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Platos rotos

Peña Cueto, Magdalena

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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Acabo de romper un plato, de esos rojos que mi mamá compró hace dos semanas, estaba chocha la vieja. Los platos que teníamos estaban gastados y tenían manchas que no salían ni con lija. Yo creo que nací conociendo esos platos, en un comienzo, siempre llenos de tallarines y los viernes se aparecía una que otra salchicha. No eran tiempos difíciles, sólo vivíamos con más sencillez, incluso, yo creo que esos tiempos tenían su magia, sobre todo para mis papás. Recién casados, recién salidos de la universidad, recién empezando a disfrutar de los pros y los contras de la independencia, aunque no recién criando a su primera hija. Yo empecé a estar presente en sus vidas dos años antes de que fuéramos una familia formal, registrada y válida ante Dios. Para mí también fue un cambio radical la independencia de mis padres, dejar la cómoda y amplia casa de mis abuelos. Dejar todos esos lujos por un no muy espacioso departamento en el centro fue todo un reto. Y ahí está el plato, roto, los pedazos están esparcidos por todo el suelo recién encerado, algunos llegando muy lejos de la cama en la que mi cuerpo está descansando. Me encantaría bajar al primer piso y decirle a mi nana que en mi pieza hay un plato roto que espera ser barrido y luego vertido en un oscuro y húmedo basurero, pero mis principios no me dejan, en lo más profundo de mi conciencia hay una débil voz que grita que vaya en busca de una pala y una escoba. Además, no me gusta abusar de la Tere. La Tere está al servicio de mi familia hace ocho años y es la persona más dulce y razonable que haya entrado a mi limitado mundo. Es un pan de Dios, no como la Irma, que fue despedida dos semanas antes de que llegara la Tere, dos semanas en las que mi padre y yo sufrimos de intoxicación, ya que desafortunadamente y sin otra opción, la cocina quedó en las inexpertas manos de mi madre, una vez más. 

La Irma llegó a mi humilde departamento cuando mi papá comenzó a ganar unos pesos extra: mi mamá atacó inmediatamente y, recomendada por la tía Rosario, tres días después, la Irma se presentó en la puerta de mi hogar; imponiendo su voluptuoso y robusto cuerpo y analizando cada una de las fallas que tenía nuestra pequeña morada. Recuerdo que se quedó mirando fijamente una lámpara del techo, que más que una lámpara era un foco que colgaba inestablemente de un cable. Miraba al techo como diciendo “y yo que solía trabajar en casas en La Dehesa”. Desde que la Irma cruzó la puerta, supe inmediatamente que estaba bajo su poder, que por muy injustas que fueran las cosas, nunca más podría discutirle nada y aunque estuvieran mis padres, la que estaba a cargo era ella ¿Qué podría significar mi pequeña voluntad, en mis jóvenes siete años, contra algo tan imponente y poderoso como la Irma? Nada, absolutamente nada. Recuerdo haber soñado más de una vez con la boca de la Irma transformándose en un hoyo descomunal, listo para succionarme por estar viendo televisión en el sillón, sentada a lo india con las zapatillas puestas. No eran sueños, eran pesadillas de las que despertaba transpirando, y corría en busca de la protección incondicional de mis siempre fieles padres. 

La Irma era todo lo que un niño nunca podría desear y lamentablemente era mi única compañía mientras esperaba con ansias la hora en que llegaran mi papá y mi mamá, después de una larga jornada de trabajo. No podría olvidar el olor a comida friendo en un sartén y a mi mamá en la noche, indignada por encontrarse frente a un plato cubierto por dos hamburguesas y tres huevos fritos, que si alguien los estrujaba podía llenar una botella de litro de aceite Chef. 

Creo que los únicos momentos felices que viví junto a la Irma, eran cuando correspondía mi hora de baño. La Irma giraba la llave y la tina comenzaba a llenarse con un potente chorro de agua caliente. La Irma se iba del baño, libertad. La Irma nunca volvía. La Irma olvidaba por completo que la primogénita de la familia se sumergía en las ardientes aguas de la enorme ba- ñera y que quizás, la indefensa niña no podría girar la antigua y oxidada llave para cortar el paso del agua. Pero yo era feliz. Recuerdo que esa vez el agua comenzó a salir por los bordes y me puse champú Simond’s en el pelo (es lejos el que saca más espuma), me encantaba estar rodeada de burbujas y sentir las jabonosas paredes de la bañera luego de esa combinación. Mi juguete favorito solía estar al lado del jabón, pero esta vez parece que la Irma estaba enojada conmigo por lo de las zapatillas en el sillón y no lo veía a mi alrededor. 

Levanté la mirada y ahí estaba, en la repisa más alta del baño: con mi pequeña estatura no podría tenerlo. La Irma se creía muy inteligente pero yo no iba a desperdiciar toda esa espuma que había preparado para jugar, así que me paré para alcanzarlo, para algo están los bordes de la tina. 

Después de eso, recuerdo que sentí que la tina pasaba a ser un mar, con grandes olas que chocaban y producían mucha espuma, al mismo tiempo yo me convertí en una sirena y el jabón y la esponja en peces de colores con los que recorría todos los océanos. Fue en esos días cuando conocí las profundidades del mar y los más hermosos arrecifes y playas hasta ese momento no descubiertas y le regalaba a mi mamá corales y piedras que encontraba por ahí. A partir de ese día no volví a ver a la Irma. 

Y ahí sigue el plato, me encantaría ir a buscar la pala y la escoba y no tener que abusar de la Tere, pero la verdad es que no hay nada que pueda hacer. Después de la Irma, no quedó nada más que mi cuerpo descansando en esta cama. 


Platos rotos fue publicado de la página 130 a página130 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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