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Arte textil y tradición en la Provincia de Catamarca, noroeste argentino

González Eliçabe, Ximena [ver currículum del autor, docente de la Facultad de Diseño y Comunicación]

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº47

Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº47

ISSN Impresión 1668-0227
ISSN Online: 1853-3523
DOI: https://doi.org/10.18682/cdc.vi47

Tejiendo identidades latinoamericanas

Año XIV, Vol. 47, Marzo 2014, Buenos Aires, Argentina | 199 páginas

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Tradición ancestral

Catamarca, el sonido de los golpes de pala atraviesa los patios, manos incansables deslizan la trama para formar el tejido bajo la parra, la galería o el enramado. Los pedales del telar criollo acompañan el ritmo con la subida y bajada de los lizos. La tejedora posee el saber de dos tradiciones, la americana y la europea. El telar aldeano europeo de dos o cuatro cuadros que trajeron los jesuitas o los primeros colonos españoles se adaptó a los patios de tierra, fabricado con postes de maderas de la zona, y en lugar de peines la herencia andina aportó las palas de madera dura y lisa que ajustan las pasadas haciendo un tejido bien compacto y parejo. Esas palas son el legado de abuelas y madres de estirpe tejedora a sus hijas, que las atesoran y utilizan para continuar con algo que mas allá de una tradición, es un estilo de vida.

Catamarca es una provincia poseedora de un patrimonio cultural muy vasto, rico en expresiones materiales e inmateriales, pero muchas veces poco conocido o desvalorizado. Desde el punto de vista arqueológico su territorio albergó a las culturas prehispánicas más representativas de nuestro país, particularmente a aquellas que formaron parte del llamado “período de integración regional del Noroeste argentino” (Pérez Gollán, 1991). Este período se caracterizó por una organización política de jefaturas con modelo de intercambio; por el modo de vida agropastoril y caravanero; por el uso de los recursos productivos en establecimientos permanentes; por la utilización de elementos, materiales y simbólicos, integrados en el área de influencia (Pérez Gollán y Heredia, 1991; Dillehay y Nuñez, 1988). Estos “centros de poder administraban el manejo de la información o conocimiento y la circulación de bienes suntuarios y utilitarios” (Tartusi y Nuñez Regueiro, 1993). Para interpretar el desarrollo de estas sociedades, Alberto Rex González aplicó un modelo diacrónico de periodización, que en sus fases temprano, medio y tardío, abarcó una expansión temporal de aproximadamente 1500 años hasta la invasión Inca y posteriormente la de los españoles.

Sin embargo, pocas son las piezas textiles arqueológicas que llegaron hasta nuestros días, en comparación con la gran cantidad de cerámicas, metales y piedras que representan hallazgos de gran valor estético y dominio técnico de los diversos períodos históricos. Por cuestiones climáticas, dada la fragilidad de las fibras, por ser materiales orgánicos de fácil descomposición, sólo se conservan algunos fragmentos encontrados en zonas muy secas.

También se preservan algunas piezas que, de acuerdo a lo que señala la investigadora Ruth Corcuera (2006), no se hallan en la Provincia de Catamarca, a excepción de unos tejidos de la cultura Aguada que fueron encontrados en Lorohuasi en las cercanías de la localidad de Fiambalá. Las otras piezas, todas ellas pertenecientes a la Aguada (siglos XVI y XVII d.C.), se encontraron en Angualasto, actual Provincia de San Juan, y en San Pedro de Atacama, al norte de Chile. Se trata de tejidos con fibras de camélidos, realizados en técnicas de faz de trama y de faz de urdimbre.

En el primer caso, el elemento más denso es la trama y los colores que se insertan en la mismas son los que delimitan el motivo que se aprecia en el tejido; en el segundo caso el elemento más denso es la urdimbre, por lo que el diseño aparece de acuerdo a su disposición de color en la estructura del tejido. Con esta técnica se encuentran complejas formas de generar dibujos, como por ejemplo la de urdimbres dicontinuas, que cambian de color en su longitud determinando bloques de color que conforman planos en el diseño. Otra técnica muy difundida fue la de “teñidos por reserva”: en ocasiones, sobre la prenda ya tejida, se ataban con hilo las zonas que se resguardarían del tinte y otras veces este procedimiento se efectuaba amarrando las urdimbres extendidas en los enjulios del telar (es lo que en lo que en otras partes del mundo se conoce como ikat). Otras son telas con doble urdimbre y dibujos en ambos lados, piezas de cestería combinadas con urdimbres envolventes wrapping. Esta última combinación de técnicas textiles y cestería, combinando fibras vegetales y animales, se aplicó sobre piezas que la población local llama “tipas” o cernidores de grano, y que hasta comienzos del siglo XX continuaron confeccionándose y utilizándose. En el pequeño Museo del Hombre de Fiambalá se encuentran las prendas que formaron parte del ajuar de dos momias de Lororhuasi, y en el conjunto se aprecian tambien las tipas con motivos coloridos de la Aguada. Se destaca un unku, camisa o poncho, con motivos geométricos, realizado en faz de trama. Una constante que asegura la calidad de la factura de los tejidos catamarqueños, en el pasado y hasta nuestros días es la maestría con que manualmente las hilanderas realizan los hilos de diferentes materias primas nobles como la lana, el algodón, la llama, la vicuña e incluso la seda silvestre. Los hilados se realizan a la usanza prehispánica con huso y tortero, o con rueca, esta última traída por los europeos.

Con el correr del tiempo, el aporte de otras tradiciones como la europea o la árabe han afianzado, fusionado o incluso relegado otras técnicas textiles, pero también han dado origen a estilos definidos, netamente criollos.

En adelante, se efectuará un recorrido por la produccion actual.

Ponchos, mantas, pullos, peleros, tapices, rebozos, corbatines, y otras prendas de vestir se elaboran con la sencillez y el lujo de las más nobles fibras en sus colores naturales o se ornamentan con motivos geométricos de origen calchaquí como el jaguar o la serpiente, mientras que brotan motivos criollos con flores y pájaros que denotan la influencia de oriente y testimonian las antiguas rutas comerciales de la antiguedad.  Este patrimonio tan valioso, expresión material de la cultura de un pueblo, resultado de la fusión de culturas que se ha transmitido de una generación a otra en forma oral, hoy en día corre el riesgo de desaparecer.

En todos los oficios, pero en especial en el tejido, los maestros artesanos son en su mayoría personas muy mayores, y en pocos casos sus hijos han querido continuar con el legado artesanal de sus padres. Debido a la poca retribución monetaria actual y a la escasa perspectiva a futuro para desarrollarse con los oficios, los jóvenes prefieren emigrar a las grandes ciudades con el fin de conseguir cualquier tipo de trabajo que les asegure un sueldo mensual.

Testimonio

El Departamento de Belén, al norte de la provincia, es una de las zonas más prolíficas de la artesanía catamarqueña, y sus habitantes afirman que es la mismísima “cuna” del poncho. Lo cierto es que esta prenda de origen precolombino, anterior a los Incas, ha tenido en Belén un gran desarrollo, tanto en cantidad, como en calidad y variedad. Belén también ha sido lugar de asentamientos prehispánicos, donde florecieron las culturas Condorhuasi, Aguada, Belén y finalmente la Inca. Sus vestigios prevaecen por doquier, pero quizás la impronta Inca en la arquitectura del “Shincal” en las cercanías de Londres, Departamento de Belén, sea la más imponente. Aunque dentro del espacio arquitectónico estratégico del Shincal, los arqueólogos han dado en llamar a un área “la casa de los textiles”, no se ve allí (ni siquiera en el museo del sitio) ningún fragmento de tejido. Los textiles, siempre silenciosos, no fueron en un primer momento objeto del deslumbramiento de los arqueólogos, quizás por prejuicio no fueron tomados muy en cuenta y esa sea otra de las causas por las que nos ha llegado tan poco de ellos.

Definitivamente, los textiles han tenido en el mundo andino una gran valoración, que los primeros españoles que llegaron con la conquista ignoraron. El poder de difusión que poseyeron los textiles fue muy vasto, ya que no sólo eran utilizados como una forma para pagar tributos, sino que, por su facilidad de transporte, se usaron a modo deestandartes, viviendas móviles o como prendas representativas capaces de propagar un mensaje. Los Incas tuvieron esto muy en claro y estipularon códigos vestimentarios estrictos, con respecto a la utilización de los colores y a la distribución de los motivos en el diseño de las prendas tejidas. Si bien los conquistadores estaban más interesados por el oro y otros metales preciosos que por los textiles, al establecerse los primeros colonos y ante la ausencia de géneros para confeccionar sus ropas comenzaron a valorar lo que llamaban “lanas de la tierra”, como así también la destreza de las nativas para hilar y tejer. Las rutas comerciales que se establecían por vía marítima desde el Pacífico o desde el Atlántico, traían a América mercancías tales como sedas de oriente, y otros géneros de lino y de algodón desde Europa, pero éstos no llegaban a abastecer por completo a la población local y eran muy costos. Al instalarse los primeros obrajes, los monjes se ocuparon de proveerse de mano de obra aborigen para la fabricación de tejidos. Estos, eran realizados en telares europeos por piezas que luego se cortaban para confeccionar y no en los indígenas donde las medidas del telar, de cintura, horizontal o vertical, delimitan el tipo de prenda (ya que de acuerdo a la concepción andina, el tejido no debe cortarse).

Desde el siglo XVI, en épocas de la mita y la encomienda, el comercio de textiles, en especial de algodón, hilado y tejido por las mujeres indígenas, era un negocio próspero. En Catamarca el algodón llegó a utilizarse como moneda, declarado por el Cabildo de esa provincia en 1684 como mejor moneda incluso que el metálico, según relata Corcuera:

Hacia 1778, la industria del tejido estaba plenamente asentada. En el campo del algodón, a la natural habilidad de las mujeres, antiguas hilanderas, se sumó el impulso que dieron los jesuitas en su hacienda de Alpatauca.

Mientras que en el algodón, como en los camélidos y en la lana de oveja, las industrias familiares habían creado una tradición que llega hasta hoy. Era tal la popularidad, que se señala que hasta los clérigos se vestían de estos bayetones negros y los seglares los usaban blancos o de colores. Por otra parte, la vida ecuestre y la facilidad para transportar textiles, hizo que ponchos, pellones y encimeras fuesen una de las principales industrias rurales de la época (Corcuera, 2006, p 60).

Las tradiciones textiles en Catamarca se entreveran con la vida misma, la de la gente y su tierra; contábanme que por la zona de Barranca Larga, Departamento de Belén, hace cuarenta años atrás, la confección de un pullo, para un individuo, requería de un proceso muy ligado a la magia, en el que las madres guiaban a sus hijas. En primer lugar el hilado era preparado de un modo particular, el tipo de torsión y la forma de hilarlo, bien delgado y sin ser vistos constituía el punto de partida. Esto debía hacerse en un momento preciso, en conjunción con el mapa sagrado de las estrellas. La cantidad de hilos tampoco era azarosa, así como los colores de las listas llevaban inmerso un universo cifrado. El tiempo no importaba, y por eso cada pieza era única, como lo era la persona a la que estaba dedicada. “Desde los albores de la cultura, por su afán de proteger, de prever y de cuidar, el tejido forma parte del mundo afectivo y de la femineidad” (Corcuera, 2006, p. 11). En conversaciones con la autora afirmó que en la Argentina no existe una tradición de mercado como en otros países de América. El tejido se hacía para alguien querido, un familiar, un amigo cercano, se pensaba en un rostro mientras se tejía, y en ocasiones eran intercambiados por necesidad por otras mercaderías.

No obstante, durante muchos años la producción de tejidos artesanales ayudó a que hombres y mujeres pudieran sostener a sus familias, a enviar a sus hijos a la escuela, a sentirse orgullosos de vivir dignamente de su trabajo, que por lo general se hacía por encargo. La transmisión de su saber se hacía en el seno de la familia, y muchas veces varios de sus miembros se distribuían roles en la preparación de la materia prima, el hilado y el tejido.

Los telares grandes para hacer pullos (prendas de cama compactas y pesadas) podían abarcar varios metros, un patio entero, y se tejía de a dos para poder manejar las pesadas palas en el ancho del tejido.

Como decíamos anteriormente, es en la ciudad de Belén y en muchas de las pequeñas poblaciones en el interior del Departamento, donde los tejidos, actualmente realizados en telares criollos de dos o cuatro lizos, alcanzan un alto grado de calidad y un estilo inconfundible. Cada tejedor o tejedora se destaca por alguna particularidad, por el material que emplea, ya sean los colores naturales de las fibras de camélidos o lana, por la paleta cromática obtenida con tintes naturales, por las técnicas en los ligamentos, como ojo de perdiz, peinecillo, listas, pero los patrones comunes son la finura del hilado manual en huso o rueca, la prolijidad y excelente terminación en tejidos de alta densidad de hilos. Los ponchos belichos (gentilicio de Belén) son obras maestras, que encierran lo más selecto de la tradición criolla, con sus elementos precolombinos y europeos, muestran con orgullo la identidad del pueblo catamarqueño.

Londres, en la Provincia de Catamarca es una de las ciudades más antiguas del país. Ésta, fue la segunda ciudad fundada por los españoles en el actual territorio argentino. Su nombre fue puesto en 1558 en homenaje a la ciudad natal de la reina María Tudor, esposa del rey Felipe II de España. De allí provienen ponchos de lista atada, con guardas geométricas de distinta complejidad. La guarda o lista atada se obtiene con el método de teñido por reserva en la urdimbre, es decir se amarran los hilos del color de base, generalmente crudo o marrón claro, en grupos formando un diseño simétrico dentro de una banda, cuando la urdimbre está dispuesta en el plegador o enjulio y ya está determinada la densidad que ha de tener el tejido. Luego se retira el plegador urdido y se expone a los hilos al tinte en una olla al fuego para que se fijen el colorante y el mordiente. Una vez terminado el teñido, se vuelven a colocar los enjulios en el telar y cuando está seco se procede a desamarrar los nudos, que pueden ser cientos, para dejar a la vista el motivo obtenido por reserva. Al ser mayor la densidad de hilos en la urdimbre, esto hace que prevalezca en la cara del tejido la figura atada en la guarda, ya que la trama que es de un sólo color liso, queda oculta por el otro elemento.

En Antofagasta de la Sierra prevalecen, además del telar, los tejidos de punto a dos y cinco agujas. De aspecto más rústico, suelen ser usados para combatir los fríos inviernos y las temperaturas extremas de la Puna por sus habitantes. Los tejidos suelen cardarse para darles un aspecto similar al de una piel de animal y para que proporcionen más calor. Para realizar el cardado, se utilizan cardos silvestres secos que se insertan en una caña o vara, y que atados entre sí, levantan la fibra del pelo de llama, estirándolo y logrando una superficie afelpada, suave y brillante. Los tejidos de punto no son originarios de épocas prehispánicas (si bien se han encontrado en algunos enterratorios en la zona andina tejidos de mallas elaborados con técnicas de origen amazónico) los tejidos a dos y cinco agujas fueron introducidos por los españoles. Se cree que los mismos llegaron a España a través de los árabes y luego se difundieron al resto de Europa.

En Tinogasta, al noroeste de la provincia de Catamarca, vive Doña Aldacira, reconocida maestra tejedora de 90 años. Los trabajos de esta creadora, perfeccionista y trabajadora incesante, representan el equilibrio perfecto entre la tradición prehispánica y la española. Sus enormes mantas tejidas y bordadas con la exquisita delicadeza floral de un “mantón de Manila”, pero con lanas de oveja o camélidos, sonconfeccionadas de memoria, sin dibujos previos, cuyo diseño botánico y simétrico solo preexiste en la mente de la tejedora. Los laterales de las piezas terminan con grandes”rapacejos” o “rejas”, anudados con flecos en macramé, técnica de origen árabe, muy común en el sur de España donde fue adquirida de los moros. De acuerdo al relato de Aldacira los motivos de las “rejas” se van formando de acuerdo a lo que el material le sugiere y al humor del momento, ya que, en sus propias palabras, es un trabajo de penitencia.

En Fiambalá, cerca de Tinogasta, todavía encontramos tejidos de faz de trama con motivos geométricos muy similares a los del ajuar de las momias de Lorohuasi, pero con otra paleta de color. En lugar de los tierras armónicos de antaño, los colores vibrantes irrumpen como expresando la alegría de las manos únicas que aún dominan esa técnica ancestral. Santa María, en los Valles Calchaquíes, es tierra de tejedores, donde bravos guerreros que resistieron la invasión Inca hasta 1480, dejaron un legado iconográfico que puede verse hasta hoy en los tapices que realizan sus habitantes, hombres y mujeres dedicados al tejido.

Actualmente, es una población mestiza pero con gran influencia indígena. La herencia calchaquí dejó símbolos como la serpiente, el jaguar, el suri, el cóndor y la infinidad de motivos geometrizados que derivan de ellos, tomando la parte por el todo, como una manera hermética de mantener su presencia.

Si bien muchos de ellos han llegado hasta la actualidad a través de representaciones sobre otros soportes como la cerámica o la piedra, los hábiles tejedores santamarianos han sabido hacerlos perdurar en sus tejidos. La técnica de tapiz logra su mayor desarrollo en las culturas precolombinas de Tiahuanaco (200 a 1000 d. C.) y Huari (700 a 1200 d. C.).

En la técnica de tapiz la urdimbre es el elemento pasivo y queda oculta por la trama. La trama juega el papel activo y es visible en ambas caras del tejido. Los hilos de urdimbre están colocados más espaciados que los de trama y son más gruesos, esto permite que la trama, mucho más fina y delgada, pueda deslizarse con mayor facilidad entre los hilos de urdimbre. La densidad de los hilos de trama es mucho mayor que la de los hilos de urdimbre… el tapiz es idéntico en ambas caras. La particularidad de la tapicería consiste en que la trama no cruza de manera ininterrumpida todo el ancho del tejido, sino que varios hilos de trama, de distintos colores, abarcan diversos sectores de la urdimbre… (Gisbert, 1988, pp. 39-40).

Cerca de San Fernando del Valle de Catamarca, la capital provincial, tras cruzar la famosa cuesta del Portezuelo que inmortalizó la zamba, se eleva la sierra de Ancasti. De allí proviene la seda de coyoyo, de capullo o seda silvestre. La seda del monte o “purucha”, como también la llaman, se obtiene de la crisálida de una mariposa de la familia saturniidae, género rothschildia, que anida en arbustos del monte espinoso como el ancoche, el afato o la tinajera. Ruth Corcuera fue quien inició la investigación sobre este preciado material, al que recordaba por referencias en su niñez dado que su familia paterna era de orígen catamarqueño.

La información con la que se contaba hasta principios de la década de los 90 sobre esta seda era escasa o casi inexistente, la investigadora comenzó a indagar al respecto a partir de la aparición de un poncho de seda que formaría parte de su invstigación para el libro Ponchos de las tierras del Plata. La oruga que produce estos capullos se alimenta de las hojas de estos árboles del monte y llega a medir hasta 8 cm cuando comienza a producir el hilo que formará el capullo en forma de gota de unos 5 cm. De acuerdo al tipo de planta de la que se alimenta varía el color de la seda, sabemos por los datos recopilados por la filóloga Elsa Gómez, citada por Corcuera en su investigación, que la seda es de color marrón clarito si se alimenta en la “tinajera”; marrón más verdosos en el “ancoche”, marrón más amarillo en el “afato”, marrón colorado en el “piquillín”; marrón en el “churqui”, marrón oscuro en el “clavilo”, gris claro en el álamo y blanquecino en el “lechillo”. Desde tiempos precolombinos la seda del monte se hila con delicadeza con pequeños husos de hueso o madera. El oficio de hilar esta seda lo aprenden las niñas desde muy pequeñas, pero ya casi no quedan artesanas que se dediquen a hilar y tejer la seda de coyoyo.

El trabajo es arduo ya que deben recolectarse los capullos manualmente en verano. Por lo general los niños son los que se ocupan de ir a buscarlos, con sus manos pequeñas y suaves, se guardan en bolsas hasta tener una cantidad suficiente y luego se hierven con lejía o ceniza. En este procedimiento no siempre es necesario que esté la pupa adentro.

Los capullos se ablandan por la acción del agua caliente que ataca a la sericina que los mantiene en forma compacta, hasta que se despega formando un copo; se enjuagan y se ponen a secar. Las hebras del filamento se enroscan en la muñeca de la hilandera que con la ayuda del huso y el tortero va dandoles torsión entre sus dedos, dependiendo del grosor que se quiera obtener es la cantidad de hebras que se emplean. Las artesanas entrevistadas por Corcuera afirman que el hilo gruesoes usado para hacer colchas, ponchos o sobrepelos, en ocasiones mezclados con hilos del algodón en la urdimbre, pero si el hilo es fino se usa para hacer chalinas, bufandas o mantas, de aspecto similar a las de vicuña; también se realizan prendas pequeñas como mantitas y ropa para bebés al crochet. Al ser un material tan delgado es necesaria una gran cantidad de capullos para tejer una prenda. Cuentan las artesanas que para hacer un poncho se necesitan aproximadamente quinientos capullos.

Los ponchos suelen tejerse en técnica de faz de urdimbre, con hilos retorcidos de dos cabos y por lo general se utiliza la seda en su color natural, similar al de la vicuña, o en sus variantes tonales, pero rara vez se emplean hilos coloreados.

En el Museo de Luján, Provincia de Buenos Aires se exhiben varios ponchos de seda autóctona, que pertenecieron a distintas personalidades de nuestra historia, como el General Lavalle, Facundo Quiroga y Lucio V. Mansilla. También le fue regalado al Papa Juan Pablo II un poncho de seda silvestre tejida por artesanas catamarqueñas.

Hoy en día, son apenas dos o tres artesanas que siguen con la tradición de hilar la seda de Ancasti. Se ha intentado estimular a las jóvenes para el aprendizaje de estas técnicas, pero si bien el trabajo es bien recompensado, es una labor compleja que requiere mucha paciencia y dedicación, pero por sobre todo amor por lo que hacen.

Patrimonio

El arte textil de Catamarca ha sido siempre de un gran refinamiento, silencioso y discreto como sus autores, que con sabiduría, con criterio estético y en armonía con la naturaleza que los rodea, logran transmitir su sentido de pertenencia a la tierra. Preservando el sueño de sus ancestros, indios, españoles, árabes, conformaron la identidad criolla, capaz de resistir la sequía y el polvo, las guerras y los saqueos, tejiendo y bordando los cifrados secretos de la cosmovisión diaguita calchaquí o los paraísos perdidos del viejo mundo. El Noroeste argentino fue en tiempos anteriores a la colonia un puente cultural y de intercambio comercial entre la Puna y el Chaco, entre el Pacífico y la Amazonia, como lo demuestran los hallazgos arqueológicos y los caminos incas que aún perviven. Catamarca siguió siendo un puente entre culturas, las coloridas flores en bordado chino de los mantones de Manila se tradujeron a las lanas de la tierra en las colchas tinogasteñas, terminadas con rejas moriscas a la usanza andaluza, o la seda del monte y la vicuña que formaron rebozos y mantillas para las damas devotas de la Virgen del Valle así lo atestiguan. Este patrimonio, guardián de conocimiento y tradición, corre el riesgo de desvanecerse.

La transculturación producida por los medios masivos de comunicación, las pocas oportunidades de comerciar de manera justa sus trabajos para artesanos que viven en ámbitos rurales, sumado a la dificultad de acceder de los caminos en el interior de la provincia, hace que las nuevas generaciones no continúen con la labor emprendida por sus ancestros, salvo en contadas excepciones. Quienes valoren este camino y continuen andándolo serán privilegiados poseedores de un saber único, y los encargados de transmitirlo al ámbito popular, ya que desde el mundo lo académico se lo puede estudiar y documentar, pero es el mismo pueblo quien puede ocuparse de mantenerlo vivo y de hacerlo suyo.

Referencias Bibliográficas

Corcuera, R. (2006). Mujeres de seda y Tierra. Buenos Aires: Editorial Argentina.

Dillehay, T. y L. Nunez A. (1988) Camelids, caravans and complex societies in the south central Andes. En Recent studies in precolumbian archaeology. Saunders y Montmollin.

Oxford: BAR International Series 421.

Gisbert, T.; Arze S.; Cajías M. (2006). Arte textil y mundo andino. Museo Nacional de etnografía y folklore - Embajada de Francia en Bolivia. La Paz: Plural Editores.

Núñez Regueiro, V. y Tartusi, M.(2001). Aguaday el proceso de integración regional. Instituto Interdisciplinario de Estudios Andinos (INTERDEA), Facultad de CienciasNaturales e Instituto Miguel Lillo, UNT - CONICET - Tucumán, Argentina.

Pérez Gollán, J. A. (1991). La cultura de La Aguada vista desde el valle de Ambato. Publicaciones 46, Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba.

Tartusi, M. y Nuñez Regueiro, V. (1993). Los Centros Ceremoniales del NOA. Publicaciones 5, Serie: Ensayos 1. S. M. de Tucumán.


Arte textil y tradición en la Provincia de Catamarca, noroeste argentino fue publicado de la página 107 a página115 en Cuadernos del Centro de Estudios de Diseño y Comunicación Nº47

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