1. Diseño y Comunicación >
  2. Publicaciones DC >
  3. Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81 >
  4. Primera y última vez

Primera y última vez

Godoy Ancarani, Nadia Alejandra Iratí

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

descargar PDF ver índice de la publicación

Ver todos los libros de la publicación

compartir en Facebook


Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional

Una familia muy normal 

Era 1995, para ser exacta 23 de julio. No era un domingo cualquiera, ese día se jugaba la final de la Copa América entre nuestros vecinos Uruguay y Brasil. Los argentinos esperaban ver consagrarse nuevamente campeón a nuestros hermanos uruguayos, o quizás ver derrotados a nuestros contrincantes cariocas. 

Los bares porteños de Parque Centenario estaban repletos de fanáticos del balón pie que se amuchaban para alentar al hermano albiceleste. 

Carlos Menem había sido reelecto presidente de la Nación Argentina gracias a un pueblo consumista que eligió hacer shopping en el extranjero y los autos automáticos poblaban la mayoría de las calles bonaerenses como la gran novedad del 1 a 1. 

Isabel se encontraba transitando el 5to grado en Colegio Guadalupe, y como era tradición del colegio, en dicho grado los alumnos ya se encontraban listos para tomar la primera comunión. 

Ella era hija única y no podía negarse a ningún pedido familiar. Quería que fueran todos felices, incluso haciendo cosas que no le gustaban. Su mamá la mimaba y la llenaba de regalos en extremo, sobre todo con los precios y la posibilidad de comprar en el exterior. 

Su familia siempre había sido fervientemente religiosa y tradicionalista. 

Ese domingo no faltó ninguno del clan, todos se encontraban reunidos y ansiosos en la casona de calle Vera del barrio Parque Centenario. Desde la bisabuela Stella Maris hasta el tío Raúl. 

A Isabel, a diferencia de su familia, le aburría toda esa pomposidad y no creía en aquella ceremonia ni en todo lo que la rodeaba; solo seguía la tradición familiar para dejar conforme a su madre Antonia y hacer feliz a su bisabuela. 

Aún era temprano. Las mujeres de la familia habían invadido el baño principal donde se maquillaban, peinaban y terminaban de vestir a los más pequeños, mientras que en el living los hombres esperaban fumando y mirando el comienzo de la gran final entre Uruguay y Brasil. 

El tío Raúl no podía disimular su fastidio, le impacientaba la pérdida de tiempo, sobre todo cuando entendía que mientras más se demoraran, menos podría ver de la gran final. De repente se echó a gritar desde la arcada del living pidiendo que se apuraran, entonces Don Roberto, papá de Isabel, comenzó a sacudir unos hielos con una medida de whisky para tentarlo a que volviera a sentarse a esperar entretenido. 

Los gritos enajenados y graves de Raúl perturbaron a todas las féminas, haciendo que éstas cambiaran de prendas sin pensar. 

No quiero 

Isabel miraba ese atuendo fantasmagórico que se encontraba tendido sobre la cama y se preguntaba por qué debía ponerse aquella túnica tan horrorosa si en verdad Jesús no iba a ver lo que ella llevaba puesto. 

En paños menores y soquetes, la niña analizaba si realmente había que hacer todo ese despliegue ¿Acaso el cuerpo de Cristo entraba en un cacho de pan? ¿Por qué tanto alboroto por un solo día? ¿Se enojaría mucho su madre y su bisabuela si ella les confesaba que no quería hacerlo? 

Golpearon a la puerta. Era la abuela Manona que se ofreció a ayudarla. 

Isabel se negó.

Luego, se acercó la bisabuela implorando por San Cayetano y todos los Santos que abriera la puerta. 

Pero Isabel no encontró manera de aceptar ponerse ese atuendo espantoso. 

“No quiero”, manifestó. Finalmente llegó Antonia, su mamá, a suplicar que se apurara porque llegarían tarde. Isabel se dio cuenta de que casi era la hora y se dio por vencida. Antonia se enfureció al ver que la niña seguía en soquetes y a la fuerza logró vestirla. La abuela y bisabuela también se encontraron ayudando a su madre a calzarle los zapatos pero Isabel no paró de gritar espetando que le dolía; las señoras mayores se percataron de que los zapatos apenas le entraban. Presionadas por el correr de las agujas, las tres mujeres comenzaron una búsqueda estrepitosa dentro del placard de Isabel; en su interior se hallaban alrededor de 30 pares de zapatos dispares fruto de la emoción de su madre por el 1 a 1. 

Finalmente, ante el apuro y el mar de zapatos, la bisabuela Stella decidió que el mejor par que seguía la tradición del atuendo era aquel que presionaba sin dar respiro.

Zapatitos blancos 

Los pies de Isabel parecían unos pequeños pastelitos blancos. Aquellas guillerminas importadas eran de lo más pomposas y coquetas. Estaban cubiertos por el mejor raso italiano, que frente a la luz lograba un efecto perlado; en el reborde y hasta en el pasante de la hebilla, gozaban de unas incrustaciones de brillantes en forma de pequeños pimpollos de rosas que destellaban en cada paso; su base y pequeño taquito de madera se encontraban lustrados a tal punto que reflejaban las tramas del piso. 

Sin duda alguna, la bisabuela Stella Maris eligió sabiendo que a pesar de que presionaban un poco, aquellos zapatitos blancos serían envidia de todos los presentes del evento. Sin embargo, la belleza de aquel calzado no logró detener el sufrimiento de Isabel que no pudo dejar de llorar. 

Tempestivamente el tío Raúl, para ese entonces un poco ebrio, ingresó a la habitación y a los gritos les exigió a las 3 mujeres y a la niña que se dirigieran al auto, que no soportaría más peroratas y que los sacramentos también tenían un horario. 

Raúl poseía una presencia indiscutible, medía 1,96 y lo acompañaba una voz grave de fumador que llamaba al silencio. Hacía temblar a cualquiera y más aún a Isabel. Era hermano de Roberto, su papá, el mayor y más acaudalado de los hermanos, sumado a su presencia y altura, siempre lograba imponerse ante cualquier familiar y era por lo general quien tenía la última palabra. 

Una vez en el Mercedes Benz automático, tanto la niña como las mujeres notaron olfativamente la eminente graduación alcohólica que poseía su conductor, pero el silencio dominó el interior del coche. 

Era un automóvil extraño, color azul y tapizado de cuero. El automático del tío parecía el carro de una película de gánsters, hasta tenía un portavasos en donde Raúl llevó su 4ta medida de whiskey. 

No fue hasta varios años después que las empresas automotoras y la seguridad vial pudieron notar que el alcohol no era un buen copiloto. 

Para sumar nervios a las pasajeras del Mercedes, la calle en la que vivían Isabel y su familia quedaba en un camino a contramano del destino. El tío Raúl sintonizó el partido entre Uruguay y Brasil y en cada elevación de voz del relator, el tío aumentaba la velocidad. Cuando se encontraba ante una esquina clavaba los frenos y gritaba desaforadamente como si algún jugador lo pudiese oír. 

La bisabuela Stella dijo tener la presión alta y que Isabel no llegaría a destino si él no se concentraba en el manejo. 

De repente, de la radio se escuchó el grito de “¡Gooooooooo ooooooooooooooooooooooooooool de Uruguay!” 

La gente de los bares del Parque Centenario comenzó a gritar y festejar en las calles. Raúl enloqueció porque se perdió ver aquel tiro libre y porque no podía avanzar con todas esas personas allí. Súbitamente efectuó una maniobra violenta y arriesgada con el volante y se metió de lleno por el interior del parque, según él, para no embestir a nadie.

¡Kabum! 

Todo se había salido de control; el tío cacareaba de alegría, había perdido los estribos entre la felicidad de aquel empate futbolístico, las calles infestadas de fanáticos y obviamente el alcohol. 

Vuelta a la derecha, calle en contramano, diagonal escondida, más fanáticos del fútbol y “¡Kabum!”. A 300 metros del destino, el Mercedes y un taxi se hicieron uno. 

La bisabuela a los gritos y llorando pedía perdón a Jesús Misericordioso porque su nieta pecadora no llegaría a recibir el Santísimo Sacramento de la Comunión. Su madre Antonia había quedado perpleja ante el choque y Manona se encontraba desmayada, parecía derretida sobre el tapizado de cuero. 

Como era de esperarse, el tío culpaba al taxista por la catástrofe y lo corría alrededor de los autos. 

Ante el llanto de su bisabuela, Isabel sintió que todo había sido culpa suya. “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” resonaba en su cabeza. 

Identificó que estaba muy cerca, entonces supo lo que debía hacer. Bajó del automático azul con su túnica fantasmal y los apretados zapatitos blancos a toda velocidad en dirección a la parroquia. El dolor incrementaba en cada paso, pero sabía que no podía volver, todavía estaba a tiempo.

Tampoco la parroquia 

Llegando a la entrada del colegio de Medrano y Paraguay logró ver a sus compañeros de curso ingresando con la maestra, que al verla le dijo, indignada y sorprendida: 

“Isabel! ¿Dónde estabas? Ya sacaron las fotos y estas toda despeinada“ 

“Disculpe, Seño, es que primero no sabía qué hacer y no quise abrir la puerta, las guillerminas me apretaban y después mi tío estaba medio en pepe y chocó el automático”. Expresó inocentemente la niña de 11 años. 

“Bueno Isa, tus compañeros ya casi están listos, lamentablemente te perdiste la foto grupal, sólo faltaría que te tomaran la individual frente al Santísimo. Andá y volvé rápido que te esperamos en el ingreso lateral así entran todos juntos” 

“Gracias Seño, voy volando” 

“¡5 minutos Isa, 5 minutos y nos vamos, eh!”

Al confesionario 

Cuando ingresó en aquella majestuosa iglesia, Isabel se dio cuenta de que todos los familiares de sus compañeros se encontraban allí, pero que su familia aún no llagaba. También vio al fotógrafo parroquial que iba entre las filas de los bancos fotografiando a las familias y pensó; que si aguardaba un poco más en sacarse la foto, le daría tiempo a su familia a que llegase. Al mismo tiempo sintió que sus pies latían como su corazón, no podía aguantar más el dolor que le perpetraba aquel precioso calzado ni tampoco el chasquido que efectuaban los taquitos contra el piso encerado de la parroquia. 

Se sacó los zapatitos y aliviada se escabulló rápida y silenciosamente hacia el confesionario donde se dispuso a esperar a que llegara por lo menos su bisabuela Stella Maris, a quien no quería decepcionar. 

Por una pequeña hendija, Isabel miró casi sin pestañear hacia la puerta principal de la parroquia. Cuando logró ver a su madre, que ingresaba, por poco a los gritos buscándola. Claro que ella había echado a correr y ninguno de sus familiares sabía hacia a dónde había ido o dónde se encontraba.

Preparada, lista, ¡ya! 

Al mismo momento, por el acceso del colegio, ingresó la maestra apurada buscando a Isabel que ya debía haber vuelto con el grupo. 

Isabel entendió que éste era el momento en que debía hacer tripa corazón, volver a calzarse las torturitas blancas y salir rápidamente a tomarse la fotografía para dar comienzo al sacramento. 

 La parroquia era bellísima, gigante, majestuosa. El pasillo, desde el ingreso al altar debía tener aproximadamente unos 25 metros, pensó.; entonces aceleró el paso, juntó sus manos y entre la túnica y los zapatitos parecía un muñeco a pilas. El ruido de sus zapatitos chispeantes llamó la atención de su mamá y de todos los presentes que pudieron ver a Isabel a paso acelerado llegando al altar. El fotógrafo parroquial se ubicó frente a la niña y comenzó a disparar flashes constantes mientras la señorita soltó un grito de: “No te olvides de persignar, la señal de la cruz, nenaaaa”.

Santa Cera 

El apuro, la culpa, las miradas, la túnica, el flash, los gritos y los zapatitos blancos con la cera especial del piso de la parroquia desestabilizaron el compás del paso chispeante de Isabel. 

Sintió que se elevaba, pero no por lo celestial del momento, sino que todo aquello llevó a patinar a Isabel haciendo que se despegara por lo menos un metro y medio del piso y cayera con todo su peso sobre su cabeza y espalda. 

Un grandioso y unánime “¡Uh!” resonó en eco por la inmensidad de la parroquia.

Sacramentos 

Silencio… 

Isabel no se levantaba, no abría los ojos, no se movía, no respiraba. 

Antonia corrió hacia Isabel que se encontraba tendida como un ángel. Sólo fueron segundos hasta que llegó la niña, pero la tela blanca dejó en evidencia lo peor. 

Isabel tenía una tiara de sangre que adornaba su cabeza y que segundo a segundo se deslizó por su túnica. 

Lamentablemente para la familia de Isabel, el sacramento a realizarse, ahora sin apuro, sería otro.


Primera y última vez fue publicado de la página 139 a página141 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ver detalle e índice del libro