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Tiempos de Amor

Torres, Margarita Eva

Cuadernos del Centro de Estudios en Diseño y Comunicación Nº75

Cuadernos del Centro de Estudios en Diseño y Comunicación Nº75

ISSN Impresión 1668-0227
ISSN Online: 1853-3523
DOI: https://doi.org/10.18682/cdc.vi75

Arte y Comunicación: Experiencias estéticas y el flujo del tiempo

Año XX, Diciembre 2019, Buenos Aires, Argentina | 266 páginas

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Resumen:

Este artículo analiza la concepción del tiempo y la memoria, con el objeto de comprender cómo se conectan con la configuración de las condiciones de existencia material. Se indagará sobre cómo el tiempo y la memoria son nociones que cobran sentido a medida que transcurre la vida y cómo es preciso resignificar los sucesos y las condiciones histórico-políticas para comprender sus implicancias en la propia subjetividad. El abordaje se centrará en el testimonio y poemas de Amor Perdía oficiando como nexo para vincular su historia con el momento político y social de la Argentina de los ´70. Se reflexionará -desde el tiempo y memoria- en la construcción del pasado, las formas de evocación presente y sus posibles manifestaciones futuras.

Palabras clave: Tiempo - Memoria - Historia.

(*) Licenciada y Doctoranda en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata –UNLP–. Actualmente es Profesora Adjunta en la cátedra Taller de Producción Textual de la carrera de Psicología de la UNLP y Profesora Adscripta en la cátedra Teoría de la Educación de la carrera de Profesorado en Comunicación Social de la UNLP. Ha publicado trabajos académicos, artículos periodísticos y ediciones literarias.

Introducción

Tiempo y memoria son conceptos cuya naturaleza cobra forma con el sentir interno, con la intuición de nosotros mismos y de nuestro estado (Carpio, 2004). Quizás por eso, en la infancia, el tiempo y la memoria parecen no tener existencia. Pero en la edad adulta y sólo cuando se toma conciencia de las implicancias, se advierte que sus engranajes nos llevan al momento en que la muerte se torna una certeza: la única capaz de anular al tiempo o la conciencia de sí.

En una de las tesis más significativas, Walter Benjamin (1940) planteó que la historia es objeto de una construcción cuya dimensión no la configura ese tiempo vacío y homogéneo, sino las circunstancias vividas del tiempo-ahora (Reyes Mate, 2006). Un estado temporal que viabiliza un análisis del pasado desafiando la reconstrucción de los hechos para re-significarlos, en función de la experiencia vital. Tiempo y memoria representan distintos itinerarios y el intento de dominio de los sujetos, les asigna un rol exclusivo y único. Nadie puede salirse del tiempo ni de la historia aunque a algunos, el protagonismo al que los arroja los inserta en la corriente de los sucesos que perdurarán en las interpretaciones del presente.

Este artículo tiene como propósito analizar la concepción del tiempo y la memoria, con el objeto de comprender cómo se entrelazan con las condiciones de existencia material. El abordaje se centrará en un testimonio que oficiará como nexo para articular su singular historia con la lucha armada de la organización guerrillera de la izquierda peronista Montoneros, que actuó en nuestro país durante los años de la última dictadura cívico-militar. Los relatos históricos de la época se han centrado en la actividad de las organizaciones, sus estrategias y programas de acción, pero poco se ha dicho sobre otros protagonistas que debieron callar durante mucho tiempo y cargar –sin haber sido los que tomaron las decisiones–, con los juicios de sus conciudadanos. Puntualmente el trabajo refiere a la vida de Amor Victoria Perdía, hija de Roberto Cirilo Perdía, uno de los líderes de Montoneros. A partir de su experiencia de vida, la idea es pensar sobre las implicancias que conllevan el tiempo y la memoria sobre la subjetividad de los hijos de quienes resistieron frente al poder dictatorial.

Para comprender el contexto donde se desarrolló la vida de Amor, es preciso remontarnos a la historia de su padre. Roberto Cirilo Perdía nació el 9 de Julio de 1941 en Rancagua, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires próximo a Pergamino. Hijo de chacareros, se desplazó a la Ciudad de Buenos Aires para estudiar abogacía en la Universidad Católica Argentina. Allí, militó en el ámbito universitario alcanzando la presidencia del Centro de Estudiantes de la UCA entre 1962 y 1963. Para sostener sus estudios, se desempeñó como bancario y formó parte del gremio, en el que también experimentó acciones como activista político. A los 23 años se graduó como abogado y dos años más tarde -habiendo iniciado la carrera de sociología-, se despidió de Rancagua para radicarse en el norte de Santa Fe, donde asesoró a sindicatos de la zona.

Hacia fines de la década del ´60 se integró a la formación de Montoneros conduciendo su dirección a nivel nacional desde 1972 hasta su disolución definitiva. En la clandestinidad y en el exilio se lo conoció como “Carlos”; “el Pelado” y “Carlitos”. Tras su reinserción legal retomó su profesión de abogado, la cual ejerce en la actualidad formando parte, además, del grupo fundacional de la Universidad de los Trabajadores (IMPA), y del movimiento social Organizaciones Libres del Pueblo-OLP.

La militancia política en los años ´70 tenía un carácter singular porque no formaba parte de cumplimientos establecidos, la misma era un modo de vida y por ende, el entorno de los militantes tenían que acomodarse a ese compromiso. Así describió Roberto Perdía las características de esos jóvenes:

Éramos solidarios con todas las causas que vislumbrábamos como justas. Admirábamos el voluntarismo de jóvenes triunfantes como los revolucionarios cubanos y los frustrados intentos de las guerrillas en Perú, Bolivia y otros países latinoamericanos. Todo esto, integrado a la crisis nacional, alimentó nuestra juventud, en aquellos días (…). Veníamos de la mano de un pensamiento juvenil e irreverente plasmado en el revisionismo de las “Cátedras Nacionales”, las publicaciones del Cristianismo y Revolución, revistas como Antropología del Tercer Mundo y Envido. Todos identificados con la lucha de los trabajadores, la construcción de un “Movimiento Nacional” y el pensamiento de su líder, Perón. Éramos una juventud que compartía la aspiración de hacer coherente la palabra con la acción, y el compromiso ideológico con el compromiso de vida. Era esa vida auténtica que nos proponía el existencialismo de Albert Camus, Jean Paul Sartre y Simonre de Beauvoir. Allí creímos encontrar el centro de cada una de nuestras propias vidas, pero no en soledad sino engarzadas con otros (Perdía, 2013, p. 135).

El objetivo de este análisis es reflexionar sobre las condiciones de época, en las formas de evocación presente y sus posibles manifestaciones futuras. Vivimos en un momento donde aquella militancia como modo de ser no existe, ya que “si eres político y no apareces en televisión, no existes” (Bauman y Donskis, 2015, p. 14). Sin embargo, los hechos pasados y los sacrificios sufridos siguen vigentes, no sólo en los protagonistas directos y colaterales sino en la memoria colectiva que, aunque fragmentada, es posible reconstruir. Y es preciso hacerlo porque “nuestro derecho a estudiar y cuestionar críticamente la historia es una piedra angular de la libertad” (Bauman y Donskis, 2015, p. 45).

Los tiempos de Amor

Amor Victoria Perdía nació en Argentina en 1973 y si bien el calendario marcaba que era otoño, los familiares aseguraban que se trataba de una primavera. Su nombre impacta y en ocasiones debió cambiárselo, por razones de supervivencia. En relación a ello, Amor supo decir:

Para mi el exilio era no saber bien qué nombre trajera bajo el brazo al nacer, o no querer saberlo, o no poder, porque así era mejor –decían–, era tener que aprender uno nuevo en cada aduana y bañarme siete veces seguidas para recuperar mi color de cabello (Perdía, 2001, s/p.).

Durante los primeros diez años, esta niña vivió el exilio en varios países hasta que llegó a Cuba, su estadía más prolongada. Gran parte del día la pasaba en la escuela y cuando volvía a la Guardería jugaba con sus compañeros. La Guardería no era una institución cualquiera, “era una casa grande con patio en la que vivíamos unos cuantos chicos” (Entrevista a Amor Perdía realizada por la autora 15/11/2017). Eran hijos de militantes de la organización guerrillera de la izquierda peronista armada Montoneros, uno de los tantos grupos que enfrentó a la dictadura cívico-militar que tomó el poder en Argentina, el 24 de marzo de 1976.

En una entrevista periodística que dio al sitio digital La Retaguardia (2013), la periodista Analía Argento, quien investigó sobre este tema y es autora del libro: La guardería montonera. La vida en Cuba de los hijos de la contraofensiva (2013), explicó el contexto en el que dicha institución se creó:

En 1978 Montoneros aprueba realizar una operación que se llamó contraofensiva, a partir de la que regresarían al país varios grupos entrenados militarmente. La idea era pegar, como decían ellos, golpear en algunos focos o puntos sensibles que hicieran que la dictadura retrocediera y que al mismo tiempo la gente volviera a movilizarse, sobre todo los sindicatos. Entonces el objetivo era hacer una serie de acciones armadas contra representantes de grupos económicos o del gobierno de facto. En el libro menciono, contextualizo pero no avanzo tanto, no cuento en detalle la contraofensiva porque eso está contado en otros libros y porque además a mí lo que me interesa es el costado humano de los chicos, de los padres, por qué una mamá o un papá decide dejar a sus hijos en la guardería de La Habana para regresar al país y no poner en peligro a sus chicos, cómo alguien en función de su militancia política o de esta operación puede tomar como madre o padre esta decisión. En este caso, Montoneros hace una serie de reuniones en distintos lugares con sus militantes y también por ejemplo de las ligas agrarias, que estaban en países como España, Suiza, México a donde se habían ido huyendo de la dictadura pero que también querían volver a la Argentina para seguir luchando. De alguna manera, Montoneros recluta entre quienes estaban en el exterior los que vendrían al país, pero la orden que se les da es que no podían entrar con niños. De hecho, los niños que entran creo que son los que se muestran en la película Infancia Clandestina y puede ser que alguno más, pero el resto de los niños va a la guardería en La Habana, porque allí estarían protegidos. Algunos de los que participan en estas operaciones pueden volver a buscar a sus hijos y otros no porque fueron secuestrados, detenidos desaparecidos o asesinados en algunas de las operaciones. En 1980 se hacen otras operaciones y regresa también otro grupo grande de gente que deja a los chicos allá, pero después en algún momento, por ejemplo en junio de 1980 algunos vuelven al país con sus hijos como este caso de los Ruiz Dameri, y en algunos casos pudieron reinsertarse en la Argentina, por ejemplo en villas o fábricas, en distintos lugares para intentar una contraofensiva en este caso de lucha armada y no de activismo social (La Retaguardia, 2013, s/p.).

En historias como la de Amor, el tiempo muestra con más énfasis su carácter transitorio. Como si la propia existencia, al igual que él, estuviera siempre de paso; es decir, en un estar provisorio hasta que otros tiempos sobrevengan. Los niños como Amor también convivían con la ausencia y con la posibilidad –siempre latente–, de dejar de estar, de ser. No obstante, y por sus dichos, en Cuba fue feliz porque,

Pese a que quería estar con mi mamá y mi papá en mi casa, tuve algo grupal que no volví a sentir nunca más en ningún lado, una cosa de pertenencia difícil de explicar. Es como que si algo al otro le duele, a vos también te duele, pero si el otro es feliz, vos también lo sos, como si las emociones se pudieran repartir. Entonces nada es lo suficientemente pesado ni uno es un ególatra responsable de todas las felicidades. Es una sensación de protección que no volví a sentir (Entrevista a Amor Perdía realizada por la autora, 15/11/ 2017).

Tomar sus vivencias y compararlas con la de otros niños que, en la misma época y marco no concebían al tiempo de ese modo, ni tenían conciencia de esa historia posibilita abrir la dimensión del tiempo colectivo. Esos chicos ejercitaron la paciencia y esperaban que sus padres “sacaran a los malos” (Perdía, 2001, s/p.) para construir un país donde todos tuviesen trabajo y fuesen protagonistas.

El exilio era tener pocas cosas y salir en todas las fotos con el mismo vestido largo, porque se suponía que alguna vez iba a crecer y me quedaría mejor, porque se suponía que alguna vez iba a volver y podría, entonces, comprar muchos vestidos de industria nacional (Perdía, 2001, s/p.).

En ese relato y otros versos escritos por Amor está presente el tiempo como variable radical que habilita múltiples futuros.

A diferencia de aquel tiempo, hoy es difícil vislumbrar un proyecto colectivo, un sueño emancipador. De todas formas, “las sucesivas derrotas no le quitan legitimidad, ni mucho menos aún oscurecen las esperanzas futuras. Las pasiones y sacrificios de aquellos tiempos dejaron una siembra de semillas por florecer” (Perdía y Silva, 2017, p. 466). ¿Permite el tiempo construir sentidos disímiles de un mismo país? Para Amor, la historia que en el hacer colectivo enfrenta la diversidad demuestra que sí.

El exilio era ser joven en otro país (o país de otros), pero esencialmente joven y hablar de amor y guerra con las mismas palabras de amor y guerra y reírse a carcajadas y creer y tener miedo o por lo menos eso ví cuando se inclinaban para decirme cosas fabulosas sobre un país del que ellos habían salido un día sólo con el objetivo de poder volver orgullosos a usar el gentilicio que les tocaba por nacimiento, entonces sonreían y decían palabras que hoy ya no existen antes de saludar y despedirse, a algunos no los volví a ver (Perdía, 2001, s/p.).

La sobreviviente del Holocausto, Ruth Klüger (1997), frente a la pregunta sobre el por qué muchas víctimas del genocidio nazi sintieron la necesidad de versificar el horror, respondía que el lenguaje sometido a la disciplina del verso les facilitaba transcurrir poéticamente el tiempo que les restaba en el inexorable camino a la muerte. Como dijo el filósofo Theodor Adorno (1949), para quien ya no tiene patria, el escribir se transforma en un lugar donde vivir. Siguiendo esta premisa, podemos decir que poetizar es siempre un acto de esperanza y libertad que puede unir a los hombres de todo el mundo, perpetuar la memoria y con ellas sus luchas para despertar conciencias, e imaginar y construir otros futuros posibles. Para Amor, la literatura fue y es, en la pluralidad del tiempo (Ricour, 2009),

Como un refugio, mi propia resistencia individual, porque en la sociedad había cosas que no podía decir en un determinado momento. En la literatura podía decir lo que quería y cómo quería, era mi espacio de libertad, el lugar donde no tengo límites, en todos los otros sí (Entrevista a Amor Perdía realizada por la autora, 15/11/ 2017).

Estas historias evidencian la construcción de la subjetividad, a partir de las temporales disímiles inmersas en un tiempo colectivo que se deberá observar y examinar para reconstruir sus experiencias de vida y entendernos como sociedad. En el prólogo del libro escrito por su padre: El peronismo combatiente (Perdía, 2013), Vicente Zito Lema manifiesta:

No se construye el porvenir sin una conciencia viva de la historia, que como el agua de la existencia, como espacio inédito del ser, toca los talones, golpea en la espalda, limpia los ojos y así sucesivamente hasta el último día de nuestras viidas (cit. de Zito Lema, 2013, en Perdía, 2013, p. 23).

Amor tuvo una infancia itinerante y eso acentuó su conciencia de la transitoriedad. Clandestinidad, exilio, riesgo y lucha eran vocablos de la cotidianeidad. Sabía que sus padres estaban detrás de un sueño, y también sabía, aunque no se lo hayan dicho, que sus progenitores podían no volver. Para ella, la muerte no era una dimensión futura sino presente y por eso “no había que preguntarle a los grandes cuándo se iban, en qué, por dónde, no preguntarle a nadie si vuelven eso nunca lo dijeron, lo aprendí sola” (Perdía, 2001, s/p.).

Todas las vidas están signadas por el pasado. El activismo político de los padres de Amor hizo que en su vivencia personal, las marcas de la historia social fuesen más visibles como las decisiones del poder hegemónico que aquellas condiciones políticas habilitaron, dejando huellas en la vida de aquellos que quizás se creían al margen. Rodolfo Walsh (2015) lo analizaba con lucidez:

Han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina (…). En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada (…). Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9% y prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificado de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron (Walsh, 2015, pp. 226-232,233).

Revisar el tiempo histórico críticamente otorga la comprensión de que la realidad no es algo inamovible y dada. Amor tuvo que indagarse a sí misma para entender por qué el país que le habían contado no existía; y no habrá sido fácil creer que todo el sacrificio iba a diluirse en las crónicas de la época. Tener fe en que se puede hacer algo con todo lo vivido, ha de haber sido el motor.

Yo no soy mi papá. Soy otra persona”, afirma. Llevar un apellido cargado de historia puede ser un contrapeso, sobre todo en la adolescencia, cuando se establece la propia identidad, que si bien es siempre en relación a otros, es, por definición, diferente de los otros. No es fortuito que sea escritora. La literatura permite la construcción de la experiencia, ofreciendo nuevas interpretaciones y sentidos a lo ya dicho. Amor. Su nombre es contundente. Me llamo así por mi mamá que tiene ese nombre y se lo puso mi abuelo anarquista. Ella tiene dos hermanas que se llaman Libertad y Luz. Mi segundo nombre, Victoria, era por la victoria camporista del ´73. Era un resumen histórico de lo que había pasado en la familia y en el país (Entrevista a Amor Perdía realizada por la autora, 15/11/2017).

Amor volvió definitivamente a la Argentina en 1986 cargando “el peso” de ser Perdía.

Estábamos en plena Teoría de los dos Demonios, o sea que, para muchos, mi papá era un demonio. En la escuela entraba un profesor y preguntaba ¿Quién es Perdía? Siempre tenía que empezar dando excusas primero y no tenía espacio para demostrar que era otra persona. Tenía que mostrar que era hija de mi papá, pero que podía ser otra persona. Esa etapa me costó muchísimo. Ya llegaba con prontuario a cualquier parte y tenía que explicar: ni negarlo ni decir que era lo mismo, sino que era esencialmente otra persona (Entrevista a Amor Perdía realizada por la autora, 15/11/ 2017).

El silencio fue el compañero de los protagonistas colaterales de la resistencia armada de los años ’70. Con la invisibilización tuvieron que hacer transcurrir sus vidas con el pasado de aquellos momentos que inapelablemente constituyeron su identidad. En palabras de Kawabata,

El tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un río, hay una corriente central rápida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo (Kawabata, 2011, p. 193)

Muchos de aquellos niños –hoy hombres y mujeres–, han podido romper el silencio a través del arte. Amor lo hizo desde la literatura. En su poema “Desde lo ajeno” (1995), expresa:

Me mira con un odio que no es suyo, acusa apuntando con el dedo metido a defensor por cuenta propia, a la altura de los tiempos que no ha visto, llorando los cargos que me dieron me siento a escuchar el anatema, vencida, tal vez, pero soberbia, apelando al silencio del portazo. Él clama por justicia y no hay vergüenza, deforma las consignas que dejaron los vivos que rondaban en mi leche, los muertos que no quieren su defensa. Levanta la voz, y aún sentado anuncia venganza al universo, ni ausente pudo estar, ni mal saber, los gritos subterráneos de los miedos. Me acusa, sin embargo, de lo mismo y callada mastico las derrotas, por lo absurdo de estar viva en otro tiempo, por su absurdo rebuznar desde lo cómodo. Partimos de lo ajeno en culpa y cargo, prometiéndonos a guerras ancestrales para seguir lo ya dicho hasta el hartazgo y procrear demonios y futuros ángeles. (Perdía, 1995, p. 56).

La realización del documental “La Guardería”, de Virginia Croatto (2016) fue una bisagra para Amor porque significó reencontrarse con sus compañeros, sentir que el silencio era común y que a muchos les costó hablar. En una entrevista, Croatto, quien también vivió en la Guardería, se refirió al motivo por el cual decidió filmar el documental:

Creo que la historia condensa muchas cosas. Me parece una historia muy interesante, no me refiero a la mía personal, sino a las historias de esos niños a partir de la decisión de sus padres. De algún modo, compartimos nuestra infancia y ahora cada uno ha construido un camino distinto. No hay condicionamiento posible allí. Está bueno eso. Está bueno sentir que somos gente feliz, que tenemos nuestros propios proyectos, enérgicos, que vivimos con la historia a cuestas, pero que hemos hecho algo propio –cada uno– con ella (Rosso, 2010. Pagina 12, s/p.).

Para la psique humana no hay tiempos cronológicos sino tiempos lógicos. Tal vez sea por eso que, pese a que pasaron 35 años desde el retorno de la democracia, haya cosas de las que cuesta hablar. O tal vez se deba al resurgimiento de ciertos rasgos que, en tiempos de Amor, sentaron las bases para la implementación de un modelo político/económico que requirió del silenciamiento de las mayorías. En palabras del padre: “nada de lo sucedido está perdido para la historia” (Perdía, 2013, p. 11), solo resta recuperarla y dotarla de un sentido real porque,

La historia no se repite, ni se prolonga, ni se hereda, siempre se construye. Porque es otra, nadie se baña dos veces en el mismo río. Así entonces vuelve el arduo y hasta monótono sinfín de la pregunta: ¿qué pasa con los sobrevivientes cuando el pasado se ha perdido, el presente se torna ajeno y el futuro corre riesgo de trastocarse en un mar de consuelos e ilusiones que resbalan sobre el espejo de la realidad? ¿Sólo queda recordar? ¿Apenas, y en el mismo estilo, rendir cuenta de los actos, legitimarnos con la historia, ese río de los muertos que lava todas las almas? ¿Dudar e interrogarnos sin piedad, con la misma angustia del cuerpo frente a su sombra, sabiendo que quien pregunta ya sabe? ¿Tendremos fuerza, la oportunidad de dar un paso al costado, que no es escapar de la historia sino abrir un inédito capítulo para que las nuevas generaciones construyan su propia historia sin el peso de nuestras derrotas? Está escrito: hay una historia que se está por construir. Porque, y es vulgar decirlo, la función de la historia debe continuar, no se suspende por duelo ni fiesta, habrá nuevas escenas, con más pasión que pericia, con más furor que tradición, tal vez con el simple fanatismo del recién llegado, con memoria y desde la memoria, a pesar de la inocencia, el desprecio o la negación, y la montaña de errores. A nosotros nos queda mirar hacia el mañana con la esperanza de que aquello plantado por nuestras manos en la tierra irredenta, por más antiguas o más nuevas manos, se convierta en fruto y regocijo, allá en ese alba que siempre deviene tras las oscuras tormentas de la historia. (Perdía, 2013, p. 14).

Del país que Amor pensaba que se estaba construyendo cuando vivía en Cuba no quedan vestigios. ¿O habrá algún retoño subterráneo a la espera de la luz? Pero, ¿de dónde ha de surgir esa luz? No hay opción: de la conciencia crítica del sujeto o como plantea Zemelman (1999), de la noción de sujeto mínimo.

Lo que se busca es una minimización del ser humano. Una disminución de la capacidad del ser humano de construir su destino, de ver las diferencias y de construir su realidad: un ser humano mínimo, un sujeto mínimo, un sujeto que apetezca lo mismo, que no demande excesivas cosas, en una palabra, que no ejerza presiones, que viva feliz en el equilibrio. Y ese equilibrio, si ustedes analizan América Latina, es la pobreza y la marginalidad (Zemelman, 1999, p. 215).

Despertar de la somnolencia y de la resignación es el reto que, según Zemelman (1999) hay que adquirir mientras el poder lucha por anular todo proyecto colectivo y destruir las bases materiales sobre las cuales, antaño se generaron las redes de resistencia. En el escenario actual y en el marco de gobiernos neoliberales sobre el Cono Sur resulta difícil ser optimista. Amor señala que “debemos plantearnos un nuevo sistema, que debe partir de solidaridades pequeñas, cercanas y desde allí, hacia arriba, porque cada vez nos atomizan más y el problema es que así, uno pierde fuerzas” (Entrevista a Amor Perdía, 15/11/2017). Tal vez, la clave se encuentre en la desnaturalización de las injusticias que hacen imposible creer en aquello de la voluntad individual. “Nos quieren convencer que todo depende de uno, que de tu esfuerzo individual vas a poder salir y no es cierto. Porque si tu mamá no comió cuando estaba embarazada ya arrancaste mal” (Entrevista a Amor Perdía realizada por la autora, 15/11/ 2017).

En estos tiempos, la organización social cobra singulares formas, menos visibles en el enorme andamiaje simbólico del poder hegemónico, pero no por eso impotentes. Zemelman (1999) advierte que es necesario

Rescatarse como sujeto desde lo cotidiano y desde los microespacios (…). El microespacio y el microtiempo del hombre está cada vez más dominado y cada vez más moldeado por lógicas que son de enajenación y de negación –en última instancia– del sujeto, como es, por ejemplo, no el consumo sino el consumismo como forma y estilo de vida, que anula al individuo y anula la cultura (Zemelman, 1999, p. 222).

En los tiempos de Amor, la militancia era un estilo de vida. El compromiso se basaba en la sólida conciencia de entregarlo –todo hasta la propia vida–, por una causa mayor, trascendente. En aquellos hombres y mujeres que tomaron las armas, con sus errores y aciertos, existía un hondo sentimiento de lo colectivo. Se luchaba por un proyecto inclusivo y se sabía, con toda claridad, que la lucha siempre trasciende la experiencia personal.

Pese a las diferencias temporales, la transformación del mundo material requiere siempre de un esfuerzo crítico siendo un camino posible para la superación de lo dado. No basta con describir el mundo y señalar sus distorsiones. Se requiere acción, que cada sujeto actúe desde su lugar de lo cotidiano. En estos tiempos, signados por el escepticismo, el narcisismo, el conformismo y la abnegación, es preciso –entre otras cuestiones que no hacen a este artículo– el rescate de los tiempos de Amor para la toma de conciencia y la construcción de la memoria colectiva.

Reflexiones Finales

Tiempo y memoria son conceptos que van cobrando sentido en cada sujeto a medida que transcurre su vida. Suele decirse que a todos nos vive una muerte. Sin el tiempo no habría principio ni final y sin memoria no habría construcción posible de aquello que fue y sobre lo cual seguir erigiendo lo que está por-venir. Aquellas manifestaciones del pasado signadas por luchas, conquistas, sueños y frustraciones, son la base del constante lanzamiento hacia lo nuevo. Nada está perdido para la historia, por eso ella es tan importante para convertir al tiempo –ese incesante fluir–, en un río en el que si bien no hemos de bañarnos nunca dos veces, podemos continuar el viaje hacia el mar de los múltiples futuros posibles. Como afirma Lizárraga Bernal (1998), la hegemonía busca el reposo mental del sujeto. Con sus formas instituidas genera parámetros para ver lo real y por ello, como sostiene Zemelman (1999), es imperioso que el sujeto pueda habilitarse para percibir lo real desde distintas perspectivas. En esa posibilidad opera la conciencia crítica de las temporalidades y sus marcas, desentrañarlas en el presente para convertirlas en semillas para el lanzamiento del futuro, en el que los sujetos sean los protagonistas.

Con concordancia con Lizárraga Bernal (1998), creemos que es necesario “aprender a dialogar y problematizar nuestras propias convicciones, descubriendo cuál es la relación social que ha nutrido tal idea” (p. 160). El despertar del sujeto, la comprensión de que la lucha continúa y nos trasciende dependerá, en gran medida, del ejercicio individual de no aceptar la realidad como algo dado y al tiempo como un eterno fluir, sino como un momento en el que el ser humano, la esperanza del mundo, en términos de Freire (1998), pueda resurgir y reinventarse.

Referencias Bibliografías

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Entrevista realizada

Amor Perdía. Entrevista con Margarita Torres. La Plata, Buenos Aires. 15/11/ 2017.

Résumé : Cet article analyse la conception du temps et de la mémoire, afin de comprendre leur lien avec la configuration des conditions de l’existence matérielle. On s’interrogera sur la façon dont le temps et la mémoire sont des notions qui prennent un sens à mesure que la vie continue et l’on se demandera dans quelle mesure il est nécessaire de redéfinir les événements et les conditions historico-politiques pour comprendre leurs implications dans la subjectivité propre. Notre approche se concentrera sur le témoignage d’Amor Perdía, qui nous servira de lien pour rattacher son histoire personnelle au moment politique et social de l’Argentine dans les années 1970. Nous réfléchirons –à partir du temps et de la mémoire– à la construction du passé, aux formes d’évocation présentes et à leurs éventuelles manifestations futures.

Mots-clés : Temps - Mémoire - Histoire.

Abstract: This article analyzes the conception of time and memory, in order to understand how they are connected with the configuration of the conditions of material existence. It will be investigated how time and memory are notions that become meaningful as life goes on and how it is necessary to reframe events and historical-political conditions to understand their implications in one’s own subjectivity. The approach will focus on the Amor Perdía testimony and poems that will act as a link to link its history with the political and social moment of Argentina in the ‘70s. It will reflect –from time and memory– on the construction of the past, the forms of present evocation and their possible future manifestations.

Keywords: Time - Memory - History.

Resumo: Este artigo analiza a concepção do tempo e a memória, com o objeto de conhecimento como se conectar à configuração das condições do material da existência. Se indagará como tempo e memória son nociones que cobran sentido a medida que transcurre a vida e como é preciso resignificar os sucessos e as condições políticas históricas para entender as implicações na própria subjetividade. El abordaje se centrará em um testemunho e poemas como nexo para vincular sua história com o momento político e social da Argentina dos anos 70. Se reflexionará –desde o tempo e a memória na construção do passado, as formas de evocação presentes e futuras manifestações futuras.

Palavras chave: Tiempo - Memoria - Historia.

[Las traducciones de los abstracts al francés, inglés y portugués fueron supervisadas por el autor de cada artículo]


Tiempos de Amor fue publicado de la página 213 a página225 en Cuadernos del Centro de Estudios en Diseño y Comunicación Nº75

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