa Frita. Ella es encantadora, tiene muy buenos modales y una sonrisa que me encandila. 

Yo ya conocía sus horarios y gustos, por lo que siempre me ofrecía para atenderla a ella y a su amiga con la que siempre almorzaban una ensalada. Las miradas y sonrisas entre nosotros iban de un lado para el otro. Era inevitable su presencia para mí y ya empezaban a surgir las bromas entre mis compañeros, que cuando la veían llegar, gritaban mi nombre y todos empezaban a reír. Eso me ponía de mal humor pero ya no me importaba porque yo estaba convencido que a ella le pasaba lo mismo. Lo sé por sus miradas y su sonrisa y por la forma que me habla cada vez que nos vemos. No es por agrandarme pero este simple mozo labrador inmigrante tenía lo suyo también. 

Esta novela siguió por varios meses hasta que un día me animé y cuando se estaba yendo del salón la llamé y en un costado del comedor la invité a tomar un helado. Ella aceptó y fue así que empezamos a salir. Fue desde ese momento que no nos separamos más. El final de mi turno terminaba justo con su hora de salida. Así que siempre la acompañaba a la parada del colectivo y la esperaba a que subiera. Me quedaba mirándola cómo pagaba su boleto y esperaba a que se de vuelta para que me regale otra sonrisa y un saludo con su mano. Nos veíamos todos los días, y los fines de semana hacíamos planes juntos por la mañana temprano, que era en el único momento del día que podía escaparme unas horas del trabajo. Siempre había algún buen compañero que me cubría, volviéndose cómplice de esta historia encantadora. Todo era colorido y alegre, una novela de amor súper romántica, que nos tenía juntos en cada esquina del centro porteño. Si tengo que hacer un resumen de este poco tiempo que llevo en Argentina, tendría que decir, que es la única y la mejor decisión que tomé en mi vida. 

Ya pasaron varios meses de mi llegada a Buenos Aires. Hoy es viernes y para mí es un día especial. Ayer, en mi recreo de medio tiempo, fui a buscarla a Rosa y la invité al baile de gastronómicos que será hoy por la noche. Le dije que la pasaría a buscar por su casa en Villa Adelina y nos tomaríamos el 130 hasta el salón. Y que ahí nos esperarían nuestros amigos con sus parejas para pasar una noche especial bailando y comiendo hasta la madrugada. Lo que ella no sabe y que ustedes amigos lectores, junto a mi mejor amigo y secuaz Fito, tendrán el privilegio de ser los únicos testigos previos. Es que a la mitad de esta noche, extasiados por las risas, el baile y las copas, le pediré a Rosa que se case conmigo. Ya tengo todo arreglado. Le pedí a Josele que me cambiara el franco. Mandé el traje a la tintorería y en el camino recogí el modesto, pero lleno de significado y sentimientos, anillo de compromiso. No puedo transmitir en palabras la sensación de felicidad que llevo conmigo. Se siente como un gran plumón que te abraza cuando te tiras en la cama un día de frío. Algo que me hace caminar casi con los ojos cerrados. Que mientras más se cierran, tiran de las puntas de mis comisuras generando una sonrisa plena. Bajo a la cocina y lo encuentro a Fito que me mira cómplice y mientras me da los buenos días me guiña el ojo reiteradas veces, tantas que ya parece un tic nervioso. Intentando contener la risa y mi felicidad que brota como una espuma que rebalsa el vaso de mi cuerpo. Lo miro fijo, cierro con fuerzas los ojos y frunzo el seño, dándole a entender que ya había sido suficiente. Si bien entre mis compa- ñeros tenemos muy buena relación y varios son mis amigos. No quiero que nada ni nadie interfiera con lo que hoy pasaría. En algún punto está bueno que no sólo Rosa se sorprenda y que a todos los ponga feliz al mismo tiempo. 

Seguimos trabajando todo el día entre chistes encriptados y comentarios tirados al aire que sólo con Fito entendíamos. Creo que la felicidad se disfruta más cuando uno la puede compartir con un gran amigo como lo es él para mí. Si bien todo estaba saliendo bien en mi día, a medida que se acercaba la hora de salida yo empezaba a sentirme cada vez peor. Atribuyéndoselo a los nervios obvios de ese tipo de situaciones, intento no darle mucho interés pero en vez de disminuir el malestar se agranda. Es por eso que antes de salir le pido a Fito que me prepare un cortado doble y una aspirina. A lo que él responde preguntándome si me sentía bien. Yo le cuento que me siento algo pesado, cansado y dolorido de cuerpo. Y haciéndole un chiste le digo que con esa combinación, café y aspirina, puedo seguir adelante ante cualquier circunstancia. Si algo nos emparenta entre los españoles y argentinos es el amor por la comida, el café y los fármacos de venta libre. Dejo mi delantal y subo a mi habitación. Repasando cada palabra de lo que preparé para el momento de pedirle la mano a Rosa. Preparo y reviso todo lo necesario para bañarme e irme a buscarla. Finalmente, afeitado, punta en blanco y engominado, bajo y tomo el café rápidamente. Fito trata de tranquilizarme y abrazándome me desea buena suerte. Yo me voy un poco desconcertado, no entiendo bien qué pasa con mi cuerpo esta noche. Si bien no tengo mucho dolor me siento muy raro y un poco mareado. Maldita sea, pienso, justo esta noche tengo que sentirme mal. La puta madre, qué mala leche. Después de un duro viaje con los dolores que aumentaban a la altura de mi zona abdominal, camino casi doblándome hasta la puerta de lo de Rosa. Trato de erguirme de a poco y respiro profundo. Me agarro de la baranda de la escalera que conduce hacia su departamento y me apoyo para no caerme. Trato de recomponerme, en ese momento mi cuerpo latía dolorosamente por dentro. Estaba transpirado y con frío pero no podía echarme atrás. Estaba a tres escalones de la mujer de mi vida, a la que esa noche, iba a convertir en mi futura esposa. Pidiéndole en mis pensamientos fuerza a mi difunta madre para seguir, intento centrarme en una línea que va desde mi cabeza a mis pies tratando de restablecerme. Así consigo subir el primer escalón. Con los dos siguientes hago como si fueran uno y con ese empujón y esfuerzo sobre medido para el malestar que tenía. Caigo desvanecido golpeado con mi cabeza contra la puerta de la casa. 

Hoy me desperté y según lo que me comentan los médicos estuve dormido unos días por el gran golpe que me pegué. No entiendo mucho, pero parece que llegando a la puerta de Rosa, me desvanecí y mi cabeza golpeó contra su puerta. Lo que hizo que ella salga y me vea en el piso desmayado y con la cabeza sangrando. Trato de entrar en razón y me empiezo a desesperar porque me acuerdo de que en el bolsillo de mi saco traía conmigo el anillo de compromiso. Empiezo a buscar con la mirada por toda la habitación y no lo veo. No puedo levantarme porque estoy todo conectado, igualmente intento moverme y un dolor brutal me frena hasta los pensamientos de movilizar alguna parte de mi cuerpo. No sé qué hacer, quién se habrá llevado mi traje, mis cosas y ese maldito anillo. En el momento que estaba por arrancarme todos los cables para levantarme se escucha el ruido de la manija de la puerta que se abre. Detrás de ella y con una iluminación casi angelical sale Rosa. Me mira y sonríe y yo instantáneamente me tranquilizo. Se acerca al lado de mi cama y me dice: 

- Se levantó el bello durmiente. 

Yo la miro y sonriendo le hago un gesto como que no entiendo mucho lo que esta pasando. No puedo creer que la noche más soñada para mí haya terminado con este imprevisto que no solo me costó un gran dolor de cabeza sino que también había extraviado la cosa más cara y valiosa que alguna vez compré. Rosa se acerca y empieza acariciarme mirándome de una forma muy amorosa. Mientras sigue acariciándome me cuenta lo que me había sucedido y el susto que se pegó cuando me vio desmayado en la puerta de su casa. Yo inocentemente le pido perdón y ella comienza a llorar. Sin entender nada trato de consolarla pero no puedo moverme mucho. En un momento que deja de llorar le pregunto qué era lo que había sucedido. A qué se debía su angustia. 

Fue en ese momento que me cuenta lo que habían dicho los médicos y a su vez cuál había sido la razón de mi malestar aquella noche. Según lo que ella me cuenta de lo que le dijeron los médicos es que tengo una insuficiencia renal. Habían tratado de operarme pero era un caso muy delicado. Existían muchas posibilidades de no salir vivo de una intervención quirúrgica de esa magnitud. En ese momento y mientras Rosa seguía hablando, a mí me pasaban miles de imágenes por la cabeza. Mi pueblo en Cedofeitas, la casa de mi mamá y ella cocinando para mí y mi hermano. Mi amigo Pepe que había desaparecido y sus hermosas hijas gritándome “tío, tío” mientras yo me alejaba por el camino de tierra. También por mi cabeza pasó Julio y aquella noche que nos conocimos. Al igual que mi amigo Fito y las andanzas que realizamos juntos en estos meses que llevaba en Buenos Aires. Todo eso pasó en unos segundos por mi cabeza, como flashes de mi vida que se veía ahora desde un agujero negro. Después de unos minutos de silencio traté de consolar a Rosa haciéndole un par de chistes de que este gallego no se iba a rendir tan fácil. Fue así como entre besos y caricias se me dio por preguntarle a ella si sabía dónde estaba el traje con el que yo había salido la noche del accidente. Ella me señala el placar de la habitación mientras se levanta y se acerca a él. Lo abre y saca mi traje que estaba tal cual lo había dejado. Todavía tenía algo de tierra de mi caída y por supuesto un poco de sangre en la espalda debido al gran golpe que abrió mi cabeza. Le pido que me lo acerque y que busque en los bolsillos del saco que había algo muy importante que quería mostrarle. Ella lo busca tanteando desde afuera cada bolsillo hasta que toca algo y me mira. Me pregunta qué es y yo solo contesto pidiéndole que lo agarre y lo abra. Rosa desconcertada, lo agarra y lo abre lentamente, para mi esta secuencia estaba ocurriendo en cámara lenta. Podía ver cada centímetro de su mano moviéndose para abrir la pequeña caja de pana. Lo abre y se queda muda. Fueron unos segundos eternos en los cuales ella me miraba sin saber qué hacer y yo lloraba sin producir ni una palabra. Finalmente tratando de sacar valor, la miro y le digo. - Pase lo que pase, yo siempre voy a amarte y sería el regalo más lindo de mi vida si aceptaras ser mi esposa.

Ella empezó a llorar más fuerte pero esta vez era una mezcla de llanto y risas. Bajo la caja que sostenía con una de sus manos, sonrió y me abrazó. No hacían falta más palabras, ya éramos dos cuerpos fundidos en uno. Que con solo verse, con solo tocarse y sentirse sabíamos que esa unión sería para siempre.


Una historia de mi familia fue publicado de la página 124 a página130 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ver detalle e índice del libro