Los antihéroes son personajes cercanos a nosotros. Son espejos de nuestra sociedad actual y reflejan nuestro modo de vivir bajo un contexto arrebatador y específico.

Su importancia en los medios audiovisuales durante los últimos veinte años ha sido abrumadora. Se han introducido en la manera de hacer y escribir televisión, al punto de protagonizar un gran espectro del marco actual. En la Era Dorada de las series de televisión la empatía del espectador con esos protagonistas abyectos juega un rol fundamental. Esas historias, por terribles que parezcan, suenan cercanas, humanas.

 

Entender al antihéroe como un concepto visual de la cultura en que vivimos. Ellos retratan lo mejor y lo peor, lo secreto, los tabúes y lo que no se atreve a contar de otra forma. Comparten una mente posmoderna y reflejan la cultura popular.

El paradigma comenzó a resquebrajarse con la aparición del antihéroe en la literatura y el cine negros. Este tipo de personaje se regía por valores diferentes e incluso contrarios a los que convencionalmente se consideran “correctos”: era capaz de mentir, castigar con crueldad o disparar a quemarropa. No siempre era un agente en la historia porque solía encontrarse subordinado a distintos determinismos: sociales, psicológicos o, simplemente, la mala suerte.

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