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Una oportunidad de vida

Barritta, Guido Hernán

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación

Año XV, Vol. 81, Julio 2018, Buenos Aires, Argentina | 160 páginas

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La historia familiar que decidí narrar ocurrió hace 120 años aproximadamente y tomó lugar en Spilinga, provincia de Catanzaro, Italia. 

Miguele Barritta, era un joven italiano que trabajaba de sastre junto a su padre. Eran muy conocidos en la pequeña ciudad, ya que era el sastre más recomendado por los ciudadanos. Ambos atendían día a día a una gran cantidad de clientes; y con algunos hasta solían ir a sus casas para hacerles las pruebas de los trajes, y poder así terminar las prendas. Una tarde, Miguele acompañó a su padre a la casa de la familia Mazzeo. Cuando tocaron la puerta atendió una joven llamada Elisabella Mazzeo (hija del cliente del padre de Miguele), y con tan solo una mirada, supo que ella sería su mujer y lo acompañaría el resto de su vida. 

Se casaron al año, cuando él tenía 20 y ella tan solo 16 años de edad. Como era común en aquella época, construyeron una pequeña casa en el jardín trasero de los padres de Miguele. Ya estaban establecidos, Miguele seguía con su oficio de traje y Elisabella atendía los deberes de la casa. Fue así que tomaron la importante decisión de tener familia, y en el año 1900, nació un niño al cual bautizaron como Salvatore Barritta. 

El cambio de década se caracterizó por ser una época de contrastes en términos políticos, económicos y sociales. Estaba lo que se conocía como la Europa resplandeciente la cual contó con muchos avances científicos, tecnológicos y artísticos (época dorada en el arte); pero más allá de esto, era solo una pequeña parte de la población la que podía gozar de estos beneficios. 

Por el contrario, la mayor parte de la población de Europa pasaba hambre y vivía en condiciones infrahumanas; muchos trabajadores hacían jornadas diarias de doce a catorce horas y algunos niños hasta eran obligados a trabajar. 

A pesar de todo esto, la infancia de Salvatore fue bastante normal. Durante sus años en el colegio era conocido en el barrio por tener de mascota a una oveja, la cual lo perseguía por todas partes y lo esperaba en la puerta del colegio hasta que él saliera. Dado que la educación no era considerada primordial, ya que en muchas familias se necesitaban más ingresos, Salvatore solo hizo los primeros grados del colegio, y abandonó a los 12 años para comenzar a trabajar y ayudar a su familia. Lo ayudaba a su papá en su oficio de sastre. Tomaba las medidas, después cortaba, lo ayudaba con las entregas. 

Aunque comenzó a trabajar a una edad temprana, seguía juntándose con sus amigos del barrio y del colegio. Jugaban toda la tarde en la calle, hasta que se escondía el sol, y sus madres los llamaban a cenar. 

El rol de la mujer se basaba únicamente en formar una familia, servir al marido, criar a los hijos, y ocuparse de todos los deberes de la casa; que una mujer trabajara era mal visto. Mientras que el hombre era el que se encargaba de trabajar, generalmente muy estrictos y respetados en sus familias. 

En esta época comenzaron los quiebres y malestares sociales dentro del mismo territorio. Empeoran las relaciones entre el norte y el sur, intensificando los choques sociales. Las cosas iban de mal en peor, y finalmente en agosto de 1914 comenzó la Primera Guerra Mundial. 

El miedo y los destrozos azotaban a la ciudad de Spilinga, y la familia Barritta comenzaba a sentir la crueldad y frialdad de la guerra. La desesperación era algo cotidiano; los hombres mayores, los padres de familias, los hijos mayores, luego los hijos menores, todos sin excepción iban siendo reclutados para formar parte del ejército. 

Muy frecuentemente se veía la llegada de oficiales al barrio para visitar alguna familia; mas todos sabían que se trataba de una mala noticia, generalmente era que alguien había muerto en la guerra. Muchos ya no sabían por qué estaban luchando, pero aún así pasaban los días, semanas y meses. 

Lejos de esto, los países latinoamericanos, no participa¬ron directamente en la Gran Guerra, se declararon neutrales, entre ellos Argentina. Y a menudo llegaban algunas noticias sobre europeos que habían comenzado una nueva vida por esos lugares. 

Los relatos se agrandaban, tal vez influenciados por el boca a boca que cada vez iban incorporando más detalles; pero todos iban pintando un cuadro mejor, prometedor, con un futuro diferente. Muchos, tal vez acostumbrados ya a la guerra, a la vida sin muchas esperanzas, y tal vez un poco escépticos, no creían en esas historias y decían que seguramente eran todos relatos fantásticos. 

Un domingo, toda la familia estaba reunida para almorzar, como generalmente hacían. En ese momento llegó a la casa de Miguele Barritta y a otras del barrio, una citación; Salvatore, con tan solo 16 años, pasó a formar parte del ejército. Nadie lo podía creer, el miedo y el asombro recorrió el cuerpo de todos los familiares; pero si se negaba a ir podía haber alguna consecuencia. Se despidió de su familia teniendo en cuenta que posiblemente nunca más volverían a verse, y partió junto a los oficiales. 

Salvatore y un vecino de su misma edad, viajaron por horas. Llegaron a Salerno donde los ubicaron en una casa en pésimo estado, junto a más reclutados de diversas edades. 

Pasaron muchas noches esperando a que las rutas sean seguras, para poder así llegar a lugares de guerra donde se necesitaba ayuda. Durante este tiempo pasaron hambre y frío, y las esperanzas de vivir cada vez se sentían más y más lejanas. Vivían con desesperación y miedo, porque se comentaba que muchos hombres estaban muriendo, y como consecuencia seguramente se iba a necesitar la ayuda de los jóvenes reclutados. 

Las charlas entre los reclutados eran siempre de mujeres, lo mucho que extrañaban a sus familias; o la ilusión de algún día poder escapar de ese territorio, para poder así llegar a América, donde las oportunidades de sobrevivir eran prometedoras. Estas charlas entre amigos comenzaron a ser muy recurrentes, y Salvatore no creía que la idea de escaparse fuera tan absurda. Él sabía que su única forma de salir con vida era huyendo de la guerra, ya que con tan solo 16 años no tenía ningún entrenamiento, ni conocimientos de la misma. 

Muchas veces los reclutados de la edad de Salvatore hacían caminatas, carreras, o algún tipo de juego para distraerse; pero siempre cerca del establecimiento, ya que el lugar no era totalmente seguro. En alguna de estas salidas Salvatore comienza a notar que una carreta pasaba de vez en cuando por una calle cercana. Un día decidió acercarse al camino para ver qué era lo que llevaban. La misma se acercaba a Salvatore lentamente, se veía sumamente pesada. Pero él nunca imaginó que la parte de atrás estaba cargada, con cuerpos sin vida. El pensamiento y la remota idea de escaparse no parecía tan lejana. Era una locura, pero también su única oportunidad de sobrevivir. Solo debía esperar y rezar para que alguna carreta vuelva a pasar alguno de esos días. 

Pasaron semanas, y no había presencia de ninguna carreta. Salvatore no dejaba de pensar en eso, y aprovechaba cada momento que tenía libre para alejarse un poco de sus compa- ñeros y esperar junto al camino algún movimiento a lo lejos. Un día un grupo de jóvenes reclutados, entre ellos Salvatore, decidió alejarse más de lo debido del establecimiento para jugar unas carreras. Había pasado mucho tiempo, y la esperanza de que aparezca nuevamente algo que lo ayude a escapar, se estaba esfumando. 

De repente una nube de tierra se ve a lo lejos en el camino, parecía solo un viento habitual de Salerno que había soplado fuerte. Pero luego Salvatore se dio cuenta, se acercaba una carreta. 

Tenía poco tiempo para procesar todo. Parecía una locura, el miedo no lo dejaba actuar. Se armó de valor y decidió seguir sus impulsos, se alejó de sus compañeros y se escondió detrás de un árbol cercano al camino. 

No podía parar de pensar en lo que podría llegar a suceder si algún oficial se daba cuenta. No había más tiempo. La carreta se acercaba lentamente, la pila de gente muerta nunca había sido tan grande. Se aseguró de que nadie lo viera y saltó rápidamente dentro de la parte de atrás de la misma. 

Completamente asustado de haber hecho algún ruido, se quedó inmóvil y se camufló entre los cuerpos. De esta manera logró pasar los controles policiales y salir del territorio. Él no sabía hacia donde se dirigían, pero en lo único que pensaba era en alejarse de la base militar, y tener una oportunidad de sobrevivir. 

El viaje duró muchas horas, perdió la noción del tiempo. Fingió estar muerto todo el camino, el miedo no le permitía moverse, estaba rodeado de cuerpos ensangrentados y mutilados. Luego, Salvatore sintió cómo la carreta se acercaba, disminuyendo la velocidad, a un lugar cercano al mar. Dos oficiales se bajaron y volcaron con fuerza los cuerpos a la arena. Duro como piedra Salvatore fingía estar muerto, y veía cómo los oficiales se subían nuevamente a la carreta y se alejaban.

Esperó un tiempo, todavía estaba asustado. Se levantó, y caminó por la costa, quién sabe por cuánto tiempo. Débil y hambriento avanzó lentamente hasta toparse con un gran cartel que señalaba que había llegado al Puerto de Nápoles. No podía creerlo, había funcionado. 

El viaje en barco era sumamente costoso, o al menos él no podía pagarlo. Durmió las primeras noches en un banco de una plaza cercana al puerto, y pensó toda la noche en cómo hacer para meterse a uno de esos barcos que lo llevarían a un lugar mejor. 

Al otro día se acercó al Puerto de Nápoles. Estaba repleto de gente que despedía a sus familias y subía al barco para escapar de la guerra. En la entrada del barco había un hombre un tanto distraído, rápidamente Salvatore se escabulló por su costado y corrió hasta llegar adentro. Sin pensarlo dos veces, se escondió en la bodega, de un barco con rumbo a Argentina. Esperó pacientemente a que zarpara. Sintió cómo lentamente se empezaba a mover. De un momento a otro se encontraba en un barco que lo llevaría al lugar que muchas veces había estado en sus más utópicos pensamientos. 

Una parte de su corazón se planteaba el hecho de no haber regresado con su familia una vez que había logrado escapar de Salerno, pero la verdad es que no quería tener que enfrentar la posible y horrible situación de llegar y ver todo el pueblo de Spilinga devastado por la guerra. 

Luego de casi un mes de estar navegando, pasaba sus días y noches imaginando cómo sería su nueva vida y pensando a su familia, a la cual no volvería a ver. 

Cada vez faltaba menos para arribar al Puerto de Buenos Aires. Salvatore tenía una mezcla de sentimientos. Se encontraba feliz; mas también nervioso, ansioso y desesperado. No tenía ningún plan, estaba solo y sin trabajo; y para peor, no hablaba el idioma. 

En el horizonte se comenzaba a ver algunas siluetas, se estaban acercando a Buenos Aires. Salvatore esperó sentado junto a una pila de cajas de madera, a que el barco por fin sea amarrado al Puerto. 

La gente comenzó a dejar el barco y Salvatore los veía desde arriba. Estaba muy confundido, no sabía qué hacer, hasta que llegó un hombre y le señaló la salida. Con un paso lento y temeroso bajó por la rampa. 

No tenía rumbo, entonces comenzó a seguir a la multitud que se dirigía hacia un gran edificio, el Hotel de los Inmigrantes. Esperó por horas, ya que había una larga fila para poder ingresar porque allí les tomaban los datos y los registraban. Durante la larga espera Salvatore comenzó a hablar con un señor mayor, y este le comentó que ese año habían llegado más de 150.000 personas de otros países al Puerto de Buenos Aires. Al fin llegó su turno. Todos lo miraban raro porque aún tenía la misma ropa vieja y rota con la que se había escapado de Salerno, la cual solo pudo lavar muy pocas veces en el barco. Presentó su documento, el cual cuidaba como si fuese oro, ya que era su única pertenencia, y lo dejaron pasar al Hotel. Salvatore subió varios pisos por unas escaleras anchas de mármol claro, llegando a un salón gigantesco con una cantidad de camas inimaginables. 

Todas las familias se instalaban separadas en salones de hombres y mujeres. Muy tímidamente Salvatore caminó entre medio de todos los hombres recién llegados, mirando disimuladamente en busca de una cama disponible. 

Se dirigió casi hasta el final del salón y allí encontró una cama vacía. A su lado había un señor con un hijo, llamado Dino, de la misma edad que Salvatore. Sin ninguna vergüenza el adolescente comenzó a hablar con él y se hicieron amigos. Se necesitaban el uno al otro ya que no había muchos niños de su edad. 

Beppe, el padre del niño, notó que Salvatore se encontraba solo, y decidió ayudarlo en todo lo que necesitara. Tan así fue, que luego de un tiempo se tomaron mucho aprecio y este lo comenzó a considerar como un hijo más. 

Una tarde en el Hotel, un señor italiano comenzó a gritar enojado porque se le habían salido dos botones de la camisa. Salvatore se acercó lentamente, observó la situación y amablemente se ofreció a ayudarlo. Tomó una aguja e hilo, y le arregló la camisa rápidamente. Desde ese día la mayoría de las personas del salón lo conocían por “el chico que arregló la camisa”, y muchos comenzaron a pedirle ayuda. 

Salvatore trató de recordar todo lo que su padre, Miguele, le había enseñado, y comenzó a ponerlo en práctica. Con el tiempo le pasó lentamente sus conocimientos a su amigo Dino. 

Juntos decidieron un día salir del Hotel a recorrer las calles de Buenos Aires. Esto le trajo muchos recuerdos a Salvatore, ya que solía hacer lo mismo por las calles de Spilinga junto a su padre. Tocaron muchas puertas, y con un español muy trabado y bastantes señas con las manos, trataban de hacerse entender; y ofrecían servicios de sastre. 

Así comenzaron poco a poco a ganar dinero. Este trabajo fue creciendo lentamente, y el número de clientes era cada vez mayor. 

Años después, ya mayor, conoció en un almuerzo de cumpleaños de un cliente amigo, a una muchacha llamada Luisa Emilia Destito. Que con el tiempo sería su esposa. 

Se mudaron al barrio de Avellaneda a una casa grande, la cual contaba con un extenso jardín trasero. Allí decidieron comenzar a formar una familia. 

Salvatore nunca pensó que su vida sería de esta manera, repleta de momentos inimaginables. A pesar de las tristezas y miedos por que tuvo que pasar, no volvería el tiempo atrás, porque su vida ya no es en Italia; si no en Argentina donde se instaló su corazón.


Una oportunidad de vida fue publicado de la página 143 a página145 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº81

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