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Historias de una condena. María Francesca Cuccaro y la guerra

Massaro, Lucas

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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La historia que voy a contar es una historia no muy relatada en la familia, tal vez por algunos distanciamientos, tal vez por falta de interés, tal vez casualidad. Llama la atención a quienes la escuchan, la historia y el punto de vista de cómo una mujer hoy adulta y relajada, tranquila, tuvo relación a lo largo de toda su vida con la guerra. Hoy en día es una mujer grande, de 70 años y nació en Italia allá por 1947 en una sociedad de posguerra que vivía en una Italia pobre y devastada la cual abandonó en 1954 en busca de un lugar mejor, pero a la cual la guerra parece haberle seguido los pasos para nunca dejarla en paz. 

En una vida ya de antemano en constante relación con los conflictos bélicos, María Francesca Cuccaro nació en Italia en 1947, en el pueblo de Amendolara, Cosenza. Su padre fue un excombatiente de la guerra en la Libia Italiana, en donde peleó por cuatro años, y de la Segunda Guerra Mundial. A su vez, también es sobrina de 3 caídos en combate en la Primera. María Francesca tuvo contacto incluso en Argentina con la guerra, viviendo y atravesando así ya de grande, la Guerra de las Malvinas en la década del 80, y conviviendo con fantasmas del pasado en el sur del país que parecen nunca descansar. 

Para dar comienzo a esta historia, necesitamos remontarnos a la Primer Guerra Mundial. Una guerra que fue cruda para la familia Cuccaro y se llevaba consigo la vida de tres de los hijos de María Josefa Tucci. Algunas marcas quedan en Amendolara, Cosenza, al Sur de Italia, donde todavía al día de hoy se puede encontrar en la calle principal del pueblo el nombre Fratelli Cuccaro (Hermanos Cuccaro) en honor a los caídos. 

Luego y más adelante, fue el menor de los hermanos, Antonio Cuccaro quien estuvo en el frente en la guerra de Libia, y más adelante en la Segunda Guerra Mundial, dejando atrás familia y amores. 

Una vez finalizada la guerra con la caída del régimen de Benito Mussolini en el 1945, Antonio volvió a casa donde esperaba Stella María Bongiorno, su esposa y con quien tuvo cinco hijos, de los cuales María Francesca era la menor. Sin embargo, la situación hacia la década del 50 en Italia no era muy favorable. Un país devastado por la guerra con territorios completamente destruidos que cobraba años atrás impuestos hasta las palomas para poder solventar gastos, y que para ese entonces se encontraba en plena reconstrucción bajo la ayuda del Plan Marshall (o ERP). Es por eso que decidió emigrar. El destino estaba entre Estados Unidos y Argentina. Algún lugar donde conseguir trabajo y asentarse. Abrir el camino. Antonio decidió finalmente irse a Argentina, a lo de una prima, en busca de una nueva vida y algo de dinero para poder mantener a la familia que todavía residía en el viejo y por aquel entonces pobre continente. 

La separación fue dura, pero necesaria. En Italia no había trabajo. Así transcurrieron 4 duros años en los que la pequeña Francesca, sin entender mucho y sin contar con su padre, pasaba sus días recorriendo el pueblo y jugando con su abuela más que con nadie. 

Luego de un par de años separados por un océano y miles de kilómetros de distancia, la familia Cuccaro partió hacia el reencuentro. Salieron de la Italia bajo el gobierno de Luigi Einaudi por aquella época, 5 hermanos y una madre en busca de un nuevo horizonte y nuevas esperanzas en América Latina, donde aguardaba el padre de la familia. Embarcó así María Francesca, hacia el principio de su historia en Argentina el 21 de Julio de 1954 en la bodega del buque argentino Ciudad de Santa Fe. Como era de esperar, no fue un viaje muy agradable repleto de lujos para una niña de siete años. Atemorizada y sin entender más de lo que a esa edad se puede entender, se encontraba cruzando el Océano Atlántico en la bodega de un inmenso buque repleto donde días atrás se transportaba cereal. Allí dentro, fueron 17 días de temor e incertidumbre rodeados de inmigrantes como ella que dejaban atrás su patria. 

En el puerto de Buenos Aires aguardaba al barco proveniente de Génova, un primo de Francesca. Un hombre que debía recibir parte de su familia a la que no había visto nunca. Deambulaba y deambulaba mirando como del barco descendían cientos y cientos de personas, pero el rostro de Stella María Bongiorno junto con sus cinco hijos fue difícil de encontrar. 

Una vez dado el encuentro, se dirigieron todos a la casa donde aguardaba Antonio y el resto de la familia. La primera imagen con la que se encontró Francesca fue algo impactante y que nunca va a olvidar. Una mesa repleta de comida. Comida desconocida y comida que no le gustaba. Lo agridulce del todo y la nada misma. Así arrancaba su travesía del otro lado del océano. 

La adaptación no fue para nada fácil. Francesca supo con el tiempo y experimentó en carne propia que tal vez los argentinos no siempre son tan receptivos como se comenta. Mudarse a vivir a Argentina fue una aventura y un cambio radical. Fue tratar de integrarse con la gente y mezclarse. Hacer de dos culturas una, y propia. Porque había un idioma por aprender y costumbres y un estilo de vida. Entre otras cosas, a lo que Francesca debía enfrentarse, era a un colosal choque de culturas. 

Sus primeros pasos en Argentina, con siete años, los dio palmo a palmo con su familia en Parque Chacabuco. Ahí, donde vivió la familia Cuccaro durante semanas, meses, se vivía una vida sacrificada. Se salía a trabajar y a estudiar en los alrededores de la ciudad, peleando y tratando siempre de abrazar este estilo de vida a pesar de cargar de vez en cuando con el mote de “tano muerto de hambre” en las espaldas. Francesca poco a poco crecía y en su interior sentía que debía de adaptarse y salir adelante. Dejar el temor de lado y acompa- ñando esta nueva vida de una cultura distinta a la conocida pero que paso a paso se hacía cada vez menos ajena. 

María Francesca terminó el secundario y estudió Técnica en Análisis Clínicos y Enfermería en la Cruz Roja de Lomas de Zamora, donde luego se asentó. Conoció también a un viudo José Massaro, padre de dos hijos y con quien años más tarde se casaría y emprendería una vida adulta.

Pero el pasado no la iba a soltar tan fácilmente. Francesca también vivió una Guerra de Malvinas. Vivió una Guerra de Malvinas con temor e impotencia. Nunca pudo aceptar la credibilidad de la prensa, y tuvo motivos para no hacerlo. Su cuñado, peluquero de las Fuerza Aérea Argentina relataba en voz muy baja y sólo para la familia las atrocidades y malas noticias que conversaban los Generales de alto rango sobre la guerra en su barbería. Los diarios mentían, el pueblo lo creía y Francesca lo padecía. Volver de un país destrozado por guerras que la atormentaban incluso desde antes de nacer, para encontrarse, 30 años después, con el testimonio de gente amiga en el sur que apagaba luces para no ser bombardeada por las noches. 

Era vivir de cerca lo que había tratado siempre de dejar atrás. Recordar épocas del pasado para nada amigables que la condujeron hasta su cruel infancia, y una vez que había podido sobreponerse a las adversidades, la guerra volvía a decir presente. 

De igual manera, lo peor estaba por venir. 

Todo culmina en torno a Fernando, el hijo menor de la familia Massaro. 

Esta historia data de cuando él era chico y contaba con 15, o 16 años aproximadamente. Corría el año 1985. Todo comienza cuando el grupo musical Posaunen Chorn, la orquesta de la Iglesia Evangélica Alemana de Temperley (que todavía continúa en la calle Gral. José María Paz 146, Temperley) realiza uno de sus tantos viajes. Fernando, estuvo 4 años en el coro, y estaba a cargo del corno inglés, un instrumento de viento-metal. María Francesca siempre estuvo contenta de que Fernando saliera de la casa. El ruido molesto de las prácticas diurnas valía la pena soportarlo por el hecho de que estuviera en la orquesta y mantenía a Fernando entretenido. Aunque hubiera dado todo por nunca hubiera hecho ese viaje. El viaje era al sur, precisamente a Bariloche. La orquesta iba de visita al Instituto Primo Capraro, colegio a cargo del Instituto Cultural Germano Argentino Bariloche, que tenía como director en todas sus áreas, tanto del Colegio Secundario y Primario, así como del Instituto en sí, a Erico Priebke. Se lo conocía a Erico como un vecino ejemplar que llegó en 1946, y un hombre que a lo largo del tiempo se constituyó como un pilar de la sociedad barilochense. 

Lo que nadie nunca esperaba, era que salga a relucir su identidad original. La que lleva por nombre de pila Erich en vez de Erico, y coincide con la del jerarca Nazi, extraditado de Argentina hacia Italia en noviembre de 1995, acusado de ser un criminal de guerra encargado de ser el autor ejecutivo de la matanza de 335 civiles italianos en la Masacre de las Fosas Ardeatinas durante la Segunda Guerra Mundial en 1944. 

A pesar de las conocidas historias conspirativas de la fuga de varios hombres de los altos mandos del Ejército Alemán a Argentina tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial, que pasaron a vivir en la clandestinidad y particularmente en el sur (incluso hay historias que relatan una supuesta fuga del mismísimo Adolf Hitler al país), la historia con el juicio y extradición del país a Erich Priebke, son reales y parte de una historia más grande que parece no tener fin a medida que se indaga más y más. 

Pero Priebke siempre fue considerado un buen ciudadano y bajo sus órdenes, tanto el Instituto como el Colegio marchaban a la perfección. 

Fernando y sus amigos estaban disfrutando de algo de tiempo libre durante el viaje. El día y las actividades transcurrieron con total normalidad. Comidas ordenadas y prolijas en las que los alumnos se ocupaban de los quehaceres como de costumbre. Hasta que, más tarde jugando en el patio a la pelota, Fernando y sus amigos accidentalmente rompieron un vidrio. Los retos lógicos del director fueron con los próximos que se encontraron, aunque algo asustados, hubiesen preferido que ese hubiera sido el mayor inconveniente con el que debían de enfrentarse durante el viaje, y nunca encontrarse con lo que vieron esa misma noche. 

Cuando cayó la noche, el viaje no iba a ser uno más. Los integrantes del Posaunen Chorn deambulaban por la sala de estar tranquilos en el Colegio, mientras que Fernando Massaro junto con su amigo Gustavo paseaban inquietos recorriendo los pasillos. Allí donde nadie los llamaba y abriendo cualquier puerta que se les cruzase. Fue en una de esos ataques de curiosidad que asaltaban a los jóvenes, que entraron en una habitación que se supone era de uno de los tantos profesores que vivían ahí dentro del Colegio. Fue en esa habitación donde los chicos abrieron un placard, y fue en esa habitación donde los chicos accidentalmente encontraron lo que tal vez debía permanecer oculto a la vista. Uniformes prolijos. Planchados. Colgados con orgullo. Uniformes nazis colgados con orgullo. Uniformes nazis con medallas de valor incluidas. 

Un frío por el cuerpo, quietud y silencio por el resto del viaje. Un frío por el cuerpo, quietud y silencio lo que sintió Francesca al escuchar. 

Justo Fernando. Justo Priebke. Justo 335 italianos. 

Al día de hoy, María Francesca vive en un departamento en Lomas de Zamora y todavía se siente algo apesadumbrada por momentos cuando recuerda todos los hechos. Hoy, todavía siente. Siente pena por Medio Oriente y el terrorismo. Siente desazón y ve guerra y no entiende porqué, cómo si no hubiéramos tenido suficiente. Reza por nunca volver a ver una Guerra Mundial, por que cesen las hostilidades en el mundo y el terror Por un mundo en paz. 

Lamentablemente piensa que la humanidad está condenada y que nunca va a poder descansar. 

Tal vez sea ella, a quien la guerra y las atrocidades le susurraron toda su vida. 

O tal vez tenga razón.


Historias de una condena. María Francesca Cuccaro y la guerra fue publicado de la página 141 a página143 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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