Más allá del valor dramático que se desarrolla en este relato del director francés, el film es un recorrido por los pormenores de un rodaje de la década del setenta. Los problemas a los que se enfrenta el equipo de filmación y las distintas relaciones que de allí se derivan demuestran el amor que Truffaut tenía por su profesión. Su película devela con la sorpresa que maneja un hábil narrador, la realidad de lo que se ve en la pantalla. Los métodos del director, la relación entre los integrantes del equipo técnico, los detrás de cámara con los actores no solo sirven para alimentar el vouyerismo del espectador sino también para instruirlo acerca de algunos métodos de filmación.

Sin embargo este particular backstage no se restringe a lo técnico sino que hace foco en las principales obsesiones del director como las relaciones amorosas, la infancia y obviamente el cine. El director, construyendo una suerte de autorretrato, utiliza los imponderables de un rodaje para armar una comedia dramática con ritmo y compleja desde la manera de narrar, ya que desarrolla un argumento coral con varios personajes.

Con habilidad y mucha sensibilidad, situaciones que podrían parecer triviales resultan altamente emotivas a través de la mirada de este realizador que no hace más que reflexionar acerca del cine como arte y medio de comunicación.

Por otro lado es interesante comparar los métodos del momento con los de hoy y comprender lo costoso y artesanal de estas producciones, potenciando aún más la mística de un rodaje. Este film resulta un tratado didáctico de cine manifiesto a través de su propia naturaleza que son las imágenes en movimiento.

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