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La historia de mi familia

Fazio, Guido

(Segundo premio)

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº57

Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº57

ISSN: 1668-5229

Proyectos Jóvenes de Investigación y Comunicación Proyectos de estudiantes desarrollados en la asignatura Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2013 Proyectos Ganadores Comunicación Oral y Escrita Primer Cuatrimestre 2013

Año X, Vol. 57, Noviembre 2013, Buenos Aires, Argentina | 134 páginas

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Introducción

La historia de mi familia cuenta la relación entre mi abuelo y su sobrino Chiqui. Hace unos cuarenta años, mis abuelos maternos tenían un hotel en el barrio de Flores. Allí se hospedó durante unos meses el músico de rock conocido como Tanguito. Él y Chiqui se hicieron amigos muy pronto. Pasaban mucho tiempo juntos en bares y plazas, tocando música y saliendo por las noches. Mi abuelo desconfiaba de esta relación ya que Chiqui comenzaba a descuidar sus obligaciones. A los pocos meses Chiqui se volvió a Chaco y Tanguito se fue del hotel. El recuerdo de esta historia refleja los cambios sociales y el enfrentamiento generacional que se dio en una época tan significante como fueron los años 60.

En el barrio de Flores, mis abuelos administraban un hotel familiar que tuvieron por 14 años. El hotel Varela heredó el nombre de su ubicación en la intersección de Varela y avenida Rivadavia. Mi abuelo se encargaba de los libros. Anotaba a mano, uno por uno, el registro de cada huésped, en detalle.

Según mi abuela los tuvo guardados toda la vida. Ella se encargaba de la cocina, de criar a mamá y a la tía. Incluso hasta daba de comer a algunos niños cuyos padres se ausentaban, además de la limpieza y el orden en general del lugar.

Al abuelo le decían el Gordo. Aliado incondicional del bife de chorizo y el vino tinto, las costumbres de pueblo, y de la vieja escuela. Sabía que pasado el almuerzo, después de la una, venía la siesta. Así, inexcusable. Eso sí, se levantaba temprano.

Hacía la recorrida, visitaba a sus proveedores, cargaba su camioneta y vaya a saber qué otros negocios hacía.

Sin embargo, el sol del mediodía nunca lo encontraba fuera de un bodegón. Bebía durante horas, hasta que el sueño lo tumbara. Más de una vez, escuché a mi abuela decir que era un vago y mujeriego. Me lo imagino, diestro en el arte de la seducción, certero para los burros, que tienen esos nombres raros y tantos números. Y volviendo por la avenida Rivadavia, caminando como un personaje de la milonga rioplatense.

Ahí, en ese mismo hotel, se hospedó Tanguito un par de meses.

Sí, Tanguito, la joven promesa del rock de fines de los 60, y con él un tipo que oficiaba de representante. Según mi abuela, era un secretario, uno que le hacía los mandados.

Todo el tiempo, de acá para allá, con la guitarra, de joda, tocando en la plaza, saliendo mucho de noche. Igual adentro del hotel “no andaban haciendo ruido” decía ella. “Excepto por la vez que se agarraron y Tanguito rodó por una escalera, nunca pasó nada”.

Hubiera pensado que mi abuelo y Tanguito tendrían una buena relación. Quizás en otro contexto. Visto a la distancia es como ver al tango y al rock negarse a un apretón de manos y no compartir ideas. Tanguito tendría unos 20 años en ese momento.

Igual creo que para peor tuvo con Chiqui, su sobrino. Orlando, su nombre de pila. Venía del Chaco a estudiar. En realidad con incertidumbre, porque de allá lo habían mandado, tendría unos 15 años. El abuelo había aceptado hospedarlo. Tenía como referencia a su hermano que también había pasado por el hotel unos años antes y que, con un comportamiento excepcional, buenas notas y trabajo se había hecho fama de buen hombre. Pero Chiqui era distinto, y había resignado todo eso años antes, y mandarlo a Buenos Aires no sirvió de mucho a las expectativas familiares.

Por supuesto que él y Tanguito forjaron enseguida una amistad.

El músico le producía gran admiración, sobre todo por su forma de ser, de pensar y de vivir, además del talento musical.

Era tal el apego y la simpatía, que compartían enteramente el tiempo que pasaban en ese hotel.

Pero no para el abuelo. Porque él, aún siendo un pícaro, exigía al muchacho construir un futuro. Como andaba mal en la escuela, lo había mandado a trabajar. Lo recomendó para mozo en una confitería cercana al hotel, cosa que Chiqui llevó con cierto entusiasmo. Quería que se convirtiera en alguien decente, un hombre de trabajo y de familia. Sin embargo, desde aquel bendito día en que Tanguito apareció en el hotel, las esperanzas de ver a su sobrino prosperando, se derrumbaron.

La vida junto al músico llevó a Chiqui a perder rápidamente el camino del mandato paternal de mi abuelo.

Luego de un tiempo, Chiqui pasó a ser parte del séquito de Tanguito en plazas, bares y boliches de la capital. A dos cuadras, la plaza de Flores fue testigo de inolvidables zapadas, en las que se desenvolvían melodías de aquella resonancia juvenil.

Cada acorde y cada palabra eran como un grito de rebeldía.

Así era, al menos para Chiqui. El vino, los amigos y la forma en que la noche caía lentamente hacían más emotivo su ritual.

A diferencia del Gordo, él sí podía percibir lo que significaban las canciones, una juventud que proponía transformaciones.

La gira constante lo fue deteriorando, le hicieron perder el trabajo, la vigilia, la paciencia que le tenía el abuelo, que lo amparó igual en estas circunstancias. Estuvo parando unos meses más en el hotel. Le consiguió otro trabajo, pero Chiqui declinó de todos ellos.

Tanguito se fue unas semanas después. La madre lo fue a buscar. Se lo llevó de ahí de un tirón de orejas. La abuela lo cuenta y le da risa. En cambio al abuelo siempre le dolió un poco ver a los chicos de la plaza que revoloteaban por las noches.

Chiqui se quedó con un par de vinilos, con el recuerdo de aquellos atardeceres por avenida Rivadavia y especialmente, de haber sido su amigo.

El ritmo acelerado llevó a Tanguito a su inefable destino: una tragedia incierta como la de las grandes figuras. Hoy se lo recuerda como uno de esos personajes que marcaron una época. No tanto por su talento musical sino como parte de una generación que sacudió el suelo y que movió a la sociedad.

En especial a jóvenes como Chiqui y a aquellos que se atrevieron a soñar con un cambio.


La historia de mi familia fue publicado de la página 116 a página117 en Creación y Producción en Diseño y Comunicación Nº57

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