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Docente: Dardo Dozo

Facultad de Diseño y Comunicación

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

ISSN: 16685229

Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Introducción a la Investigación. Proyectos Ganadores Primer Cuatrimestre 2018 Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita. Proyectos Ganadores Primer

Año XV, Vol. 83, Octubre 2018, Buenos Aires, Argentina | 190 páginas

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El náufrago (Primer premio) Deluca, Rocío Diciembre 25,1948. 11:30 pm, a 40 Km del Cabo Hatteras, en una zona conocida como “La Tumba de los Barcos”, Océano Atlántico.

El buque tanque petrolero norteamericano “El Capitán”, construido en Jacksonville y utilizado en la guerra por la armada norteamericana, luego de servir a su país, había sido adquirido por el gobierno argentino como embarcación que trabajaría para YPF. Éste, se encontraba siendo remolcado en dirección a Baltimore para ser sometido a reparaciones cuando, de repente, se desató una terrible tormenta.

Es en ese momento en que el abuelo de la persona que esta relatando esta historia, Heriberto Serrano, un marinero argentino que se encontraba a bordo del buque junto a sus camaradas, vislumbraban aterrorizados como la nave en la cual viajaban se partiría en dos, como si no se tratase de un gran gigante de metal cuyo peso es inmensurable, sino más bien de un mero barco de papel que no era más que un juguete para el terrible y salvaje oleaje del mar, una obra de la violenta tormenta de viento y nevisca que se había desatado.

Con el dinamo aún en marcha para iluminar el buque, los marineros pensaron rápidamente apresurarse a hacer señales lumínicas y enviar por radio el pedido urgente de SOS, lo que alcanzaron a hacer dos o tres veces.

Diciembre 26, 1948. 1:30 am, a la deriva en algún lugar hacia Baltimore.

El barco, finalmente se había partido en dos. Dieciséis de los tripulantes quedaron separados en la zona de la proa que iba a la deriva al igual que la popa, en la que había quedado Heriberto junto a un compañero, otro joven marinero argentino.

No fue hasta las 5:30 am que realmente se dieron cuenta que habían quedado completamente solos y a su propia suerte.

Por suerte, contaban con vastas provisiones, entre ellas comida, ropa y lo más importante, whisky y Coca-Cola, para entrar en calor en esa fatídica y horrorosa noche en la que no sabían siquiera si saldrían con vida de esa inesperada aventura.

Gracias al cielo, no se filtraba agua por ningún hueco, ya que pudieron cerrar correctamente todas las puertas y los ojos de buey.

Las horas interminables no pasaban. El intenso frío les calaba el cuerpo incesantemente, el repiqueteo constante del mar era comparable con una voraz cuchilla que cada vez penetraba más profundo en su mente. La popa danzaba subiendo y bajando las olas del mar, olas que tenían aproximadamente 6 metros de altura. Los ruidos de la maquinaria y los repuestos sueltos, junto al rechinar de los hierros, no les permitía conciliar sueño alguno y permanecieron en estado de vigilia por el temor de ser chocados por otros buques o embarcaciones al no tener iluminación alguna.

Diciembre 27, 1948. 2:30 am. Aún náufragos.

Horas, horas de vigilia. Horas de temor y de profunda angustia.

Pero, finalmente, en el horizonte, vislumbraron un buque.

Era su oportunidad. Comenzaron a hacerle señas con uno de los faroles de querosén que había quedado en su poder y la única linterna.

A pesar de todos sus esfuerzos y desesperación, no lograron que ese buque a la distancia diera señal alguna de haberlos visto.

Descorazonados, se rindieron ante el sueño y decidieron acostarse sobre los colchones que allí había.

Pero la incertidumbre les carcomía la cabeza. El no saber si lograrían llegar a la costa o si tal vez algún buque podría llegar a chocarlos por no tener ninguna luz en ese pedazo roto de embarcación era terroríficamente perturbador.

No podían hacer otra cosa más que rezar y pensar en aquellas personas que tal vez dejarían atrás. Aquellas personas que en esos momentos, deberían estar festejando las fiestas navideñas, llenos de felicidad en el abrigo de su hogar y que quizás nunca volverían a ver, sus padres y sus amores.

Todos aquellos sueños y ambiciones, que si la suerte no estaba de su lado en aquella situación, se verían forzados a dejar inconclusos.

El tiempo continuaba congelado. En la muñeca de Heriberto, las agujas del reloj inmóviles. Los sonidos monótonos la única distracción, hasta que al fin algo diferente comenzó a escucharse a lo lejos.

Un avión parecía acercarse. El ruido de sus turbinas iba en crescendo y una pequeña imagen en el horizonte se volvía cada vez más grande.

En ese momento tuvieron la certeza de que sus compañeros habían sido rescatados. Tal vez, les habían enviado ayuda.

En un principio, los equipos de rescate creyeron que la popa se había hundido y que los dos tripulantes restantes estaban perdidos, pero los aviones enviados en su búsqueda vieron que se mantenía a flote y los dos marinos estaban en ella.

Se dirigieron entonces a recorrer la zona las embarcaciones “Cherokee” y “Agassiz”, ambas pertenecientes al cuerpo de guardacostas estadounidense. Después de una búsqueda que duró toda la noche, el Agassiz por fin avistó la popa a las 7 am.

Diciembre 27, 1948. 8:20 am. Luego de la tormenta siempre sale el sol.

Y la ayuda finalmente llegó. Alivio. Olas de tranquilidad invadían el cuerpo de los marineros que habían quedado a su suerte durante casi dos días.

El Agassiz despacho un bote para recoger a Heriberto y a su camarada Miguel Ángel.

A las 8:20 am, por fin abandonaron la popa que habían pensado sería su fría tumba marina.

Diciembre 30, 1948. Norfolk, Virginia. The Virginian- Pilot, “The Half-ship mates”.

“Sin graves secuelas por las 34 horas pasadas en la mitad más afectada de su barco, Heriberto y Miguel Ángel, electricistas argentinos, se felicitaron por llegar sanos y salvos a aquí. Ellos pasaron dos noches en la popa perdida de ‘El Capitán’”.

Conclusión Algún tiempo más tarde, luego de los sucesos a bordo de “El Capitán”.

Una vez rescatados, el buque debió entrar en un astillero para ser reparado y toda la tripulación tuvo que permanecer en EE.UU mientras estas se llevaban a cabo. La única forma de comunicación que Heriberto tenía con su familia, era a través de cartas que tardaban semanas en llegar a destino. Fueron estas cartas las que lo ayudaron a mantenerse comunicado con los suyos y a superar la extraordinaria aventura de la cual fue protagonista.

Luego de aproximadamente 1 año, al terminar la reparación del barco, se dispuso su regreso a la República Argentina, donde todos pudieron reencontrarse con su familia y sus seres queridos. Tiempo más tarde, Heriberto se casó con Adelina en el año 1954, pero para ese entonces, y como resultado de su traumática experiencia, él ya había dejado de trabajar en la armada argentina y había entrado a trabajar en el ferrocarril.

Tuvo una hija y un hijo y falleció de una enfermedad terminal en Abril del 1972 a la edad de 50 años. Algunos dicen que su enfermedad fue producto de lo que había vivido en aquella navidad de 1948.

Mis descendencias tanas (Primer premio) Nicola, Lucia Él fue un aventurero, un valiente, todo un corajudo.

15 años tenía en aquel momento, solo 15 años cuando tomo el primer barco que se avecinaba a la hermosa y mi queridísima Argentina.

Un tano con dudas e incertidumbres, miedos, muchos miedos.

Todas esas preguntas sin respuesta que puede tener un niño de solamente 15 años, porque eso era en ese momento, un niño, indefenso, sin protección alguna, esperando que el futuro se apiadara de él y que le diera respuesta alguna a todas sus preguntas.

Un día como hoy, pero en el año 1900 aproximadamente.

Doménico Nicola (o mejor traducido a nuestra lengua castellana Domingo Nicola) se tuvo que alejar de todos sus bienes más preciados, incluyendo de sus padres y hermanos queridos porque en ese momento en su pequeño pueblo llamado “Pinerolo”, un hermoso, cálido y hogareño lugar al norte de Italiai. Sus tierras ya no eran seguras para él, se aproximaba la guerra y el solo con 15 años vino a la Argentina en busca de un futuro mejor.

La familia de Doménico estaba constituida por su Padre llamado, también Doménico, su madre llamada Teresa de apellido Vigna y un hermano de unos cuantos años menor, llamado Luigi. En esa época, en Italia, era una costumbre muy estricta, que algún hijo de genero masculino, llevara el nombre del padre, y así sucesivamente el nombre iba de generación en generación, como una manera de recordar sus raíces, a donde pertenecían, y que permanezca siempre en su memoria el recuerdo de sus antepasados, de sus ancestros.

Su padre, toda la vida, desde que era un pequeño niño, se especializo en trabajar las tierras, ya que en su familia había mucha cultura del trabajo. Sus primeros comienzos fueron en el viñedo de 9 hectáreas su familia. Fue más precisamente ayudante de su padre, hasta que llego a ser mayor de edad y comenzó a tener sus propios cultivos y su hectárea de tierra dentro del mismo campo.

Domenico, de pequeño, aprendió como funcionaba el trabajo agricultor viendo las manos laboriosas de su padre, ayudándolo también a que las tierras prosperen para generar buenas cosechas y así venderlas a pequeños productores (ya que, en ese momento, no existía la gran industria) y obtener ganancias para mantener toda la familia.

Por otro lado, su madre, se encargaba de que todo estuviera en orden en la casa, y además les enseñaba y explicaba a Domenico y Luigi en su casa, al estilo de una profesora particular.

Así pasaron 15 años, hasta que la desgracia llego a la puerta de su cálido hogar, una de las primeras guerras que se daba en el Estado Italiano estaba por comenzar y con ella trajo mucha inestabilidad tanto económica como social en todo el país.

En todo el país, el estado hacía que chicos de tan solo 15 años fueran preparados militarmente por si eran invadidos.

Fue tan fuerte la oposición generada en ese momento por parte de la familia de Doménico, que tomaron la difícil decisión junto a otros italianos de la misma edad que él, de mandarlo en un de los tantos barcos que arribaba a la argentina, que, para ese entonces, estaba en un estado de tranquilidad y con estabilidad económica, en donde se necesitaba gente que supiera trabajar las tierras, con un nivel de tecnología más avanzando que el que tenían en ese momento. Los inmigrantes italianos, entonces, llevaban técnicas mas avanzadas de arado en el campo, por ese motivo, los aceptaban con mucho gusto dentro del territorio. En cierto punto, trabajaban más que los mismos propietarios de sus tierras, los contrataban para que les mantuvieran todas las hectáreas de tierra y les enseñaran lo que sabían de la manutención de estas.

Al llegar por primera vez a un país completamente desconocido para todos aquellos jóvenes. Se dirigían con la ayuda de los guardias nacionales que se encontraban en el puerto de Buenos Aires (los que se podían comunicar con ellos, eran los que sabían hablar español, Domenico, para ese entonces no sabía el vocablo argentino, por ello no tenía modo de comunicación alguna.) Hacia “centros asistenciales de inmigrantes italianos”, era una comunidad que los amparaban hasta que consiguieran algún trabajo o un lugar donde poder vivir, se podría decir, más precisamente, que esos centros eran como los conocidos “conventillos” que existían en ese momento.

Ahí los estabilizaban, les enseñaban el idioma, y les daban información de puestos de trabajo existentes en las distintas provincias de Argentina.

Dependiendo del puesto de trabajo que cada uno quisiera tomar, según sus habilidades, o a lo que estaban acostumbrados hacer en Italia, iban viendo a qué lugar estaban destinados a ir.

Al cabo de dos semanas -aproximadamente- con los compañeros que se había hecho durante el viaje, y en los centros asistenciales, Domenico, se dirigió a la provincia de Santa Fe, Al Chanal Ladreado que, para ese entonces, era un descampado, con muchas tierras fértiles, listas para ser trabajadas.

Pero sin personas que lo supieran hacer, de una manera correcta, fácil y eficaz.

El Chanal Ladreado se ubica en la pampa húmeda, y hay muchas hectáreas de tierra, que poseen un muy buen suelo, para ser cultivado Como Domenico, era todo un aventurero, una vez que llego al destino propuesto con su grupo de amigos, decidió irse hacia otro lugar de Argentina. Esta vez, se decidió por Coronel Moldes, Córdoba. Un pueblo, desértico, con muy poca población.

Al cabo de un tiempo, comienza a trabajar en una de las primeras fabricas de la época, y tomo el cargo de maquinista. Se encargaba de manejar las maquinas a vapor, que, para ese entonces, no había muchas personas especializadas para ese puesto.

Gracias a su jefe del trabajo, conoció a lo que iba a ser su futura esposa, ya que, era su hija Faustina De La Cruz.

Con ella, tuvieron seis hijos. El primero en el año 1911, llamado Luis, el más grande, y su nombre fue elegido por el hermano menor de Domenico, Luigi, José, Dominga, Domingo, Teresa que además de ser la más mujer más chica de los 6 hermanos, su nombre fue elegido tras la muerte de la madre de Domenico, en conmemoración de ella, y por último Miguel el más pequeño. En total eran 3 hombres y 3 mujeres.

Tras varios intentos de insistencia por parte de su padre y su hermano Luigi, de que Domenico volviera a sus tierras en Italia, Pinerolo con toda su familia constituida, sus 6 hijos, y su esposa. Fueron totalmente fallidos ya que, estaban muy felices en Argentina, con trabajo estable y una economía perdurable.

Domenico Nicola fallece con solo 44 años, en el año 1920, gracias a quedar atrapado dentro de una de las maquinas cosechadoras, en el campo que tenían. Luigui para ese entonces, solamente tenía 11 años, cuando este trágico hecho ocurrió.

Tras su fallecimiento, la esposa y los hijos de Domenico, siguieron en contacto con su padre y hermano italianos, a través de cartas que se enviaban mensualmente.

Queriendo volver a sus antepasados, mi familia, más precisamente la hermana de mi padre, con sus hijas, esposo, y su padre (mi abuelo) fueron a visitar en un viaje que hicieron a Europa, el pueblo Pinerolo, de dónde venimos, nuestras raíces mas cercanas.

Fueron en el año 2016, un 6 de enero, a recorrer y preguntar acerca de los Nicola. Ese día allí es feriado, entonces todos los centros de atención al turista se encontraban cerrados.

Lastimosamente.

Pero no se resignaron allí, si no, que les preguntaron a varias personas si ubicaban el apellido, y tuvieron una buena respuesta, ya que les dijeron que Nicola era un apellido muy común en Pinerolo, un apellido con muchas generaciones y antigüedad.

Como anécdota, queda en su recuerdo, el bello paisaje de Pinerolo, una ciudad que parece un pueblo pintoresco, rodeado de montañas nevadas con una tierra fértil, queda en su memoria un recuerdo de esperanza y calidez, sabiendo que allí, hace mas de 100 años atrás, vivían nuestros ancestros y que, gracias a Doménico, que tuvo el valor, el coraje, de venir a la Argentina, nosotros, hoy, existimos.

Mas adelante, volveré, en busca de respuestas, a todas esas preguntas incompletas que andan dando vuelta en mi interior, espero con ansias, obtenerlas.

Pinerolo es un pueblo con ayuntamiento propio junto al Río Chisone, en la provincia de Turín, región del Piamonte, al noroeste de Italia y a 40 kilómetros al suroeste de Turín. Como se mantuvo tan estrictamente esta “enseñanza” en la familia Nicola, que el nombre de mi tátara tátara abuelo Doménico, cuando mi tátara abuelo Doménico llegó a Argentina, le puso, traducido, Domingo a mi bis abuelo y mi bis abuelo, a mi abuelo, y así hasta llegar a mi padre Jorge Domingo Nicola.

Aquellas luces que tocan la tierra (Primer premio) Rodriguez, Sofía Elisa Rocío El siguiente trabajo práctico relatará algunos de los acontecimientos más importantes en la vida de Salomón Rodriguez García, bisabuelo de Sofía Rodriguez. Salomón, nació un 27 de Mayo de 1887, en el pueblo de Albox, Región de Almería, Reino de España. Para ese entonces, Salomón, junto a su esposa Rosa y, para aquel momento, su única hija, Marcela, se dedicaban a la ganadería y la agricultura. Tenían posesión de unas cuantas hectáreas de tierra, debido a que Rosa las había heredado. Por una parte, Salomón, acompañado por otros cuantos trabajadores o estancieros, se ocupaban de todas las parcelas de tierra junto con el ganado que comercializaban.

Por otra parte, Rosa, si bien ayudaba largas horas del día en el campo, también dedicaba gran parte de su tiempo a Marcela, ya que, para aquella época era muy común recibir educación desde el hogar.

Hacia el año 1900 la situación económica en España comenzó a decaer lentamente, lo cual a personas que trabajaban los campos, como era el caso de Salomón, no los beneficiaba en lo más mínimo. Al no mejorar dicha situación, Salomón junto a su esposa Rosa, se vieron obligados a buscar mejores posibilidades, tanto para ellos como para su hija. La Constitución Argentina de 1853 promovió la inmigración europea, eliminando las barreras para la llegada de los extranjeros. Así fue como, en 1909, Salomón emigró a la Argentina con su esposa, doña Rosa Marchán Martos y su primogénita Marcela.

Al llegar a Argentina, se sintieron perdidos. Debían rehacer sus vidas por completo, empezar de cero. Sufrieron la ruptura de los vínculos familiares y sociales. Debían apartarse de las costumbres y el ambiente donde habían crecido para tener que adaptarse, obligatoriamente, a otras culturas, otros hábitos, otros sistemas de valores. Con los pocos ahorros que les quedaban, por la venta de aquel pequeño terreno en Albox, decidieron emprender sus nuevas vidas. Hablaron con muchas personas y visitaron la ciudad, se dieron cuenta que ellos jamás podrían sentirse cómodos en la Capital, ya que, eran personas del campo. En la búsqueda por un lugar donde asentarse, conocieron a un hombre, quien les recomendó probar suerte en un pueblo llamado “Villa Posse”.

Justo en aquella época, la compañía general de tabacos, de don Juan José Posse compró una fracción de campo de aproximadamente 750 hectáreas de extensión. Para ese entonces, llamaron a aquel pueblo como “Villa Posse”, el cual estaba a cuarenta kilómetros de la Capital Federal. No fue hasta el 15 de Noviembre de 1910, con la inauguración de la estación actual del Ferrocarril del Sud, que toda la población existente tomó el nombre definitivo de “Mariano Acosta”, en recuerdo al vicepresidente, que estuvo en 1874, junto con el Presidente don Nicolás Avellaneda.

En un principio no fue fácil la adaptación de la familia de Salomón.

Venían acostumbrados a vivir rodeados de grandes montañas, arroyos, ríos y toda aquella belleza que solo la Región de Almería tenía. Al llegar a Argentina, con lo único que se cruzaron en Mariano Acosta, en aquel entonces conocido como Villa Posse, fue con un inmenso campo llano, deshabitado y lleno de cardos. Para peor, al ser un pueblo que recién estaba arrancando, no había casas, por lo que debieron dormir en carpa en esa primera etapa. Con el correr del tiempo, y mientras superaba las dificultades iniciales, la familia se fue habituando y pudo apreciar las cualidades del lugar, a tal punto que lo eligieron para establecerse por el resto de sus vidas y criar a los hijos que más tarde llegarían.

En sus inicios en el pueblo, Salomón fue contratado por la “Compañía de Tierras y Comercio”, de don Juan Posse, para edificar las primitivas casas que dieron origen al pueblo, las llamadas “Casas de la Compañía”. Luego de edificar las primeras seis viviendas del pueblo, la familia de Salomón pudo abandonar, finalmente, aquella precaria carpa.

Con el pasar del tiempo, Salomón comenzó a ser conocido en todo el pueblo. No había muchas personas viviendo allí, pero gracias a las viviendas que estaba construyendo, comenzaron a llegar más y más personas, entre ellos, oleadas de extranjeros, quienes, al igual que Salomón, intentaban huir de la Capital.

A medida que iba pasando el tiempo, Salomón ya era conocido como el carpintero del pueblo. Ayudó con la construcción de la Estación de Trenes y, con el transcurso de algunos años, fue el encargado de la construcción de la Iglesia Católica Nuestra Señora de Lourdes y el Club Social Mariano Acosta que aún perduran y son emblemas de la localidad.

En el nuevo pueblo que se iba formando, Salomón construyó, reparó y renovó viviendas durante muchos años, y más aún, transmitió a cuatro de sus hijos, su profesión, los que también contribuyeron con el progreso del pueblo en formación.

El apellido Rodriguez o García, resultaba muy habitual o frecuente en el pueblo de Mariano Acosta, por eso se lo identificaba como Salomón, menos común, que incluso también pasó a designar a su descendencia: “Los Salomón”. Junto a Rosa Marchán Matos tuvieron en total siete hijos: Marcela, nacida en España, quien más tarde se radicó en San Antonio de Padua. Matías Isidoro, José, Osvaldo y Héctor Ángel, fueron los cuatro hijos que continuaron con el oficio de su padre.

Rosa, quien luego se radicó en Marcos Paz, y, Luis, quien fue el último hijo. Luis durante el curso de su vida se desempeñó en el Ferrocarril Argentino y ejerció el oficio de peluquero que aprendió a muy corta edad. Se casó con Edith Herrera, mejor conocida en el pueblo como “Chola”, y tuvieron tres hijos: Mabel, Marta y Luis, padre de Sofía Rodriguez.

Salomón Rodriguez murió en el año 1961. La triste noticia de su muerte salió publicada en el diario “La Imprenta” del pueblo Mariano Acosta (adjunto en el cuerpo C). Junto al anuncio, había una foto y unas palabras: A una imponente y sentida demostración de pesar dio lugar el sepelio de los restos de don Salomón Rodriguez, antiguo y caracterizado vecino de nuestro pueblo, oriundo de España, radicóse en Mariano Acosta desde hace más de 50 año, constituyéndose muy pronto en una figura relevante por su dinamismo y visión creadora; pierde así nuestro pueblo a uno de los más tenaces pioneros.

Tronco de una numerosa familia cuyos miembros actualmente conviven en el vecindario. Su muerte lo sorprende a la edad de 74 años tras haber padecido las alternativas de una larga enfermedad. Nuestro más sentido pésame.

Sabía dónde estaba (Primer premio) Rangel Orejarena, María Juliana Hacía mucho calor en el día de su despedida. Mamá Pachita, que en aquel entonces no tenía más de cuarenta años, modelaba un vestido veraniego con estampado de flores rojas que le llegaba hasta los tobillos. Por su parte, Papá Domingo usaba una camisa abotonada hasta el cuello mientras se limpiaba el sudor pudorosamente con un pañuelo de cuadros. Alfredo, mi abuelo, recuerda estos detalles como si les hubiera tomado una fotografía: no podía entender la elegancia exacerbada, casi ridícula, que obsesionaba a sus padres. Se extrañó por un momento de los gestos neutros y las palabras articuladas con extremo cuidado. Hubo un abrazo final con la medida exacta de fuerza y dos sonrisas a medias que se despedían de él.

Ambos yacían estacionados con la frente en alto en el segundo escalón de la escalera principal que encumbraba la entrada de la casa que ya no sería más su casa. El joven Alfredo se iba a Europa para estudiar medicina, aunque sabía muy bien que nunca iba a ser doctor. Sólo quería partir, partir al fin, cerrar con llave aquel caluroso candado llamado Colombia y cruzar el gran charco Atlántico, y bailar de noche en Granada, y besar de noche a una italiana con sabor a fernet, y cantar de noche con europeos borrachos malolientes, y ser joven de noche, tan joven como pueda ser un joven Alfredo. A la mierda la medicina. El barco zarpó. Alfredo se fue.

Llegó al puerto de Bilbao después de un mes de enrumbar las olas. Lo que pasó durante el trayecto fue un enigma, incluso para él. Me gusta imaginar que anduvo toda la travesía escribiendo un libro con la mano derecha y con la mano izquierda intercaladas porque era un intelectual ambidiestro por excelencia, y si se cansaba de escribir con una mano podía tranquilamente seguir con la otra. También me gusta imaginar que estuvo muy ocupado deambulando por las instalaciones del barco en busca de sustancias químicas extrañas, fósiles infiltrados mediante la fuerza del océano o por lo menos analizando con vehemencia las piedritas preciosas que compró antes de aventurarse mar adentro. Pero era el año de 1954 y mi abuelo tenía veinte. Algún amigo habrá hecho, tal vez uno petiso de pelo colorado. Algún exceso se habrá permitido, una fiesta que terminó en orgía, por ejemplo. Algún amor desafortunado habrá desencontrado, alguna mujer que hubiera podido ser mi abuela pero que se bajó del barco antes de tiempo. Sólo hay un suceso certero: la resaca infinita que tuvo al llegar al puerto tras estar en un barco durante un mes sin pisar la tierra.

El dolor de cabeza duró tres días. El primer día fue así: el piso se movía lento, vacilante y ligero, haciendo sentir a Alfredo que la fiesta seguía. Sin embargo, lo que veía bajo sus pies era cemento. No flaqueó. Se subió al autobús que lo llevaría a Granada, y cerró sus ojos en busca de alivio mientras el movimiento lo arrullaba cálidamente en el asiento. Al despertar, el mareo se había ido pero el dolor era un poco más intenso.

Tragó saliva, respiró profundo y se entregó por un momento a los paisajes de la ruta pedregosa. Luego, empezó a calcular.

Forzó la vista para descifrar la hora en la oscuridad del vehículo, y pudo entrever lo que anunciaba el reloj que papá Domingo le regaló por su cumpleaños (es decir, el que papá Domingo le regaló a mi abuelo por el cumpleaños de papá Domingo, ya que consideraba que era más meritorio premiar a quienes te aguantan todos los años antes que ser premiado por la fácil y cómoda tarea de cumplir años cada año): eran las diez de la noche, hora colombiana. Siete horas de diferencia con España. Diez, once, doce, una, dos, tres, cuatro, cinco de la mañana. Se lamentó brevemente de que todavía le faltaran tres horas de recorrido, pero en seguida se lamentó de haberse lamentado y trató con su poca fuerza restante de disfrutar lo primero que veía de ese país lejano que tanto había anhelado, peleando intermitentemente para no sucumbir ante el mareo de nuevo y domar la manada de caballos que le pateaba la cabeza. Esperó con paciencia la aparición bendita del primer rayo de sol tras el pasto inmaculado de los campos granadinos. Sus emociones eran una montaña rusa infinita que se mezclaban de repente con la sensación tediosa que los dolores físicos le provocaban.

Apareció el primer rayo de sol. Pronto aparecieron también las calles citadinas que de a poco se colmaron de elegantísimos hombres que iban a trabajar y de brillantísimas mujeres que sacaban sus cabezas por las ventanas. Una sensación de alegría genuina le creció con voracidad en la panza. El molestoso trayecto llegó a su fin, por fin, por fin el molestoso trayecto llegó a su fin, qué buen fin. Se bajó del autobús por fin, por fin pisó el suelo otra vez, por fin se disponía a dormir en una cama en tierra firme.

Arribó al hotel a las nueve y media de la mañana. Ahí estaba un adolorido Alfredo redescubriendo el gran placer de sacarse sus molestos zapatos de cuero después de tantas horas largas de viaje y saboreando a grandes sorbos la delicia magistral de acomodar su espalda en la mitad de un colchón de resortes.

Tomó la decisión de postergar la solución para su dolor de cabeza y resolvió dormir una siesta antes de pasar por la farmacia.

Puesto que era joven y ansioso, al mediodía ya estaba de pie, peinado, renovado, bienoliente y listo para volver a la vida y a la fiesta. Tomó sus llaves, cerró la puerta, bajó por las escaleras y salió del hotel en busca de una farmacia.

Al pisar la calle, sus pies se dirigieron por voluntad propia hacia la derecha. “Me faltan dos cuadras en línea recta y tres más hacia la izquierda”, pensó rápidamente. Mientras caminaba podía reconocer las casas, los balcones, el adoquín de las calles, los pequeños comercios, todo, todo, todo, como si hubiera estado antes ahí. Era ese su barrio, eran esos sus andenes, eran esos el olor, el color y la imagen de su pasado.

Respiró profundo, como intentando inundarse los pulmones de aquella particular sensación de familiaridad tan nueva y tan extraña. La piel de sus brazos se erizó de repente. Nunca había salido de Colombia en su vida. Sin embargo, había estado en Granada antes. Recorrió dos cuadras en línea recta y tres más hacia la izquierda; la farmacia estaba justo ahí.

Quincho (Primer premio) Maria, Juan Ignacio Es donde pasan cosas increíbles y muy tristes. Momentos mágicos, llenos de alegría, dolor, llanto y risas. Aquel sitio donde la familia de Juan Ignacio vive maravillas. Quincho es un conocido, un amigo, un familiar, un tío, un compañero, un abuelo, un colega, un compadre, una madre, un socio, un aliado, un hermano. En fin, es una mezcla de cada persona que pasa por él.

Historias hay miles, pero Juan siempre destaca las fiestas.

Quincho se caracteriza por organizar las mejores noches con barra libre de tragos, buena música y mucha gente, demasiada.

Pero lamentablemente no tiene todo bajo control y hay situaciones que no maneja. Como las peleas, la gente ebria y la mugre que dejan en el jardín. En especial las colillas de cigarrillo, son lo peor. Al día siguiente Juan se las pasa juntando una por una. Sin embargo, Quincho no se arrepiente y entusiasmado espera aquellas noches que Juan y los primos disfrutan tanto. No obstante, el ambiente ya no es el mismo.

Al fallecer Nilda la abuela de los chicos, todo cambio. Carlos, el abuelo, no quiere más fiestas, prefiere el silencio y la tranquilidad. Nilda era el espíritu de la casa, se encargaba de llevar adelante el hogar, estaba en cada detalle. Cuidaba de Quincho, del jardín, la cocina, los pisos y de la comida de cada domingo. Quincho la extraña al igual que todos en la familia.

Ya hace un año que partió.

De a poco siguen adelante y juntos ayudan a Carlos a vivir sin su mano derecha, su compañía durante cincuenta años, la mujer de sus hijos y dueña de su corazón. De vez en cuando la sueña, y al estar con ella su corazón estremecido se vuelve calma. Sus cabellos de oro le iluminan la cara y sus ojos de cristal lo observan dulcemente. Abrazarla es como tocar lana de cordero, grato y apacible. En resumen, el amor que lleva la familia hace que puedan superar cualquier cosa, incluso los desacuerdos.

El olor a café baña la amplitud del lugar cuando el sol se esconde los domingos. Los aperitivos satisfacen a Quincho y lo llenan de un goce indefinido, todos son felices, la comida los deleita y los envuelve en placer. Son aquellas horas en las que narran sus hechos semanales y los comparten el uno con el otro. Las risas lo saturan, lo complementan, son para él regalos de cumpleaños. Siente el fuego en sus caricias y sonríe, es dichoso.

Al prenderse el cielo, ruge la armonía. A veces la luz quema y su tez color nieve se apaga.

Allá en Diciembre, cuando los días son calientes y el aire sofoca, Quincho llena sus jardines de infantes desplazándose de un lado al otro. Las diferentes gamas en sus trajes de baño cubre la capacidad del vergel. El estío arrasa con sus flores, todo es color. El verde es tan verde, los pastos lo visten. Dan paz infinita. La familia de Juan pasa las horas de calor en la piscina, se mojan en la interminable tarde de verano. Sonrisas que se extienden y apagan su oscuridad.

Aunque Quincho piensa en el comienzo. Hace eco en su memoria y recuerda la magia en sus rincones cuando Nilda descansaba sobre su pecho. Parpadea y tiene esperanza en volver a verla. Por favor no te vayas, por favor quédate. Sabe que falta algo, no queda nada, pasó demasiado tiempo. Si bien, los gritos de alegría y las melodías ayudan a Quincho, el pasado quedó marcado y es un peso con el que todos deben cargar.

Febrero llega para llevarse los últimos momentos de convivencia familiar. Juan descansa junto a la piscina, se escuchan aves de fondo, la pava hervir y su abuelo cortando el césped.

Mirando al cielo, observa el azul del dilatante universo, lo admira y se siente bien. Allí todo esta bien, con solo estar dentro.

Sus rostros apagan al sol, las sombras bailan. Siente dolor.

Y en la profundidad de sus almas tienen miedo, como aquel día. Las paredes se alumbran de oscuridad. A Quincho se le eriza la piel. El otoño llega y silenciosamente avisa que viene el invierno. El jardín es preso del frío.

La melancolía toma poder, sus memorias recorren el interminable frasco de recuerdos. Pese a que el congelado clima acecha, siguen firmes en este despiadado terreno. Quincho se arma de coraje y los consuela durante la maligna peste de la temporada.

Porque en otoño todo envejece y en invierno muere.

Juan le presenta a Quincho las muchachas más hermosas que jamás haya visto. Pero un día solo vino una, y llego para quedarse. El tambor de su pecho late fuerte con su presencia.

Genera serenidad. Sus labios rojo pasión, suaves y finos. Se toman de la mano y mirándose finalmente se besan. Aquella boca de fresa llena de alegría a Juan, al igual a Quincho. Verlo tan feliz le da sentido a la vida. La singular belleza del amor complementa la vida de la familia. Ella es uno más, es parte.

Cada fin de semana disfruta junto a ellos de una ronda de mates caliente y abrasador. Mientras tanto, la música acompaña y sus cuerpos filtran la mágica armonía del ritmo.

Cada un año, Quincho se viste de gala. Hay mucho brillo y color. Ve su reflejo desde la estrella a lo alto del árbol, dorada y espléndida. Sus cuerpos están en llamas. En especial la de los niños, que con ansias esperan las doce para gozar sus regalos.

Los manjares de la noche son dulces y abundantes, encantan la velada. Y en el brindis olvidan las penas, rompen el mal.

No siempre uno busca estar triste. Los momentos malos llegan cuando no se los esperan. En la familia de Quincho vivieron, viven y seguirán viviendo unidos, pase lo que pase.

Aunque desgracias como esta les pase por arriba y los destruya dejándolos rotos por dentro.

Quincho aprendió a vivir en un mundo que donde para ser feliz lo primero es estar bien con uno mismo y con tu familia.

Alsina 2028 (Primer premio) Moroni, Julieta Introducción Cada casa, departamento o ph de familia tiene indudablemente el tinte de aquella que lo habita. A veces son temporales, alquilados o comprados. El siguiente texto tiene como punto de convergencia dos de los departamentos de un edificio ubicado en Alsina y Sarandí, barrio de Monserrat, a unas cuadras del Congreso de la Nación. En estos habitaron, en distintos momentos y durante variados lapsos de tiempo: la familia Ribas- Fuentes, Ribas-Izaguirre y Ribas-Moroni. Se relata entonces una historia de momentos tragicómica acerca de cómo este edificio fue habitado por las últimas cuatro generaciones de una misma familia.

Desarrollo La familia Ribas no es amplia, aunque para poder hablar de ella, deben mencionarse tres generaciones. La de mayor edad la protagonizan Gerardo y Rosita, padre y madre de Carlos Ribas. Hacia el año 1971, la esposa de este último, María Matilde Fuentes (de la cual se encontraba divorciado para ese entonces), se mudaba la Planta Baja H de Alsina 2028 con sus dos hijas, Liliana y Alejandra Ribas; de doce y ocho años respectivamente.

Durante una considerable cantidad de años la dinámica familiar fluyó sin mayores inconvenientes. Sin embargo, un suceso la desvirtuó. Por el año 1977 María Matilde Fuentes emprendía un viaje a España del cuál jamás regresó. Este suponía durar un año. De hecho, intercambio de cartas no faltó y el contacto, aunque a larga distancia, estuvo siempre presente. La fecha de vuelta estaba dictada, pero una vez cumplida, coincidentemente toda esta comunicación se rompió.

Rosita, Gerardo y Carlos convivían en conjunto en un departamento sobre la misma manzana que la de las mujeres.

La ausencia de María Matilde Fuentes ameritó que al PB H de Alsina 2028 se mudaran con las muchachas, conviviendo los cinco miembros de la familia en los dos ambientes de dicho departamento.

Algunos años después, esta familia decidía invertir en otra división del mismo cuerpo del edificio. Se trataba del Noveno G. El motivo de la compra, un techo para Gerardo y Rosita que difiriera del de Carlos e hijas. De esta manera, el tanque de oxígeno del abuelo, indispensable para él y de tamaño considerable, no ocupaba un espacio significante y las chicas podían invitar amigos y amigas y dormir cómodamente. La familia Ribas se encontraba ahora bien asentada en Alsina y Sarandí, distribuida en dos departamentos de uno y dos ambientes, el PBH y el 9G.

El tiempo pasó. Las chicas dejaron de ser chicas y una vez más la disposición familiar se vio afectada. Las ya jóvenes adultas, Liliana y Alejandra, se mudaron al Noveno G, mientras que Gerardo, Rosita y su hijo Carlos, habitaban el Planta Baja H.

Eventualmente, Liliana se recibió. Ahora era Licenciada en Psicología. Y por supuesto, como toda profesional, necesitaba un consultorio para atender a sus pacientes. Es de esta manera entonces, que el ambiente que funcionaba como departamento, se convertía además en consultorio. Este viraje produjo un cambio en la rutina de la menor de las hermanas; que, al depender de terceros y terceras, llámense pacientes, había franjas horarias donde no podía residir. Asimismo, resultaba impensable olvidarse algo. Entrar e interrumpir una sesión no era una opción.

La mayor de las hermanas, salía con un joven llamado Marcelo Izaguirre, que más tarde, al igual que ella, se recibió de psicólogo.

Este suceso resignificó nuevamente el cargo del piso generando que la multifunción del noveno G se multiplicara.

Ya no se trataba de un departamento-consultorio, sino que allí el hecho de atender pacientes era efectuado por Liliana, Marcelo, y una amiga de la pareja. Esto no quitaba que Alejandra continuara habitando el lugar. Las limitaciones horarias y exigencias de mantener el departamento en orden rebalsaron la paciencia de esta última. Todo tenía su límite y su tolerancia no quedaba excluida. Muy decidida en sus actos, decidió irse con lo poco que tenía ahorrado a vivir con una amiga.

No mucho tiempo después de la mudanza, la pareja que vivía y atendía en el mismo ambiente se casó. Gracias a sus ingresos tuvieron la posibilidad de reubicar su asentamiento y paralelamente alquilar un consultorio. El noveno G quedaba vacío. Razón por la cual Rosita le ofrecía alquilar el departamento a su nieta, Alejandra. Dispuesta y sin pensarlo dos veces, aceptó. Dicho cambio modificó su rutina y cotidianeidad en un aspecto positivo. De este modo conseguía la libertad e independencia de sus espacios y horarios que poco había gozado los años anteriores.

Más adelante la inquilina comenzó una relación amorosa con un muchacho llamado Jorge Moroni. Luego del último golpe cívico militar, hacia 1986, ambos se encontraban en un evento oficiado en la Federación Argentina de Boxeo con motivo de la década del asesinato de Enrique Angelelli. Fue entonces que comenzaron una plática a través de la cual notaron que no solo compartían intereses, sino que tenían gente en común.

Jorge por su lado era amigo de la concubina de la mejor amiga de Alejandra. Mientras que la última, asistía a un curso de estudios universitarios con el hermano del muchacho. A los pocos meses de este encuentro, de haberse conocido y habiendo alquilado su departamento para poder comprar una heladera, Jorge se asentaba temporalmente en el mono ambiente del noveno G.

Eventualmente esta nueva pareja también se asentó por su cuenta. Por ende, el noveno G se convirtió nuevamente en consultorio de Liliana y Marcelo, quienes en 1987 tuvieron a la primera de sus dos hijas, María Paula Izaguirre. Un acontecimiento no menor que condicionaba la disposición espacial tanto física personal como material del departamento que habitaban.

Los ambientes no alcanzaban y los metros lejos de sobrar, hacían falta. Convivieron dos años más de este modo hasta 1989, cuando nació su segunda hija, María Candela Izaguirre.

Este último fue el hecho decisivo a partir del cual la familia Ribas-Izaguirre se mudó al año siguiente a un bello edificio ubicado en Córdoba y Montevideo.

Entre idas, vueltas e inestabilidades económicas, el noveno G, que funcionaba como consultorio, retornaba la función de asentamiento para Alejandra y Jorge. Pasados los ocho años de convivencia de estos, el 15 de diciembre de 1994 nacía Agustina Moroni, su primera hija. El departamento se tornó poco práctico en relación al espacio y la cantidad de personas que lo habitaban.

Para cuando Agustina cumplió el año, la nueva familia se encontraba feliz y cómodamente asentada en un departamento ubicado sobre la calle Viel, en el barrio de Caballito. Una vez más, el histórico monoambiente, servía de consultorio.

Para 1997, Liliana, Marcelo, Paula y Candela continuaron viviendo en el edificio de Córdoba. Por su parte, Jorge y Alejandra tuvieron a su segunda hija, Julieta, nacimiento que justificó la compra de un departamento más espacioso también por el barrio de Caballito. Estas dinámicas familiares se sostuvieron sin mayores modificaciones hasta el día de hoy.

Sin embargo, la función del noveno G viró múltiples veces en los últimos dos años. Durante el 2016, atendió Paula, la hija mayor de la primera pareja; también Licenciada en Psicología.

En diciembre del mismo año consiguió una opción más viable y cómoda, por lo que trasladó su consultorio allí. Desde 2017 a la actualidad, el mono ambiente funciona como vivienda de Candela Izaguirre, hija menor de Liliana y Marcelo. Aunque esta joven adulta emprendió un viaje en marzo del año vigente que durará aproximadamente seis meses. Es por esto que decidió alquilarle el mono ambiente a su prima hermana, Agustina Moroni; la primera hija de Alejandra y Jorge que convive desde marzo del año actual con su novia, Mariana Fernández.

Conclusión Personalmente, la historia de la vida de la familia de mi madre siempre me resultó confusa. Existen integrantes de los cuales se habla poco, por su ausencia actual, sobre todo, y en pocas ocasiones surgen como temas de conversaciones familiares. Al mismo tiempo, ciertos aspectos los percibía como tabúes; razón por la cual jamás tomé iniciativa alguna por sacarlos a la luz. Sin embargo, para la realización de este trabajo, tuve que hacerlo. Así descubrí datos que no sabía, otros que creí conocer, pero en realidad eran erróneos. Y más allá de la historia e información de mis ascendentes más antiguos, me nutrí de relatos y anécdotas cómicas en su mayoría, donde los involucrados eran mi mamá y mi papá, que, a pesar de estar separados, cuentan con igual sentimiento de nostalgia y alegría los momentos transcurridos.

Mamá y yo (Primer premio) Kang, Laryssa Grina La historia que he decidido relatar cuenta parte de mi vida con mi mamá y de cómo pasé de vivir con ella a ser independiente.

Soy hija de su primer matrimonio con Jonathan, se divorciaron cuando yo tenía la edad de un año y desde ahí en mi vida éramos mamá y yo. Nací en Brasil, San Pablo, y me mude a Buenos Aires a los seis años, mamá ya conocía Argentina ya que paso su juventud aquí con su familia. Me inscribió en el colegio llamado Mater Ter Admirabilis, un colegio católico al que solían ir mis tías. Ella tenía un local de ropa situado en Flores, por lo cual, su trabajo consistía en viajes constantes por diferentes partes del mundo, principalmente Asia, Europa y América del norte.

En uno de sus viajes a Corea del Sur se encontró con el hermano de un amigo suyo con el que al parecer hubo un pasado, se sentaron a tomar un café y resulto que los dos se habían divorciado. De regreso a casa, ella me contó lo que había sucedido y desde ahí se comunicaron constantemente y sus viajes a Corea fueron más seguidos.

Mi reacción ante esto no era buena, ya que iba a ser un gran cambio en mi vida, al mismo tiempo, sentía que su relación sacaba la mayoría del tiempo que pasaba con ella. Mis peleas con ella se hicieron habituales y la confianza se iba disminuyendo, todo esto porque ninguna de las dos sabía ponerse en el lugar de la otra. Ella no entendía como me sentía yo ante esta situación ni por qué estaba tan negada. Mi problema no era su felicidad sino, que era algo completamente nuevo, era una nueva convivencia y una nueva vida ya que su pareja vivía en Corea.

En unos de sus viajes como cualquier otro, volvió sin contarme que se había casado por civil, esa persona ya no era un hombre cualquiera sino que era mi nuevo padrastro. Todo había cambiado en un cerrar y abrir de ojos, ellos dos ya habían planeado todo sin consultarme, sin decirme que en unos pocos meses mi vida ya no era en Argentina con mis amigos sino que allá en Corea.

Era increíble como en tan poco tiempo tantas cosas habían cambiado, tenía que prepararme moralmente para despedirme de mis seres queridos y físicamente para empacar toda mi vida hacia allá.

Pasando los meses, había llegado fin de año y el día que finalmente nos tomábamos el avión para irnos allá. Las dos llegamos al aeropuerto con exceso de valijas y con cansancio.

Ya no nos importaba lo que sentíamos, solo queríamos que todo esto termine de una vez.

Después de escalas y muchas horas de viaje, llegamos al aeropuerto de Incheon, Corea del sur, en donde ese hombre que nunca supe su nombre nos estaba esperando. Nuestro primer encuentro era incómodo y ya me había puesto de mal humor, estaba negada de su presencia.

En el camino del aeropuerto hacia el estacionamiento, la pareja ya empezó a discutir, mamá estaba alterada y su esposo hacía lo posible para calmarla y darle explicaciones, cuando tuve la oportunidad me animé a preguntarle qué había pasado, ella me dijo que el auto que él solía tener no era con la que nos había venido a buscar y que supuestamente el suyo estaba en reparación.

Una de las razones por la cual mamá había viajado tanto era porque estaban preparando nuestra nueva casa y comprando todo lo necesario para que sea un hogar. Cuando nos subimos al auto en rumbo a nuestra casa, la persona quien cumplía el rol de mi padrastro, a quien yo le llamaba señor nos llevó a un hotel diciendo que la casa también estaba en reparación.

Mama y él no paraban de pelearse.

Al llegar nos dieron un cuarto para los tres en donde solo había una cama matrimonial y un sofá, la idea era que durmamos los tres juntos, indignada ante la situación no les dirigí ni una palabra y me instale en el sofá. No podía creer lo que estaba pasando desde el minuto que pisamos el país.

A la mañana siguiente mi tía y primos nos habían venido a visitar ya que mamá no estaba en las mejores condiciones anímicamente, el señor ya no estaba, ya que había salido por las malas vibras y tensión en el cuarto. Fuimos y volvimos de cenar, él todavía no había vuelto, intentamos llamarlo pero tampoco atendía. Sus cosas y las cosas valiosas de mamá ya no estaban. Él seguía sin atender el celular. No era muy difícil de analizar la situación sólo que no queríamos admitirlo.

Fuimos a los lugares donde él solía ir seguido, hablamos con sus conocidos quienes nos contaron que él les debía dinero a la mayoría y al pedirlo, decía que su esposa Michelle se los iba a devolver y como gratitud, les daba como obsequio pertenencias nuestras como relojes o muebles que habían comprado para nuestra nueva casa.

Parecía una película, un poco de drama y un poco policial, en donde nosotras cumplíamos el rol de detectives e íbamos recolectando pistas para poder encontrarlo. Llamamos a la inmobiliaria donde habían comprado la casa, ellos nos dijeron que nunca cerraron el contrato ya que nunca habían terminado de pagarlo, a mama le pareció imposible ya que ella tenía sabido lo contrario. También, fuimos al local donde habían comprado los electrodomésticos, para ver si nos podían hacer una devolución del dinero que habían depositado por los aparatos, el que trabajaba nos dijo que un día antes el señor había pasado a preguntar lo mismo diciendo que su esposa había tenido un accidente automovilístico en Brasil.

La situación en que estábamos estaba de mal en peor, nuestros recursos se acababan y los días iban pasando, para el colmo, el hotel que supuestamente estaba a nombre de él estaba a nombre de Michelle. No teníamos los fondos suficientes para pagarlo y el hotel no nos quería devolver nuestras cosas.

Mi tía nos ayudó a pagarlo y lamentablemente tuvimos que volver a Argentina.

Ya ni sabía si era bueno o malo volver, solo sabía que la gente iba a querer explicaciones y que estábamos en banca rota.

Comencé a trabajar a los catorce en una guardería infantil, esta decisión fue dada por mí misma ya que no quería sumarle ni un peso a mamá.

Los años fueron pasando y nosotras estábamos en proceso de recuperación por todo lo que nos había pasado. Mama nunca más trabajo y vivimos de los ahorros.

Tres años después, ella decidió viajar a Corea para arreglar un par de asuntos de divorcio y de demanda, al volver, me contó que conoció a alguien que le presento un amigo suyo, que esta vez ella sentía que era diferente y que realmente le gustaba.

Yo ya no sentía miedo, tampoco estaba negada ante la situación, su segundo matrimonio me ayudo a madurar como persona, a saber manejar mejor la situación y me puso a pensar que yo quería lo mejor para la mujer que más amo y que dio todo por mí. Decidí darle una oportunidad no solo a ese hombre sino a la vida, a mi mamá y a mí.

Este señor también vivía en corea, lo cual, sacaba la mayoría del tiempo que pasaba con ella pero estaba bien, porque yo también necesitaba tiempo conmigo misma.

En las vacaciones, volví a viajar a Corea donde conocí al novio de mamá y su casa. Su personalidad era amable, comprensivo y muy cariñoso no solo con ella sino con migo, a pesar de que para mí seguía siendo incomodo tener que convivir con un hombre, se notaba que el hacia lo posible para que no me sienta así.

Después de un mes de convivencia había llegado la hora de volver, nos agradecimos mutuamente por el momento compartido y por el intento de convivencia.

Al llegar a Argentina mamá me comentó que al terminar mi secundaria, ella estaba pensando ir a Corea a vivir con él pero que esta vez yo podía decidir qué hacer, si ir con ella o quedarme acá.

No tarde en decidirme, opte por seguir mi vida acá no solo por mis amigos sino, por el manejo del idioma y porque Argentina ya era parte de mi vida, Corea me parece un lugar muy lindo para ir de vacaciones pero no un lugar donde me quedaría a vivir. Mamá acepto mi decisión.

Tuvimos un año de preparación para mudarme sola y terminar la secundaria, también tenía que prepararme para entrar a la universidad y empezar la carrera de diseño de indumentaria.

Quinto año de la secundaria fue un momento inolvidable para mí, tuve mi viaje de egresados a Brasil, Porto Seguro y mi fiesta de egresados, sacando eso, tuve también un momento de reflexión en donde me puse a pensar que después de egresarme ya no iba a ver a mis compañeros en el aula o en los recreos, que ya no era levantarme e ir al colegio para reírme con ellos, que cada día que se acercaba el fin de año no solo llegaba las vacaciones sino que también el fin de una rutina de doce años. Todo esto, me hizo querer pasar más tiempo con ellos, aprovechar cada momento y cada fin de semana. Era más el tiempo que pasaba con mis amigos que con mi mama, aunque ella tenía su disconformidad supo entenderme.

Pasaron los meses y ya era febrero, finalmente llegó el mes que mamá se iba, era muy tarde para darme cuenta lo poco que me quedaba para pasarlo con ella, el tiempo pasó volando, cuando me di cuenta ya estaba en el aeropuerto despidiéndome, las palabras los reemplace con lágrimas y miradas, las dos estábamos en un momento emotivo en donde sin decir nada entendíamos todo. Nos deseamos la felicidad y nos despedimos.

A pesar de todo lo que paso hasta el día de hoy no me lo tomo solo como un mal recuerdo sino, una enseñanza, que como la frase cliché que dicen todos, “tropezón no es caída” y que la vida sigue, que la familia va primero y que la felicidad es lo único que importa.

Mamá está viviendo en corea con su esposo, nos llamamos casi todos los días para mantenernos al tanto de lo que pasa y para ver cómo andamos.

Cuerpo y alma (Primer premio) Manzur, Paloma “Hecho familiar” dijo el profesor y fue ahí donde se me hizo un blanco en la cabeza. Camino a casa esas palabras paseaban por mis pensamientos y después pensé, “si no conocí a mis abuelos paternos ni maternos, si simplemente no tengo una foto y no los identifico si me los muestran” … ¿Si no? Qué rara soy… Simplemente la vida me jugó así, diferentes para todos. Entonces pensé, ¿qué hecho familiar me marcó en la vida? Le pregunté a mi mamá y me habló sobre un bis abuelo. Comencé a escribir sobre él porqué hizo cosas importantes e interesantes, pero no me generaba nada y creo que si haces un trabajo tenés que sentirte cómoda y sentir que algo te aporta. Entonces me di cuenta que ninguno me llegaría tanto como mi propia historia que tal vez es corta porque tengo 22 años, pero para mi es importante. Todavía la cuento y se me pone la piel de gallina o lágrimas en los ojos. Tal vez a otros, simplemente, no les importe, pero es lo que yo siento.

Empecemos.

Paloma Samira Manzur, que al segundo nombre no lo tengo presente nunca porque no me gusta usarlo, así que simplemente Paloma o Palito, como me gusta que me digan.

Nací el 1ro de Junio de 1996 a las 11am, un sábado de mucho frío, así dice mi mamá. Tan solo pudieron comprar un calefactor para calentarme cuando me terminaban de bañar, por cierto nací en una familia bastante alocada. No teníamos todo lo que deseábamos, era la tercer hija, pero ese no había sido un embarazo normal como los anteriores, los problemas familiares se hicieron presentes. Simplemente nací a un año de diferencia con mi hermana Bárbara. Y si que bueno ¿no? Lo mejor, ¿quién no quiere tener una hermana con poca diferencia de edad para llamarla mejor amiga? Bueno, en este caso no es así, nos llevamos mal aunque a veces nos extrañamos.

Bueno, vamos al grano, voy a contar mi corta historia.

Siendo muy bebé, a los 8 meses de edad me internan por una púrpura de Henoch-Schönlein. No fue nada grave pero fue un feo momento para mis papás, que tan pequeña ya había estado internada. Mi infancia fue buena, fui al jardín al año y poquitos meses, tampoco recuerdo mucho, solo que andaba descalza en la salita por que no usaba lo mismo zapatos que todos, tenía un problema en los pies, nací con los pies inclinados hacia adentro lo que me llevó a usar zapatos ortopédicos mucho tiempo. En vez de ir a una zapatería a elegir mis zapatos iba a una ortopedia, era divertido para mí.

Siempre fui tímida, pero cuando entro en confianza no me para nadie. Me considero una persona transparente y que va de frente diciendo la verdad. Todo iba más o menos bien en mi vida, algunos desperfectos pero mínimos, hasta que en 2013 no paraba un día sin ir al médico por dolores de panza y sin resultados (después de varios estudios), ya que en la provincia de La Rioja sin menospreciar los médicos no son los mejores. Después de un tiempo los dolores de panza se fueron, relajada no volví más al médico en La Rioja.

En 2014 me voy a vivir a Córdoba sola para estudiar y me vuelven los dolores, mi familia pensaban que eran típicos de una adolescente que extrañaba porque estaba lejos de su casa, hasta que un día no aguanté más y decidí ir al médico.

Casi terminado marzo me acuerdo que fue un día jueves, llego al hospital a hacerme una ecografía de abdomen y me encuentran “algo que no debía estar ahí“, esas fueron las palabras textuales del médico. Yo con 17 años, sola y lejos de mi casa, no supe qué hacer, sentí un vacío enorme en el cuerpo que todavía no puedo explicar, llamé rápido a mi mamá diciéndole que algo tenía en la panza. Esa noche viajé a La Rioja y volví a Córdoba con mi mamá. El medico me había citado para ver al jefe de ecografías y para que me den un diagnóstico. Un millón de estudios que nunca pensé que me los iba a hacer. Después de tantos pudieron dar con que era un tumor retroperitoneal, fuerte la palabra tumor ¿no? Pero era eso, estaba ubicado entre la vena cava y la arteria aorta si se sabe de esto son las más importantes del cuerpo y un pequeño desperfecto puede ocasionar en palabras crudas la muerte, no tan solo que todo eso el médico lo decía al frente de mi, como así también que me iban a abrir y no sabían qué iba a pasar. Después de varios estudios, como dije antes, y de 40 pinchazos en 3 días, los conté, sin dejarme pensar, sin dejarme procesar lo que estaba viviendo en ese momento, me operan de urgencia ya que el tumor estaba a milímetros de tomar el riñón si seguía creciendo.

Pasó, todo salió bien, fue una operación y una punción de médula ósea para descartar que fuese un cáncer que estaba invadiendo mi cuerpo. Las primeras semanas fueron horribles y yo no podía mirarme la panza, ver que literalmente me habían abierto a lo largo. Pasaron meses, muchos y recién empecé a procesar todo lo que le había pasado en tan poco tiempo, el vértigo, el miedo se hizo presente en mi vida, algo que antes no me pasaba y hasta el día de hoy hablar de eso me pone sensible, ya que así también me veo todos los días la cicatriz de 20 cm en mi panza.

Pero ahí no termina todo, mis amigas dicen que soy yeta.

El 28 de diciembre de 2016, día de los inocentes. Planeamos con mis amigas ir a jugar al fútbol como siempre lo hacíamos, solo por jugar, no iba a ir pero me insistieron tanto que fui. Iba corriendo atrás de la pelota y cuando pateé siento un tirón que inmediatamente me tiró al piso del dolor, todos diciéndome que me levante que no exagere. Cuando me veo la pierna parece que tenía la pelota adentro de la rodilla de lo hinchada que estaba, claramente era una quebradura, otro problema más, lo primero que pensé era como le decía a mis papás que me había quebrado, cuando en dos días tenía que viajar..

Pero, como en toda provincia o pueblo chico las noticias vuelan y no hizo falta que llame a mis papás, ya se habían enterado. Otra vez más, sin soluciones médicas en La Rioja.

Diez días con la pierna quebrada, sí, era muy doloroso. Me llevan a Córdoba de urgencia y me operan, tenía quebradura de espina tibial, me colocaron una placa y cuatro tornillos, un lindo chiste ir a jugar con mis amigas al fútbol.

El tema ahora era saber cómo era posible que una persona se haya quebrado la espina tibial porque sí, cuando eso es algo inusual, algo que no pasa seguido. Otra vez más un montón de estudios, me paseaba de médico en médico y todo estaba bien, cansada ya de tanto médico, de un lado para el otro, encuentro una médica que me dijo “te voy a hacer un estudio aunque sos muy joven” y no creo que sea ese el problema.

El estudio resultó y con tan solo 20 años me descubren que la causa de la quebradura fue porque tengo osteoporosis, una enfermedad de mujeres grandes. Creyendo que era algo imposible, no, era así, esa enfermedad se hace presente y por cierto al tener los huesos débiles mi rodilla no mejora. Decido venir a Buenos Aires a ver un profesional, de sorpresa, me operan de nuevo la rodilla en diciembre de 2017, hoy en día sigo con un tratamiento.

Mi osteoporosis no tiene causa, no sabemos por qué tengo esa enfermedad y estoy buscando una cura, ya que al no tener origen se complica.

Todo esto que viví y vivo, capaz para algunos es algo simple, pero para mi, que lo estoy pasando, es algo fuerte, es algo que no muchos soportarían psicológicamente y hasta a veces a mí me pasa de querer tirar todo porque hay muchas cosas que no puedo hacer, cosas simples. Pero aprendí que nunca hay que bajar los brazos. Siempre pienso que las cosas pasan por algo.

Algunos buscan refugiarse en dios, en la iglesia, yo no creo en nada de eso, pero no voy a entrar en detalles. Simplemente hacer saber que por más barreras que te ponga la vida, nunca hay que rendirse, si sos fuerte y tus energías son positivas como tus pensamientos, te vas a dar cuenta que en la vida se puede todo si te lo proponés. Obvio que no siempre vas a estar feliz sabiendo que algo malo te está pasando, pero tenés que saberlo afrontar y pensar que podría ser peor, pero que hay gente que te quiere, que te apoya y que quiere verte bien. O quizás hay gente que no te entienda y diga que sos exagerado, nadie sabe lo que uno esta viviendo adentro ni cómo se siente, yo ahora te puedo sonreír, pero capaz por dentro me estoy muriendo. Es un simple consejo que doy desde lo que me pasó y me pasa. Siempre digo que la felicidad tiene que ser más grande que las tristezas.

El año pasado, cuando estaba mal y no podía mas, hablé con mi papá y empecé a cumplir mi meta, mi sueño que era algo que me ponía feliz, que me llenaba el alma, el de tener mi marca propia, él me apoyo y pude lanzar una primera colección de mi marca PALOMA MANZUR.

Me animé a contar esta historia, nunca lo hago. Seguro que para este momento de la historia ya estoy con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos o quizás no. Pero me di cuenta que soltar lo que a uno lo pasa y compartirlo esta bueno porque son diferentes formas de vida y capaz con un poquito que uno aporta, puede ayudar al otro. Este año en la materia Diseño II me hicieron escribir un manifiesto de mi persona e hice un poema.

Cuerpo y alma de fuerzas.

Tímido débil pero divertido En soledad, en compañía, con momentos de dolor, momentos de alegría o solo momentos.

Libre y trasparente.

Y con tu entorno oscuro sal de ahí, no te dejes atacar.

No te ahogues en esos pensamientos.

Se libre para poder volar, se feliz, cumplí tus sueños e imagina y ,simplemente, nada más.

Cuerpo enfermo pero superador.

Cubrirlo con alegría.

Mujer, no te rindas que de eso se trata la vida.

Mujer fuerte, cuerpo mío.

En fin, esta soy yo.

Corrientes espontáneas (Primer premio) Pérez Pizá, Lucía Inés Poco se conoce de la historia de Juan, era un niño que por una serie de hechos que coincidieron, nació en Mallorca. Nacido en el seno de una familia de agricultores tenía un gran entusiasmo por aprender de sus pares, frecuentemente los acompañaba en las jornadas laborales a las tierras que dedicaban al trabajo. Caminaba a la par de su padre aferrado a sus grandes manos, mientras transitaban las tierras montañosas de Mallorca. Este quizás fue el último paseo de Juan y él lo supo en cuanto escuchó ese feroz estruendo acercarse. Es importante mencionar que esta no es la historia de Juan, si no de hechos que quizás pusieron a Juan en el lugar correcto, y a su padre en el lugar y el momento incorrecto.

Si ese feroz derrumbe se hubiese llevado también la vida de Juan no hubiese migrado con su familia a Argentina movidos por la necesidad de encontrar un nuevo sustento económico, tampoco hubiera conocido a su futura esposa Juana en “La casa del inmigrante” ni hubiera visto la luz su segundo hijo Bartolomé. Pero los hechos coincidieron y conoció a Juana en aquella zona portuaria de Buenos Aires.

Se alojaron temporalmente en una enorme casa que les ofrecía formación en diferentes oficios hasta que pudieran conseguir trabajo. En este lugar los inmigrantes se capacitaban y perfeccionaban en diferentes oficios. Juan y Juana recibieron muy buena formación en confección de calzado y no tardó en llegar el momento en que les surgió una buena oferta de trabajo, era en un pueblo de Santa Fe llamado Armstrong. Allí juntos trabajaron noche y día intensamente por el ambicioso plan de un día abrir su propia zapatería. Muy pronto lo que tan solo era un dulce sueño intangible de una pareja luchadora, se hizo real. Probablemente no fue fácil llevar adelante aquel emprendimiento, muchas veces se veían obligados a llenar las estanterías y repisas de cajas vacías para aparentar vidrieras cargadas y majestuosas, pero aun así sus motivaciones llevaban a seguir adelante. Una vez su zapatería se encontraba bien instalada en este pequeño y acogedor pueblo, Juan y Juana encontraron el momento ideal y tuvieron dos hijos: Catalina y años más tarde a Bartolomé.

Bartolomé de pequeño se paseaba por la zapatería de sus padres. Observaba con curiosidad y aprendía sobre los materiales o técnicas que empleaban casi hasta que era hora de cerrar la tienda, momento del día en el que solía sentarse arriba del mostrador con sus piecitos colgados en el aire y mirando afuera a través de la vidriera, en ese momento meditaba acerca de todo lo que había vivido y lo muy grande que era.

Pasaron los años y creció con aquel pensamiento resonando en su cabeza cada día en ese mismo horario.

En otro lugar de Armstrong muy cercano se encontraba una reconocida embotelladora perteneciente a una familia reconocida entre los cuales se encontraba Noelia, la hija menor, una bella niña de rizos dorados, ojos del color de las aguas antárticas, un poco consentida y bastante vanidosa.

En Armstrong los chicos una vez cumplida cierta mayoría de edad los asistían a los famosos “Bailes del pueblo”. Se trataba de eventos en los cuales las mujeres concurrían acompañadas por sus madres y se sentaban en palcos ubicados alrededor de una pista de baile, el hombre sacaba a bailar a una mujer luego de solicitar el permiso de la madre.

Tanto Bartolomé como Noelia crecieron en familias con realidades y paradigmas opuestos, es probable que si de coincidencias no se tratara esta historia nunca nos hubiésemos imaginado que estas dos personas podrían enamorarse y corresponderse. Pero ese día en esa misma fiesta se encontraba Bartolomé, observando casi hundido en el medio de la pista encandilado por la belleza de Noelia sentada en el palco más alto del predio. Esperanzado alzó sus brazos haciendo un gesto enérgico para invitarla a bailar, posiblemente porque ignoraba o no le importaban aquellas inútiles normativas burguesas.

Noelia lo vio, era un hombre muy atractivo, alto de cabello castaño y ojos verdes, pero su orgullo no le permitió responder ante aquel gesto rudimentario así que rápidamente retiró la mirada. Él aún, fascinado e inocente, pensó que esa bella mujer pudo no haberlo visto entre tanta gente y decidió ir a buscarla al palco, ella encantada por su atención aceptó.

Salieron juntos algún tiempo luego del baile, aunque poco después Noelia decidió dejarlo porque consideraba que merecía estar con alguien mucho mejor, más a su altura.

Armstrong era un pueblo muy pequeño es decir que un hecho casual entre estas dos personas era inminente. Un día Bartolomé fue invitado a una gran fiesta, asiste acompañado de una hermosa mujer de cabello largo y alborotado. Noelia también había asistido y no tardó en notar a aquella mujer. Su orgullo y sus aires de grandeza se vieron amenazados y casi los dejó de lado cuando ante esa situación habló un amigo para que fuese a llamar a Bartolomé para poder hablar. Al estar juntos Noelia le explicó que quería volver a estar con él y Bartolomé profundamente enamorado de ella, abandonó a su anterior cita y aceptó.

Contrajeron matrimonio años más tarde, una vez que Bartolomé se recibió de la carrera de ingeniería química y Noelia en licenciatura en letras; consiguieron empleo en sus respectivas áreas en Córdoba. Bartolomé trabajaba en una fábrica militar que pronto se vio obligada a cerrar y le ofrecieron la opción de ser transferido a otra fábrica en Buenos Aires o en Jujuy. Juntos fueron a conocer ambos lugares y quedaron profundamente enamorados de la provincia de Jujuy. Con su tercera hija Cecilia de apenas 17 días de edad, se trasladan a Forestal y allí vivieron durante 8 años hasta ser trasladados a la capital de Jujuy.

En San Salvador Cecilia asistía a un colegio religioso únicamente de mujeres, en este se alentaba a los alumnos a formar parte de un grupo que realizaba actividades religiosas inter escolares. Ella, durante toda su secundaria, participó con entusiasmo en todas las actividades, sobre todo aquellas en las que se fusionaban comisiones con un colegio de varones, porque allí tenía la oportunidad de encontrarse y pasar tiempo con Pablo. Luego de conocerse en profundidad en los diferentes eventos uno estaba perdidamente enamorado del otro, tanto que Pablo, frecuentemente, llegaba a correr media ciudad luego del colegio para llegar a buscar en la salida a Cecilia y compartir con ella esos cinco minutos en los que la acompañaba a la esquina donde la buscaría su padre en la camioneta.

El enamoramiento incondicional en el que se veía sumergida Cecilia se vio de repente amenazado ante la desaprobación de su madre que aseguraba que ese chico no era un buen partido para ella, pertenecía a una familia humilde y pretendía hacer la carrera de ciencias económicas (hasta entonces poco conocida en el pueblo), según ella, nunca podría ser nadie en la vida. A lo largo de los tres años de relación con Pablo, Cecilia soportó silenciosa las insistentes quejas de su madre hasta que un día el agotamiento la llevó a dejar de lado sus convicciones y optó por dejar de pelear con su madre. Aceptó un viaje que habían organizado para que conociera a un hombre que su madre considerara indicado ya que se acercaba a la edad “ideal” para asentar una familia. Durante aquel viaje en barco efectivamente conoce a Carlos, un hombre alto, atractivo, corpulento y para suerte de Noelia, proveniente de una familia reconocida. Se encontraron con la casualidad de que ambos provenían de la misma ciudad. Vivían a solo unas pocas cuadras de distancia y jamás antes se habían visto, así fue como esta última casualidad un poco forzada por la insistencia de una madre ambiciosa, dio lugar a que una vez que Cecilia terminó sus estudios en enfermería, se casó con Carlos. Juntos, a la vez Carlos trabajaba y Cecilia decide continuar con sus estudios, tuvieron dos hijos y 9 años después; luego de un embarazo un complicado, lleno de sorpresas y hasta un poco peligroso, llegó uno más, yo.

Lo ocurrido nos demuestra qua vida es tan frágil e imprevisible como aquel momento donde un acróbata sale a escena y comienza a caminar sobre su cuerda floja. El corazón del espectador comienza a enloquecer porque no tiene control de aquello que va a ocurrir, solo puede limitarse a observar. Cada uno de los hechos que aquí se relataron y muchos más que seguro no alcanzarían las páginas para escribir, no hubiera sido posible sin el anterior, aunque muchas veces parecieran profundas desgracias, todo poco a poco desembocando en otra cosa tomando su propio cause. Si ese feroz derrumbe se hubiese llevado también la vida de Juan, hoy no me encontraría aquí escribiendo este ensayo, porque este ensayo existe solo por una serie de hechos que coincidieron.


Docente: Dardo Dozo fue publicado de la página 142 a página152 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº83

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