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Inesperado

Duarte Pineda, Andrea Gabriela

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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Agapito Aldana Carvajal, así se llamaba o más bien se llama, aunque hoy en día algo muerto está en él. Nació en un pueblo pequeño de Boyacá, Colombia llamado Belén, un pueblo frío pero con gente cálida y soñadora. Agapito, que no era la excepción a la regla, tenía el gran sueño de irse a Bogotá, capital de Colombia, para trabajar y mandarle dinero a su familia. 

La botica Granada, así se llamaba la farmacia ubicada en el centro de la gran ciudad en donde Agapito consiguió su primer empleo; con rapidez se adaptó, conocía todos los medicamentos y para qué servían, sus clientes le tenían aprecio, pues como buen boyacense siempre los atendía con mucha simpatía y eficacia. 

Los días se hicieron meses, los meses años y Agapito tenía asegurado su puesto en La Granada, sus días aunque monó- tonos eran seguros y no había de qué preocuparse, no habían sobresaltos pero sí un sueldo fijo. 

9 de abril de 1948. Un día que pintaba bien, un día en que Colombia no volvería a ser la misma, y desafortunadamente Agapito tampoco. Se abrió la farmacia a las seis de la mañana como era costumbre, Agapito atendió sus clientes de siempre y uno que otro nuevo. Dos o tres de ellos hablaron que cerca de allí se encontraba Gaitán, que daría un discurso de esos que él sabía dar, que definitivamente el país tenía esperanzas con este hombre, que Gaitán tenía que sí o sí quedar presidente. Agapito sólo pensaba: “en política mejor no meterse”. 

Faltaban cinco minutos para la una de la tarde y la farmacia estaba desocupada, el día soleado y era la hora de almorzar. Este hombre esforzado y soñador estaba cerrando la caja, cuando escuchó tres estruendos, se dijo: “ah, deben ser fuegos artificiales por el tal discurso de Gaitán”, y siguió adelante con todo el protocolo para cerrar la farmacia e ir a almorzar; no terminó de quitarse su bata cuando un policía y un hombre llegaron corriendo, desesperados y blancos del espanto; el policía le gritó a Agapito. 

–¡Hermano, cierre esa puerta volando que nos van a matar! Agapito cerró la puerta con rapidez, estaba desconcertado y preguntó qué era lo que había pasado, ninguno de los dos respondía: por un lado el policía intentaba mantener la calma y por el otro, el hombre que estaba a su lado tenía el rostro más aterrorizado que Agapito había visto en su vida, el hombre solo repetía una y otra vez. 

–¡Virgen Santísima! 

De pronto, voces enfurecidas se oyeron acercándose a la farmacia y rápidamente llegaron a la puerta, a la que comenzaron a golpear con violencia desenfrenada. Agapito estaba estático y terriblemente angustiado no sabía qué pasaba, pero no era nada bueno, intentó concentrarse y empezó a escuchar las voces enfurecidas. Unas gritaban: “¡asesino!”, otras “¡aquí está ese miserable, no va a quedar nada de él!” y otras decían: “¡entréguenlo o se van morir también!”. 

–¿Usted lo mató? –le preguntó el policía al hombre, pero este no paraba de rezar y no lograba entrar en razón. El policía esta vez le dijo: 

–Hermano necesito que hable, que me diga lo que pasó, por lo menos su nombre. 

–Me llamo Juan…Juan Roa –respondió el hombre. 

La puerta empezaba a quebrarse y el nivel de desesperación de los hombres en la farmacia aumentaba. 

Con cada golpe Agapito solo pensaba que no quería morir ¿Por qué morir por alguien que no se conoce? ¿Por qué sacrificarse por ese tal Roa? Y que además posiblemente había acabado con una vida. Así que, pensó en abrir la puerta y entregarlo; al fin y al cabo esa era la justicia del pueblo. Pero Agapito se dio vuelta y miró a Roa, su rostro horrorizado, su desesperación y sus ojos llenos de lágrimas lo conmovieron y le dijo al hombre. 

 –¡Roa, no vamos a abrir esa puerta, vamos a resistir lo que sea necesario! 

Agapito empezó a rezar, no tenía de otra, la esperanza se empezaba a agotar y la puerta de la farmacia estaba a punto de ser derribada, no había nada que hacer, los tres hombres lo tenían claro, este era el fin. Poco podía pensar, la angustia lo tenía por completo fuera de sí, los gritos, la violencia de los golpes en la puerta eran demasiado, “no quiero morir así” pensó, así que rápidamente fue a los estantes de los medicamentos y empezó a tomarse todo lo que encontró. 

La puerta se derrumbó, la gente entró, estaba enloquecida de furia, tomaron a Roa y lo mataron violentamente en la farmacia, rasgaron su ropa y se lo llevaron desnudo y arrastrándolo por la calle. 

Mi abuela suspiró. 

–Agapito quedó inconsciente, supongo que en todo ese caos, la gente lo vio en el suelo y pensó que ya otros lo habían matado –terminó mi abuela diciendo esto. 

Yo atónita con la historia le dije: 

 –¡Esto es terrible no te lo puedo creer! 

 A lo que ella asintió con la cabeza. Pregunté que si su tío seguía vivo, ella me dijo que aún vivía. Agapito sobrevivió a ese terrible día pero perdió la lucidez, enloqueció al parecer por los medicamentos que consumió y obviamente el trauma que tuvo que vivir, se dice que nada más habla de ese día y que se la pasa llorando en las noches.


Inesperado fue publicado de la página 130 a página131 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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