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Manifiesto de Niños, o la escenificación de la violencia

Ríos, María Laura [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº34

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº34

ISSN Impresión 1668-0227
ISSN Online: 1853-3523
DOI: https://doi.org/10.18682/cdc.vi34

La utilización de clásicos en la puesta en escena Propuestas de abordaje frente a las problemáticas de la diversidad. Nuevas estrategias en educación superior, desarrollo turístico y comunicación Maestría en Diseño de la Universidad de Palermo.

Año X, Vol. 34, Agosto 2010, Buenos Aires, Argentina | 228 páginas

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Generalmente un manifiesto es una declaración escrita de principios que se caracteriza por trazar una serie de estrategias a ser llevadas a cabo por un grupo de personas para la obtención de determinados fines. Siguiendo esta particular directriz uno puede encontrarse con la última obra de El Periférico de Objetos, Manifiesto de Niños, y tratar de desentrañar una compleja propuesta que intenta denunciar la violencia ejercida en torno a los niños. Mediante esta particular forma de “declaración escénica” se asiste a una progresiva señalización de los silenciamientos al que es sometido el universo infantil pero también plantea un serio interrogante sobre los modos de concretizar una textualidad de la permanente provocación emocional.

Una primera aproximación a la puesta en escena de Manifiesto de Niños permite dilucidar una estructura en la que se tensan simultáneamente diversos elementos audiovisuales y preformativos encargados de garantizar una agobiante simbólica de la violencia montada en torno de una instalación. En este caso se trata de una idea de instalación como itinerario que se “transforma en un objeto recorrido por la mirada deconstructora y […] por el desplazamiento físico del público frente a espacios de actuación” (Pavis, 2005: 263). El primer impacto visual inaugura el contacto con un enorme cubo hermético en el que se hallan “recluidos” tres intérpretes. Esto permite, por un lado, observar por fuera sus acciones mediante una estrecha ventana.

Pero, por otro, ofrece la posibilidad del desplazamiento o de seguir fragmentadamente algunos eventos que se suceden dentro del habitáculo a través unas pantallas externas encargadas de proyectar y amplificar visualmente una interacción que involucra la manipulación encarnizada de juguetes articulados y pequeños muñequitos Playmobil. Mientras que una actriz caracterizada como un ser aniñado comienza con la enumeración interminable de un listado con los nombres, apellidos, edades y nacionalidades de niños asesinados por todo el planeta; otros dos personajes individualizados en enigmáticos “payasos de lo ominoso” se encargan de enjuiciar y sentenciar la culpabilidad de niños cosificados como verdaderos juguetes de los adultos.

Esta suerte de monólogo alienado culmina con el afligido llanto de la actriz y desarticula de modo extremadamente agresivo la turbada emocionalidad del público. Ya hacia el final de la obra, los verdugos de lo infantil abandonan esa extraño role-playing, mezcla de terrorismo lúdico y “pedagogía de la crueldad”, para interactuar con el público mediante el ofrecimiento del cuidado de pequeños retratos infantiles.

Hacia un terrorismo emocional

A partir de esta breve descripción de la puesta en escena de Manifiesto de Niños es posible pensar una poética de la teatral como el efecto de un asedio. El asedio de un orden donde la sensibilidad visual del espectador recibe el imperativo de un régimen de visibilidad absoluta mediante esta especie de emergencia alucinada de las imágenes. Es entonces donde quizás la violencia se erige desde ese forzamiento de la mirada que muchas veces no puede distinguir con nitidez entre el abuso y el culto ilimitado de la pulsión escópica. Un suplemento que ya no trasunta la mera transgresión de las formas teatrales y sus modos de apreciación estética sino que pervierte una vectorización de las fuerzas dramáticas hacia una trampa espectacular que imposibilita el trayecto de la simbolización para conformar un encierro enunciativo.

Es hacia este lugar que la obra tiende un trayecto donde la mirada, lejos de ser tranquilizadora, pro-yecta (o eyecta) hacia un espacio impúdico en el que el espectador “habita” la indefensión. Esta textualidad que intenta desacomodar la pasividad bordea unos límites de la sensibilidad estética, y sobre todo ética que, agobia el orden de la comprensión. Un teatro de la opresión significante que a veces significa pocas cosas.

Con Manifiesto de niños el sistema de la interpretación escénica parte desde una exaltación del ¿sinsentido- de-la-violencia? como un formidable rito lúdico. La evolución de la retórica del pathos dramático y su vinculación con el espacio actoral, que es al mismo tiempo un espacio de detención, impone la implosión de una ceremonia de “terrorismo emocional”. Este procedimiento que silencia, pero que al mismo tiempo exclama, enuncia un gesto subrepticio en la que la verdadera voz de lo infantil se torna en un objeto subalterno y cosificado.

Por esta razón los juguetes, transformados en objetos escénicos, constituyen una perversa metáfora del niño como un sujeto imposibilitado de otorgar cuerpo, por la muerte, por la ausencia, por ser niño. Y sí los diálogos partidos en mil pedazos, y sí la irreversibilidad de un manifiesto dicho por ningún chico es la complicidad de un silencio que niega por pasividad, y también por estetización, entonces quizás los adultos seamos los auténticos verdugos.

El peligro que muestra uno de los más álgidos momentos meta-dramáticos de la obra evidencia a uno de los intérpretes-verdugos exhibiendo un falso y enorme sexo masculino de plástico como un artefacto obsceno que juguetea con una muñeca dentro de un pequeño escenario de títeres, una renovada provocación de nuestra condición escópica. En dicha presencia de la representación dentro de la presentación se evidencia el totalitarismo de la observación desvergonzada del que mira y es mirado.

Esta manipulación como estrategia de construcción discursiva en la que la violencia se plantea como una espectacularización del exceso involucra la ostención del desarreglo moral generalizado y la incertidumbre del estatuto epistémico de la recepción en la actualidad. Una vez más El periférico de Objetos coloca en el centro de su exploración teatral el inquietante enigma de la construcción de la obra a partir de la interpelación hacia el espectador, ese extraño sujeto colectivo, mediante procedimientos multi-mediáticos creando un éxtasis ficcional que recrea la condición del “verdadero reality show”.

Bibliografía

Pavis, Patrice. (2005). Diccionario del Teatro. Buenos Aires: Paidós Comunicación, p. 263.

Ficha técnica

Dirección: Ana Alvarado, Emilio García Wehbi, Daniel Veronese

Intérpretes: Maricel Alvarez, Blas Arrese Igor, Emilio García Wehbi

Voz en off: Horacio González-Máscaras: Alejandra Farley-Diseño de maquillaje: Marcelo Martínez-

Realización escenográfica: Ariel Vaccaro-Realización de muñecos: Alejandra Ferley-Video: Phillip Basté-Música: Marcelo Martínez-

Asistencia de Dirección: Felicitas Luna-Producción: Maricel Alvarez, Felicitas Luna


Manifiesto de Niños, o la escenificación de la violencia fue publicado de la página 37 a página39 en Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº34

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